CAPÍTULO 13 UNA FRASE PROPIA #2
Encontramos una mesa junto a la ventana en la segunda planta.
La biblioteca está medio llena y huele a calefacción, papel y café escondido en termos que técnicamente no deberían estar allí.
Nos sentamos una frente a la otra, no una al lado de la otra.
Me parece buena idea. Menos probabilidades de mirar su boca mientras dice “estructura”.
Paula crea el documento y me invita.
El aviso aparece en mi pantalla.
Paula Martín te ha invitado a editar: Crónica conjunta - El Faro
Aceptar.
El documento se abre en blanco.
Hay algo ridículo y enorme en ver nuestros dos iconos arriba, uno al lado del otro. P. A. Dos cursores esperando. Dos presencias pequeñas en un espacio todavía sin texto.
—Título provisional —dice Paula.
—“Llegar tarde despacio”.
Lo digo sin pensarlo.
Paula se queda quieta.
Mierda.
—Perdón —digo enseguida—. Es obvio. Deberíamos buscar algo menos…
—Me gusta.
La miro.
—¿Sí?
—Sí.
Escribe el título en el documento.
Llegar tarde despacio
Verlo ahí, negro sobre blanco, con su cursor parpadeando al final, me hace una cosa extraña.
—También puede ser demasiado personal —dice.
—Podemos cambiarlo luego.
—Vale.
Yo pego mi crónica debajo. Paula pega la suya.
Durante unos minutos solo leemos. A veces el cursor de ella se mueve por mi texto.
A veces el mío por el suyo. Es una intimidad rarísima, casi más peligrosa que sentarse juntas.
Leer a Paula siempre ha sido entrar en una habitación con luz baja.
Ahora, además, sé que hay habitaciones que no me enseñó durante años.
Su crónica es mejor que la mía.
Me fastidia.
Me encanta.
Tiene frases que miran donde yo solo señalo. Donde yo pongo ritmo, ella pone precisión. Donde yo escribo “la sala se quedó quieta”, ella escribe “el público dejó de hacer ruido sin darse cuenta, como quien se descubre escuchando algo que no había venido a escuchar”.
Le pongo un comentario.
ALE: Esta frase respira.
Paula lee el comentario. Veo su cursor detenerse.
Luego aparece una respuesta.
PAULA: No me robes a Mendoza.
Sonrío.
ALE: Mendoza diría que respira, pero con problemas de puntuación.
PAULA: Probablemente.
Seguimos leyendo.
En mi texto, Paula marca una frase.
PAULA: Esta es muy buena.
Es la del final. La de la canción diciendo en voz alta algo que nadie sabía cómo pedir.
La miro por encima de la pantalla.
Ella no levanta la vista.
ALE: Gracias.
PAULA: No la recortes.
ALE: Pensé que era cursi.
PAULA: Lo es.
ALE: Cruel.
PAULA: En el buen sentido.
Me río en silencio.
Paula sonríe mirando la pantalla.
No nos estamos tocando. No estamos hablando casi. No hay música, ni luz azul, ni cerveza, ni una sala llena haciendo de excusa. Solo dos portátiles, una mesa de biblioteca y un documento compartido.
Y aun así, siento que estamos haciendo algo íntimo.
No porque haya secreto.
Porque hay atención.
Durante un rato trabajamos bien. De verdad.
Movemos párrafos, elegimos estructura, decidimos que abriremos con La Teoría de los Domingos y luego volveremos hacia las otras bandas como contraste.
Paula propone usar un fragmento de vídeo de Claudia como apoyo.
Yo propongo entrevistar a la vocalista por mensaje.
Paula dice que eso ya debería haberlo pensado antes y yo digo que mi talento funciona bajo presión y con deficiencias organizativas.
Casi normal.
Casi.
Hasta que llegamos al párrafo de Paula sobre el espacio.
“La mejor banda de la noche no fue la que tocó más alto ni la que buscó la emoción más evidente. La Teoría de los Domingos funcionó porque dejó espacio.”
Lo leo varias veces.
—Esto tiene que ir casi al final —digo.
—¿Por qué?
—Porque es la idea.
—¿Que funcionó porque dejó espacio?
—Sí.
Paula me mira por encima del portátil.
Y claro. Claro que lo oye también.
Dejó espacio.
No digo nada más.
Ella tampoco.
Baja la mirada al documento y escribe una frase nueva.
“A veces, una canción importa no por lo que ocupa, sino por lo que permite escuchar.”
La leo mientras aparece en tiempo real.
Letra a letra.
A veces.
Una canción.
Importa.
No por lo que ocupa.
Sino por lo que permite escuchar.
Me quedo sin saber qué hacer con las manos.
—Paula.
—¿Está mal?
—No.
—¿Muy abstracta?
—No.
—¿Entonces?
Entonces te estoy viendo escribir justo lo que estoy intentando aprender contigo.
No lo digo.
No todo tiene que decirse en el instante en que aparece.
Estoy aprendiendo eso también.
—Entonces es buena —digo.
Paula me mira un segundo más.
—Vale.
Seguimos.
Al cabo de una hora, tenemos una estructura decente, un título demasiado peligroso y un documento lleno de comentarios.
Sandra nos manda una foto desde la cafetería: aparece su taza de café, el cuaderno de Adrián y un texto que dice “la investigación continúa”.
Paula le responde con un emoji de lupa. Yo con un extintor. Sandra manda un corazón negro.
La tarde avanza.
La biblioteca empieza a vaciarse.
Paula se estira en la silla y se frota el cuello.
—Estoy bloqueada.
—Descanso?
—Cinco minutos.
Cierra el portátil. Yo hago lo mismo.
Por primera vez en rato no tenemos pantalla entre las dos.
Qué mala idea.
Qué buena.
Paula mira por la ventana. La luz de la tarde entra suave, con polvo suspendido, y le ilumina un lado de la cara. Sé que esto suena como una frase de crónica mal disimulada, pero es lo que pasa. Hay momentos que tienen una falta total de respeto por la objetividad.
—¿Te gusta escribir conmigo? —pregunta.
La pregunta me pilla.
—Sí.
—¿Aunque te corrija?
—Especialmente cuando me corriges con superioridad tranquila.
—No tengo superioridad tranquila.
—Tienes mucha.
—Tú tienes caos ejecutivo.
—También.
Paula sonríe.
—A mí también me gusta.
No sé por qué esa frase me toca tanto. Quizá porque no dice “me gusta estar contigo” y a la vez lo roza. Quizá porque escribir es su lugar más suyo, y me está dejando estar dentro sin que parezca que le estoy quitando nada.
—Tu crónica es mejor —digo.
—No.
—Sí.
—La tuya tiene más ritmo.
—La tuya tiene más mirada.
—Mendoza estaría orgullosa de ti usando esa palabra.
—No se lo digas. Me bajaría nota por apropiación conceptual.
Paula se ríe.
Luego se queda mirándome con una suavidad que me desordena.
—Tu frase del sábado… la de pedir… me gustó mucho.
—¿Sí?
—Sí.
—Pensé que quizá era demasiado.
—Lo era.
—Ah.
—Pero a veces lo demasiado es lo que no se puede recortar.
No sé si seguimos hablando de la crónica.
Creo que no.
O sí.
Esa es la cosa con nosotras ahora. Todo tiene doble fondo. Algunas frases hablan de música y de otra cosa. Algunas pausas pesan más que párrafos enteros. Algunas preguntas sobre textos abren puertas que no llevan a una biblioteca.
—Paula.
—¿Sí?
Quiero decirle que el sábado, cuando me cogió la mano, no pensé en los dos años como una deuda. Pensé en ella. Quiero decirle que me gusta escribir con ella, caminar con ella, discutir títulos con ella, verla trabajar. Quiero decirle que cada día hay menos piezas sueltas y más dirección.
Pero la biblioteca está llena de mesas, y ella acaba de decir que no usemos la crónica para escondernos ni para correr.
Así que busco una frase que pueda sostenerse.
—Me gusta esto.
Paula baja la vista a la mesa.
—¿La pieza?
—También.
Silencio.
Su boca se mueve apenas.
—A mí también.
No pasa nada más.
Pero pasa.
Vuelve a abrir el portátil y yo hago lo mismo. El documento aparece otra vez, lleno de frases nuestras, comentarios, tachones, posibilidades.
Paula escribe en el chat del documento, no en WhatsApp.
PAULA: Este título es demasiado nuestro.
Miro el título.
Llegar tarde despacio
Respondo en el mismo chat.
ALE: ¿Eso es malo?
Ella tarda.
PAULA: No lo sé.
Sonrío.
ALE: Progreso: no saberlo sin huir.
Paula lee.
Luego me mira.
—Muy lista —dice en voz baja.
—Estoy intentando impresionarte académicamente.
—Lo estás consiguiendo.
Esa frase me dura todo el camino de vuelta a casa.
No hablamos mucho al salir de la biblioteca. Compramos pan porque Sandra manda un mensaje dramático diciendo que “una casa sin pan es una idea neoliberal”. Subimos las escaleras del piso cansadas, con los portátiles en la mochila y la pieza a medio hacer.
Antes de entrar, Paula se detiene en el rellano.
—Ale.
—¿Sí?
—Gracias por no hacer raro lo de Claudia hoy.
—Lo hice raro por dentro.
—Ya.
—Pero no por fuera.
—Lo he notado.
Ahí está otra vez.
Lo he notado.
No sé si alguna vez una frase tan pequeña ha hecho tanto trabajo.
—Gracias por notarlo —digo.
Paula sonríe.
Entramos en casa.
Sandra grita desde la cocina que Adrián ha dicho algo “moderadamente precioso” y que necesita asesoría urgente. Paula va hacia su habitación para dejar la mochila. Yo me quedo un segundo en el recibidor, con la bolsa de pan en la mano y el título de la crónica todavía en la cabeza.
Llegar tarde despacio.
Quizá eso estamos haciendo.
Llegar.
Sin saber del todo a dónde.
Pero, por primera vez, sin correr encima de lo que duele.