CAPÍTULO 14 COSAS QUE NO SE LEEN
Paula
Sandra nos recibe en la cocina con una barra de pan en una mano y el móvil en la otra, como si estuviera a punto de declarar la independencia emocional del piso.
—Necesito consejo —dice.
Ale deja la bolsa de pan sobre la mesa.
—Eso nunca ha salido bien.
—Esta vez es importante.
—La última vez también era importante y acabamos analizando durante cuarenta minutos si un emoji de fuego era deseo, ironía o combustión social.
Sandra se lleva una mano al pecho.
—Y gracias a ese análisis ahora estoy preparada para asuntos mayores.
Me siento en la silla del medio. La del medio se ha convertido en mi zona diplomática. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. Una silla con política exterior.
—¿Qué ha pasado? —pregunto.
Sandra mira el móvil con gravedad.
—Adrián me ha escrito: “Me gusta hablar contigo porque no intentas arreglar lo que digo”.
Ale abre la boca.
La cierra.
Me mira.
Miro a Sandra.
—Vaya —digo.
—Exacto —responde Sandra—. Vaya qué. Vaya bonito, vaya peligro, vaya se nos está yendo de las manos, vaya esto ya no es solo una investigación cualitativa.
Ale se sienta frente a nosotras.
—Yo diría vaya él también necesita terapia, pero con ternura.
—No todo es terapia —dice Sandra.
—Eso es justo lo que diría alguien que necesita terapia.
Sandra me señala.
—Paula, tú. Opinión literaria y humana.
—Creo que es bonito.
—Fatal.
—¿Por qué fatal?
—Porque si es bonito tengo que sentir cosas con menos distancia irónica.
Ale coge un trozo de pan.
—Bienvenida.
Sandra la mira.
—No uses mi crisis menor para hacer comentario de tu crisis mayor.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho con la miga.
Ale mira el pan que tiene en la mano.
—Mi miga es inocente.
No puedo evitar reírme.
Y, durante unos minutos, la casa recupera una forma reconocible. Sandra dramatiza. Ale le roba pan. Yo intento mediar sin que se me note demasiado que me gusta estar ahí, en la cocina, con ellas, después de tantos días midiendo cada gesto como si el suelo pudiera romperse.
Pero el suelo no se rompe.
No del todo.
Sandra decide responder a Adrián con algo “honesto, pero no matrimonial”, lo cual nos lleva a un debate bastante serio sobre la diferencia entre “a mí también me gusta hablar contigo” y “yo también”, porque, según Ale, el “yo también” es una bomba de dispersión semántica.
La miro.
Ella me mira.
Las dos sabemos que no estamos hablando solo de Adrián.
Sandra también lo sabe, pero, en un acto de madurez que nadie esperaba, finge que no.
—Vale —dice al final, escribiendo—. Respondo: “A mí también me gusta hablar contigo. Incluso cuando pareces a punto de citar a un filósofo en una terraza”.
—Perfecto —digo.
—Muy tuyo —añade Ale.
Sandra envía el mensaje y deja el móvil boca abajo sobre la mesa como si acabara de lanzar una botella al mar.
—Ahora nadie hablará de esto durante ocho minutos.
—¿Ocho? —pregunta Ale.
—Es mi límite máximo de dignidad.
La cocina se queda en una calma pequeña. Sandra empieza a cortar queso. Ale abre la nevera. Yo miro la mesa, el pan, las migas, las manos de Ale moviéndose con cuidado alrededor de los platos.
Hay algo distinto en ella desde el concierto.
O quizá desde antes. Desde la manzanilla.
Desde el mensaje. Desde que se quedó al otro lado de mi puerta.
No es que haya dejado de ser Ale. Sigue comiendo pan como si el pan tuviera una deuda pendiente con ella.
Sigue diciendo frases absurdas cuando algo le da miedo.
Sigue ocupando las habitaciones con una energía difícil de ignorar.
Pero ahora se detiene.
Eso es lo distinto.
No siempre.
No de forma perfecta.
Pero se detiene.
Y yo, que durante dos años aprendí a vivir en los huecos que ella no veía, no sé qué hacer con una Ale que empieza a mirar el borde antes de cruzarlo.
Después de cenar algo improvisado, Sandra se encierra en su habitación con el pretexto de “no mirar el móvil”, que consiste claramente en mirar el móvil con más intensidad pero desde otra estancia. Ale recoge los platos. Yo abro el portátil en la mesa para revisar la crónica conjunta.
El documento nos espera.
Llegar tarde despacio
El título sigue ahí.
Demasiado nuestro.
Demasiado bonito.
Demasiado peligroso.
Ale se acerca con un vaso de agua.
—¿Vas a trabajar ahora?
—Un poco. Si no cierro la estructura hoy, mañana la odiaré.
—¿La estructura o la vida?
—Ambas, probablemente.
—Puedo ayudarte.
La frase sale normal, pero ninguna de las dos la recibe como normal.
Antes ayudarme significaba que Ale se sentaba a mi lado, abría mi portátil, metía mano en mis apuntes, decía “a ver, Pauli, esto está demasiado serio” y se quedaba hasta que el trabajo parecía menos horrible. Antes la ayuda de Ale entraba sin llamar porque yo siempre abría.
Ahora me mira desde el otro lado de la mesa.
Esperando.
—Vale —digo—. Pero en mi habitación. Aquí Sandra aparecerá en cuatro minutos con una actualización de Adrián.
—Tres —dice Ale.
—Dos y medio si él responde con puntuación ambigua.
Ale sonríe.
Recojo el portátil. Caminamos por el pasillo. Cuando llegamos a la puerta de mi habitación, entro primero y dejo el ordenador sobre el escritorio. Ale se queda fuera.
No en el umbral.
Un poco antes.
Como si el pasillo también tuviera frontera.
—¿Puedo pasar? —pregunta.
La frase me toca antes de que pueda prepararme.
Mi habitación y Ale tienen una historia propia.
En Santa Clara, ella entraba con una bolsa de patatas y se tiraba en mi cama.
En el piso, aparecía con apuntes, con hambre, con drama, con una idea absurda para salvar un trabajo o con una camiseta que no encontraba porque, según ella, yo tenía “memoria textil de señora organizada”.
Mi habitación nunca fue territorio solemne.
Era un sitio donde Ale podía existir sin pedir sitio.
Ahora pregunta.
Y no sé si me duele que tenga que hacerlo o si me emociona que lo haga.
Quizá ambas.
—Sí —digo.
Ale entra.
No se sienta en la cama. Se sienta en la silla pequeña junto al escritorio, la que casi nunca usa nadie porque cojea un poco y obliga a una postura muy poco digna. Yo me siento en la cama con el portátil sobre las piernas.
—Puedes sentarte aquí —digo, señalando un lado de la cama.
Ale mira el espacio.
Luego a mí.
—¿Seguro?
—No te estoy invitando a una zona de riesgo biológico.
—Es que la cama tiene contexto.
La frase es tan torpe y tan honesta que casi me río.
—La silla también tiene riesgo lumbar.
—Buen punto.
Se sienta en el borde de la cama, dejando más espacio del necesario entre las dos. El colchón se hunde apenas bajo su peso. Mi cuerpo registra ese movimiento con una falta absoluta de profesionalidad.
Abro el documento compartido.
Trabajamos.
De verdad.
Durante veinte minutos, trabajamos casi bien.
Ale propone mover el párrafo de Atlas en Llamas antes de Las Chicas del Ruido para no cortar el ritmo.
Yo le digo que no, que cronológicamente funciona mejor al revés.
Ella defiende su estructura con energía.
Yo defiendo la mía con datos. Al final encontramos una tercera opción que probablemente era evidente desde el principio, pero habría sido menos divertido llegar sin discutir.
—Mendoza diría que esto empieza a tener columna vertebral —dice Ale.
—Y que todavía camina encorvado.
—Cruel, pero justo.
Copio una frase de mi borrador antiguo y la pego en el documento. Ale se inclina un poco para leer mejor. No llega a tocarme. Su hombro queda cerca del mío, pero no encima. Su cuidado llena más que su contacto.
—Esa frase es buena —dice.
—¿Cuál?
—“La sala volvió a ser bar, pero durante unos minutos había sido otra cosa.”
Me encojo de hombros.
—No sé si es demasiado.
—No.
—¿Seguro?
—Sí. Esa se queda.
—¿Desde cuándo das órdenes editoriales?
—Desde que Mendoza validó una frase mía y me vine arriba.
—Peligrosísimo.
Ale sonríe. Luego se queda mirando la pantalla un segundo más.
—Me gusta cómo escribes.
No lo dice como antes. No como un cumplido rápido. Lo dice mirando el texto, como si la frase le saliera de una observación y no de la necesidad de decir algo bonito.
—Gracias.
—En serio.
—Ya.
—No, no ya. En serio. Escribes como si vieras cosas que los demás hemos pasado por encima.
Me quedo quieta.
El portátil ilumina un poco su cara. Está mirando la pantalla, no a mí, y quizá por eso la frase llega más limpia.
—Eso ha sido bastante piropo académico —digo, porque necesito salvarme de alguna manera.
—Estoy en racha.
—No te acostumbres.
Seguimos revisando. El documento mejora. Nosotras también, o eso parece. La pieza empieza a tener una voz de las dos: mi mirada, su ritmo; mi cuidado con los detalles, su forma de poner aire en las frases; mi tendencia a contener, su tendencia a empujar un poco, pero no tanto como antes.
En algún momento, al buscar una nota, minimizo el documento.
Y ahí está.
En segundo plano.
El archivo que dejé abierto anoche.
Cosas que no son para entregar
Lo veo al mismo tiempo que Ale.
La habitación cambia.
No de forma dramática. No hay música. No hay golpe de viento. Solo una pestaña abierta que debería haber cerrado.
Ale mira el título.
Luego aparta la vista.
Rápido.
Demasiado rápido para no haberlo visto.
El pulso me sube.
Podría decir cualquier cosa. Es un documento de notas. Es una tontería. No es nada. Podría cerrarlo fingiendo que no importa. Podría hacer un chiste. Podría protegerlo con todas las herramientas que conozco.
Ale no pregunta.
No mira la pantalla otra vez.
No intenta leer.
Solo se incorpora un poco y dice:
—Voy a por agua. ¿Quieres?
La miro.
—Ale.
Se detiene.
—Lo he visto.
Mi garganta se cierra.
—Ya.
—Solo el título.
—Vale.
—No voy a preguntarte.
No sé por qué eso me desmonta más que si lo hiciera.
Antes Ale habría preguntado. No con mala intención.
Habría dicho “¿qué es eso?” con curiosidad, con naturalidad, con esa confianza suya de creer que todo podía compartirse porque todo entre nosotras siempre se había compartido.
Antes yo quizá habría cerrado el documento con una risa y habría dicho “nada, apuntes”.
Antes, si ella insistía, puede que acabara leyéndole una frase solo para que no se sintiera fuera.
Ahora no.
Ahora se ha detenido sola.
—Gracias —digo.
La palabra sale casi sin voz.
Ale asiente.
—No quiero que sientas que tienes que enseñarme todo para demostrar que ya no escondes nada.
El golpe es exacto.
Me quedo mirándola.
Ale se frota las manos en los vaqueros, incómoda.
—No sé si lo he dicho bien.
—Sí.
—Vale.
—Lo has dicho muy bien.
Se le ablanda la cara, pero no sonríe del todo.
—Voy a por agua de verdad. Necesito hacer algo normal antes de convertirme en persona seria irreversible.
Casi me río.
—Tráeme también.
—Vale.
Sale de la habitación.
En cuanto se va, cierro el documento.
No lo borro.
Lo cierro.
Me quedo sentada en la cama con el portátil sobre las piernas y una sensación extraña en el pecho. No alivio exactamente. Tampoco miedo. Algo más difícil.
Ser vista sin ser invadida.
Eso.
Eso es.
Ale ha visto una puerta.
Y no la ha abierto.
Me llevo una mano a la cara. No lloro, pero estoy cerca. Últimamente estoy cerca de llorar con demasiada frecuencia para alguien que tiene entregas, clase y una nevera que organizar.
Cuando Ale vuelve con dos vasos de agua, la pantalla ya muestra otra vez la crónica conjunta.
No comenta nada.
Me da el vaso sin rozarme la mano, aunque esta vez no lo hace de forma exagerada. Solo cuidadosa.
Bebo.
—¿Seguimos? —pregunta.
La miro.
—Sí.
Seguimos.
Pero ahora hay otra cosa en la habitación. No tensión exactamente. Confianza tampoco, todavía. Una semilla. Algo pequeño y vivo.
Trabajamos media hora más. Terminamos una versión bastante decente del primer bloque.
Añadimos notas para Claudia. Ale escribe un comentario en el margen que dice: “Aquí falta algo que haga pum, pero pum elegante, no pum discoteca”.
Yo le respondo: “Eso se llama cierre de sección”.
Ella contesta: “Mi nomenclatura era más expresiva”.
Cuando ya casi no podemos más, Ale se estira y mira la hora.
—Me voy antes de que empecemos a empeorarlo por cansancio.
—Buena decisión.
—Estoy llena de ellas últimamente.
—No nos vengamos arriba.
—Tarde.
Cierra su portátil y se levanta. Yo dejo el mío sobre el escritorio y la acompaño hasta la puerta de la habitación, aunque está a tres pasos y no hace falta. Nada de lo que hacemos últimamente hace falta en un sentido práctico. Todo hace falta en otro.
Ale se queda en el umbral.
Dentro esta vez.
No en el pasillo.
—Gracias por dejarme trabajar aquí —dice.
—Gracias por preguntar si podías entrar.
—Parece que estamos agradeciendo cosas básicas.
—A veces lo básico llega tarde.
Ale me mira.
La frase se queda ahí.
Llegar tarde despacio.
No he querido hacerlo. O sí.
Ella baja un poco la mirada. Luego vuelve a mis ojos.
—Estoy intentando llegar mejor —dice.
No responde a todo.
No promete todo.
Pero dice justo una cosa que puede sostener.
Me acerco un poco.
No mucho.
Lo suficiente para que el espacio entre nosotras vuelva a tener pulso.
—Lo he notado —susurro.
Ale cierra los ojos un segundo, como si esa frase le hiciera algo físico.
Cuando los abre, no se mueve.
Yo tampoco.
Hay un casi beso.
Otra vez.
Pero esta vez no aparece como un incendio. Aparece como una pregunta que todavía no hemos decidido hacer. Está en su boca, en mi respiración, en la forma en que las dos sabemos exactamente dónde está la distancia y ninguna la cruza.
Ale traga saliva.
—Buenas noches, Paula.
La frase suena un poco rota.
—Buenas noches, Ale.
Sale al pasillo.
Yo cierro la puerta despacio.
No porque quiera encerrarme.
Solo porque la noche necesita terminar antes de que el deseo nos convenza de correr más de lo que sabemos.
Apoyo la frente contra la puerta.
Al otro lado, oigo a Ale caminar hacia su habitación.
No ha leído lo que no era para ella.
No ha besado lo que todavía no le he ofrecido.
No ha ocupado el espacio solo porque podía.
Y yo, que durante dos años confundí muchas veces amor con aguante, empiezo a pensar que quizá también puede parecerse a esto: a alguien que podría entrar y no entra, que podría leer y no lee, que podría besar y espera.