CAPÍTULO 21 LA LÁMPARA #2
—Yo estoy improvisando.
—Pues improvisas bien.
Sonríe apenas.
La cocina hace ruido: el grifo, Sandra moviendo platos, un cajón. No estamos del todo solas y, aun así, el sofá se ha convertido en un espacio aparte.
—¿Puedo acercarme un poco? —pregunto.
Paula mira el espacio que todavía hay entre nuestros cuerpos.
—Sí.
Me muevo despacio, reduciendo la distancia hasta que mi hombro toca el suyo. No la rodeo. No tiro de ella. Solo me siento más cerca. Paula respira hondo, y durante un segundo pienso que quizá ha sido demasiado. Luego apoya la cabeza en mi hombro.
Se me para todo.
No porque sea nuevo.
Porque no lo es.
Y porque ahora sí lo es.
La última vez que apoyé mi cabeza en su hombro, yo no sabía que le estaba pidiendo cinco minutos a alguien que llevaba dos años convirtiendo cinco minutos en supervivencia. Ahora es ella quien se apoya en mí. Consciente. Cansada. Con permiso.
No me muevo.
Apenas respiro.
Paula suelta una risa mínima contra mi hombro.
—Estás rígida.
—Estoy siendo una estructura de apoyo fiable.
—Pareces una silla de oficina.
—Silla emocional ergonómica.
—Fatal.
—Pero estable.
Siento su sonrisa más que verla.
Me permito relajar un poco el cuerpo. Mi mejilla roza su pelo. Huele a champú y a noche fría. Su mano sigue en la mía, bajo la manta, y algo dentro de mí se coloca en un sitio nuevo.
Sandra vuelve de la cocina, nos ve y se detiene.
Durante medio segundo pienso que dirá algo.
No lo hace.
Solo recoge su móvil de la mesa, apaga la televisión y dice:
—Me voy a dormir. La lámpara se apaga sola esta noche.
Paula levanta la cabeza de mi hombro.
—Buenas noches, Sandra.
—Buenas noches, estructuras románticas emergentes.
—Sandra —digo.
—Era eso o llorar.
Se va por el pasillo antes de que podamos contestar.
Paula se ríe bajito y vuelve a apoyar la cabeza en mi hombro.
Vuelve.
Esa es la palabra que me atraviesa.
No se queda por inercia. Vuelve.
Me atrevo a apoyar mi cabeza ligeramente contra la suya.
—¿Bien? —pregunto.
—Sí.
—Control de calidad mínimo.
—Lo sé.
—Última auditoría.
—Mentira.
—Probablemente.
Nos quedamos así un rato. No sé cuánto. La casa se va apagando alrededor: una puerta, el crujido del suelo, el zumbido de la nevera. En algún momento Paula suelta mi mano para acomodarse mejor, pero no se aparta. Después la busca otra vez.
Yo se la doy.
Sin prisa.
Sin ceremonia.
Con una felicidad tan tranquila que casi no sé reconocerla.
—Ale —dice al cabo de un rato.
—¿Sí?
—No quiero que todo tenga que ser lento por miedo.
La frase me despierta de golpe, aunque no estaba dormida.
—Vale.
—Quiero ir despacio porque quiero hacerlo bien. No porque no quiera.
Me quedo callada.
Me parece una diferencia enorme.
—Eso me gusta —digo.
—¿Sí?
—Mucho.
Paula levanta la cabeza y me mira. Estamos muy cerca. Más que en la plaza antes del beso. Más que en el portal después de la primera cita. La manta se ha caído un poco, pero nuestras manos siguen juntas.
—A veces sí quiero correr —admite.
La frase me prende algo en el pecho.
No de forma descontrolada. O sí, pero puedo sostenerlo.
—Yo también.
—Lo sé.
—Se me nota.
—Mucho.
Nos reímos bajito.
Después el silencio se vuelve otra cosa.
No incómodo.
No exactamente tranquilo.
Lleno.
Paula mira mi boca.
Yo miro la suya.
No pregunto enseguida. No porque no quiera. Porque este momento está hecho de muchas capas y no quiero romper ninguna por impaciencia.
Paula es quien habla.
—Puedes besarme.
La frase es casi un susurro.
Me atraviesa entera.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Aquí?
Ella mira el sofá. La manta. El pasillo donde Sandra ha desaparecido.
—Aquí sí.
Aquí sí.
Me acerco despacio.
El beso es distinto al de la plaza. Menos breve.
Más casa. Más respiración compartida. Paula se gira un poco hacia mí, todavía sentada en el sofá, y su mano sube hasta mi nuca con una decisión que me desordena.
No empuja. Solo está. Yo le toco la mejilla, después el pelo, después vuelvo a la mejilla porque todavía no sé cuánto es demasiado y no quiero aprenderlo cruzando un límite.
Paula se aparta apenas.
—No tienes que tener tanto miedo.
Apoyo mi frente contra la suya.
—Un poco sí.
—Un poco sí.
Sonríe.
La beso otra vez.
Y esta vez, durante unos segundos, no pienso en protocolos, ni en dos años, ni en llegar tarde, ni en si Sandra puede salir al pasillo y morir de emoción.
Pienso en Paula. En que su boca ya no es una pregunta imposible.
En que su mano en mi nuca no es una deuda.
En que quizá besarla despacio no significa contenerlo todo, sino estar lo bastante presente como para saber cuándo seguir y cuándo parar.
Paramos porque las dos tenemos que respirar.
Paula apoya la frente en mi hombro.
Yo le rodeo la espalda con un brazo, despacio.
Ella no se tensa.
Se acerca.
Ahí está otra vez.
Ese sí sin palabra.
Me quedaría toda la noche en ese sofá, pero sé que no debemos convertir el primer sofá recuperado en una prueba de resistencia. Además, mañana Sandra nos encontraría fusionadas con la manta y no habría forma humana de sobrevivir a sus comentarios.
—Deberíamos dormir —digo.
Paula se aparta un poco.
—Sí.
Ninguna se mueve.
—Lo digo con poca convicción —admito.
—Lo he notado.
Sonrío.
Nos levantamos al fin. Apagamos la luz del salón. En el pasillo, nos detenemos frente a nuestras puertas. La suya a la derecha. La mía al fondo. La distancia más repetida del piso.
Paula me mira.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Da un paso hacia su habitación.
Luego vuelve.
Me besa.
Breve.
Decidida.
Como una posdata.
—Ahora sí —dice.
Entra en su cuarto y cierra la puerta.
Yo me quedo en el pasillo con una mano apoyada en la pared y una sonrisa que no puedo esconder de nadie, aunque no haya nadie mirando.
Desde su habitación, Sandra grita:
—La lámpara sigue apagada, pero percibe cosas.
—¡Duérmete! —gritamos Paula y yo desde lados opuestos del pasillo.
La risa de Sandra atraviesa la puerta. La de Paula también. Y la mía.
La casa, por primera vez en mucho tiempo, no parece un lugar que estemos intentando no romper. Parece un lugar donde algo empieza a caber.