Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 22 QUE NO PIERDA INSTITUCIÓN #2
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CAPÍTULO 22 QUE NO PIERDA INSTITUCIÓN #2

—“Que no pierda institución” es la forma más elegante que he oído jamás de decir “jóvenes, no me mováis las cortinas”.

Paula suelta una carcajada tan rápida que se tapa la boca enseguida.

Yo me río también.

—Ya está —dice Sandra—. Gracias. He recuperado circulación.

Adrián se acerca con un vaso de agua y una servilleta con dos canapés.

—He traído provisiones.

Sandra lo mira como si acabara de entrar montado en un caballo.

—Adrián, eso es peligrosamente considerado.

—Eran los menos secos.

—No digas cosas así delante de mí si no quieres consecuencias.

Él sonríe.

Nico pasa a nuestro lado y se detiene.

—Enhorabuena otra vez —dice—. Lo de Mendoza ha sido bastante impresionante.

—Ha dicho sentimentalismo sin escupir —respondo—. Estamos en shock.

Nico ríe. Mira a Paula.

—La frase que citó era tuya, ¿no?

Paula se sorprende un poco.

—Sí.

—Era muy buena.

—Gracias.

No hay nada raro. De verdad. Nico está ahí, amable, tranquilo, parte de una historia que ya no parece colocarse entre nosotras. Me alegra. También me da un poco de vértigo que todo empiece a encontrar sitio.

Claudia se acerca después con la cámara.

—Tengo un plano de Mendoza escuchando a Salvatierra que podría ganar premios de tensión institucional.

—Pásamelo —dice Sandra—. Lo necesito para estudiar el poder.

—Y yo para sobrevivir al semestre —añado.

Paula sonríe. Todo va bien. Tan bien como puede ir un acto de San Griselmo con canapés secos y patronato.

Entonces noto la mirada. No sobre mí al principio. Sobre nuestras manos. O, más bien, sobre el espacio entre nuestras manos.

Estamos de pie en un pequeño grupo: Sandra, Adrián, Nico, Claudia, Paula y yo. Paula está a mi lado. Cerca. No tocándome, pero cerca. Mi mano cuelga junto a la suya, a centímetros. Quizá nuestros dedos se han rozado. No estoy segura.

El chico que mira se llama Tomás Velarde.

Está en nuestro curso, aunque suele moverse más con la gente de Debate y con un grupo que usa demasiado la palabra tradición para hablar de cosas que no siempre son tradición.

Camisa clara, jersey sobre los hombros cuando hace buen tiempo, comentarios sobre “la pérdida de nivel” en cafetería.

No es un villano. Ojalá. Los villanos al menos tienen música de entrada.

Tomás es peor en un sentido más aburrido: parece normal hasta que su normalidad te deja claro que tú no entras del todo.

Mira nuestras manos. Luego mira a Paula. Luego a mí. Aprieta un poco la boca. No dice nada.

Se inclina hacia otro chico y murmura algo que no oigo. El otro mira también, breve, incómodo, y aparta la vista.

Un segundo. Eso dura. Quizá dos. Suficiente.

Mi primer impulso es coger la mano de Paula como una declaración. Como una respuesta. Como una forma de decirle a Tomás que mire mejor si tanto le interesa.

No lo hago. No porque me dé miedo Tomás. Porque no quiero usar la mano de Paula como pancarta sin preguntarle a Paula si quiere estar en ella.

Pero Paula lo ha visto. Claro que lo ha visto.

Su cuerpo se queda quieto. La conozco lo bastante para notar el microsegundo en que la parte antigua de ella considera retroceder. Esa parte que durante dos años aprendió a guardar, a medir, a no ser demasiado visible, a no ofrecer al mundo nada que pudiera devolverle con una mueca.

Paula baja la vista. Nuestros dedos están cerca. Ella respira. Y entonces me coge la mano.

Paula

No pienso. O quizá sí, pero tan rápido que parece cuerpo. Veo a Tomás mirar. Veo su boca apretarse. Veo al otro chico seguir la dirección de sus ojos y apartarse enseguida, como si nuestras manos fueran algo que hubiera pillado sin querer.

Durante un segundo quiero soltar incluso lo que no estoy agarrando.

Qué absurdo. Qué antiguo. Qué mío. Luego veo la mano de Ale. Le cojo la mano. Ale no se sobresalta. No aprieta demasiado. Solo cierra los dedos alrededor de los míos con una suavidad que me sostiene sin exhibirme.

Tomás lo ve. Vuelve a apretar la boca. Luego mira hacia otro lado. Eso es todo.

Solo una mirada que intenta reducir algo y una mano que decide no reducirse. Sandra lo nota. Por supuesto que lo nota. Sandra notaría un cambio emocional en una pared recién pintada.

Pero no dice nada enseguida. Se coloca un poco delante de nosotras, no para taparnos exactamente, sino para cambiar el centro de la conversación.

—Claudia —dice—, necesito que me expliques si el plano de Salvatierra puede considerarse thriller institucional.

Claudia mira de reojo nuestras manos, luego a Sandra, y entiende.

—Puede y debe.

Nico también lo ha visto. No a Tomás quizá, pero sí a nosotras. Sonríe apenas y sigue hablando con Adrián sobre la revista como si nada hubiera pasado.

Ese como si nada hubiera pasado es un regalo.

Porque sí ha pasado algo. Pero no todo tiene que volverse acontecimiento para ser importante. Ale acaricia una vez mi pulgar con el suyo. Una sola vez. Me pregunta sin palabras.

¿Bien?

Aprieto un poco.

Sí.

La pausa termina. Nos piden volver a sentarnos para el cierre. Durante un segundo no sé qué hacer. Si soltarnos antes de caminar hacia las sillas. Si esperar. Si dejar que la mano exista hasta donde pueda existir.

Estoy empezando a quererla de formas nuevas por todas las cosas que no hace.

Camino hacia las sillas sin soltarla. Solo cuando nos sentamos, nuestras manos se separan porque necesitamos acomodarnos. No hay drama. No hay pérdida. Ya no necesito sujetar el gesto hasta agotarlo para demostrar que fue real.

Fue real. Lo he hecho. Nos hemos sentado juntas y no ha pasado nada. O ha pasado todo, pero el techo sigue en su sitio.

El acto termina con agradecimientos, aplausos y una invitación a “seguir construyendo una revista viva, rigurosa y fiel al espíritu de San Griselmo”.

Sandra susurra que el espíritu de San Griselmo necesita urgentemente una copa.

Adrián se ríe. Mendoza finge no oírla. Beatriz Salvatierra habla con alguien junto a la puerta, perfecta, distante, como si ya estuviera pensando en otra sala que ordenar.

Al salir, Tomás está cerca de la entrada. Ale camina a mi lado. Esta vez, al cruzar la puerta de la sala, me mira.

Le doy la mano. No sé desde cuándo. Quizá desde hace cinco minutos. Quizá desde que Tomás ha mirado y no he querido devolverme a un sitio más pequeño. Quizá desde que Ale ha aprendido a esperar. Quizá desde que yo he empezado a cansarme de esconderme incluso cuando nadie me persigue de verdad.

Salimos al pasillo de San Griselmo cogidas de la mano. Dani nos ve desde la máquina de café rota. Abre la boca. Sandra aparece a su lado como un ángel vengador con eyeliner.

—Dani —dice—, hoy no.

Dani cierra la boca. Ale suelta una risa bajita. Yo también. Y seguimos caminando.

CAPÍTULO 23: NO ES UNA DEUDA

Ale

El plan no era acabar en El Faro.

El plan, técnicamente, era salir del acto de la revista, decir dos frases inteligentes sobre la importancia de la cultura universitaria, volver a casa, cenar algo sencillo y no convertir cada avance emocional en una celebración con patatas.

Pero Sandra existe.

Y cuando Sandra dice “esto pide una cerveza simbólica”, la cerveza simbólica se convierte en una mesa para seis, dos raciones de patatas, una de croquetas, Claudia revisando vídeos en su cámara, Adrián hablando de la revista como “espacio de disputa amable” y Nico apareciendo diez minutos después porque alguien lo ha escrito en el grupo de clase.

Dani no viene.

Sandra dice que es porque ella le ha mirado con intención pedagógica.

No sé qué significa eso, pero funciona.

Estamos en una mesa alta, cerca de la pared del fondo.

El Faro no está tan lleno como el sábado del concierto, pero tiene el ruido justo para que todo parezca menos solemne.

Hay música baja, vasos, gente entrando y saliendo, estudiantes de cuarto celebrando algo que probablemente no merece celebración y una camarera que ya mira a Sandra como si la conociera de otra vida y la recordara agotadora.

Paula está a mi lado. No nos estamos cogiendo de la mano todo el tiempo.

Sería incómodo para comer patatas y, además, Paula sigue necesitando entrar y salir de los gestos sin que se vuelvan una obligación.

Pero cuando nos sentamos, dejó su rodilla cerca de la mía.

Después, mientras Claudia enseñaba un plano del acto, apoyó los dedos un segundo en mi muñeca para inclinarse mejor hacia la pantalla.

Desde lo del pasillo de San Griselmo, algo dentro de mí está demasiado despierto.

Paula me cogió la mano delante de Tomás, delante de Dani, delante de Mendoza, delante de la institución con piernas y su bolso pequeño. No como desafío ruidoso. No como espectáculo. La cogió porque quiso no soltar lo que era nuestro solo porque alguien lo miró con estrechez.

Y yo sigo intentando no pensar en eso como si fuera una declaración.

Fracaso bastante.

—Este plano —dice Claudia, girando la cámara hacia nosotras— es oro.

En la pantalla se ve a Mendoza escuchando a Beatriz Salvatierra, con una expresión de respeto institucional y resistencia interna tan precisa que parece ensayada.

Sandra se lleva una mano a la boca.

—Eso debería estar en un museo.

—Lo titularía “Mujer sostiene su criterio ante patronato” —dice Paula.

—O “que no me muevan las cortinas” —añado.

Sandra señala la mesa.

—Ese es el subtítulo.

Adrián mira la imagen con gravedad.

—Tiene algo de duelo generacional.

Sandra se gira hacia él.

—Adrián, de verdad, no puedes decir cosas así mientras como una croqueta.

—¿Por qué?

—Porque luego me pasan cosas.

Él sonríe.

Nico, sentado al otro lado, se ríe y levanta su vaso.

—Por la crónica.

—Por la crónica —repite Claudia.

—Por Mendoza no destruyéndoos públicamente —dice Sandra.

Todos brindan. Yo la miro. Ella mira el vaso, no a mí, pero sonríe. Y yo siento otra vez esa certeza que empieza a dejar de asustarme por su tamaño y a asustarme por lo bien que encaja.

Me gusta Paula.