Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 22 QUE NO PIERDA INSTITUCIÓN #3
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CAPÍTULO 22 QUE NO PIERDA INSTITUCIÓN #3

No me gusta solo su boca, ni su mano, ni que me quiera desde hace dos años, ni la forma en que mi nombre suena cuando lo dice bajito.

Me gusta Paula en una mesa con más gente, corrigiendo títulos, riéndose de Sandra, mirando una cámara con atención, retirándose un poco cuando necesita aire y volviendo cuando quiere.

Me gusta incluso cuando no está pendiente de mí. Sobre todo entonces.

Al cabo de un rato, Sandra me agarra del brazo con disimulo nulo.

—Acompáñame a pedir otra ronda.

—La barra está a cuatro metros.

—Me da miedo perderme conceptualmente.

Paula levanta una ceja.

—Ve. La mujer necesita supervisión.

Me levanto con Sandra. En cuanto estamos a medio camino de la barra, me arrastra hacia un lateral con una urgencia sospechosa.

—No quieres pedir otra ronda.

—Sí quiero. Pero también quiero informe.

—No.

—Ale.

—Sandra.

—Has salido de San Griselmo de la mano de Paula y no has muerto. Necesito saber cómo está tu sistema.

Miro hacia la mesa. Paula está hablando con Claudia. Nico escucha a Adrián, que parece estar explicando algo con demasiadas capas. Paula se ríe de algo que dice Claudia y se aparta el pelo detrás de la oreja.

Mi sistema, oficialmente, se cae por un barranco.

—Estoy bien —digo.

Sandra me mira.

—No me des un titular. Dame texto.

Respiro.

—Estoy… clara.

La palabra me sorprende a mí también. Sandra parpadea.

—Me gusta —digo.

Sandra no hace ningún sonido. Eso sí que es extraordinario.

—Me gusta Paula —repito, más bajo—. No me gusta que me quiera. No me gusta la idea de no perderla. No me gusta solo besarla. Me gusta ella.

Sandra se queda muy quieta.

Luego se le llenan los ojos de lágrimas.

—No llores —digo enseguida.

—No estoy llorando. Perdón. Es que… joder, Ale.

—Ya.

—Eso es importante.

—Sí.

—¿Se lo has dicho?

—No así.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que suene a respuesta a lo de hoy. Ni a reacción a Tomás. Ni a premio por no soltarme la mano. Ni a deuda por sus dos años. Ni a…

—Vale, vale. Respira.

—Odio cuando dices eso.

—Lo sé. Lo hago cuando empiezas a redactar contratos emocionales en directo.

Me apoyo en la pared, junto a la barra.

—No quiero hacerle daño otra vez. Y decirle “me gustas” ahora parece pequeño.

—No es pequeño.

—Para lo que ella siente, quizá sí.

Sandra se cruza de brazos.

—Cuidado con eso.

—¿Con qué?

—Con convertir sus dos años en una montaña que tú nunca puedes subir. Eso también puede hacerle daño.

La miro.

—¿Por qué?

—Porque entonces Paula siempre estará demasiado lejos de ti por haber llegado antes. Y tú siempre estarás pidiendo perdón por no haber estado allí. Eso no es una relación. Es una condena con buena iluminación.

La frase me toca un sitio incómodo.

—No sé cómo igualarlo.

—No tienes que igualarlo.

—Ya, pero…

—Ale. Paula no necesita que lleves dos años enamorada para que lo que sientes ahora sea válido. Necesita que no le vendas humo. Que no corras para tranquilizarla. Que no te escondas para protegerte. Y que, cuando sepas algo, se lo digas.

Miro a Paula otra vez. Está riéndose con Claudia. No me duele igual. Qué raro. Qué bueno.

—Sé algo —digo.

Sandra sonríe.

—Pues no lo guardes como si guardar fuera siempre cuidar.

Paula

Veo a Sandra llorar en la barra. Llora de una forma muy Sandra: con indignación, como si sus propias lágrimas estuvieran incumpliendo el tono acordado. Ale le dice algo y Sandra se limpia rápido. Luego se ríen.

No sé de qué hablan. Eso, en teoría, está bien. No tengo que saberlo todo. No tengo que entrar en cada conversación. No tengo que convertir cada gesto de Ale lejos de mí en una prueba sobre nosotras.

Pero lo miro igual.

Claudia se da cuenta, por supuesto.

—¿Todo bien? —dice.

Me giro hacia ella.

—¿Se me nota mucho?

—Nivel medio.

—Pensé que había mejorado.

—Has mejorado. Antes era nivel subtitulado.

Nico se ríe al otro lado.

—Confirmo.

Lo miro.

—¿Tú también?

Levanta las manos.

—Yo solo estaba comiendo patatas en paz.

—Nadie en esta mesa está en paz —dice Claudia.

Sandra vuelve en ese momento con Ale, y Adrián no llega a contestar. Mejor para todos.

Ale deja los vasos sobre la mesa. Cuando se sienta a mi lado, algo en ella está distinto. No mucho. No algo que cualquiera pudiera ver. Pero yo sí. Tiene una calma inquieta, si eso existe. Como si hubiera encontrado una frase y todavía no supiera dónde ponerla.

—¿Todo bien? —pregunto en voz baja.

—Sí.

La miro.

—¿Sí de verdad?

Ale sonríe.

—Sí de verdad.

No insisto. Aun así, algo me acompaña durante el resto de la noche. No es miedo exacto. Es una pregunta.

Y si esto que está pasando con Ale es real, ¿por qué sigo esperando que en cualquier momento se deshaga?

La respuesta es obvia y no me apetece mirarla: porque durante dos años construí una forma de quererla que dependía de no recibir demasiado.

Aprendí a sobrevivir con gestos pequeños, con ratos, con cinco minutos más, con un hombro en el sofá, con una broma, con su manera de decir Pauli sin saber que me movía el suelo.

Ahora Ale me da más. Más cuidado. Más atención. Más deseo. Más presencia. Y yo, en vez de recibirlo con normalidad, lo examino como si fuera una noticia que pudiera resultar falsa.

Eso no es justo. Para ella tampoco.

La noche avanza. Sandra y Adrián se van antes, con una excusa poco convincente sobre caminar hasta una parada más lejana.

Claudia se despide después; me da dos besos y me dice bajito:

—Estás sonriendo más.

No sé qué responder.

—Puede ser.

—Bien.

Nico también se levanta.

—Yo tiro con estos —dice, señalando a unos amigos del fondo—. Cuidaos.

Cuando se van, Ale y yo nos quedamos un momento en la mesa, con dos vasos vacíos y un plato con una última croqueta que ninguna se atreve a reclamar.

—La última es de valientes —dice Ale.

—Tuya.

—¿Me estás llamando valiente o evitando una croqueta fría?

—Ambas cosas pueden convivir.

Ale se ríe. Ese sonido me toca una parte del pecho que ya no intento defender tanto.

Salimos de El Faro un rato después. La calle está fría. Ale camina a mi lado, sin cogerme la mano al principio. No por distancia. Quizá por espera. Quizá por dejar que sea yo quien decida después de lo de San Griselmo.

Me gusta y me duele esa paciencia. A mitad de la calle, busco su mano. Ella la abre antes de que llegue. Como si ya estuviera ahí. Caminamos así en silencio unos minutos.

—¿Puedo preguntarte algo? —digo.

—Sí.

—¿Qué te ha dicho Sandra en la barra?

Ale gira la cabeza hacia mí.

—¿Lo viste?

—Sandra tiene una forma muy discreta de llorar como una alarma de incendios.

Ale sonríe.

—Nada malo.

—¿Bueno?

—Sí.

—¿Puedo saberlo?

Tarda en responder.

—Le dije algo que todavía no te he dicho a ti.

Mi mano se tensa en la suya. Ale lo nota.

—No malo —aclara.

—Vale.

—Pero quiero decírtelo bien. No en mitad de la calle, no después de dos cervezas, no porque Sandra me haya dado una charla junto a una barra.

Respiro.

—Vale.

—¿Eso te pone nerviosa?

—Sí.

—Lo siento.

—No. Está bien. Gracias por no soltarlo de cualquier manera.

Ale aprieta un poco mi mano.

—Estoy intentando no usar frases importantes como confeti.

Sonrío. Caminamos. La noche parece haber bajado el volumen alrededor.

—A mí también me pasa —digo.

—¿Qué?

—Que hay cosas que todavía no sé decirte bien.

Ale me mira.

—¿Sobre qué?

Trago saliva.

—Sobre mis dos años. Sobre que a veces, cuando haces algo bonito, me da miedo que lo hagas porque te he conmovido. O porque te sientes responsable. O porque ahora sabes cuánto me dolió y quieres compensarlo.

Ale se detiene. Yo también. Estamos bajo una farola, en una calle que ya empieza a sernos familiar.

No es la plaza de la segunda cita. No es la puerta del restaurante.

No es San Griselmo. Es otro sitio más en el mapa de esta historia que parece estar llenándose de lugares donde aprendemos a decir algo.

—Paula —dice.

Su voz sale seria. Quizá demasiado seria. Me asusto.

—No tienes que responder ahora.

—Sí tengo.

—Ale…

—No. A esto sí.

Me mira de frente. No me suelta la mano.

—Al principio tuve miedo de eso.

El corazón me cae un poco.

—Ah.

—No de que fuera verdad. Tuve miedo de no saber distinguirlo. De no saber si me movía la culpa, o la ternura, o el susto de perderte, o el deseo, o todo mezclado. Por eso no quería correr.

Asiento, aunque me cuesta.

—Vale.

—Pero ahora sí sé algo.

No respiro del todo.

—¿Qué?

Ale baja la mirada a nuestras manos. Luego vuelve a mis ojos.

—Que no estoy aquí por tus dos años.

La frase entra despacio.

Muy despacio.

—No estoy aquí porque me hayas esperado. Ni porque me sienta culpable de no haberlo visto. Ni porque quiera compensarte. No quiero estar contigo como quien paga una deuda, Paula.

Se me llenan los ojos.

—Entonces por qué? —pregunto, casi sin voz.

Ale traga saliva.

—Porque me gustas.

La calle se queda quieta. O yo. O todo.

—Me gustas tú —sigue—. Ahora. Como eres cuando escribes y cuando te ríes y cuando me corriges y cuando me dices que no.

Me gusta estar contigo de esta forma. Me gusta besarte.

Me gusta que me cojas la mano. Me gusta que me digas aquí sí y aquí todavía no.

Me gusta incluso tener miedo contigo, que es una frase espantosa, pero es verdad.

Me río entre lágrimas.

—Es un poco espantosa.

—Lo sé.

—Pero bonita.

—También.

No sé qué decir.

Durante dos años imaginé muchas versiones de una confesión de Ale.

Ninguna se parecía a esta. En mis versiones antiguas, ella lo tenía clarísimo o no lo tenía en absoluto.

Venía corriendo o se iba para siempre. Me quería de golpe o me dejaba sola con todo.

Eran fantasías de alguien que no sabía cómo iba a ser recibir algo real.

Lo real tiembla. Lo real no llega perfecto. Lo real dice “me gustas” con miedo, en una calle fría, después de una cerveza simbólica y una charla con Sandra en una barra. Lo real no paga una deuda. Elige quedarse.

—A mí también me gustas —digo.

Ale sonríe, pero no del todo.

—Menos mal. Tenía indicios, pero siempre es útil confirmar.

Me río y lloro a la vez, lo cual es una combinación poco favorecedora pero muy sincera.

—Ven aquí —digo.

Esta vez soy yo quien tira suavemente de su mano. Ale viene. Me abraza en mitad de la calle. Es un abrazo de farola, abrigo, respiración fría y algo que por fin se coloca en su sitio. Apoyo la cara en su hombro y cierro los ojos.

—Gracias por decírmelo —susurro.

—Gracias por preguntarlo.

Nos quedamos así un rato.

Cuando nos separamos, Ale me mira con una mezcla de alivio y vértigo.

—¿Puedo besarte?

Sonrío.

—Aquí sí.

El beso es suave al principio, casi tímido. Luego menos. No demasiado. No hace falta. Hay besos que no intentan probar nada porque la frase ya ha hecho el trabajo.

Cuando nos apartamos, sigo cerca.

—Por cierto —digo.

—¿Sí?

—Yo también tengo algo que quizá quiero enseñarte. Pero no hoy.

Ale frunce apenas el ceño.

—¿Algo?

—Una frase.

No necesito decir de qué documento. Ella lo entiende. Su cara cambia con una ternura tan cuidadosa que casi vuelvo a llorar.

—Cuando quieras.

—Solo una frase.

Ale asiente.

Y esta vez creo que sí. Caminamos hacia casa de la mano. Sin correr. Pero ya sin fingir que no sabemos hacia dónde.