Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 19 LA PALABRA DE OTROS #2
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CAPÍTULO 19 LA PALABRA DE OTROS #2

La miro. Ella mira su móvil, no a mí.

ALE: ¿El pasillo?

PAULA: Sí.

ALE: ¿Bien?

Tarda.

PAULA: Muy bien.

Siento una alegría absurda.

PAULA: Me gustó que no negaras, pero tampoco empujaras.

Leo la frase varias veces.

No negar.

No empujar.

Quizá ahí estamos.

ALE: Estoy intentando especializarme en zonas intermedias.

PAULA: Se te está dando bien.

ALE: Esto merece créditos.

PAULA: Dos como máximo.

ALE: Cruel.

PAULA: Precisa.

Se va hacia la biblioteca y yo me quedo mirándola un segundo más de lo prudente.

Nico aparece a mi lado, porque últimamente el universo lo usa como recurso narrativo sin consultarme.

—Bien contestado lo de Dani —dice.

Lo miro.

—¿Lo oíste?

—Medio pasillo lo oyó. Dani no susurra, proyecta inseguridad.

Suelto una risa.

—Gracias.

Nico se apoya junto a mí, mirando hacia donde Paula acaba de desaparecer.

—Debe de ser raro.

—¿Qué?

—Que la gente empiece a ver algo antes de que tú sepas cómo decirlo.

Me quedo callada.

Nico, para ser un exnovio con tendencia a la calma, tiene días de arma de precisión.

—Sí —digo—. Es raro.

—Lo estás haciendo bastante bien.

—No sé si fiarme de tu criterio. Una vez dijiste que una ruta de senderismo era un plan romántico.

—Sigo defendiendo mi postura.

—Estaba lloviendo.

—Eso añadió épica.

—Eso añadió barro.

Nico sonríe.

—Me alegro por ti, Ale.

No sé qué contestar.

Él no parece esperar demasiado.

—Y por Paula —añade—. Me cae bien.

—Lo sé.

—Cuídala.

La frase podría sonar mal. Paternalista. Fuera de lugar. Pero no en su voz. Nico no me está entregando a Paula como si él tuviera autoridad sobre ninguna de las dos. Solo me está recordando algo que ya sé y que aun así conviene escuchar.

—Eso intento.

—Y cuídate tú también.

—Eso intento menos.

—Pues empieza.

Se va hacia su clase.

Me quedo en el vestíbulo con demasiadas frases encima.

Por la tarde, cuando vuelvo a casa, Paula está en la cocina con Sandra. Hay una discusión abierta sobre si “caminar sin destino” con Adrián cuenta como cita aunque no hubiera beso. Sandra defiende que sí. Paula sostiene que depende de la intención. Yo entro justo cuando Sandra dice:

—La intención era clarísima. Él me enseñó una fachada modernista.

—Escandaloso —digo.

Sandra se gira.

—Exacto. ¿Quién enseña una fachada sin subtexto?

—Un guía turístico.

—Adrián no es guía turístico.

—Entonces estás perdida.

Sandra sonríe, encantada con su propia desgracia.

Paula me mira. Hay algo suave en sus ojos. Algo que quizá viene del pasillo, de mi respuesta a Dani, del mensaje de después o de todo junto.

Me siento frente a ella.

—¿Biblioteca bien?

—Sí. He avanzado.

—¿Con qué?

—Con el artículo de Mendoza.

—¿El perfil?

—Sí. Estoy haciendo el de Vera.

—Buena elección.

—Tú saldrás mencionada como entrevistadora insistente.

—Mi legado.

Sandra mira de una a otra con una sonrisa insoportable.

—Qué bonito es el respeto profesional con tensión romántica.

—Lámpara —le digo.

—Lámpara con opinión.

Cenamos tarde. Sandra se va a su cuarto a llamar a Adrián “solo diez minutos”, frase que todas sabemos que significa mínimo cuarenta. Paula recoge los platos conmigo. Estamos solas en la cocina, otra vez. El lugar de siempre, pero ya no exactamente el de antes.

—Gracias por lo de Dani —dice.

—Ya me lo has dicho.

—Quería decírtelo sin móvil.

—Ah.

—Me puso nerviosa.

—Lo vi.

—No porque me avergonzara.

—Lo sé.

—Me dio miedo que la palabra llegara antes que nosotras.

Pareja.

No la dice.

Yo tampoco.

La palabra está ahí igualmente, apoyada contra la encimera, escuchando.

—A mí también —admito.

Paula levanta la vista.

—¿Sí?

—Sí. Me gustó oírlo y me asustó al mismo tiempo. Lo cual últimamente parece mi marca emocional.

—Te entiendo.

—No quiero que nos empujen desde fuera.

—Yo tampoco.

—Pero tampoco quiero negarte.

Paula se queda quieta.

Esa frase sí le llega.

—No me negaste.

—Bien.

—Me protegiste un poco.

Me cuesta respirar normal.

—¿Sí?

—Sí.

—Vale.

Ella deja el plato en el escurreplatos y se seca las manos con un trapo. Luego se queda a un paso de mí.

—Aquí sí —dice.

Tardo medio segundo.

Después entiendo.

La cocina.

El piso.

Nosotras.

Aquí sí.

No hace falta que pregunte si puedo cogerle la mano. Esta vez es ella quien me la ofrece. Sus dedos rozan los míos y yo los tomo despacio.

—¿Aquí sí? —repito.

—Aquí sí.

—¿Y el pasillo de San Griselmo sigue siendo aquí no todavía?

—De momento.

—Vale.

—¿Te molesta?

—Un poco.

Su expresión cambia.

Aprieto suavemente sus dedos.

—Pero lo entiendo.

—Gracias por decir las dos cosas.

—Estoy intentando no convertirme en una santa de los límites. Sería insoportable.

—Mucho.

Sonríe.

Yo también.

Nos quedamos cogidas de la mano en la cocina, con el grifo goteando, un plato mal colocado y la luz demasiado blanca del techo. No hay vela. No hay música. No hay calle. No hay nadie viendo. Es una escena doméstica y sencilla, pero quizá por eso me emociona más.

Paula mira nuestras manos.

—No quiero ir más rápido porque otros hagan comentarios.

—Ni más lento por miedo a ellos.

Ella levanta los ojos.

—Eso sería lo ideal, ¿no?

—Sí.

—¿Sabremos hacerlo?

Me encojo de hombros.

—Podemos hacerlo regular y corregir.

Paula se ríe.

—Plan académico.

—Plan realista.

Su pulgar se mueve apenas sobre mi mano. No sé si lo hace sin pensar. No pregunto. Solo lo siento.

—Viernes sigue en pie? —pregunto.

—Sí.

—Sin velas intimidantes.

—Preferiblemente.

—Con carbohidratos.

—Imprescindible.

—Y quizá, si la noche lo permite, mano en zona pública de bajo riesgo.

Paula finge pensarlo.

—Lo valorará el comité.

—¿Qué comité?

—Yo.

—Comité exigente.

—Mucho.

Nos reímos bajo, como si Sandra pudiera oírnos a través de la pared y abrir un expediente. Luego Paula se acerca un poco más. No lo suficiente para besarme. Lo suficiente para que quiera que lo haga.

—Ale.

—¿Sí?

—Lo estás haciendo bien.

No debería afectarme tanto.

Lo hace.

—No siempre.

—No. Pero hoy sí.

Me quedo mirándola.

Quizá esto es lo que nadie te explica de querer a alguien despacio: que el deseo importa, claro que importa; que los besos pueden cambiar una noche entera; que una mano puede alterar el mapa de una calle.

Pero también hay otra clase de intimidad, una que aparece cuando alguien ve tu esfuerzo torpe y no se ríe, cuando nombra que lo estás intentando y te deja seguir.

—Gracias —digo.

Paula aprieta mi mano una vez.

Luego la suelta.

—Me voy a dormir.

—Vale.

—No es huida.

—Lo sé.

—Es sueño.

—Concepto revolucionario.

—Deberías probarlo.

—Algún día.

Sale de la cocina y yo me quedo un momento junto al fregadero, con la mano todavía cálida.

El viernes sigue en pie. El pasillo todavía no. La cocina sí. El mundo quizá algún día. No necesito saberlo todo esta noche. Con esto basta. Por ahora.