CAPÍTULO 18 AQUÍ NO TODAVÍA #2
—Y ayer fue la primera cita —sigo—. Y fue preciosa. Y el beso fue… fue importante. Pero todavía siento que si lo saco aquí, si lo pongo en medio de la facultad, lo vuelvo algo que tengo que defender. Y no quiero defenderlo todavía. Quiero vivirlo un poco antes.
Ale asiente despacio.
—Vale.
—¿Vale bien?
Sonríe apenas.
—Vale de verdad.
—¿Seguro?
—Me ha pinchado un poco —admite.
Agradezco tanto que lo diga que casi me dan ganas de cogerle la mano ahí mismo.
No lo hago.
—Gracias por decirlo.
—Pero entiendo lo que dices.
—Gracias también por eso.
—Y “aquí no todavía” no es “no”.
La miro.
—No.
—Es “no todavía”.
—Sí.
—Puedo trabajar con eso.
La frase me da una ternura casi dolorosa.
—Qué frase más tuya.
—Estoy construyendo marca.
Seguimos caminando.
Sin tocarnos.
Pero algo se ha tocado igualmente.
En la biblioteca imprimimos los apuntes y fingimos que ese era el motivo.
Luego bajamos al patio interior porque todavía falta media hora para la siguiente clase.
Hay un banco libre bajo un árbol pequeño que alguien plantó con optimismo institucional.
Nos sentamos, dejando entre las dos un espacio menor que otros días.
Ale mira al frente.
—Entonces… ¿dónde sí?
La pregunta me pilla.
La miro.
Tiene una sonrisa pequeña, nerviosa, algo traviesa.
—¿Perdón?
—Has dicho aquí no todavía. Estoy haciendo investigación geográfica.
Me río.
—Claro.
—Necesito mapa de zonas autorizadas.
—No seas idiota.
—Lo intento, pero es parte de mi encanto.
Miro alrededor. Hay gente en el patio, pero no tanta. Aun así, esto sigue siendo San Griselmo. Sigue siendo aquí.
—No lo sé —digo.
—Vale.
—Quizá fuera.
—¿Fuera de la facultad?
—Sí.
—¿Tipo calle?
—Tipo calle.
—La vía pública como espacio emocional intermedio.
—Exacto.
—Me parece jurídicamente interesante.
Me río otra vez.
Ale sonríe, pero no intenta convertirlo en algo ligero del todo. Se queda mirando sus manos un momento.
—No quiero que sientas que tienes que darme permisos para compensar los no.
La frase me sorprende.
—No siento eso.
—Bien.
—Pero gracias por pensarlo.
—Estoy pensando demasiado últimamente. Es agotador.
—Bienvenida a mi mundo.
—No me gusta. Hay demasiadas capas.
—Te acostumbrarás.
Nos quedamos en silencio.
Una pareja cruza el patio cogida de la mano.
Dos chicas. No las conozco. Una lleva una mochila amarilla; la otra, una bufanda enorme.
Caminan sin ceremonia, sin parecer conscientes de nada.
Quizá llevan años juntas. Quizá empezaron ayer.
Quizá para ellas cogerse de la mano en San Griselmo no significa atravesar un puente colgante sobre el miedo.
Las miro un segundo.
Ale también las ve.
No dice nada.
Se lo agradezco.
Por la tarde, después de la última clase, salimos juntas. Sandra se va con Adrián a “caminar sin destino con posible parada en patatas”, que ya nadie en esta casa intenta fingir que no es una cita. Ale y yo bajamos las escaleras de la facultad más despacio que el resto.
La luz ha cambiado. El sol cae detrás de los edificios y la calle está llena de estudiantes dispersándose hacia metro, bares, pisos, bibliotecas y vidas que parecen más sencillas desde fuera.
Al llegar a la verja de San Griselmo, me detengo.
Ale da dos pasos más antes de darse cuenta.
—¿Qué pasa?
Mi corazón late fuerte, pero no con miedo malo. Con ese vértigo limpio de elegir algo pequeño sabiendo que no es pequeño.
Doy un paso hacia ella.
—Aquí ya no es aquí —digo.
Ale tarda un segundo en entenderlo.
Cuando lo hace, la expresión se le cambia entera.
—Ah.
—Sí.
No le hago esperar más. Le cojo la mano. Ale se queda quieta un segundo, como si quisiera no apretar demasiado, no celebrar demasiado, no asustar a la cosa que acaba de pasar.
Luego cierra la mano alrededor de la mía.
—¿Bien? —pregunta.
—Sí.
Empezamos a caminar. Cogidas de la mano.
No sé si alguien nos ve. Seguro que sí. Seguro que no. Da igual y no da igual. Estoy nerviosa. Estoy feliz. Estoy un poco aterrada. Estoy todo.
Ale no balancea demasiado la mano. No hace ningún comentario al principio. Solo camina conmigo, adaptando su paso al mío.
Llegar despacio también puede ser esto. A mitad de la calle, me mira de reojo.
—Entonces, sobre la segunda cita…
—¿Ya estás planificando?
—Tengo criterios.
—Por supuesto.
—Cero velas intimidantes. Buen postre. Posibilidad de caminar después. Nivel medio de romanticismo. Acceso a carbohidratos.
—Has mejorado la matriz.
—La experiencia de usuario es importante.
Me río.
—Me parece bien.
—¿Viernes?
Pienso en mi agenda. En clase. En prácticas. En Sandra fingiendo que no va a interrogarnos. En el documento de cosas que no son para entregar. En la parte de mí que durante dos años habría aceptado cualquier plan con Ale y luego habría fingido que no significaba nada.
Ahora significa.
Y aun así quiero.
—Viernes —digo.
Ale aprieta apenas mis dedos.
Solo un poco.
Lo justo.
—Vale despacio —dice.
Sonrío mirando al frente.
—Vale despacio.
Seguimos andando por la calle, cogidas de la mano, con San Griselmo quedándose atrás y la tarde abriéndose delante como una página en blanco que, por primera vez, no me da miedo empezar.