Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 20 ZONA DE BAJO RIESGO
72%

CAPÍTULO 20 ZONA DE BAJO RIESGO

Paula

El viernes por la tarde, Sandra entra en mi habitación con una bolsa de patatas, se sienta en mi cama y dice:

—Vengo en calidad de comité.

Yo estoy frente al espejo con dos camisetas en la mano y una paciencia limitada.

—No he solicitado comité.

—El comité se autoconvoca cuando una de sus integrantes tiene segunda cita con su mejor amiga después de dos años de sufrimiento lírico.

Me miro otra vez. Camiseta blanca, sencilla. Camiseta granate, algo más bonita.

—La granate —dice Sandra.

—¿Por qué?

—Porque te favorece y porque Ale va a intentar actuar normal y fracasará con más gracia.

Dejo la blanca sobre la silla y me pongo la granate. Sandra asiente con solemnidad.

—Bien.

—¿Ahora puedes irte?

—No. Faltan las recomendaciones de seguridad.

—Sandra.

Levanta un dedo.

—Uno: no uses a Ale para comprobar si ya no tienes miedo. El miedo estará. Llévalo, pero que no conduzca.

—Qué insoportable cuando suenas sensata.

—Lo sé. Dos: si quieres cogerle la mano, cógesela. Si no quieres, no. Esto parece básico, pero en esta casa lo básico requiere protocolo.

—Anotado.

—Tres: si besas a Ale en algún lugar público de bajo riesgo, intenta no hacerlo delante de Dani porque ese hombre convertiría un beso en boletín informativo.

Me tapo la cara con las manos.

—No voy a besarla delante de Dani.

—Bien. Hay esperanza para la civilización.

Sandra abre la bolsa de patatas con un crujido escandaloso.

—Y cuatro. No todo tiene que ser procesamiento emocional de alta precisión. También podéis cenar, reíros, pasear, besaros si os apetece y no escribir un ensayo sobre ello.

—Has dicho “besar” con demasiada naturalidad.

—Estoy normalizando.

—Estás disfrutando.

—También.

Le lanzo un cojín. Lo esquiva con una habilidad sorprendente para alguien que ha venido en calidad de comité.

—Paula —dice, más suave—. Te mereces disfrutar un poco.

Luego me mira, con una especie de ternura.

—La granate. Definitivamente.

Cuando se va, me quedo sola frente al espejo. El móvil vibra.

ALE: Estoy abajo.

Otro.

ALE: No en plan Romeo.

Sonrío.

PAULA: Bajo.

ALE: Sin prisa.

Ale está en el portal, apoyada junto a los buzones. Lleva una chaqueta negra, vaqueros y zapatillas blancas. Tiene el pelo suelto y la cara de quien se ha prometido a sí misma no parecer demasiado nerviosa y ha fallado con bastante dignidad.

—Hola —dice.

—Hola.

Nos miramos un segundo.

Es absurdo porque hemos desayunado juntas.

Porque esta mañana hemos discutido con Sandra sobre si comprar papel de cocina.

Porque hace unas horas Ale me mandó una foto de un cartel mal escrito de la facultad con el mensaje “Mendoza sentiría dolor físico”.

No venimos de no vernos. Venimos de compartir casa.

Aun así, esto es otra cosa.

—Estás muy guapa —dice.

Se le escapa sin envoltorio.

Me pongo roja. Mucho. Lo noto.

—Gracias.

Ale mira al suelo un segundo, como si acabara de darse cuenta de que la frase ha salido demasiado directa.

—He decidido decirlo y no convertirlo en broma —añade—. Estoy siendo valiente.

Sonríe.

Y yo pienso: maldita sea, qué fácil sería quererla si no la quisiera ya tanto.

—Plan de hoy —dice, recuperando algo de su energía—. Cero velas intimidantes. Sitio con comida rica. Paseo posterior opcional. Zona pública de bajo riesgo cuidadosamente seleccionada.

—¿Has hecho mapa?

—Mental.

—Ale.

—Vale, también miré Google Maps.

—Por supuesto.

Me lleva a un mercado pequeño, a quince minutos andando, donde varios puestos sirven comida y hay mesas altas, luces cálidas y gente suficiente para que no parezca una cena solemne, pero no tanta como para tener que gritar.

Es perfecto. Odio que sea perfecto porque significa que Ale ha pensado mucho.

Comemos empanadillas de un puesto argentino, croquetas de otro y unas patatas con salsa que Ale defiende como “columna vertebral del plan”.

Nos sentamos en una mesa junto a una pared llena de carteles de conciertos antiguos.

No hay velas. Hay una lámpara industrial que no intenta crear ambiente, lo cual agradecemos ambas.

—Me gusta este sitio —digo.

Ale intenta no parecer demasiado satisfecha.

—Bien.

—Has elegido bien.

—Lo sé, pero gracias por confirmarlo.

—No te vengas arriba.

—Estoy arriba desde que has bajado con esa camiseta.

La cita empieza torpe y luego deja de serlo.

O quizá sigue siendo torpe, pero la torpeza se vuelve parte de la gracia.

Hablamos de la crónica, que ha recibido más comentarios en el grupo.

De Mendoza, que ha puesto un “correcto” en el campus virtual y eso, según Ale, equivale a un ramo de flores.

De Sandra y Adrián, que han quedado el domingo para ir a una exposición sobre fotografía urbana, algo que Sandra insiste en llamar “actividad sociocultural sin etiqueta”.

Ale me cuenta la entrevista con Vera con más detalle.

Imita la forma en que la cantante dijo “las canciones no empujan” y se le da sorprendentemente bien, aunque exagera un poco la solemnidad.

Yo me río y le digo que debería dedicarse al teatro documental.

Ella dice que su talento necesita un escenario y yo le recuerdo que una vez se subió a una mesa en Santa Clara para protestar contra los villancicos aburridos.

—Fue una acción cultural —defiende.

—Fue diciembre y tú llevabas una corona de espumillón.

—La resistencia necesita símbolos.

—Y desafinaste.

—La revolución no siempre afina.

Me río tanto que tengo que dejar el vaso en la mesa.

Ale me mira.

No de la forma en que miraba antes, rápida, alegre, sin pensar. Me mira quedándose. Como si mi risa fuera algo que no quiere perderse.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Ale.

—Me gusta cuando te ríes así.

La frase me atraviesa con una sencillez peligrosa.

—Ah.

—¿Demasiado?

—No.

—¿Seguro?

—No empieces con control de calidad.

—Perdón.

Pero sonríe.

Seguimos comiendo. En un momento, Ale me pasa una servilleta porque me he manchado de salsa.

No me limpia ella. No invade. Solo me la ofrece.

Yo la cojo y me limpio, aunque una parte absurda de mí recuerda todas las veces que Ale me quitó una miga de la cara sin pensarlo.

Ahora ese gesto no desaparece. Se transforma.

Y quizá eso me gusta más de lo que esperaba.

Después compartimos un postre: una tarta de queso demasiado buena. Ale insiste en que no puede ser legal. Yo le digo que escriba una crónica gastronómica denunciándolo. Ella coge una cucharada y me ofrece el tenedor a media distancia.

Se detiene.

—¿Puedo?

La pregunta me hace sonreír.

—Puedes darme tarta, Ale.

—Hay contactos que empiezan con tarta y terminan en catástrofe.

—Qué vida llevas.

—Últimamente, intensa.

Me acerco y pruebo la tarta del tenedor. Ale me mira mientras lo hago y, por primera vez, no aparta la vista enseguida. El aire cambia un poco. No mucho. Lo suficiente para que el ruido del mercado se vuelva lejano.

—Está buena —digo, aunque no estoy pensando en la tarta.

—Sí.

No creo que ella tampoco.

Salimos del mercado con frío en la cara y el cuerpo algo más ligero.

Ale propone caminar hacia una plaza pequeña cerca del río, “zona pública de bajo riesgo nivel dos”, según su clasificación.

Acepto. Caminamos una al lado de la otra, sin tocarnos al principio.

No porque no queramos. Porque ahora tocarse ya no es automático; es una conversación.

La calle está tranquila. Hay parejas, grupos de amigos, gente sacando perros, bicicletas pasando demasiado cerca. Una chica toca el violín junto a una esquina con más entusiasmo que afinación. Ale deja unas monedas en el estuche.

—Apoyando el arte emergente —dice.

—Mendoza aprobaría el gesto y criticaría la ejecución.

—Como siempre.

Llegamos a la plaza. Hay bancos, árboles pequeños, una fuente apagada y una librería-café cerrando en una esquina. Zona pública de bajo riesgo, efectivamente. Suficiente gente para no estar aisladas. Suficiente calma para no sentirnos observadas.

Ale mete las manos en los bolsillos.

Yo miro sus manos.

Ella lo nota.

—Estoy intentando no preguntar cada siete segundos —dice.

—Eso también lo he notado.

—Pero si quisiera preguntar…

—Puedes.

Ale respira hondo, como si se estuviera preparando para un examen absurdo.

—¿Puedo cogerte la mano?

Me gusta que lo pregunte.

Me gusta todavía más que esta vez no me dé miedo decir que sí.

—Sí.

Su mano sale del bolsillo y busca la mía. No rápido. No con inseguridad tampoco. Entre nuestros dedos ya hay menos sorpresa. Más memoria. Caminamos por la plaza así, con las manos unidas y el frío colándose entre los abrigos.

No miro alrededor al principio.

Luego sí.

Nadie nos mira.

O quizá alguien sí, pero no pasa nada.

Ese no pasa nada me emociona de una forma que no esperaba. He pasado tantos años convirtiendo mi amor por Ale en algo interior, secreto, plegado, que caminar con ella de la mano bajo una farola cualquiera parece casi una escena imposible. No épica. No espectacular. Mejor. Normal.

—¿Bien? —pregunta Ale.

La miro.

—Muy bien.

Su sonrisa aparece despacio.

—Bien.

Damos otra vuelta a la plaza. Hablamos de cosas tontas. De si Sandra y Adrián se besarán antes o después de que ella construya una tesis interpretativa. De si la planta moribunda necesita nombre. De si Mendoza en realidad vive en la facultad y duerme dentro de un archivo de crónicas corregidas.

Entonces oigo mi nombre.

—¿Paula?

Me giro.

Claudia está saliendo de la librería-café con una bolsa de tela y un libro en la mano. Lleva el pelo recogido, una bufanda gris y esa calma suya que siempre parece haber llegado cinco minutos antes que el resto del mundo.

Mi primer impulso es soltar la mano de Ale.

Lo siento.

Es físico.

Una contracción breve, antigua, aprendida.

Ale también lo siente porque afloja los dedos enseguida. No me retiene. No me pregunta. No hace nada que me obligue a elegir rápido.

Y quizá por eso no la suelto.

Me quedo con su mano en la mía.

El corazón me late fuerte.

Pero me quedo.

—Hola —digo.