Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 15 LO QUE SÍ SÉ #2
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CAPÍTULO 15 LO QUE SÍ SÉ #2

—No uses el miedo a hacerle daño como excusa para no decirle nada. Pero tampoco uses la culpa por haber llegado tarde como excusa para decirle demasiado rápido algo que no sabes sostener.

Me quedo mirándolo.

—Has venido fuerte para un lunes.

—Tengo clase con Mendoza después. Me he contagiado.

—Gracias.

—De nada.

Vera llega justo entonces.

—¿Ale?

—Sí. Gracias por venir.

Nico se despide con un gesto y se aleja por el pasillo. Antes de girar la esquina, me mira una vez más.

—Rivas.

—¿Qué?

—Se te nota.

No dice qué.

No hace falta.

La entrevista con Vera sale bien. Mejor de lo esperado. Habla de canciones como si fueran habitaciones pequeñas, de domingos como ese momento en que una persona ya sabe que la semana va a empezar aunque todavía no quiera soltar el descanso. Dice una frase que apunto entera:

“Nos interesan las canciones que no empujan. Las que se sientan contigo hasta que puedes mirar algo.”

Casi me río.

Todo el mundo parece haberse puesto de acuerdo para hablarme en metáforas útiles.

Cuando termino, voy a la biblioteca. Paula ya está allí, en la mesa junto a la ventana. Tiene el portátil abierto, un café a un lado y el pelo recogido con un lápiz. Un lápiz. En el pelo. Como si no tuviera suficiente con ser ella.

Al verme, levanta la vista.

—¿Qué tal Vera?

Me siento frente a ella.

—Ha dicho cosas muy buenas.

—¿Buenas de verdad o buenas porque lleva vestido rojo y has decidido perdonarle cosas?

La miro.

Paula sonríe.

Me ha robado mi frase.

O, peor, la ha guardado.

—Buenas de verdad —digo—. Aunque el vestido ayudaba a su autoridad artística.

—Obviamente.

Abro el documento y pego las notas de la entrevista. Paula se inclina hacia la pantalla.

—Esta frase es muy buena —dice, señalando la de las canciones que no empujan.

—Sí.

La lee en voz alta, bajito.

—“Las que se sientan contigo hasta que puedes mirar algo.”

No digo nada.

Ella tampoco.

Trabajamos una hora larga. La pieza mejora mucho con la entrevista.

Claudia manda un enlace con los vídeos y un mensaje: “El plano del suelo ha sobrevivido al montaje”.

Paula se ríe. Yo no siento ese pinchazo de antes.

Bueno, quizá un poco. Pero ya no me domina.

Se sienta a un lado, como un invitado pesado al que nadie ha ofrecido café.

Mientras Paula edita la entradilla, yo miro su perfil por encima del portátil.

No de forma intensa. Bueno, sí. Pero intento que parezca una pausa de trabajo.

Ella tiene una pequeña marca de tinta en el dedo índice.

Cuando escribe, aprieta los labios apenas.

Cuando una frase no le convence, inclina la cabeza hacia la izquierda.

Cosas que sé por ahora.

Me gusta esto.

Me gusta ella así.

Me gusta ella.

La frase aparece en mi cabeza sin pedir permiso.

Me gusta Paula.

No como conclusión final de tesis doctoral. No como declaración lista para ser defendida ante tribunal. No como compensación, ni susto, ni rebote. Me gusta Paula. Presente. Simple. Enorme.

Miro el documento porque necesito no mirarla.

—Ale —dice ella.

—¿Sí?

—Has dejado de escribir.

—Estoy pensando.

—Qué peligro.

—Mucho.

Paula sonríe y vuelve a la pantalla.

El momento queda ahí, dentro de mí, sin testigos.

Me gustaría hacer algo con él. Decirlo. Guardarlo.

Convertirlo en una frase lo bastante segura.

Pero todavía no. No por cobardía. O no solo.

Es que ahora entiendo que una verdad puede ser real y necesitar crecer antes de ponerla en manos de otra persona.

Terminamos la versión final casi a las seis. Paula lee el cierre en voz alta:

—“Quizá por eso La Teoría de los Domingos fue la banda más importante de la noche: porque no intentó llenar cada silencio. Dejó espacio suficiente para que la sala escuchara algo propio.”

Se queda mirando la pantalla.

—¿Demasiado?

—No.

—¿Seguro?

—Es el cierre.

—¿Mendoza lo aprobaría?

—Mendoza fingiría que no se emociona.

—Entonces se queda.

Enviamos la pieza.

El documento queda quieto.

Sin comentarios pendientes.

Sin frases en rojo.

Sin excusas para seguir una hora más allí.

Paula se recuesta en la silla y suelta el aire.

—Hecho.

—Hecho.

Nos miramos por encima de los portátiles.

Hay una alegría pequeña. Una satisfacción compartida. Algo que no pertenece al drama, sino al trabajo, a haber construido una cosa juntas y que esa cosa funcione.

—Deberíamos celebrarlo —digo.

La frase sale antes de que la pueda suavizar.

Paula se queda quieta.

Yo también.

—Celebrarlo —repite.

—Sí.

—¿Con Sandra?

—No.

La palabra sale demasiado rápida.

Paula levanta un poco las cejas.

—Quiero decir… puede venir Sandra otro día. Sandra celebraría hasta una correcta gestión de márgenes. Pero yo decía tú y yo.

Su cara cambia muy poco. Lo suficiente.

Sigo antes de perder valor o excederme.

—No por la crónica. O sí, también por la crónica, porque somos brillantes y Mendoza debería darnos una placa. Pero… por nosotras. Si te apetece.

La última frase es importante.

Si te apetece.

No “tenemos que hablar”. No “necesito verte”. No “por favor, dime que esto va hacia algún sitio”. Una invitación. Una puerta abierta. Una posibilidad sin empujón.

Paula baja la mirada al portátil cerrado.

—¿Como una cita?

El corazón se me sube a la garganta.

No esperaba que lo dijera ella.

No tan claro.

Y ahora la palabra cita está en la mesa, junto al café, los portátiles y todos los silencios que hemos aprendido a no llenar corriendo.

Podría asustarme.

Me asusto.

Pero no me retiro.

—Si quieres llamarlo así —digo.

Paula me mira.

—¿Y tú?

Ahí está.

Qué pregunta tan justa.

Qué aterradora.

Respiro.

Pienso en Nico. En no decir demasiado rápido algo que no sé sostener. Pienso en Paula y en la mano en El Faro. En la puerta que no abrí. En el documento que no leí. En su forma de escribir. En la marca de tinta en su dedo. En el casi beso del pasillo.

Cosas que sé por ahora.

—A mí me gustaría llamarlo así —digo.

Paula no responde enseguida.

Durante unos segundos, la biblioteca entera parece moverse alrededor sin tocarnos.

Luego asiente.

Muy despacio.

—Vale.

—¿Vale bien o vale policía?

Su boca se curva un poco.

—Vale despacio.

Vale despacio.

Me río bajito, más por alivio que por humor.

—Puedo trabajar con eso.

—Más te vale.

—¿Mañana?

—Mañana tengo práctica hasta las siete.

—Después.

—Después.

—¿Cena?

—Algo sencillo.

—Algo sencillo.

—Y sin entrevista cultural.

—Prometo no llevar libreta.

—Yo no prometo nada.

—Justo.

Recogemos en silencio, pero no es incómodo. Es un silencio nuevo, con una palabra dentro.

Cita.

No la repetimos.

No hace falta.

Al salir de la biblioteca, Paula camina a mi lado. Esta vez no hay mochila entre nosotras porque las dos la llevamos colgada al hombro. En la escalera, alguien sube rápido y casi choca con ella. Mi mano se mueve, pero me detengo.

Paula también se detiene.

Me mira.

—Puedes —dice.

Solo eso.

Puedo.

Le toco el brazo para apartarla un poco del paso. Un gesto breve, necesario, permitido. Cuando el chico pasa, retiro la mano.

Paula no dice nada.

Pero sonríe.

Y yo, que acabo de aprender que algunas cosas se pueden saber por ahora, añado una más a la lista:

Llegar despacio no significa quedarse quieta.