Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 18 AQUÍ NO TODAVÍA
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CAPÍTULO 18 AQUÍ NO TODAVÍA

Paula

Nada más salir de la cocina, me arrepiento de haber sido tan valiente.

¿Quién dice eso y se va por el pasillo como si acabara de anunciar que falta papel higiénico? Yo, aparentemente. Paula Martín, estudiante de Periodismo, superviviente de dos años de silencio y nueva especialista en lanzar frases emocionalmente peligrosas antes de esconderse en su habitación.

Cierro la puerta despacio, me apoyo contra ella y me tapo la cara con las manos.

Sonrío como una idiota. Como una idiota feliz.

Como una idiota que quizá, después de tanto tiempo intentando no esperar, ha descubierto que la esperanza no siempre entra haciendo ruido. A veces entra en pijama, con café, una rodilla rozando la tuya bajo la mesa y una frase soltada antes de que el miedo pueda corregirla.

Sí quiero otra cita.

Al otro lado de la puerta oigo a Sandra decir algo. Luego a Ale reírse.

Esa risa.

Me siento en la cama y cojo el móvil. No hay mensajes de Ale. Bien. Perfecto. Adulto. No necesitamos convertir cada frase en un hilo de WhatsApp de quince mensajes.

El móvil vibra.

Ale.

ALE: Solo para que conste en acta: yo también quiero otra cita.

Me río sola.

PAULA: Consta en acta.

ALE: ¿Acta oficial o acta emocional?

PAULA: Las dos.

ALE: Perfecto. Archivo en carpeta importante.

Me quedo mirando la pantalla. Podría seguir. Podría preguntarle cuándo. Podría decirle algo más bonito, más claro, más todo. Pero necesito ducharme, vestirme, ir a clase y recordar que el mundo todavía existe aunque Ale me haya besado despacio en el recibidor.

PAULA: Voy a prepararme.

ALE: Sin prisa.

Y a la vez empieza a parecerme más Ale que nunca, porque quizá la verdadera Ale no es solo la que corre, irrumpe y enciende habitaciones. También es esta: la que aprende a quedarse en la puerta si hace falta.

Cuando llegamos a San Griselmo, la mañana está llena de sol.

Un sol limpio, demasiado alegre para un martes con prácticas, entregas y una revista digital que puede publicar nuestra crónica en cualquier momento.

Caminamos las tres desde la parada: Sandra delante, hablando por audio con Adrián y prometiéndole que “no va a convertir cada mensaje suyo en material de comité”, mientras Ale y yo vamos un poco detrás.

Juntas. La frase aparece en mi cabeza antes de que exista una pregunta. Ese es el problema: quiero.

Quiero la mano de Ale en la mía con una facilidad que me asusta. Quiero caminar a su lado sin calcular centímetros. Quiero que el mundo lo vea y, al mismo tiempo, quiero que el mundo se vaya un rato y nos deje averiguar primero qué somos cuando nadie mira.

Ale camina cerca. No demasiado. Lo justo para que su hombro entre de vez en cuando en mi campo de visión. Lleva una chaqueta vaquera y el pelo recogido, y tiene cara de estar haciendo esfuerzos heroicos por actuar normal.

—Estás andando raro otra vez —digo.

—Estoy andando en versión persona que tuvo una cita ayer y no quiere parecer un golden retriever con créditos universitarios.

La risa me sale de golpe.

—Vas regular.

—Fatal. Pero con intención.

Sandra se gira desde delante, tapando el micrófono del móvil.

—Os oigo sonreír.

—Eso no se oye —dice Ale.

—En vosotras sí.

Vuelve al audio.

—No, Adrián, no hablaba contigo. Hablaba con las estructuras románticas emergentes de mi hogar.

—Voy a matarla —murmura Ale.

—Pide permiso.

—Muy graciosa.

Nos miramos y algo en su cara se ablanda. No el chiste. Lo de debajo. Lo que ahora aparece a veces entre una frase y otra, como una luz que ninguna sabe apagar del todo.

En el vestíbulo de la facultad, la normalidad se nos echa encima.

Gente, ruido, carteles, café, mochilas, profesores, alguien repartiendo flyers de un taller de podcast, otro alguien intentando vender entradas para una fiesta temática que, según el cartel, se llama “Noche de titulares”.

Una idea horrible. Probablemente iremos.

Claudia está junto a los tablones, con la cámara colgada al hombro y una carpeta en la mano. Nos ve y levanta la vista.

—Han publicado la crónica —dice.

Me detengo.

—¿Ya?

—Hace diez minutos. La han puesto destacada en la revista.

Ale saca el móvil tan rápido que casi se le cae.

—¿Destacada destacada?

Claudia sonríe.

—Destacada con foto grande. La foto no es el plano del suelo, lo cual me ha herido como artista, pero lo superaré.

Sandra aparece a nuestro lado como si la palabra publicada la hubiera invocado.

—¿Dónde? ¿Dónde? ¿Por qué nadie me ha avisado? Soy parte del ecosistema creativo.

—Sandra, acabas de llegar —dice Ale.

—Irrelevante.

Abrimos la revista digital en el móvil de Ale porque es la primera que consigue cargarla. Ahí está.

Llegar tarde despacio: crónica de una noche en El Faro

Debajo, nuestros nombres.

Por Paula Martín y Alejandra Rivas

Verlos juntos me provoca una sensación absurda.

No es la primera vez que mi nombre aparece junto al de Ale en un trabajo.

Hemos entregado prácticas juntas, presentaciones, borradores, proyectos que sobrevivieron por poco a la desorganización y al cansancio.

Pero esta vez el título sabe demasiado. Nuestros nombres parecen saber demasiado.

Ale lo mira en silencio.

—Qué fuerte —dice Sandra, más suave de lo habitual—. Es bonito.

Claudia asiente.

—Quedó muy bien. De verdad.

—Tus vídeos ayudaron mucho —digo.

—El mérito es vuestro. Yo solo aporté precariedad vertical.

Ale levanta la vista del móvil.

—Gracias, Claudia.

Lo dice bien. Sin tensión. Sin ese pequeño esfuerzo que había antes cuando aparecía ella. Claudia lo nota, creo. Paula también. Yo lo noto todo, por supuesto, porque últimamente mi sistema nervioso se ha convertido en una redacción con demasiados becarios.

Claudia sonríe.

—De nada.

Luego mira hacia el pasillo.

—Tengo que ir a edición. Pero enhorabuena. Mendoza no destaca cualquier cosa.

—Eso significa que nos quiere —dice Sandra.

—Eso significa que no nos desprecia activamente —corrige Ale.

—En Mendoza, es amor.

Claudia se va. Sandra también, arrastrada por una clase y por un nuevo mensaje de Adrián que le hace decir “ay, qué horror” con una sonrisa enorme. Ale y yo nos quedamos junto al tablón, con su móvil todavía abierto entre las dos.

—Nuestros nombres quedan bien juntos —dice.

La frase sale baja.

Muy baja.

Pero la oigo.

Claro que la oigo.

Miro la pantalla. Paula Martín y Alejandra Rivas. Dos nombres en una línea. Una pieza firmada por ambas. Un título que parece hablar de música y de nosotras con la misma falta de discreción.

—Sí —digo.

Ale gira un poco la cabeza hacia mí.

—¿Sí?

—Sí.

No hace falta añadir nada.

Entramos en clase con esa frase flotando entre nosotras.

Durante la primera hora, intento atender.

Lo consigo a ratos. Mendoza comenta tres textos de la revista digital, incluido el nuestro, y dice que “hay una mirada clara, aunque el cierre podría permitirse menos pudor”.

Ale me mira de reojo cuando oye la palabra pudor.

Yo la ignoro profesionalmente. Ella escribe algo en su cuaderno y lo gira apenas hacia mí.

Mendoza nos ha leído el alma y ha pedido más desarrollo.

Me muerdo la sonrisa.

Escribo debajo:

Con bibliografía.

Ale tapa la boca con la mano para no reírse.

La mañana avanza así: con una normalidad extraña y pequeñas corrientes debajo.

En el descanso, Nico se acerca para felicitarnos por la crónica.

Lo hace con cariño limpio, sin quedarse demasiado, sin mirar a Ale como si quisiera hacer preguntas que no le pertenecen. Ale le responde tranquila. Yo también.

Me pincha menos.

Eso me sorprende.

No porque Nico haya dejado de significar algo en la historia de Ale. Lo significa. Lo significará siempre de alguna forma. Pero hoy no llega como amenaza. Llega como parte de un pasado que empieza a encontrar su sitio sin invadirlo todo.

A mediodía, Sandra nos abandona por una “reunión informal de alta carga simbólica” con Adrián, que básicamente significa comer un bocadillo en el patio. Ale y yo salimos hacia la biblioteca con la excusa de imprimir unos apuntes. No necesitamos ir las dos. Vamos las dos.

En el pasillo acristalado que conecta la facultad con la biblioteca, hay menos gente. La luz entra de lado y se refleja en el suelo. Ale camina a mi lado, más cerca que por la mañana. Yo noto su mano. No porque me toque. Porque está ahí, balanceándose a pocos centímetros de la mía.

La mía también está ahí.

Qué ridículo que una mano pueda hacer tanto ruido sin moverse.

Ale respira hondo.

—¿Puedo preguntarte algo?

La miro.

Ya sé cuál es antes de que la diga.

—Sí.

Ale baja la vista a nuestras manos y luego vuelve a mis ojos.

—¿Puedo cogerte la mano?

La pregunta es suave.

No hay presión.

Y aun así me atraviesa.

Porque quiero decir que sí.

Quiero.

La palabra sube enseguida, cálida, casi automática. Pero detrás de ella aparece el pasillo, los cristales, la facultad, los alumnos que pasan, la crónica recién publicada, nuestros nombres juntos, Sandra, Claudia, Nico, Mendoza, todo San Griselmo convertido en una red de ojos y comentarios.

Me quedo callada demasiado tiempo.

Ale lo entiende antes de que yo hable.

—No pasa nada —dice rápido.

—Ale…

—De verdad. No pasa nada.

Y eso, que lo diga tan pronto, tan bien, me hace daño.

—No es que no quiera.

—Lo sé.

—No sé si lo sabes.

—Vale. Entonces dímelo.

La frase me obliga a respirar.

No se cierra. No se va. No se defiende. Me deja espacio para explicarme.

—Aquí no todavía —digo al fin.

La cara de Ale cambia.

Muy poco.

Pero cambia.

No se enfada. No se rompe. No se aparta como si le hubiera dado una bofetada. Solo recibe el golpe pequeño de un deseo que ha encontrado una puerta cerrada por ahora.

—Vale —dice.

—No es porque me avergüence.

—Lo sé.

—No. Necesito decirlo. No me avergüenzas tú. No me avergüenza esto. Pero si te cojo la mano aquí, ahora, en mitad de San Griselmo, siento que todo el mundo va a tener una versión antes de que nosotras sepamos contar la nuestra.

Ale escucha.

No mira el suelo.

No mira hacia otro lado.

Me escucha.