Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 17 ESTA VEZ SÍ
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CAPÍTULO 17 ESTA VEZ SÍ

Ale

Entro en mi habitación y cierro la puerta. Después hago algo muy maduro. Me quedo de pie, en mitad del cuarto, mirando la pared como si la pared acabara de besarme.

No es culpa de la pared, evidentemente. La pared no tiene nada que ver. La pared solo existe, beige, mal pintada, con un póster torcido de una exposición de fotografía a la que fui con Paula en segundo porque llovía y ninguna de las dos quería volver a Santa Clara todavía.

Paula. Me llevo una mano a la boca. Grave error.

El recuerdo del beso vuelve entero, como si hubiera estado esperando ese gesto para lanzarse encima de mí: su boca, lenta; su mano en mi hombro; su frente apoyada en la mía; su voz diciendo “despacio”; mi propia mano en su mejilla intentando no temblar demasiado.

No fue como la cocina.

La cocina fue un salto.

Esto ha sido una puerta abierta.

Peor.

Mucho mejor.

Me siento en la cama porque mis piernas, que hasta ahora habían colaborado bastante bien, deciden que ya han cumplido su jornada.

La habitación está en silencio. Desde el pasillo no llega ningún ruido.

Paula está al otro lado, en su cuarto. Probablemente también despierta.

Probablemente no. Quizá se ha metido en la cama y está pensando.

Quizá está sonriendo. Quizá está asustada.

Quizá está haciendo una lista mental de todo lo que no deberíamos convertir en conclusión precipitada.

Yo debería hacer lo mismo.

De hecho, abro el portátil.

No porque tenga intención real de trabajar, sino porque necesito una superficie entre mi cuerpo y mi cabeza.

El documento aparece en pantalla.

Cosas que sé por ahora

Me quedo mirándolo.

La lista sigue ahí, con sus frases torpes y sus verdades provisionales. Me da vergüenza leerla, aunque la escribí yo y no hay nadie mirando. Pero también me da una especie de ternura rara. Ahí estoy. Yo. Intentando no convertir la confusión en excusa, ni la certeza en precipicio.

Leo el último punto.

Llegar despacio no significa quedarse quieta.

Sonrío.

Vale.

Escribo:

Paula ha dicho que sí.

Me quedo mirando la frase.

No me gusta.

Parece un trofeo.

La borro.

Escribo:

He preguntado y Paula ha dicho que sí.

Mejor, pero todavía suena a informe.

La borro también.

Escribo:

Esta vez lo sabíamos.

Ahí sí.

La frase se queda.

Esta vez lo sabíamos.

No fue una noche rara. No fue alcohol, ni accidente, ni susto, ni cocina, ni pan con queso, ni una mano en la cintura antes de pensar.

Esta vez había una cita. Una mesa ridículamente pequeña.

Una vela con ambición narrativa. Una librería cerrada.

Una pregunta. Una respuesta. Y un beso que no intentó escapar de su propio significado.

Apoyo la espalda contra la pared y cierro los ojos.

Me gusta Paula.

La frase ya no entra dando un portazo. Se sienta a mi lado, como si hubiera llegado antes que yo y estuviera esperando a que dejara de hacer ruido.

Me gusta Paula.

No sé cuánto. No sé cómo se compara eso con sus dos años. No sé qué nombre exacto tiene todavía, ni qué forma tendrá mañana, ni qué pasa cuando esto salga de nuestra burbuja y tenga que convivir con clases, fiestas, Claudia, Nico, Sandra, entregas, familias, miedo y todo lo demás.

Pero me gusta.

Y eso ya no puedo desescribirlo.

El móvil vibra.

Lo miro con el corazón en la garganta.

Sandra.

SANDRA: Estoy viva.

SANDRA: Adrián me ha acompañado hasta el portal.

SANDRA: No ha intentado besarme.

SANDRA: Lo cual respeto y detesto.

SANDRA: Actualización necesaria para el comité.

Sonrío. Escribo:

ALE: Me alegro de que estés viva.

SANDRA: Esa respuesta carece de entusiasmo y análisis.

ALE: Estoy cansada.

SANDRA: MENTIRA.

SANDRA: Te conozco.

SANDRA: ¿Qué ha pasado?

No contesto.

Gran error.

A los diez segundos, llaman a mi puerta.

—No —digo.

La puerta se abre igual. Sandra asoma la cabeza con el abrigo puesto, el pelo más despeinado que cuando salió y cara de persona que ha olido sangre romántica desde la escalera.

—Dijiste no con poca convicción.

—Dije no con claridad.

—La claridad no siempre implica autoridad.

Entra y cierra detrás de ella. Me mira. Mira el portátil. Me mira la boca.

—Ay, Dios.

—Sandra.

—Ay, Dios multiplicado por tres.

—No empieces.

Se lleva las dos manos a la boca.

—¿Ha pasado?

—¿El qué?

—No insultes mi inteligencia emocional, Rivas. Está mal financiada, pero funciona.

Me tapo la cara con las manos.

Eso es una respuesta.

Sandra hace un sonido agudo, contenido, como una tetera intentando respetar el descanso vecinal.

—La has besado.

—Baja la voz.

—La has besado.

—Sandra.

—¿La has besado bien? No, perdón, no quiero detalles. Sí quiero. No, no quiero. Quiero contexto ético.

No puedo evitar reírme.

—Le pregunté.

Sandra se queda completamente quieta.

Por primera vez desde que ha entrado, no hace una broma.

—¿Le preguntaste?

Asiento.

—Sí.

Su cara cambia. De emoción a algo más suave.

—Ale.

—Y dijo que sí.

Sandra se sienta a mi lado en la cama, pero no se lanza encima de mí, lo cual demuestra que también ha aprendido algo sobre permisos, aunque sea por contagio.

—Eso es muy bonito.

—Fue muy bonito.

La frase sale sola.

Muy sencillo.

Muy cierto.

Sandra sonríe como si acabaran de entregarle un premio que no merece, pero va a aceptar igualmente.

—¿Estás bien?

Pienso antes de responder.

—Sí.

—¿Sí de verdad?

—Sí. Asustada, pero bien.

—Ese es un buen sí.

—Eso espero.

Sandra se quita el abrigo y lo deja sobre mis piernas sin pedir permiso. Bueno, tampoco podemos exigir milagros.

—¿Y Paula?

—Creo que bien.

—¿Crees?

—Se fue a dormir.

—¿Después del beso?

—Sí.

—Muy Paula.

—Sí.

—¿Y tú no corriste detrás?

—No.

Sandra me mira con un orgullo tan descarado que me dan ganas de lanzarle el abrigo a la cabeza.

—Qué evolución.

—No me hables como si fuera un Pokémon.

—Has evolucionado a Ale con contención emocional.

—Suena horrible.

—Pero útil.

Nos quedamos un rato en silencio. Sandra, cosa rara, no lo llena enseguida. Yo tampoco. Es agradable compartir la noticia con alguien que sabe todo el desastre anterior y aun así puede alegrarse sin convertirlo en final de película.

—No quiero meter la pata —digo al fin.

—Ya.

—No quiero que piense que ahora porque la besé y me gustó todo está resuelto.

—Bien.

—Pero tampoco quiero actuar como si no hubiera sido importante.

—También bien.

—No sé dónde está el punto medio.

Sandra se inclina un poco hacia atrás, apoyando las manos en la cama.

—Quizá no hay punto medio fijo. Quizá cada día lo preguntáis.

—Eso suena agotador.

—El amor suele tener mala logística.

La miro.

—¿El amor?

Sandra abre mucho los ojos, como si no se hubiera dado cuenta de que lo ha dicho.

—He hablado en términos generales.

—Claro.

—Como concepto humano amplio.

—Ajá.

—No me hagas caso. Vengo de estar con Adrián y se me han pegado palabras grandes.

Pero la palabra ya está ahí.

Amor.

No la toco.

No todavía.

Sandra se aclara la garganta.

—Lo que quiero decir es que no tienes que resolver toda la relación ahora. Solo no mientas en lo que sí sabes.

Asiento.

—Sé que quiero otra cita.

Sandra sonríe.

—Eso es bastante buen comienzo.

—Y sé que quiero besarla otra vez.

—Ese dato lo intuíamos.

—Sandra.

—Perdón. Contexto ético.

Me río.

Ella también.

Después se levanta y coge su abrigo.

—Me voy a mi habitación antes de que empiece a llorar y te incomode.

—Demasiado tarde.

—Lo sé. Pero todavía puedo salvar mi marca personal.

En la puerta se detiene.

—Ale.

—¿Qué?

—Estoy orgullosa de ti.

Me quedo quieta.

No esperaba eso.

—No por besarla —añade rápido—. Aunque, bueno, enhorabuena por no ser un desastre absoluto. Me refiero a preguntar. A no correr. A dejar que se fuera a dormir. A estar intentando hacerlo bien aunque se te note muchísimo.

Me río bajito, pero algo se me aprieta en el pecho.

—Gracias.

Sandra asiente.

—Y ahora duerme. O escribe un documento privado con un título dramático. Lo que haga tu nuevo yo.

—Fuera.

—Buenas noches, Ale con contención emocional.

—Buenas noches, comité.

Cuando se va, la habitación queda otra vez en silencio. Pero ya no es el mismo silencio. Tiene una alegría pequeña, como una luz encendida debajo de la puerta.

No duermo enseguida.

Claro que no.

Abro el chat de Paula varias veces. No escribo.

Cierro. Abro. Cierro. Pienso en decirle “buenas noches otra vez”, pero ya nos las hemos dado.

Pienso en enviarle un mensaje absurdo sobre la vela.

Pienso en preguntarle si está bien, pero quizá eso abriría una conversación que ella decidió cerrar por hoy con mucho cuidado.

Así que no escribo.

Me meto en la cama.

Apago la luz.

Y justo cuando estoy empezando a rendirme al sueño, el móvil vibra.

Paula.

PAULA: La vela era muy intensa.

Me tapo la boca para no reírme demasiado alto.

ALE: Te lo advertí.

PAULA: Tenía razón narrativa.

ALE: Yo siempre tengo razón con el mobiliario emocional.

PAULA: Buenas noches, Ale.

Miro la frase.

No añade nada más.

No hace falta.

ALE: Buenas noches, Paula.

PAULA: Y gracias por la cita.

El corazón se me queda quieto de golpe.

Luego vuelve, peor.

ALE: Gracias por venir.

Tarda unos segundos.

PAULA: Quería ir.

Leo la frase varias veces.

Quería ir.

No “me parecía bien”. No “estuvo bien”. No “gracias por invitarme”. Quería ir.

Me giro en la cama y aprieto el móvil contra el pecho como si tuviera quince años y fuera absolutamente incapaz de comportarme con dignidad.

Quizá lo soy.

A la mañana siguiente, me despierto antes de la alarma.

Eso es preocupante.

Mi primera reacción es mirar el móvil. No hay mensajes nuevos. Me alegra y me decepciona, lo cual es una combinación bastante humillante para las ocho de la mañana.

Salgo al pasillo con el pelo revuelto y una camiseta vieja. La puerta de Paula sigue cerrada. La de Sandra también. En la cocina, la cafetera hace ese ruido de animal enfermo que precede al café. Mientras espero, intento decidir cómo actuar cuando vea a Paula.

Normal.

No demasiado normal.

Cariñosa.

No invasiva.