Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 16 VALE DESPACIO #2
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CAPÍTULO 16 VALE DESPACIO #2

—Eso es igualdad económica básica.

—Qué romántica.

—Mucho.

—Vale. A medias. Pero la próxima invito yo.

Mi corazón tropieza con la palabra próxima.

Ale se da cuenta.

Se queda quieta.

—Si quieres —añade.

Agradezco que lo añada.

También me duele que tenga que añadirlo.

—Quiero —digo.

Su sonrisa tarda un segundo en aparecer, pero cuando aparece lo hace entera.

Salimos del restaurante. La noche está fría y la calle brilla un poco por una lluvia breve que no hemos visto caer.

Caminamos hacia casa despacio, sin necesidad de decir que vamos despacio.

Ale va a mi lado, las manos en los bolsillos, el hombro cerca del mío.

No me toca. Pero ya no siento esa distancia como castigo. La siento como una pregunta abierta.

Al pasar por una librería cerrada, me detengo ante el escaparate. No porque quiera mirar libros exactamente, sino porque necesito una pausa. Dentro hay una pila de novelas, una lámpara encendida y un cartel que anuncia un club de lectura de los viernes. Ale se detiene conmigo.

—¿Quieres entrar?

—Está cerrado.

—Podemos montar un atraco cultural.

—Muy buena idea para dos futuras periodistas.

—Exclusiva desde prisión.

Sonrío.

En el cristal del escaparate veo nuestro reflejo. Ale y yo, una al lado de la otra, con la luz amarilla de la librería detrás. Parecemos casi una pareja.

El pensamiento me da vértigo.

Me aparto un poco del cristal.

Ale lo nota.

—¿Todo bien?

—Sí.

—¿Sí de verdad o sí de menú italiano?

La miro.

—Me ha dado miedo verme contigo.

No sé por qué lo digo tan directo.

Quizá porque la noche ha sido buena y lo bueno también puede asustar.

Ale no responde enseguida. Mete más las manos en los bolsillos, como si se obligara a no hacer algo rápido.

—¿Miedo malo?

Pienso.

—No exactamente.

—Vale.

—Miedo de querer creérmelo demasiado pronto.

Ale asiente despacio.

—Yo también tengo miedo.

—¿De qué?

—De hacerte creer algo que todavía estoy aprendiendo a sostener.

La frase me entra muy hondo.

No porque sea la frase perfecta.

Porque no intenta venderme seguridad falsa.

—Eso es bastante honesto —digo.

—Estoy teniendo una noche muy honesta. Me preocupa que me siente mal.

—Te está sentando bien.

Ale sonríe, pero se le nota nerviosa.

Seguimos andando. El portal aparece demasiado pronto. Siempre pasa eso con las noches que una no quiere terminar del todo: las calles se acortan.

Subimos las escaleras sin hablar mucho. En el rellano, Ale busca las llaves porque esta vez las lleva ella. Tarda. Yo no digo nada. Ella tampoco hace bromas sobre su incapacidad. Al final las encuentra en el bolsillo de la chaqueta.

—Final inesperado —digo.

—Me estás robando repertorio.

—Estoy aprendiendo de la mejor.

Abre la puerta del piso. Dentro está oscuro.

Sandra no está, o está en su habitación fingiendo no estar pendiente, que viene a ser lo mismo.

La cocina huele levemente a café antiguo y a la vela barata que Sandra compró una vez para “mejorar la experiencia habitacional” y que solo consiguió que todo oliera a galleta agresiva.

Dejamos las cosas en el recibidor.

Y entonces pasa.

Nada.

Eso es lo que pasa.

No hay camarero, ni calle, ni mesa, ni pizza, ni librería cerrada, ni necesidad de seguir caminando. Solo el piso. El pasillo. Su habitación a un lado. La mía al otro. La cocina al fondo, con toda su historia.

Ale se queda frente a mí.

—Me ha gustado la cita —dice.

La frase es sencilla.

Aun así, me cuesta respirar.

—A mí también.

—Me ha gustado mucho.

Bajo la mirada.

—A mí también.

Ale suelta una risa pequeña, nerviosa.

—Estamos teniendo un problema de vocabulario.

—Bastante.

—Puedo hacer una pregunta?

Levanto los ojos.

Ya sé cuál.

O creo saberlo.

El cuerpo se me adelanta, pero esta vez no quiero que mande solo el cuerpo.

—Sí.

Ale no se acerca todavía.

—¿Puedo besarte?

La pregunta se queda entre nosotras, enorme y delicada.

No es la cocina.

No es una noche rara.

No es un impulso atravesando una distancia antes de que ninguna sepa qué hacer con él.

Es Ale preguntando.

Es Ale dándome la posibilidad de decir que no.

Es Ale sosteniendo el deseo sin tirármelo encima.

Y eso, de alguna manera, me hace querer decir que sí más que cualquier otra cosa.

—Sí —digo.

La palabra sale tranquila.

Me sorprende.

Ale respira hondo.

—¿Seguro?

—Ale.

—Vale. Perdón.

—Sí, estoy segura.

Doy un paso hacia ella.

No mucho.

Lo justo para que entienda que no tiene que cruzar toda la distancia sola.

—Pero despacio —añado.

Su cara cambia.

Suavidad.

Miedo.

Alivio.

—Vale —susurra—. Despacio.

Ale se acerca.

No me toca primero la cintura. No me agarra como aquella noche en la cocina.

Levanta una mano y me roza la mejilla con los dedos, muy suave, como si todavía estuviera preguntando.

Yo cierro los ojos un segundo, y esa pequeña oscuridad basta para que todo el día vuelva a mí: la palabra cita, la vela, la pizza, el escaparate, el miedo, la honestidad.

Cuando la beso, o cuando me besa, no sé quién empieza exactamente.

Quizá las dos.

El beso es lento.

Muy lento.

Tan distinto del primero que casi parece otro idioma.

No hay torpeza de alcohol, ni sobresalto, ni disculpa a punto de nacer.

Hay cuidado. Hay pausa. Hay una boca que pregunta incluso después de haber preguntado.

Hay mi mano subiendo hasta su hombro. Hay Ale quedándose quieta un segundo para dejarme marcar la distancia.

Y luego hay deseo.

Claro que lo hay.

No desaparece por ser cuidadoso. Al contrario.

Se vuelve más nítido. Más real. La boca de Ale se mueve contra la mía con una suavidad que me deja sin defensa.

Su mano sigue en mi cara, apenas. La otra no sabe dónde ponerse y acaba apoyándose en el marco de la puerta, como si necesitara sostenerse en algo que no sea yo.

Me aparto un poco.

No mucho.

Ale abre los ojos enseguida.

—¿Bien?

La pregunta me rompe y me recompone al mismo tiempo.

—Sí.

Sonríe apenas.

—Vale.

Me río bajito.

—No tienes que hacer control de calidad cada diez segundos.

—Estoy intentando no suspender.

—No estás suspendiendo.

—Bien.

Nos miramos.

La distancia vuelve a llenarse.

Esta vez soy yo quien la cruza.

La beso otra vez.

Más breve. Más segura. Con la mano en su hombro y el corazón haciendo una cosa imposible de evaluar académicamente. Ale responde sin empujar. Sin convertir el beso en una carrera. Sin olvidar que todavía estamos aprendiendo.

Cuando nos separamos, apoyo la frente un segundo contra la suya.

No sé de dónde sale ese gesto.

Quizá de mí.

Quizá de la versión de mí que durante dos años no pudo hacer nada parecido y ahora no sabe cómo administrar la abundancia mínima.

—Gracias por preguntar —digo.

Ale cierra los ojos.

—Gracias por decir que sí.

Me aparto un poco.

No porque quiera.

Porque quiero demasiado.

Y hoy, por primera vez, eso no me parece una tragedia, pero sigue necesitando aire.

—Me voy a dormir —digo.

—Vale.

—No es huida.

—No lo he pensado.

La miro.

Ale levanta las manos.

—Bueno. Lo he pensado dos segundos. Pero luego he evolucionado.

Me río.

—Buenas noches, Ale.

—Buenas noches, Paula.

Camino hacia mi habitación. Antes de entrar, me giro.

Ale sigue en el recibidor, con una expresión que no sé si alguna vez le había visto. No triunfante. No confundida. No asustada del todo.

Entro en mi cuarto y cierro la puerta. Me llevo los dedos a la boca, como una adolescente ridícula, y sonrío en la oscuridad antes de poder impedírmelo. No fue un accidente. No fue una noche rara. Esta vez lo sabíamos. Y lo elegimos igual.