CAPÍTULO 24 SOLO UNA FRASE
Paula
Vuelvo a casa con una frase en la boca y no sé si es mía, de Ale o de la noche.
No estoy aquí por tus dos años.
La repito por dentro mientras subimos las escaleras. Mientras Ale busca las llaves en el bolsillo equivocado. Mientras las encuentra en el correcto y me mira con una sonrisa pequeña, un poco avergonzada, como si todavía le sorprendiera que yo esté allí, a su lado, esperando a que abra.
No estoy aquí por tus dos años. La frase no borra nada. Eso es lo extraño.
No borra a la Paula de primero, la de Santa Clara, la que aprendió a leer a Ale antes de atreverse a leer lo que le pasaba por dentro.
No borra a Nico. No borra las veces que dije “estoy bien” con la voz perfecta y el cuerpo hecho un desastre.
No borra la noche de la cocina, ni la conversación del pasillo, ni el mensaje equivocado de Sandra, ni la vergüenza de saberme vista antes de estar preparada.
Hay frases que no solucionan una historia, pero le cambian el peso.
Entramos en el piso sin soltar la mano hasta que la puerta se cierra detrás de nosotras.
Luego nos quedamos en el recibidor, de pie, con los abrigos puestos y la luz amarilla del pasillo encendida.
La casa está en silencio. Sandra no ha vuelto todavía o ha decidido, por una vez en su vida, existir sin banda sonora.
Ale me mira.
—¿Estás bien?
Sonrío.
—Última auditoría de la noche.
—Perdón.
—Estoy bien.
—¿Sí de verdad?
La miro.
—Ale.
Levanta las manos.
—Vale. Auditoría cancelada.
Me río, pero no me muevo. Tengo la sensación de que si voy a mi habitación y cierro la puerta, la frase que he prometido enseñarle se va a esconder otra vez en el documento y quizá mañana me dé más miedo.
Hay cosas que, si no se dicen cuando todavía tienen calor, se vuelven informes, explicaciones, defensas. Y yo no quiero defender esto.
Quiero compartirlo.
Solo una frase.
Porque quiero.
—Te dije que había algo —digo.
Ale se queda quieta.
—Sí.
—Una frase.
—Sí.
—Puedo enseñártela ahora.
No responde enseguida. Eso también lo ha aprendido. Antes habría dicho “claro” al instante, quizá con emoción, quizá intentando no parecer demasiado interesada. Ahora me mira como si la frase fuera una taza caliente que no quiere coger hasta saber si yo se la estoy ofreciendo de verdad.
—Solo si quieres —dice.
La ternura me da casi rabia.
—Quiero.
Ale asiente.
—Vale.
Nos quitamos los abrigos. Ella cuelga el suyo. Yo tardo un poco más con el mío porque las manos se me han vuelto torpes. Caminamos hacia mi habitación. Esta vez Ale se detiene en la puerta sin que yo tenga que decir nada.
—¿Puedo?
—Sí.
Entra.
La habitación está desordenada de una forma íntima: la cama sin hacer del todo, un vaso de agua en la mesilla, libros sobre el escritorio, una sudadera en la silla. No es un escenario. No está preparada para una revelación. Quizá por eso sirve.
Enciendo la lámpara pequeña del escritorio y abro el portátil. Ale se queda de pie al principio, como si no supiera dónde colocar el cuerpo. Señalo la cama.
—Puedes sentarte.
—¿Zona autorizada?
—Zona autorizada.
Se sienta en el borde, con las manos sobre las rodillas. Tiene una expresión tan seria que casi me hace sonreír.
—No es un examen —digo.
—Estoy intentando no parecer una persona que quiere leer y tiene miedo de querer leer demasiado.
—Pues lo pareces.
—Fatal.
—Pero bien.
Abro el documento.
Cosas que no son para entregar
El título aparece en la pantalla y siento un pequeño latigazo de vergüenza.
No porque me parezca mal haberlo escrito.
Porque Ale lo ve. Porque aunque solo vaya a enseñarle una frase, el título ya dice mucho.
Dice que hay un lugar donde guardo lo que no sé entregar.
Dice que sigo teniendo habitaciones internas. Dice que quizá siempre las tendré.
Ale mira el título.
Luego me mira a mí.
No pregunta.
Me sienta bien y me duele un poco, como casi todo últimamente.
—Solo una frase —recuerdo.
—Solo una frase.
Busco el párrafo. Está donde lo dejé, casi al principio, debajo de varias notas sueltas sobre la crónica. La selecciono con el cursor, como si marcarla pudiera proteger todo lo demás. Luego giro el portátil hacia ella.
Ale se inclina un poco.
Lee.
No la frase entera de golpe. La va siguiendo despacio, con los ojos. Yo la sigo a ella en vez de a la pantalla.
Quizá algunas formas de cuidado empiezan exactamente ahí: en el gesto mínimo de no tocar hasta saber si el otro quiere ser tocado.
Ale no dice nada.
Lee la frase otra vez.
Lo sé por cómo le cambia la respiración.
Yo aprieto las manos sobre mis piernas y me obligo a no llenar el silencio.
Esta frase nació después del concierto, después de su pregunta, después de su mano detenida antes de tocarme.
Nació de una Ale que estaba aprendiendo a no entrar arrasando, de una Paula que empezaba a entender que el cuidado no siempre era que alguien se quedara, sino también que supiera esperar.
Cuando Ale levanta la vista, tiene los ojos brillantes.
No mucho.
Lo justo para que yo lo vea.
—Paula…
—No tienes que decir nada perfecto.
Sonríe apenas.
—Menos mal.
—Solo quería enseñártela.
—Gracias.
La palabra le sale muy baja.
—No te la enseño para que te sientas responsable de ella.
—Lo sé.
—Ni para que pienses que cada cosa que haces va a acabar en un documento.
—Eso sería mucha presión literaria.
—Muchísima.
Ale mira la pantalla otra vez.
—Es preciosa.
—Gracias.
—Y me da un poco de miedo.
Eso no lo esperaba.
—¿Por qué?
Ale se queda pensando. No huye de la pregunta, pero tampoco la contesta rápido. Está haciendo ese esfuerzo nuevo suyo: no soltar la primera frase defensiva, no convertir la incomodidad en movimiento.
—Porque habla de algo que yo antes no sabía hacer —dice al fin—. Y porque me gusta que lo hayas visto. Y porque me asusta que una parte de ti esté siempre comprobando si sigo haciéndolo bien.
La frase me toca.
Bajo la mirada.
—Yo también tengo miedo de eso.
—¿De qué?
—De convertirte en examen.
Ale no responde.
—No quiero hacer eso —sigo—. No quiero que cada gesto tuyo tenga que demostrarme que ahora sí, que ahora llegas, que ahora no me haces daño. No sería justo.
—Te hice daño.
—Sí.
—Sin querer, pero sí.
—Sí. Pero no quiero vivir contigo desde la contabilidad del daño.
Ale traga saliva.
—Yo tampoco.
Cierro el portátil despacio. No porque quiera terminar la conversación. Porque la frase ya ha hecho lo que tenía que hacer. No quiero seguir usando la pantalla como intermediaria.
Me siento a su lado en la cama. No pegada. Cerca.
—Durante dos años —digo—, muchas veces convertí cosas pequeñas en pruebas.
Ale me mira.
—¿Pruebas?
—De que me querías. Aunque no fuera de la forma que yo quería. Si me escribías para contarme una tontería, prueba. Si me guardabas sitio, prueba. Si me llamabas Pauli, prueba. Si te quedabas dormida en mi hombro, prueba.
La cara de Ale se deshace un poco.
—Paula…
—No lo digo para que duela. Lo digo porque no quiero seguir haciéndolo igual. Ahora sí están pasando cosas de verdad. Y aun así me pillo intentando convertir cada gesto en una prueba de futuro.
—Yo también.
La miro.
—¿Tú?
—Sí. Si me coges la mano pienso que igual ya no tienes miedo. Si la sueltas pienso que igual me he pasado. Si me besas pienso que todo va bien. Si te vas a dormir pienso que quizá no tanto. Estoy bastante insoportable por dentro.
Me río, pero se me humedecen los ojos.
—Somos dos personas muy preparadas para la vida.
—Muchísimo.
Ale mira hacia la ventana. Luego a mí.
—Quizá podemos intentar que los gestos sean gestos.
—Eso suena sano.
—Y difícil.
—Mucho.
—Pero algunos gestos también significan cosas.
—Claro.
—Como que me hayas enseñado la frase.
Asiento.
—Eso significa algo.
—¿Qué?
No lo sé enseguida.
O sí, pero me cuesta decirlo.
—Que quiero que entres en algunas habitaciones —digo—. Pero no porque empujes. Ni porque yo tenga miedo de que si no las enseño te vayas. Sino porque quiero abrirlas.
Ale se queda muy quieta.
—Eso es mucho.
—Sí.
—Gracias.
—De nada.
El silencio que viene después no duele.
Se coloca entre nosotras con cuidado.
Ale baja la mirada a mis manos. Están sobre mi regazo, juntas, tensas.
No pregunta si puede tocarlas. Esta vez solo deja la suya sobre la cama, palma arriba, cerca de mí.
Una posibilidad. Como en el sofá. Como en la sala.
Como en la vida nueva que estamos intentando construir con herramientas bastante precarias.
Pongo mi mano sobre la suya.
Sus dedos se cierran despacio.
—Yo también tengo una cosa —dice.
—¿Una frase?
—No tan buena.
—Seguro que tiene ritmo.
—Tengo caos ejecutivo, no ritmo.
—Te escucho.
Ale respira hondo. Su pulgar se mueve una vez sobre mi mano.
—No quiero estar contigo para compensarte —dice—. Ya te lo dije. Pero creo que necesito repetirlo en un sitio que no sea una calle con farola.
Mi pecho se aprieta.
—Vale.
—Y tampoco quiero que pienses que me gustas porque me has querido. Me gustas porque cuando miro hacia delante, ahora estás ahí de otra forma. No detrás. No esperando. No sufriendo. Ahí. Conmigo. Y yo quiero ir hacia eso.
No digo nada porque no puedo.
—No sé hacerlo perfecto —sigue—. No sé si hay una forma perfecta. Pero quiero intentarlo contigo. No como una prueba. No como una cosa rara. No como una deuda. Contigo.
La palabra cae suave.
Contigo.
No hay fuegos artificiales. No hay música. Solo la lámpara pequeña, la cama, el portátil cerrado y la mano de Ale sosteniendo la mía.
Me sorprende llorar.
No mucho. Dos lágrimas rápidas, silenciosas, que me enfadan porque aparecen justo cuando me gustaría ser capaz de decir algo precioso.
Ale se tensa.
—¿He dicho algo mal?
—No.
—¿Seguro?
Me río entre lágrimas.
—Ale.
—Perdón. Auditoría emocional reactivada.
—Has dicho algo muy bien.
Su cara se relaja apenas.
—Ah.
—Muy bien.
—Vale.