CAPÍTULO 21 LA LÁMPARA
Ale
Sandra nos mira las manos como si acabáramos de entrar en el piso sosteniendo una prueba arqueológica.
Paula no me suelta.
Yo tampoco.
Esto, teniendo en cuenta que Sandra está en el sofá con una manta, un bol de palomitas y cara de corresponsal enviada al frente, me parece un acto de valentía considerable.
De Paula, sobre todo. Yo estoy intentando mantener una expresión normal, pero sospecho que parezco una persona a la que le han concedido una beca, un perro y una segunda oportunidad en la misma tarde.
—Solo diré —dice Sandra, muy despacio— que como lámpara estoy iluminando esta escena con muchísimo respeto.
—Eso ya lo has dicho —respondo.
—Es que sigo respetando.
Paula aprieta un poco mis dedos.
Lo noto.
Claro que lo noto.
—Hola, Sandra —dice.
—Hola, Paula —contesta ella, con una solemnidad absurda—. Hola, Ale. Hola, desarrollo narrativo.
—Sandra.
—Perdón. Último.
Levanta las manos, pero no puede evitar sonreír de una forma enorme, emocionada, casi peligrosa. Durante un segundo pienso que va a hacer una broma más. Luego veo que también tiene los ojos un poco brillantes y algo se me afloja por dentro.
Sandra ha estado en todas las versiones de esto.
La que no sabíamos nombrar.
La que dolía.
La que rompió por error con un mensaje equivocado.
La que ahora entra por la puerta cogida de la mano y no sabe qué hacer con los zapatos.
Paula deja las llaves en la mesita del recibidor. Sigue sin soltarme.
—Hemos cenado —dice, como si eso explicara algo.
Sandra asiente muy seria.
—La cena. Gran institución.
—Y hemos paseado —añado.
—El paseo. Otra gran institución.
—Y ahora vamos a quitarnos los abrigos —dice Paula.
—El abrigo —empieza Sandra.
—No —decimos las dos a la vez.
Sandra cierra la boca, pero su sonrisa se ensancha.
—La sincronía verbal está en plena forma —murmura.
Paula me suelta la mano para quitarse la chaqueta.
La suelta tranquila.
Eso es importante.
No se aparta como si la hubiera pillado una cámara, ni como si la mano hubiera sido un exceso que ahora hubiera que esconder. Solo se quita la chaqueta porque está en casa y hace calor. Yo me aferro a esa diferencia como si fuera un avance de investigación revisado por pares.
Me quito la mía también.
Sandra sigue en el sofá, mirándonos con un esfuerzo casi heroico por no hacer preguntas. El bol de palomitas descansa sobre sus piernas. En la televisión hay una película sin volumen en la que dos personas parecen discutir en una cocina mucho más cara que la nuestra.
—¿Qué ves? —pregunta Paula.
—No lo sé. Le quité el volumen porque estaba escuchando el ascensor.
—Inquietante —digo.
—Preventivo.
Paula se ríe.
Yo miro esa risa y me acuerdo de la plaza, de Claudia saliendo de la librería, de la mano de Paula quedándose en la mía aunque al principio quisiera soltarla.
Me acuerdo del beso bajo la farola. Breve.
Suave. Público. Nuestro. Me acuerdo de cómo dijo “no quería actuar como si me hubieran pillado haciendo algo malo” y siento otra vez esa mezcla de ternura y responsabilidad que últimamente me acompaña como una segunda mochila.
No estamos haciendo algo malo.
Parece obvio.
Aun así, verla aprenderlo con el cuerpo me dan ganas de cuidarla con una precisión que todavía estoy aprendiendo.
—¿Queréis ver una peli? —pregunta Sandra.
Paula y yo nos miramos.
Una película.
Las tres.
En el sofá.
El sofá de la manta azul, del domingo, de mi cabeza en su hombro cuando yo todavía no sabía nada y ella sabía demasiado.
Veo el recuerdo pasar por la cara de Paula.
No se cierra.
Pero lo ve.
—Podemos —dice.
—Sin presión cinematográfica —añade Sandra rápidamente—. También puedo irme a mi habitación y hacer como que no me apetece observar este hito sociológico desde primera fila.
—Quédate —dice Paula.
Sandra se queda quieta.
—¿Seguro?
—Sí.
La sonrisa de Sandra se vuelve más suave.
—Vale.
Acabamos las tres en el sofá, lo cual hace una semana habría sido la cosa más normal del mundo y ahora requiere una especie de coreografía diplomática.
Sandra se coloca en un extremo con el bol de palomitas.
Paula se sienta en el otro. Yo quedo en medio, que parece una elección de reparto sospechosa.
—Yo no he diseñado esto —dice Sandra antes de que nadie hable—. El sofá me ha colocado aquí.
—El sofá tiene agenda —digo.
—Desde siempre.
Paula se acomoda a mi derecha. No está pegada a mí. Hay un pequeño espacio entre nuestros cuerpos. Pero su rodilla roza la mía cuando dobla las piernas, y esta vez ninguna de las dos se aparta.
Sandra pone volumen.
La película resulta ser una comedia romántica universitaria bastante mala sobre una chica que se enamora de su rival en el periódico de la facultad. Sandra la eligió al azar, según ella. No la cree nadie.
—No sabía de qué iba —dice, mirando fijamente la pantalla.
—Ajá —responde Paula.
—La descripción decía “jóvenes, ambición y secretos”.
—Sandra.
—Eso puede ser cualquier cosa.
La película es terrible. La protagonista escribe editoriales como si estuviera declarando una guerra internacional.
La rival lleva gafas solo cuando necesita parecer inteligente.
El periódico universitario tiene una redacción con más presupuesto que muchos medios reales.
A los veinte minutos, Paula ya está indignada por la falta de verosimilitud periodística.
—Nadie corrige una entradilla así y recibe aplausos —dice.
—Quizá en universidades con fondos privados —respondo.
—Ni allí.
Sandra mastica palomitas.
—Me encanta cuando el rigor profesional os arruina el entretenimiento.
—Esto nos lo está arruinando el guion —digo.
Paula se ríe.
Su rodilla sigue contra la mía.
Mi mano está sobre mi propio muslo. La suya, sobre la manta. Cerca. No pegada. Cerca. Durante diez minutos mi atención se divide en tres partes: la película horrible, la mano de Paula y el esfuerzo de no convertir cada centímetro en una pregunta existencial.
Entonces Paula mueve la mano.
Solo un poco.
Sus dedos rozan los míos sobre la manta.
No me mira.
La película sigue. Sandra comenta algo sobre la iluminación poco realista de las fiestas universitarias. En la pantalla, la protagonista se cae sobre una pila de periódicos con una falta de dignidad que Mendoza habría penalizado.
Paula deja sus dedos junto a los míos.
No me coge la mano.
Solo los deja ahí.
Como una posibilidad.
Me permito respirar antes de hacer nada. Luego giro la mano despacio, palma arriba, sin buscarla del todo. Una oferta silenciosa.
Paula tarda un segundo.
Dos.
Después apoya su mano en la mía.
No entrelazamos los dedos enseguida. Solo están ahí, una sobre otra, bajo la manta, mientras Sandra ve una película horrible a menos de medio metro. El gesto tiene algo clandestino y algo doméstico, una mezcla extraña de adolescencia y casa compartida.
Me gusta demasiado.
Al cabo de un rato, Paula entrelaza los dedos con los míos.
Miro la pantalla con una concentración heroica.
No sé qué está pasando en la película. Creo que una de las chicas acaba de sabotear una entrevista. O quizá se están enamorando mediante conflicto laboral, que parece el único método disponible en ese universo.
Sandra baja la mirada al bol de palomitas.
Luego a la manta.
Luego a la pantalla.
No dice nada.
Estoy tan orgullosa de ella que casi me emociono.
Diez segundos después, claro, susurra:
—Como lámpara, confirmo que la luz es cálida.
—Sandra —dice Paula, pero se le escapa la risa.
—Último, último. Ahora sí.
—Eso dijiste antes —digo.
—El crecimiento personal no es lineal.
Paula no me suelta.
Eso se convierte en el centro de la noche.
Sandra sigue viendo la película y haciendo comentarios cada vez más contenidos.
Paula discute dos decisiones narrativas.
Yo aporto que ninguna redacción universitaria tiene tantos cristales, porque alguien tiene que representar la arquitectura realista.
Durante un rato parece que hemos conseguido algo casi imposible: estar las tres juntas sin que la cosa se rompa por el peso de todo lo que sabemos.
Hacia el final, la protagonista corre bajo la lluvia para declarar su amor en una imprenta. Paula emite un sonido de sufrimiento.
—¿Qué? —pregunto.
—Está lloviendo sobre papel.
—El amor tiene costes de producción.
—Es un crimen documental.
Sandra se seca una lágrima inexistente.
—Yo estoy emocionada por la celulosa.
La película termina con un beso entre rotativas, que es una idea tan peligrosa como poco higiénica. Sandra aplaude con poca fuerza.
—Bueno —dice—. Ha sido mala, pero útil para unirnos contra un enemigo común.
—El guion —digo.
—La humedad sobre material impreso —dice Paula.
—El capitalismo del periódico universitario —añade Sandra.
Se levanta con el bol vacío y mira hacia la cocina.
—Voy a fregar esto porque soy una persona renovada.
—El bol no se friega solo por haber contenido palomitas —digo.
—Por eso lo friego yo. Renovada, no delirante.
Cuando Sandra se va a la cocina, Paula y yo nos quedamos en el sofá.
Solano.
No.
Solana.
No sé qué palabra era. Mi cabeza ha dejado de funcionar porque Paula sigue con la mano en la mía y ahora no hay película, ni Sandra, ni comentarios sobre imprentas mojadas.
Solo el sofá, la manta, la luz baja y la conciencia de que estamos en el mismo sitio donde hace días su amor me parecía una noticia imposible.
Paula mira nuestras manos.
—Esto antes me habría dolido —dice.
La frase entra despacio.
—¿El qué?
—El sofá. Tu mano. Estar aquí.
—Paula…
—No todo el tiempo. Pero a veces.
Aprieto apenas sus dedos.
—Lo siento.
—No te lo digo para que lo sientas.
—Ya.
—Te lo digo porque ahora no me duele igual.
La miro.
Ella sigue mirando nuestras manos.
—¿Cómo te duele?
—No sé si duele. Es más… miedo. Y ternura. Y un poco de vértigo. Pero no es lo mismo.
No sé qué hacer con eso, así que hago lo único que parece posible.
—Gracias por decírmelo.
Paula levanta la vista.
—Estás aprendiendo frases muy útiles.
—Tengo buena profesora.