CAPÍTULO 22 QUE NO PIERDA INSTITUCIÓN
Paula
San Griselmo sabe organizar actos pequeños como si fueran acontecimientos históricos.
La sala de conferencias de la segunda planta no es especialmente grande, pero han colocado las sillas en filas perfectamente rectas, una mesa con tres micrófonos, dos jarras de agua, un cartel con el logo de la facultad y una pantalla donde aparece la portada de la revista digital.
Hay luz cálida, alumnos con camisa, profesores intentando parecer cercanos y una bandeja de canapés al fondo que Sandra ha calificado, nada más entrar, como “optimismo seco sobre pan tostado”.
El acto es sencillo, en teoría. La revista digital presenta una selección de textos destacados del trimestre.
Mendoza participa como responsable de Redacción Periodística.
Hablarán dos alumnos de cuarto, una chica del máster de Comunicación Cultural y, según el programa, “representantes institucionales de la Fundación San Griselmo”.
Eso último no me tranquiliza.
En San Griselmo, la palabra institucional siempre entra en la sala con tacones.
—Estoy nerviosa —dice Sandra a mi lado.
La miro.
—¿Tú?
—Sí. Hay demasiadas personas con americana. Mi sistema creativo se siente juzgado.
Ale, al otro lado, se inclina un poco hacia nosotras.
—El canapé de salmón también te juzga.
—El canapé de salmón no tiene autoridad moral. Está seco.
Me río.
Ale sonríe al oírme y luego mira hacia la sala, intentando no mirarme demasiado. Eso se le da cada vez peor y cada vez mejor. Peor porque la pillo. Mejor porque ya no se lanza a taparlo con una broma inmediatamente.
Estamos sentadas juntas, pero no cogidas de la mano.
San Griselmo sigue siendo San Griselmo.
No lo hemos hablado esta vez. No ha hecho falta.
En la calle, viniendo hacia aquí, Ale me ha cogido la mano con naturalidad después de preguntar solo con los ojos.
Yo he dicho que sí apretando los dedos. La hemos soltado antes de entrar en la facultad, sin drama, sin explicación, sin que ninguna pareciera traicionarse a sí misma.
Aquí no todavía.
O aquí quizá luego.
No sé.
Últimamente mi vida avanza a través de adverbios prudentes.
Claudia está unas filas más adelante, con la cámara preparada. Al verme, se gira y sonríe. Le devuelvo la sonrisa. Nuestra conversación después de la segunda cita fue breve y limpia. Me escribió al día siguiente:
CLAUDIA: Solo quería decirte que me alegro por ti. Y que sigo reclamando crédito artístico por el plano del suelo.
Yo respondí:
PAULA: Gracias por las dos cosas.
Y eso fue todo. O quizá no todo, pero suficiente. Claudia tiene una manera muy elegante de no convertirse en una herida ajena. Eso me gusta. También me hace sentir un poco culpable, aunque ella seguramente diría que no hace falta. La dignidad narrativa, supongo.
Nico está al fondo, con un grupo de clase. Saluda a Ale con un gesto y luego a mí. No hay tensión rara. O hay la normal. La que cabe en una sala llena de sillas y biografías compartidas.
Dani también está, apoyado contra una pared con otros dos chicos. Cuando nos ve, levanta la mano.
—Pareja literaria —dice, en voz no demasiado alta, pero suficiente.
Ale se tensa a mi lado.
Yo también.
Sandra gira la cabeza hacia él con lentitud de depredador.
—Dani —dice—, la repetición excesiva empobrece el estilo.
Él se ríe, sin saber si le han insultado.
—Vale, vale.
Ale me mira de reojo.
No contesta.
No hace falta.
Eso me gusta.
También me gusta que Sandra haya disparado primero. Hay amistades que no sustituyen el amor, pero despejan el terreno con una eficacia admirable.
Mendoza sube al estrado y prueba el micrófono.
—Buenas tardes. Seré breve, lo cual en un acto universitario suele ser una promesa incumplida, pero intentaré honrarla.
La sala se ríe.
Mendoza mira las primeras filas con esa mezcla suya de cansancio y precisión.
—La revista digital de San Griselmo nació para que los alumnos aprendieran algo que no siempre cabe en las aulas: publicar implica mirar, elegir y responder de lo escrito.
Hoy presentamos algunos trabajos que, con sus defectos, han entendido algo fundamental.
No basta con tener tema. Hay que tener mirada.
Ale mueve la mano sobre su rodilla.
No me toca.
Pero noto el movimiento.
Como si la palabra mirada hubiera vuelto a colocarnos en El Faro, con la música, la mano, el título.
Mendoza habla de varios textos. Uno sobre memoria de barrio. Otro sobre cine universitario. Otro sobre precariedad cultural, escrito por una alumna de máster que parece no haber dormido desde 2023.
Luego aparece nuestra crónica en la pantalla.
Llegar tarde despacio: crónica de una noche en El FaroPor Paula Martín y Alejandra Rivas
Ver nuestros nombres ahí, más grandes que en el móvil, me da una impresión extraña. Ya no están en una pantalla privada. No están en un documento compartido. Están delante de todos.
Ale deja de mover la mano.
Mendoza se gira apenas hacia la pantalla.
—Este texto funciona porque no confunde sensibilidad con sentimentalismo. Eso, créanme, no es habitual.
Sandra se inclina hacia mí.
—Mendoza os ha declarado amor eterno en su idioma.
Me muerdo la sonrisa.
—La pieza observa un concierto universitario —continúa Mendoza—, pero habla también de una forma de escucha. Las autoras escriben que “a veces, una canción importa no por lo que ocupa, sino por lo que permite escuchar”. Esa frase sostiene el texto.
Ale me mira.
La frase era mía.
La escribí en la biblioteca mientras intentaba no decir todo lo que quería decir.
Ahora está en la voz de Mendoza, en una sala institucional, delante de profesores, alumnos, Claudia, Nico, Dani, canapés secos y personas con americana.
Y aun así sigue siendo nuestra.
Cuando Mendoza termina el comentario, la sala aplaude. No mucho, no como en una película. Lo justo. Lo universitario. Lo real.
Ale se inclina hacia mí, muy poco.
—Mendoza ha dicho sentimentalismo sin acusarnos —susurra—. Estamos bendecidas.
La risa me sale bajita, casi sin permiso.
—No lo estropees.
—Intento.
Entonces la puerta lateral se abre.
No de forma estruendosa. No hace falta. Algunas personas no necesitan hacer ruido para cambiar una sala.
Entra Beatriz Salvatierra.
No la conozco personalmente, pero la conozco como se conocen ciertos nombres en San Griselmo: por la forma en que la gente endereza la espalda cuando aparece.
Lleva un traje claro, el pelo recogido, un bolso pequeño y una serenidad antigua, de esas que parecen heredadas junto con una casa familiar y varias opiniones firmes sobre la decadencia de las formas.
Mendoza se detiene apenas.
Un segundo.
Salvatierra se sienta en primera fila, junto a un hombre de la Fundación. No pide disculpas por llegar tarde. No parece necesario. La sala la incorpora como si siempre hubiera estado prevista.
—Doña Beatriz ha conseguido llegar —murmura una profesora detrás de nosotras.
Sandra abre mucho los ojos.
—Institución con piernas —susurra.
Ale se tapa la boca para no reírse.
Yo no debería sonreír.
Sonrío.
El acto continúa. Hablan dos alumnos. Claudia graba planos. Dani bosteza con discreción insuficiente. Sandra me pasa una nota en el móvil que dice: “El canapé de salmón sigue mirándome. Voy a vencerlo después.”
Luego invitan a Beatriz Salvatierra a decir unas palabras.
Sube al estrado sin papeles.
Por supuesto.
Hay personas que no necesitan papeles porque se han pasado la vida esperando que el mundo se adapte a su tono.
—Seré breve —dice.
Su voz es baja, clara, impecable.
La sala se queda más atenta.
—Una institución no se mide solo por sus paredes, ni por sus nombres, ni por sus años. Se mide por lo que permite pensar sin perderse a sí misma. He leído algunos de los textos publicados este trimestre y celebro que la revista esté ganando sensibilidad.
Hace una pausa.
Mendoza parece contener una mueca.
—Ahora solo falta que no pierda institución.
Sandra baja la cabeza.
Sé que está haciendo un esfuerzo sobrehumano por no comentar.
Ale escribe algo en una nota del móvil y me lo enseña apenas.
Traducción: me gusta, pero estoy vigilando.
Me muerdo el interior de la mejilla.
Beatriz Salvatierra sigue hablando de tradición, excelencia, mirada joven y responsabilidad. No dice nada escandaloso. Nada que pueda citarse como conflicto. Pero todo en ella parece ordenar la sala: las sillas, las palabras, los cuerpos.
San Griselmo es esto también.
No solo El Faro, ni la revista digital, ni Sandra riéndose de Adrián, ni Claudia con su cámara, ni Ale preguntando si puede besarme en una plaza.
También es esta mirada que decide qué cabe.
Y quizá por eso, cuando Beatriz baja del estrado y la sala aplaude, siento una necesidad inesperada de comprobar mi propia mano.
La tengo sobre la pierna. Cerca de la de Ale. No la cojo. Todavía.
Ale
Beatriz Salvatierra parece una persona capaz de corregir la postura moral de una sala con solo quitarse un guante.
No lleva guantes, pero se entiende.
Desde que ha entrado, el aire está un poco más recto. Mendoza actúa como si todo fuera normal, pero yo la he visto tensar la mandíbula. Sandra lleva diez minutos acumulando comentarios en silencio y eso puede ser peligroso para su salud. Paula está sentada a mi lado, muy quieta.
Tiene la mano sobre la pierna, los dedos ligeramente doblados. Conozco esa mano. La he tenido en la mía en una plaza, en una calle, en un sofá, bajo una manta, en una cocina. La he soltado antes de entrar en la facultad porque aquí todavía pesa más. O pesaba.
No sé si debería hacer algo. No hacer nada también es hacer algo, me digo. Qué asco da madurar.
Salvatierra termina su intervención y vuelve a su asiento. La sala aplaude. Después anuncian una breve pausa antes del cierre. Todo el mundo se levanta a por agua, canapés y conversaciones de cortesía.
Sandra aparece delante de nosotras con una expresión iluminada por el peligro.
—Necesito decirlo o me da algo.
—No —dice Paula.
—Solo una frase.
—No —digo yo.
Sandra mira a Beatriz Salvatierra, que habla con Mendoza junto a la mesa.