CAPÍTULO 15 LO QUE SÍ SÉ
Ale
Cierro la puerta de mi habitación y me quedo de pie en medio del cuarto, con el portátil bajo el brazo y la sensación de haber salido de un sitio importante sin saber si he hecho bien.
No la he besado.
Eso debería tranquilizarme.
No he leído su documento.
Eso sí me tranquiliza un poco.
No he cruzado ninguna línea que Paula no hubiera dibujado conmigo.
Eso tendría que bastar para sentirme orgullosa, o adulta, o mínimamente funcional.
Pero mi cuerpo está indignado.
Mi cuerpo, que no entiende de procesos ni de límites ni de reparación emocional, solo sabe que Paula estaba a menos de un paso, que su boca estaba ahí, que el pasillo estaba en silencio y que había un casi beso tan claro que hasta la planta moribunda, desde la cocina, debió de percibir el cambio de presión atmosférica.
Me siento en la cama.
Luego me levanto.
Dejo el portátil en la mesa.
Vuelvo a sentarme.
Me paso las manos por la cara.
—Muy bien —digo en voz baja—. Hemos sobrevivido a una puerta.
El cuarto no responde. Normal. Mi cuarto tiene más dignidad que yo.
Abro el portátil porque necesito hacer algo que no sea recordar la cara de Paula cuando me ha dicho “lo he notado”. El documento conjunto sigue abierto.
Llegar tarde despacio
El título está ahí, mirándome como si supiera demasiadas cosas.
Veo nuestros comentarios en los márgenes. Mi “pum elegante”. Su “eso se llama cierre de sección”. Mi “esta frase respira”. Su “no me robes a Mendoza”. La pieza está casi terminada y, aun así, cada vez que la leo tengo la impresión de que habla de nosotras con una discreción insuficiente.
O quizá eso solo lo vemos nosotras.
Quizá para cualquier otra persona será una crónica sobre tres bandas en un bar universitario.
Quizá Mendoza la leerá, marcará dos comas, aprobará el texto y jamás pensará: estas dos están usando la crítica cultural como método de cortejo emocional.
Espero.
Cierro el documento. Abro uno nuevo.
No sé por qué.
Escribo arriba:
Cosas que sé
Me quedo mirando el título.
Parece una tarea de primaria. O de terapia. Sandra estaría orgullosa y haría un comentario insoportable sobre mi crecimiento como ser humano.
Escribo:
No quiero perder a Paula.
Eso ya lo sabía.
Lo borro.
No porque sea mentira. Porque es demasiado obvio. Porque no quiero que todo empiece por el miedo.
Escribo otra vez:
Me gusta escribir con Paula.
Vale.
Eso sí.
Me gusta cuando Paula me corrige con cara de no estar corrigiéndome.
Me gusta verla concentrada.
Me gusta que me mire cuando digo algo demasiado rápido, como si estuviera esperando la versión verdadera debajo.
Me gusta que ahora me diga cuando algo le pincha.
Me detengo.
La lista ya no parece de primaria.
Sigo.
Me gusta su mano en la mía.
Eso me cuesta escribirlo. No sé por qué. Nadie lo va a leer. No estoy compartiendo pantalla. No hay riesgo técnico, salvo que Sandra entre y decida mirar por encima de mi hombro, que en esta casa nunca puede descartarse.
Quiero besarla otra vez.
Ahí está.
La frase se queda en la pantalla, sola y bastante poco académica.
Quiero besarla otra vez.
No por culpa.
No porque ella lleve dos años queriéndome y yo tenga que ponerme al día a base de besos compensatorios, idea espantosa que incluso formulada mentalmente merece ser castigada.
No por miedo a que Claudia aparezca con su cámara, su calma y su dignidad narrativa.
No porque no soporte la tensión y quiera resolverla como quien arranca una tirita.
Quiero besarla porque la he visto escribir una frase y he pensado en su boca. Porque la he tenido cerca y el mundo se ha vuelto más pequeño. Porque cuando me cogió la mano en El Faro no sentí que estuviera pagando una deuda, sino entrando en un sitio donde quería quedarme.
Me levanto de golpe.
Demasiado.
La silla se mueve hacia atrás y casi tropieza con una zapatilla.
—Vale —digo—. Vale.
No sé a quién se lo digo.
Quizá a mí.
Quizá al universo.
Quizá a la versión de mí que hace diez días habría intentado solucionar esto besándola en el pasillo antes de entender que desear a alguien no te da derecho a convertir el deseo en decisión compartida.
Guardo el documento sin pensarlo demasiado.
Luego lo vuelvo a abrir y cambio el título.
Cosas que sé por ahora
Mucho mejor.
Humilde.
Temporal.
Con margen para equivocarse sin destruir una civilización.
A la mañana siguiente, San Griselmo está lleno de ese ruido de lunes que parece una protesta colectiva contra la existencia de los horarios.
Hay alumnos en las escaleras, gente con café, profesores arrastrando maletines, carteles de seminarios pegados torcidos y un grupo de teatro ensayando algo en el patio con demasiados gritos para las nueve y media.
Tengo que entrevistar a la vocalista de La Teoría de los Domingos.
Se llama Vera y ha contestado a mi mensaje a las ocho y diez con un “claro, pero solo tengo quince minutos antes de Historia de la Radio”.
Eso me ha parecido muy universitario y suficientemente triste como para encajar en la crónica.
Paula tiene una práctica de locución a primera hora, así que hemos quedado después en la biblioteca para cerrar la pieza. Me ha mandado un mensaje por la mañana.
PAULA: He reescrito la entrada.
ALE: ¿Para mejorarla o para destruir mi autoestima?
PAULA: Ambas cosas pueden convivir.
ALE: Cruel.
PAULA: Precisa.
Precisa.
Sonreí sola en el autobús como una idiota.
Ahora, mientras espero a Vera junto a las máquinas de café del pasillo, intento leer sus letras en Spotify para hacer preguntas decentes.
El problema es que cada vez que aparece la frase “si llegas tarde, llega despacio”, mi cabeza deja de ser periodista y se convierte en una habitación con Paula dentro.
—Rivas.
Levanto la vista.
Nico viene por el pasillo con una carpeta bajo el brazo y una sudadera gris. Tiene cara de lunes, pero de lunes digno. Nico siempre ha sabido tener cara de lunes sin convertirlo en tragedia. Es una de sus muchas habilidades injustamente tranquilas.
—Hey —digo.
—¿Esperas a alguien?
—A la cantante de La Teoría de los Domingos.
—Qué frase más de facultad.
—Totalmente.
Se apoya en la pared, a una distancia cómoda.
—Buen concierto el sábado.
—Sí.
—Y buena compañía.
Lo dice sin malicia.
Eso no impide que me ponga en alerta.
—Nico.
—No estoy haciendo nada.
—Eso dice siempre la gente antes de hacer algo.
Sonríe.
—Vale. Quizá estoy haciendo una pregunta sin hacerla.
—Peor.
—¿Tú y Paula estáis…?
Deja la frase abierta.
Me entran ganas de contestar como siempre, con una broma. Algo tipo “estamos sobreviviendo al periodismo cultural”. Algo que permita salir por un lateral.
Pero estoy cansada de laterales.
—No lo sé —digo.
Nico asiente.
No parece sorprendido.
Eso me molesta.
—¿Qué?
—Nada.
—Has hecho cara.
—Tengo cara, Ale. Es una condición constante.
—Cara de saber algo.
—No sé nada.
—Nico.
Él mira hacia el patio, donde el grupo de teatro acaba de gritar algo sobre la libertad con una intensidad preocupante.
—Solo… —se encoge de hombros—. Paula siempre estaba muy presente.
Me quedo quieta.
—¿Qué significa eso?
—Cuando estábamos juntos.
No me gusta hacia dónde va la frase.
Pero tampoco quiero irme.
—¿Presente cómo?
—En tus historias. En tus planes. En tus decisiones pequeñas.
Si querías ir a un sitio, Paula venía o sabías si Paula podía venir.
Si pasaba algo gracioso, decías “esto se lo tengo que contar a Paula”.
Si dudabas con un trabajo, decías “Paula lo verá claro”.
No era raro. Era vuestra amistad. Pero estaba ahí.
No sé qué hacer con eso.
—Eso no significa…
—No he dicho que significara nada entonces.
—Ah.
—Digo que estaba ahí.
Me cruzo de brazos.
—¿Y no te molestaba?
Nico me mira con una calma que en otra vida me habría hecho querer apoyarme en él.
—A veces.
La respuesta me sorprende.
—¿Sí?
—Sí.
—Nunca lo dijiste.
—No sabía cómo decirlo sin sonar como un novio inseguro compitiendo con tu mejor amiga.
La frase me atraviesa por un sitio inesperado.
Qué irónico.
Todos callando cosas por miedo a romper algo.
—Lo siento —digo.
—No te lo digo para que lo sientas. Además, tampoco era tan dramático. Paula me caía bien. Me cae bien. Y tú me querías.
Me cuesta responder.
—Sí.
—Lo sé.
No hay reproche. Eso es lo que más descoloca. Nico no parece alguien reclamando una deuda antigua. Parece alguien ordenando una estantería con cuidado antes de cerrar la puerta.
—Pero quizá —añade— había una parte de ti que volvía siempre a ella.
Miro las máquinas de café. Una tiene un cartel de “fuera de servicio” desde hace tres semanas. Me concentro en eso porque el cartel no me pide madurez emocional.
—Yo no lo sabía.
—Ya.
—No de esa manera.
—Te creo.
—Y ahora no sé si lo que siento es nuevo o si solo estoy reinterpretando todo porque sé lo que ella sentía.
Nico se queda callado un segundo.
—Puede ser nuevo y venir de antes.
Lo miro.
—Eso suena a frase de Adrián.
—Me preocupa que tengas razón.
Me río.
Un poco.
Nico sonríe también, pero luego se pone más serio.
—Mira, yo no soy experto en nada. Claramente. Una vez intenté arreglar nuestra relación invitándote a una ruta de senderismo y tú creíste que era un castigo.
—Era a las ocho de la mañana.
—Era naturaleza.
—Era violencia.
—Vale. Pero lo que quiero decir es que no necesitas saber si llevas años sintiendo algo sin darte cuenta para que lo que sientes ahora sea real.
La frase me deja en silencio.
No necesitas saber si llevas años sintiendo algo sin darte cuenta para que lo que sientes ahora sea real.
—Eso sí es de Adrián —digo, para salvarme.
—Lo aceptaré como insulto útil.
Una chica con vestido rojo, botas y una carpeta llena de pegatinas aparece al fondo del pasillo. Vera, supongo. Camina hacia nosotras mirando el móvil.
—Creo que es mi entrevista —digo.
Nico asiente.
—Solo una cosa más.
—¿Hay epílogo?
—Pequeño.
—Adelante.