Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 24 SOLO UNA FRASE #2
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CAPÍTULO 24 SOLO UNA FRASE #2

Me limpio la cara con la otra mano. Ale no se adelanta a hacerlo por mí. No invade. Pero su expresión me pregunta si quiero que se acerque.

No respondo con palabras.

Me inclino hacia ella.

Ale me abraza.

No como una estructura de apoyo rígida esta vez. Mejor. Con cuidado, sí, pero también con cuerpo. Con presencia. Con esa mezcla suya de fuerza y torpeza que empieza a ser un sitio en el que no me siento en peligro.

Apoyo la cara en su cuello y cierro los ojos.

—Yo también quiero intentarlo contigo —digo contra su sudadera.

Siento cómo respira.

Cómo se le para un poco el aire.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Aunque vaya regular a veces?

—Yo también voy regular.

—Tú vas literaria, que parece más elegante.

Me río.

Ella también.

Nos separamos lo justo para mirarnos. Tiene la cara cerca. Muy cerca. Mi habitación parece haberse quedado sin bordes. Todo está reducido a su mano, a su boca, a la forma en que me mira sin prisa.

—¿Puedo besarte? —pregunta.

Sonrío.

—Sí.

El beso llega con una dulzura distinta.

No tiene la sorpresa del primero, ni el vértigo de la primera cita, ni la pequeña valentía pública de la plaza. Este beso sabe a conversación. A frase compartida. A puerta abierta. A algo que no intenta demostrar que todo está resuelto, pero sí que hay un lugar al que volver cuando no lo esté.

Ale me besa despacio, con una mano en mi espalda y la otra todavía en la mía. Yo me acerco más, porque quiero. Porque puedo. Porque esta vez mi deseo no tiene que esconderse detrás de una excusa ni salir corriendo antes de que lo nombren.

Cuando nos separamos, no me voy enseguida.

Tampoco la arrastro.

Nos quedamos sentadas en mi cama, frente a frente, con las rodillas casi tocándose y las manos unidas entre las dos.

—Entonces —dice Ale, con una seriedad sospechosamente construida—, por aclarar términos administrativos.

—Miedo.

—Mucho. ¿Estamos… intentándolo?

La miro.

—Eso suena a contrato de prácticas.

—Lo sé. Retiro.

—¿Estás preguntando qué somos?

Ale hace una mueca.

—Con vocabulario pobre, sí.

El corazón me late fuerte. No como antes, no con pánico. Con importancia.

—No sé si necesito llamarte mi novia esta noche —digo.

Ale asiente rápido.

—Vale.

—Pero tampoco quiero decir “vamos viendo” como si esto fuera una asignatura optativa.

—Horrible.

—Muy horrible.

Pienso.

Ella espera.

—Estamos juntas —digo al fin—. Intentándolo despacio. Pero juntas.

La cara de Ale cambia.

Es casi imperceptible y enorme.

—Juntas —repite.

—Si te parece bien.

—Me parece muy bien.

Sonrío.

—Vale.

—Vale despacio.

—Vale juntas.

Ale se ríe bajito.

—Eso es mucho mejor.

Nos quedamos un rato así, sin añadir más. Quizá porque añadir sería estropearlo un poco. Quizá porque la palabra juntas necesita silencio alrededor para asentarse.

Al cabo de unos minutos, el móvil de Ale vibra.

No lo mira.

Vibra otra vez.

Tampoco.

A la tercera, le doy un toque en la rodilla.

—Puede ser Sandra.

—Seguro que es Sandra.

—Igual hay emergencia.

—Sandra considera emergencia cualquier variación en el tono de Adrián.

—Mira.

Ale suspira y saca el móvil.

Lee.

Su cara se transforma.

—¿Qué pasa?

Me enseña la pantalla.

SANDRA: Estoy en el portal. He olvidado las llaves.SANDRA: Antes de llamar al timbre necesito saber si voy a interrumpir algo que requiera trauma ocular.SANDRA: Responded con un número del 1 al 10.

Me tapo la cara.

Ale se ríe tanto que acaba dejando caer la cabeza hacia atrás.

Le quito el móvil.

PAULA: Sube, idiota.

Sandra responde al instante.

SANDRA: Ese tono implica progreso. Subo con respeto y miedo.

Ale me mira.

—¿Se lo decimos?

La pregunta me sorprende menos de lo que esperaba.

—¿Lo de juntas?

—Sí.

Pienso en Sandra, en su mensaje equivocado, en sus lágrimas mal disimuladas, en sus comités absurdos, en sus lámparas, en todas las veces que sostuvo partes de mí que yo no sabía dónde poner.

—Sí —digo—. Pero sin rueda de prensa.

—No sabe hacer eso.

—Lo intentará.

—No lo hará.

—Ya.

Oímos la llave en la puerta. Sandra entra en el piso haciendo mucho menos ruido del habitual, lo cual resulta casi más alarmante. Luego llama a mi puerta con dos golpes suaves.

—¿Se puede? —pregunta desde el otro lado—. Vengo con un nivel de respeto sin precedentes y una bolsa de gominolas.

Ale y yo nos miramos.

—Pasa —digo.

Sandra asoma la cabeza.

Primero me mira a mí.

Luego a Ale.

Luego nuestras manos unidas.

Su cara empieza a hacer cosas.

—No —dice Ale—. Respira, pero por dentro.

Sandra entra despacio, como si estuviera entrando en una capilla emocional.

—Vale.

Se sienta en la silla del escritorio, con la bolsa de gominolas en el regazo.

—Estoy preparada para no decir nada excesivo.

—Estamos juntas —digo.

Así.

Sin preámbulo.

Porque si dejo que Sandra cree ambiente, quizá acabamos con una presentación de diapositivas.

Sandra se queda inmóvil.

Completamente.

Luego se lleva una mano a la boca.

—He dicho no excesivo —le recuerda Ale.

Sandra asiente con la mano todavía en la boca.

Sus ojos se llenan.

—Sandra —digo, aunque a mí también se me llenan un poco.

—Estoy bien —dice ella, con voz ahogada—. Estoy siendo una lámpara.

—Una lámpara llorando —dice Ale.

—Una lámpara de ambiente.

Nos reímos.

Las tres.

Sandra se limpia una lágrima con indignación.

—Vale. Solo una frase.

—Miedo —dice Ale.

Sandra nos mira, una a una.

—Me alegro mucho de que por fin estéis en la misma página. Aunque el libro haya sido larguísimo, doloroso y con notas al margen muy preocupantes.

Ale se ríe.

Yo también.

—Era más de una frase —digo.

—Era una frase larga. Como algunas de las tuyas.

Le lanzo un cojín. Esta vez no lo esquiva. Le da en el pecho y lo abraza.

—Os quiero —dice, más bajito.

—Nosotras también —responde Ale.

Nosotras.

La palabra aparece sin pedir permiso.

Nosotras.

No como una teoría. No como una broma. No como un título de crónica. Como algo que cabe en mi habitación, con Sandra sosteniendo un cojín, Ale a mi lado y una bolsa de gominolas en el regazo equivocado.

Sandra abre la bolsa.

—Ahora, por motivos de equilibrio emocional, necesito azúcar.

—Dame una roja —dice Ale.

—Primero Paula. Es su habitación y su romance de larga cocción.

—Sandra.

—Perdón. Lámpara con gominolas.

Nos quedamos allí un rato, comiendo gominolas, riéndonos de nada y de todo, hablando de cómo contárselo al resto del mundo o no contárselo todavía, de la exposición de Adrián, de la crónica, de Mendoza, de la mirada de Tomás, de Beatriz Salvatierra diciendo que no se pierda institución como si la sensibilidad fuera un caballo que se pudiera desbocar.

La vida vuelve a entrar.

Pero ya no entra para tapar lo importante.

Entra porque lo importante también necesita vida alrededor.

Cuando Sandra se va por fin, después de prometer con muy poca credibilidad que no hará “ninguna campaña de comunicación interna”, Ale y yo nos quedamos solas otra vez.

—Juntas —dice, como si quisiera probar la palabra en voz baja.

La miro.

—Juntas.

—Me gusta.

—A mí también.

Esta vez, cuando me besa, no pregunta. Porque ya sabe que puede. Porque yo me acerco. Porque hay permisos que se vuelven lenguaje compartido sin dejar de ser cuidado. El beso es breve. Suave. De buenas noches. De inicio.

Después Ale se levanta.

—Me voy antes de que Sandra vuelva con un plan de contenidos para nosotras.

—Buena idea.

En la puerta, se gira.

—Paula.

—¿Sí?

—Gracias por la frase.

Miro el portátil cerrado.

Luego a ella.

—Gracias por no leer más.

Sonríe.

—Cuando quieras abrir otra puerta, llamaré primero.

Hay una frase que podría escribir con eso. Lo sé enseguida. Pero esta vez no necesito correr al documento para guardarla. La miro. La vivo. Y dejo que se quede aquí, entre las dos, sin esconderla en ninguna parte.