CAPÍTULO 19 LA PALABRA DE OTROS
Ale
Paula me está cogiendo de la mano. Esto, que en una frase cabe perfectamente y no parece complicado, en mi cuerpo ocupa muchísimo más espacio.
Su mano está en la mía desde que hemos cruzado la verja de San Griselmo.
Técnicamente han pasado cinco minutos. Emocionalmente, podríamos estar a mitad de una era histórica.
Caminamos por la acera con la facultad quedándose atrás, las mochilas al hombro, el ruido de los coches, gente adelantándonos, un señor paseando un perro diminuto que nos mira con una severidad inexplicable.
El mundo sigue haciendo cosas de mundo, que es una falta de sensibilidad bastante notable.
Yo intento caminar normal. No demasiado feliz. No demasiado contenida. No demasiado “me está cogiendo la mano, Sandra, llama a emergencias”.
Paula mira al frente, pero sé que sonríe un poco. Lo sé por la mejilla. Por la forma en que aprieta los labios para no dejar que la sonrisa se le escape entera. La conozco demasiado para no saberlo. O quizá empiezo a conocerla de otra manera.
Su mano está fría. La mía también, pero menos. Le ajusto un poco los dedos sin pensarlo.
Paula me mira.
—¿Bien? —pregunto, antes de poder evitarlo.
—Ale.
—Vale. Reduciendo controles.
—Has preguntado hace tres minutos.
—Estoy en fase beta.
—Pues la versión actual consume muchos recursos.
—Pero tiene buenas intenciones.
—Eso sí.
Seguimos caminando. No me suelta. Esa es la información principal del día. Quizá de la semana. Quizá del curso.
Cuando llegamos a la esquina de nuestra calle, Paula afloja un poco la mano.
Lo noto enseguida.
Por supuesto que lo noto. Ahora mismo mi sistema nervioso tiene un departamento completo dedicado a monitorizar los dedos de Paula.
No la retengo.
Ella suelta mi mano antes de entrar en el portal.
No de golpe. No con rechazo. Solo la deja ir con cuidado, como quien guarda algo delicado antes de subir escaleras estrechas.
—No es… —empieza.
—Lo sé.
Me mira.
—¿Sí?
—Creo que sí.
—Es que en casa está Sandra.
—Sí.
—Y no quiero que convierta el recibidor en una rueda de prensa.
—Es una posibilidad real.
—Alta.
—Altísima.
Paula sonríe, pero sigue mirándome con una pequeña preocupación.
—No lo he soltado porque…
—Paula. Está bien.
Lo digo y me esfuerzo mucho en que sea verdad. Lo es. Casi del todo. La parte que no lo es se sienta en una esquina, cruza los brazos y pone mala cara, pero no manda.
—Me ha gustado —digo—. Lo de la mano.
La sonrisa le cambia.
—A mí también.
Esa frase basta para neutralizar a la parte de mala cara.
Subimos al piso. Sandra está en la cocina, claro, porque Sandra tiene un talento sobrenatural para colocarse en el centro exacto de cualquier transición emocional.
Está sentada en la mesa con un cuaderno abierto, el móvil al lado y una expresión de concentración que solo puede significar que no está haciendo absolutamente nada académico.
—Hola, criaturas —dice sin levantar la vista—. ¿Qué tal el día en la institución del conocimiento y la tensión no resuelta?
Paula se quita la chaqueta.
—Han publicado la crónica.
Sandra levanta la cabeza con una sonrisa inmediata.
—Eso ya lo sabía. La he compartido en tres grupos, una story y, posiblemente, se la he mandado a mi tía Rosa por error.
—¿Tu tía Rosa sabe quiénes somos? —pregunto.
—Ahora sí. Dice que escribís muy fino.
Paula se ríe y deja la mochila en una silla. Yo intento no mirarla demasiado. Error. La miro. Sandra me mira mirando. Muy mal.
—Interesante —dice.
—No —digo.
—No he dicho nada.
—Has dicho interesante.
—Es una palabra culturalmente válida.
—Es una amenaza.
Sandra sonríe como si estuviera haciendo inventario mental de pruebas. Paula se refugia en la nevera, una estrategia poco elegante pero comprensible.
—¿Queréis merendar? —pregunta.
—Yo quiero información —dice Sandra.
—Hay yogures —respondo.
—La información alimenta más.
—Eso es falso y peligroso.
Paula cierra la nevera con un yogur en la mano.
—Sandra.
Sandra levanta ambas manos.
—Vale. Hoy soy una lámpara.
—Las lámparas no interrogan —dice Paula.
—Las buenas sí. Con luz cálida.
La tarde pasa sin rueda de prensa, lo cual considero un éxito.
Sandra nos mira demasiado, pero no pregunta lo evidente.
Paula y yo no nos tocamos en casa. No porque esté mal, creo.
Es más bien que el gesto de la calle todavía está demasiado reciente y la cocina tiene demasiada memoria.
No quiero convertir cada espacio en una prueba.
Tampoco quiero volver a estar sentadas como si nada hubiera pasado.
Así que habitamos un punto intermedio bastante torpe: hablar de la crónica, de la segunda cita del viernes, de si Sandra debería responder a Adrián con un audio o con “algo escrito que pueda revisar una comisión”.
Por la noche, ya en mi habitación, abro el documento de la lista.
Cosas que sé por ahora
Añado:
Paula me ha cogido la mano fuera de San Griselmo.
Luego lo miro y me parece otra vez un trofeo. Lo cambio.
Hemos caminado de la mano fuera de San Griselmo.
Mejor.
Añado debajo:
La ha soltado antes del portal y no ha sido un no. Ha sido un aquí no todavía distinto.
Me quedo mirando esa frase.
Estoy empezando a entender que querer a Paula va a exigir una precisión que antes no sabía tener. No todo lo que se aparta se va. No todo límite es rechazo. No todo silencio es castigo. No toda espera es abandono.
Qué agotador.
Qué importante.
El miércoles, la crónica empieza a circular más de lo previsto.
Alguien de la revista la comparte en el grupo de tercero.
Mendoza pone un comentario seco, que en su idioma significa entusiasmo: “Buen trabajo de observación. Atención al cierre.” Varios compañeros responden con fueguitos, aplausos y un gif de una señora escribiendo en una máquina antigua.
Sandra exige que se nos reconozca como “referentes culturales emergentes” y Paula le contesta que se tome un café.
En clase, varios nos felicitan.
Eso debería ser bueno.
Lo es.
Hasta que deja de ser solo eso.
Estamos en el pasillo, junto a la máquina de café rota, cuando Dani, un chico de nuestro grupo de Redacción que siempre cree estar siendo más gracioso de lo que realmente está siendo, se acerca con el móvil en la mano.
—Oye, lo de la crónica está muy bien —dice—. Muy intenso todo. Se nota que vosotras dos tenéis química editorial.
Sandra, que está a mi lado, se tensa como si hubiera olido gas.
Paula sonríe con educación.
—Gracias.
—No, en serio —insiste Dani—. Parecéis una pareja literaria.
La palabra pareja entra en el pasillo sin pedir permiso.
Paula se queda quieta.
Muy quieta.
Yo también.
Dani no se entera. Claro. Dani está demasiado ocupado disfrutando de su ocurrencia.
—Pareja literaria —repite—. Nombre de sección, ¿eh? Martín y Rivas comentan la cultura universitaria.
—Podría funcionar —dice Sandra, en tono demasiado alto, intentando mover la conversación hacia cualquier lugar menos ese.
Dani se ríe.
—¿Solo literaria?
Y ahí sí.
Ahí lo noto.
El cuerpo de Paula cerrándose apenas. La sonrisa congelándose. La mirada bajando al vaso de café. Un gesto mínimo para cualquiera. Enorme para mí.
Hace una semana quizá habría contestado con una broma.
Algo rápido, brillante, defensivo. Algo que me protegiera a mí, o a ella, o al momento.
Quizá habría dicho “Dani, no ligues con nuestra línea editorial” o “solo si Mendoza bendice la unión”.
Quizá habría convertido la incomodidad en espectáculo.
Hoy no.
Hoy miro a Dani y sonrío lo justo.
—De redacción, seguro —digo—. Lo demás no es tema de pasillo.
No lo digo seca.
No lo digo agresiva.
Lo digo claro.
Sandra deja de respirar un segundo. Paula levanta la vista.
Dani se encoge de hombros, algo avergonzado pero sin tragedia.
—Vale, vale. Era broma.
—Ya —digo—. Pero hay bromas que escriben peor que otras.
Sandra hace un sonido pequeñísimo. Paula me mira como si acabara de poner una silla en mitad de una avalancha.
Dani se va hacia el aula con su café. El pasillo vuelve a moverse, como si nada. Para él probablemente no ha pasado nada. Para mí ha pasado muchísimo y tengo el corazón en la garganta.
Sandra se inclina hacia mí.
—Acabas de hacer pedagogía con estilo Mendoza.
—No empieces.
—Ha sido casi sexy.
—Sandra.
—Perdón. Lámpara.
Paula sigue en silencio.
No sé si he hecho bien.
Maldita sea.
Creía que sí, pero la cara de Paula es difícil de leer. No parece enfadada. Tampoco aliviada del todo. Parece tocada, que es una categoría demasiado amplia para mi nivel actual.
—¿Estás bien? —pregunto.
Ella mira el aula, luego a mí.
—Sí.
No le creo del todo.
Y lo peor es que ahora tengo que decidir si preguntar más o respetar el sí. El infierno son las habilidades comunicativas en desarrollo.
Paula parece darse cuenta de mi duda.
—Sí de verdad —añade—. Solo… gracias.
El alivio me llega tarde.
—No sabía si había contestado bien.
—Sí.
—No quería hablar por ti.
—No lo has hecho.
—Vale.
—Has hablado por el pasillo.
Me río, más por descargar tensión que por otra cosa.
—El pasillo necesitaba límites.
—Muchos.
Sandra asiente con solemnidad.
—San Griselmo en general necesita un protocolo de comentarios sobre vida ajena.
—Lo redactas tú —digo.
—Con anexos.
Entramos en clase. Paula se sienta a mi lado. La mochila queda entre las dos, como siempre, pero durante la explicación de Mendoza sobre perfiles culturales, Paula mueve la mano debajo de la mesa y me toca la rodilla.
Solo un toque.
Dos segundos.
Gracias, quizá.
O estoy aquí.
O bien contestado.
O ninguna palabra concreta. Quizá algunos gestos no tienen traducción exacta y por eso importan.
Me quedo quieta.
No la miro.
Solo dejo que el contacto exista y desaparezca sin convertirlo en un evento con acta.
Después de clase, Paula tiene que ir a biblioteca. Yo tengo entrevista de grupo para otra asignatura. Nos separamos en el vestíbulo. Antes de irse, me manda un mensaje aunque estamos a tres metros.
PAULA: Lo de antes.