CAPÍTULO 16 VALE DESPACIO
Paula
Una cita. La palabra me persigue todo el martes como si alguien la hubiera escrito en los márgenes de todas mis cosas.
En el margen del cuaderno de Locución. En la esquina de la bandeja de la cafetería. En el reflejo de la pantalla del móvil.
En el sonido de los pasos de Ale por el pasillo cuando salimos de casa por la mañana y ninguna de las dos menciona que por la noche vamos a cenar juntas.
No como siempre. No como compañeras de piso.
No como amigas que bajan a por pasta porque Sandra ha declarado que cocinar sería “una derrota cultural”.
Como una cita. Yo lo dije primero. Eso es lo peor y lo mejor. ¿Como una cita?
Me pasé media hora después preguntándome qué clase de persona emocionalmente inestable lanza una palabra así en mitad de una biblioteca, con un portátil abierto y una crónica recién enviada.
Luego recordé que Ale no salió corriendo.
No bromeó para destruir el momento. No dijo “bueno, tampoco nos vengamos arriba”.
Dijo que a ella le gustaría llamarlo así.
A mí me gustaría llamarlo así.
Llevo esa frase conmigo todo el día como se lleva una piedra pequeña en el bolsillo. Algo que no se ve, pero que una toca de vez en cuando para comprobar que sigue ahí.
Por la tarde, en la práctica de locución, leo una entradilla sobre la subida del precio del alquiler con la voz más neutra que consigo.
El profesor me dice que bien, que tengo buen ritmo, pero que debería “respirar menos como si estuviera ocultando un cadáver”.
Le doy las gracias porque no sé qué otra cosa responder.
Técnicamente no oculto un cadáver. Oculto una cita con mi mejor amiga, que a efectos fisiológicos parece bastante parecido.
Cuando salgo del aula, tengo un mensaje de Ale.
ALE: Estoy fuera.
Otro.
ALE: No en plan inquietante.
Otro.
ALE: Fuera de la facultad, quiero decir.
Otro.
ALE: Esto ya empieza a sonar más inquietante.
Sonrío en mitad del pasillo como una idiota.
PAULA: Voy.
ALE: Sin prisa.
Leo esa frase dos veces.
Sin prisa.
Antes Ale habría escrito “corre, que me muero de hambre” o “si tardas más de tres minutos empezaré a entrevistar farolas”. Ahora escribe sin prisa. Quizá porque lo está intentando. Quizá porque sabe que hoy cualquier palabra pequeña puede mover el suelo.
O quizá porque está tan nerviosa como yo.
La encuentro junto a la entrada principal, apoyada en la barandilla de las escaleras.
Lleva vaqueros negros, una camisa azul abierta sobre una camiseta blanca y el pelo suelto, un poco movido por el viento.
La he visto vestida así decenas de veces.
Cientos, quizá. En fiestas, en clases, en domingos de resaca, en mañanas de exámenes.
Pero hoy mi cabeza comete el error de pensar: viene a una cita conmigo.
Y entonces todo lo conocido se vuelve nuevo.
Ale levanta la vista al verme.
—Hola.
—Hola.
Nos quedamos un segundo así, en las escaleras de San Griselmo, rodeadas de gente que sale de clase, fuma, ríe, discute sobre trabajos, baja corriendo hacia el metro. La vida no ha recibido el aviso de que esto para mí es histórico.
Ale se mete las manos en los bolsillos.
—He pensado tres sitios.
—Eso suena organizado.
—Estoy asustada de mí misma.
—A ver.
—Opción uno: hamburguesería de la esquina. Buena, ruidosa, cero presión romántica, patatas excelentes.
—Sólida.
—Opción dos: italiano pequeño cerca de la plaza. Más cita, menos patatas, riesgo de velas.
—Las velas son un riesgo serio.
—Mucho. Opción tres: comprar algo y comerlo en el mirador, que suena espontáneo, pero en realidad depende del clima y de nuestra capacidad para no congelarnos.
La miro.
—Has hecho una matriz de decisión.
—Mental.
—Ale.
—Solo un poco.
—¿Con criterios?
—Hambre, romanticismo, probabilidad de incomodidad, acceso a carbohidratos.
Me río.
Ella sonríe, aliviada.
—¿Cuál prefieres? —pregunta.
Podría elegir la hamburguesería. Sería fácil. Ruidosa. Segura. Casi normal. Podríamos fingir que es una cena cualquiera, hablar de Sandra, de Mendoza, de la crónica, de Adrián, de la vida universitaria, y dejar que la palabra cita se quedara debajo de la mesa, sin exigir demasiado.
Pero una parte de mí, pequeña y terca, no quiere esconderlo todo detrás del ruido.
—El italiano —digo.
Ale parpadea.
—¿Italiano?
—Sí.
—Hay riesgo de velas.
—Lo asumiremos con responsabilidad.
—Vale.
—¿Vale bien o vale policía?
Ale sonríe.
—Vale aterrada, pero bien.
El italiano se llama Da Marco y está en una calle estrecha a diez minutos de la facultad.
Tiene mesas pequeñas, manteles de cuadros, una pizarra con platos escritos a mano y, efectivamente, velas.
No muchas. Las justas para que Ale me mire al entrar con expresión de “te advertí”.
El camarero nos sienta junto a la ventana, en una mesa para dos que parece diseñada por alguien con una fe excesiva en la intimidad.
Nos sentamos frente a frente.
No hay portátil.
No hay Sandra.
No hay crónica.
No hay mochila entre las dos.
Solo una carta plastificada, dos vasos y una vela absurda que insiste en convertirnos en escena.
Ale mira la vela.
—Podemos apagarla.
—No vamos a atacar una vela inocente.
—No es inocente. Está creando ambiente.
—Pensé que te gustaba el ambiente.
—Me gusta cuando no me mira fijamente.
—Es una vela, Ale.
—Una vela muy consciente de su papel narrativo.
Me río, y la tensión baja un poco.
Pedimos pizza para compartir y una ensalada que ninguna de las dos quiere demasiado, pero que nos permite fingir equilibrio.
Ale pide agua y luego, como si recordara que esto es una cita, me pregunta si quiero vino.
Yo digo que no, que mejor agua. Ella dice que perfecto, que el vino quizá nos daría demasiadas metáforas, y el camarero nos mira como si estuviera evaluando si retirarnos la vela por nuestro propio bien.
Cuando se va, aparece el silencio.
No el silencio malo.
El silencio de “ahora qué”.
Ale lo nota.
—Tengo una pregunta logística.
—Miedo me das.
—¿De qué se habla en una cita cuando ya has compartido nevera, trabajos de grupo, resacas y una crisis emocional de piso?
Me apoyo en el respaldo de la silla.
—Buena pregunta.
—Gracias. He estado trabajando mi capacidad de formular problemas.
—Podríamos fingir que no nos conocemos.
—Vale. Hola, soy Ale. Estudio Periodismo, tengo una relación complicada con la puntualidad y he descubierto recientemente que las velas me intimidan.
—Hola, soy Paula. También estudio Periodismo, corrijo mentalmente los menús de los restaurantes y llevo diez minutos preguntándome si esta mesa está demasiado cerca.
Ale mira la mesa.
—Está muy cerca.
—Mucho.
—Pero quizá todas las mesas de dos están cerca.
—Esa es su función.
—Qué agresivas.
Sonreímos.
El camarero trae el agua. Bebemos al mismo tiempo, como si necesitáramos una pausa de hidratación para sobrevivir a nosotras mismas.
—También podríamos hacer preguntas de primera cita —dice Ale.
—¿Tipo entrevista?
—Prometí no llevar libreta, pero no prometí no tener estructura.
—Claro.
—Pregunta uno: ¿cuál es tu color favorito?
—¿En serio?
—Estoy empezando fácil.
—Verde.
—Eso ya lo sabía.
—Entonces mala pregunta.
—No, me sirve para confirmar datos.
—¿El tuyo?
—Azul.
—Eso también lo sabía.
—Somos pésimas fingiendo desconocimiento.
—Mucho.
Ale se queda pensando.
—Otra. ¿Qué querías ser de pequeña?
—Veterinaria.
—Eso no lo sabía.
—Durante seis meses. Luego escritora. Luego presentadora de informativos. Luego arqueóloga, porque vi una película y pensé que todas las arqueólogas corrían por templos con el pelo perfecto.
—Eso habría sido una pérdida para el periodismo.
—Y un alivio para los templos.
Ale ríe.
—Yo quería ser muchas cosas. Piloto, cantante, directora de algo sin saber de qué, investigadora privada, dueña de un hotel, futbolista durante dos semanas y luego periodista porque pensé que preguntar cosas podía ser una profesión.
—Lo es.
—Sí, pero no sabía que también había que transcribir.
—La tragedia del oficio.
La pizza llega. La ensalada también, testimonial y verde, como una coartada.
Durante un rato comemos y hablamos de cosas pequeñas: profesores, trabajos, la entrevista con Vera, Sandra y su no-relación cada vez más relación con Adrián.
Es fácil por momentos. Tan fácil que casi olvido que estoy en una cita con Ale.
Casi.
Luego ella coge una porción de pizza, se quema un dedo con el queso y suelta un insulto bajo. Automáticamente, mi mano se mueve hacia la suya.
Me detengo.
Ella también se detiene.
Nos miramos.
La escena es tan absurda que me dan ganas de reír y de llorar. Antes yo le habría cogido la mano sin pensar o ella me habría enseñado el dedo como una niña herida para que lo soplara. Ahora incluso una quemadura de queso tiene comité emocional.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Mi dignidad ha sufrido más que mi dedo.
—Eso es habitual.
—Sí.
Le paso una servilleta.
Nuestros dedos se rozan.
Poco.
Nada.
Todo.
Ale baja la mirada al roce. Luego la sube a mis ojos.
No dice nada.
Yo tampoco.
Seguimos cenando.
La cita no es perfecta. Eso me gusta. Hay silencios.
Hay torpeza. Hay momentos en los que las dos empezamos una frase y la abandonamos.
Hay una ocasión en la que Ale me pregunta si quiero más pizza justo cuando yo le pregunto si está nerviosa, y acabamos respondiendo “sí” las dos sin saber a qué.
Hay otra en la que el camarero nos pregunta si queremos postre y Ale dice “depende de si el tiramisú viene con expectativas”, y yo tengo que explicar que sí queremos compartir uno.
Pero debajo de todo hay algo firme.
La sensación de que ninguna está intentando ganar la escena.
Ni acelerar.
Ni huir.
Solo estar.
Cuando terminamos, Ale insiste en pagar.
—No —digo.
—Invité yo.
—Propusiste tú. No es lo mismo.
—Pero es una cita.
La palabra vuelve.
Esta vez no nos paraliza tanto.
—Precisamente —digo—. Pagamos a medias.
Ale me mira.
—¿Eso es una norma?