Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 17 ESTA VEZ SÍ #2
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CAPÍTULO 17 ESTA VEZ SÍ #2

Natural.

Imposible.

Estoy sacando una taza del armario cuando Paula entra.

Pantalón de pijama, sudadera gris, pelo recogido de cualquier manera. Cara de sueño. Boca de beso.

No.

Mal.

Pensamiento no autorizado antes del café.

—Buenos días —dice.

Su voz está un poco ronca.

Fatal.

Maravilloso.

—Buenos días.

Nos miramos un segundo más de lo habitual.

No mucho.

Lo suficiente para que las dos nos acordemos.

Paula baja la vista a la cafetera.

—¿Hay café?

—Está en proceso de sufrimiento.

—Como todas.

—Sí.

Se acerca a la encimera. No tanto como para rozarme. No tan lejos como estos días. El espacio entre las dos tiene otra medida esta mañana.

—Dormiste bien? —pregunto.

—Regular.

—Yo también.

—¿Por…?

No acaba la frase.

No hace falta.

—Sí —digo.

Paula sonríe mirando la cafetera.

—Vale.

—Vale.

La cafetera termina de quejarse. Sirvo café en dos tazas. Esta vez no pregunto si puedo preparárselo porque sé cómo lo toma y ella está allí, viéndome hacerlo. Pero cuando se lo paso, dejo la taza en la encimera, no en su mano. Paula mira la taza. Luego me mira a mí.

—Puedes dármela.

—No quería…

—Lo sé.

Coge mi mano con una suavidad breve, solo para guiar la taza hacia sus dedos. El contacto dura menos de dos segundos.

Mi cuerpo lo registra como si acabáramos de firmar un tratado internacional.

—Gracias —dice.

—De nada.

En ese momento entra Sandra.

Por supuesto.

Lleva gafas de sol.

Dentro de casa.

A las ocho y media.

—Buenos días, seres con subtexto —dice, y abre la nevera.

Paula se pone roja.

Yo casi me atraganto con el café que todavía no he bebido.

—Sandra —digo.

—No he dicho nada concreto.

—Has dicho seres con subtexto.

—Una descripción general de la condición humana.

Paula se sienta a la mesa, escondiendo la sonrisa en la taza.

Sandra saca un yogur, mira la tapa y luego me mira con severidad.

—Este yogur tiene mi nombre escrito.

—He madurado. Ya no robo yogures con identidad.

—Bien. Una de las muchas transformaciones de esta casa.

—Ortega —dice Paula, con la voz todavía medio dormida—, son las ocho y media.

—El amor y los lácteos no entienden de horarios.

Ahora sí me atraganto.

Paula se tapa la cara con una mano.

Sandra abre el yogur, satisfecha con el daño causado, y se sienta frente a nosotras.

—Yo solo diré una cosa.

—No —decimos Paula y yo a la vez.

Sandra sonríe.

—La sincronía verbal ha vuelto.

—Sandra —repite Paula.

—Vale, vale. No diré nada. Seré una presencia discreta, como una lámpara.

—Las lámparas no opinan —digo.

—Las lámparas no viven en este piso.

Desayunamos con esa mezcla nueva de vergüenza, humor y alegría contenida. Sandra habla demasiado para no hablar de lo evidente. Paula responde más de lo que ha respondido otros días. Yo intento no mirarla cada vez que se ríe y fracaso aproximadamente el sesenta por ciento del tiempo.

En un momento, debajo de la mesa, su rodilla roza la mía.

No sé si ha sido sin querer.

No la aparta enseguida.

Yo tampoco.

Sandra sigue hablando de Adrián y de cómo él ha respondido a su mensaje con “me alegra que lo digas”, frase que ella considera “sencilla, peligrosa y posiblemente adulta”.

Yo escucho a medias. La otra mitad de mí está concentrada en esa rodilla junto a la mía, en el calor mínimo de un contacto que no pide nada y, precisamente por eso, lo cambia todo.

Paula bebe café.

Su rodilla sigue ahí.

Lo justo.

Despacio.

Después de desayunar, Sandra se va al baño y nos quedamos solas en la cocina. Solo unos minutos. Paula se levanta para dejar su taza en el fregadero. Yo recojo las migas de la mesa.

—Ale —dice.

—¿Sí?

—Lo de anoche…

Me quedo quieta.

—¿Sí?

Paula mira la taza en sus manos.

—Estuvo bien.

No es mucho.

Es muchísimo.

—Sí —digo—. Estuvo muy bien.

Levanta la vista.

—No quiero que hoy sea raro.

—Será un poco raro.

—Ya.

—Pero raro bien?

Paula piensa.

—Raro bien.

Sonrío.

—Puedo trabajar con eso.

Ella sonríe también.

Y durante un segundo la cocina entera parece distinta. No porque ya no tenga memoria de lo que dolió. La tiene. La tendremos siempre, supongo. Pero ahora también guarda otra cosa: un café, una rodilla, un beso elegido, una cita que las dos quisimos.

Paula deja la taza en el fregadero y pasa junto a mí para salir de la cocina. Cuando llega a la puerta, se gira.

—Por cierto.

—¿Qué?

—Sí quiero otra cita.

El corazón me da un golpe tan fuerte que por un segundo no sé responder.

Paula sonríe, pequeña, peligrosa, preciosa.

Y se va por el pasillo antes de que pueda hacer algo con esa frase.

Me quedo sola en la cocina, con las migas en la mano y una felicidad tan evidente que cuando Sandra vuelve del baño se detiene en seco.

—Ay, madre —dice—. ¿Ahora qué?

Miro hacia el pasillo por donde se ha ido Paula.

Luego a Sandra.

—Quiere otra cita.

Sandra se lleva una mano al pecho.

—Necesito sentarme.

—Ya estás sentada.

—Necesito sentarme emocionalmente.

Me río. No puedo evitarlo. La risa me sale limpia, entera, casi nueva. Sandra me mira y, por una vez, no hace un chiste. Solo sonríe.

Y yo pienso que quizá llegar tarde despacio también se parece a esto: a una mañana cualquiera, una cocina desordenada, una amiga insoportable, una taza en el fregadero y la certeza provisional, suficiente, de que esta vez no estoy corriendo detrás de Paula.

Estoy yendo con ella.