Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 20 ZONA DE BAJO RIESGO #2
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CAPÍTULO 20 ZONA DE BAJO RIESGO #2

Claudia mira nuestras manos.

Solo un segundo.

Luego vuelve a mi cara.

Su sonrisa no cambia demasiado, pero se suaviza.

—Hola.

Ale está a mi lado, muy quieta. Más quieta de lo normal. Seguramente intentando no existir demasiado fuerte.

—Qué casualidad —dice Claudia—. Venía de comprar un libro para clase.

—Nosotras… —empiezo.

No sé cómo acabar.

Nosotras paseábamos.

Nosotras teníamos una cita.

Nosotras estamos intentando llegar despacio y esta plaza era zona pública de bajo riesgo hasta que has aparecido tú con una bolsa de libros y una capacidad excesiva para entenderlo todo.

—Estamos dando una vuelta —dice Ale.

Simple.

Sin negar.

Sin explicar de más.

Agradezco tanto la frase que aprieto un poco su mano sin darme cuenta.

Claudia lo ve.

No dice nada.

—Buen plan —dice—. Y enhorabuena otra vez por la crónica. Hoy la comentaron en mi clase. La frase del título gustó mucho.

—Gracias —digo.

—También el vídeo —añade Ale—. Aunque el plano del suelo merecía más protagonismo.

Claudia sonríe.

—Lo sabía. Alguien con criterio.

La conversación dura poco. Claudia dice que tiene que irse porque ha quedado con unas compañeras. Antes de marcharse, me mira un segundo con una expresión que no sé leer del todo. No hay reproche. No hay tristeza dramática. Quizá hay una pregunta tranquila que no necesita respuesta ahora.

—Nos vemos el lunes —dice.

—Nos vemos —respondo.

Cuando se aleja, sigo agarrada a la mano de Ale.

Solo entonces me doy cuenta.

Ale también.

No dice nada al principio.

Caminamos unos metros en silencio.

—No la he soltado —digo.

La frase sale pequeña.

Casi sorprendida.

Ale mira nuestras manos.

—No.

—He querido.

—Lo sé.

—Pero no lo he hecho.

Ale se detiene.

Estamos junto a la fuente apagada. La luz de una farola le cae en el pelo y le dibuja sombras suaves en la cara. Tiene los ojos brillantes, serios, muy Ale y muy otra Ale a la vez.

—Gracias —dice.

—No lo he hecho por ti.

La frase sale antes de que pueda suavizarla.

Ale parpadea.

—No. Quiero decir… también. Pero no solo. No quería soltarme yo.

Su expresión cambia.

Lenta.

Profunda.

Como si hubiera entendido algo que yo todavía estoy alcanzando.

—Paula.

—Me dio miedo —digo—. Pero no quería actuar como si me hubieran pillado haciendo algo malo.

Ale traga saliva.

—No estamos haciendo algo malo.

—Lo sé.

—Pero una cosa es saberlo y otra…

—Otra vivirlo.

—Sí.

Nos miramos.

Mi mano sigue en la suya.

Y entonces entiendo que esta cita no iba de la tarta, ni del mercado, ni de la matriz de carbohidratos de Ale. Iba de esto. De una plaza cualquiera, una persona conocida apareciendo sin aviso y mi cuerpo aprendiendo, muy despacio, que puede quedarse.

—¿Puedo besarte? —pregunta Ale.

La pregunta llega suave.

No urgente.

No como recompensa.

No como celebración del gesto. Solo como deseo cuidado.

Miro alrededor. La plaza sigue tranquila. Nadie pendiente. Claudia ya ha doblado la esquina. Hay una pareja en un banco, un hombre con un perro, la violinista desafinando con dignidad a lo lejos.

Zona pública de bajo riesgo.

Quizá nivel tres.

—Sí —digo.

Ale sonríe apenas, con un alivio que no intenta esconder. Se acerca despacio. Esta vez no estamos en un portal, ni en una cocina, ni en una habitación. Estamos bajo una farola, junto a una fuente apagada, con el mundo pasando cerca sin detenerse.

El beso es breve.

Suave.

Mucho menos intenso que el del recibidor y, de alguna forma, igual de importante.

Porque esta vez no cierra una cita.

Abre espacio.

Cuando nos separamos, Ale apoya un segundo su frente en la mía. Solo un segundo. Luego se aparta.

—¿Bien? —pregunta.

Me río bajito.

—Control de calidad reducido, por favor.

—Última auditoría de la noche.

—Bien.

—¿Muy bien?

La miro.

—Ale.

—Vale.

Pero sonríe como si le hubiera dicho muchísimo más.

Seguimos caminando de la mano. El frío se hace más claro, así que empezamos a volver hacia casa. No hablamos mucho. No hace falta. La noche ya ha dicho bastante.

Al llegar al portal, no suelto su mano enseguida.

Ale tampoco se adelanta.

Nos quedamos delante de la puerta, con las llaves en mi bolso y los dedos unidos.

—En casa estará Sandra —dice.

—Probablemente pegada a la mirilla emocional.

—Seguro.

—Podemos soltarla antes de entrar.

Ale asiente.

—Podemos.

No la suelto.

Ella me mira.

—O no —digo.

Sus ojos se abren un poco.

—¿Seguro?

—No quiero hacer rueda de prensa.

—Sandra intentará hacerla.

—Lo sé.

—Podemos ignorarla.

—Podemos intentarlo.

Ale sonríe.

—Plan arriesgado.

—Zona de riesgo doméstico.

—Nivel alto.

—Mucho.

Respiro hondo.

Luego abro el portal sin soltarle la mano.

Subimos las escaleras así.

En el rellano, antes de abrir la puerta del piso, me giro hacia ella.

—Si Sandra dice algo, la sacrificamos.

—Justo.

Metemos la llave.

Entramos.

Sandra está en el sofá, con una manta, un bol de palomitas y la televisión puesta sin volumen.

Claro.

Nos mira.

Mira nuestras manos.

Su cara hace un viaje completo por todos los estados de la emoción humana.

Abre la boca.

Ale levanta un dedo.

—No.

Sandra cierra la boca.

Aguanta exactamente dos segundos.

—Solo diré que como lámpara estoy iluminando esta escena con muchísimo respeto.

Paula aprieta mi mano.

Yo aprieto la suya.

Y, por primera vez, ninguna de las dos la suelta.