Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 13 UNA FRASE PROPIA
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CAPÍTULO 13 UNA FRASE PROPIA

Ale

El lunes, Mendoza entra en clase con la carpeta roja y la expresión de quien ya ha leído demasiados borradores con la palabra “vibrante”.

Eso no puede ser bueno.

—Antes de que entreguen la versión final de la crónica —dice, dejando la carpeta sobre la mesa—, vamos a hacer un ejercicio sencillo y humillante. Mis favoritos.

Sandra, dos filas delante, se gira hacia mí y Paula con cara de alarma teatral.

—He venido sin armadura —susurra.

—Nunca la llevas —le digo.

—La llevo emocional.

Paula sonríe a mi lado.

Se ha sentado conmigo otra vez.

Con mochila, sí. Pero conmigo.

La mochila sigue entre las dos, aunque hoy está un poco menos en medio. No sé si eso significa algo o si estoy convirtiendo un objeto con cremallera en un tratado sobre la esperanza. Últimamente todo significa demasiado. Una silla, una taza, una botella de agua, una mano que se acerca y se detiene.

Una mochila.

Mendoza se coloca las gafas.

—Quiero que cada uno lea una sola frase de su crónica. Una frase que, si todo lo demás desapareciera, conservaría la mirada del texto.

Alguien al fondo protesta.

—¿Solo una?

—Sí. Si no pueden elegir una frase, probablemente no saben de qué trata su crónica.

Silencio general.

Mendoza sonríe con una satisfacción peligrosa.

—Exacto.

Miro mi documento abierto en el portátil. Tengo varias frases subrayadas en amarillo, dos en azul, una en rojo y un comentario mío que dice: “¿Esto es bueno o solo triste?”. No soy una persona fiable para elegir nada ahora mismo.

A mi lado, Paula abre su borrador. No miro.

O intento no mirar.

Solo veo el título.

Una habitación compartida

Me quedo quieta.

No sé si ella sabe que lo he visto. No dice nada. Tampoco tapa la pantalla. Esa confianza pequeña me llega de golpe y me obliga a mirar mi propio teclado como si hubiera algo urgente en la tecla de borrar.

Mendoza empieza por la primera fila.

Las frases van saliendo con distintos niveles de supervivencia.

Una chica lee algo sobre “el pulso eléctrico de una generación sin certezas” y Mendoza le dice que “pulso eléctrico” ha pedido la baja por agotamiento.

Un chico lee una frase bastante buena sobre las luces de El Faro reflejadas en vasos medio vacíos.

Otro dice “la banda conectó con el público” y toda la clase contiene el aliento como si hubiera pisado una mina.

Mendoza cierra los ojos.

—Explíqueme cómo o váyase a Derecho.

Sandra levanta la mano cuando le toca.

—Mi frase dice: “Atlas en Llamas cantó como si quisiera convertir una ruptura de WhatsApp en una tesis doctoral sobre la imposibilidad de quedarse”.

La clase se ríe.

Mendoza la mira con severidad, pero se le mueve un poco la boca.

—Ortega.

—¿Sí?

—Eso es excesivo.

—Gracias.

—No era un elogio.

—Lo he recibido como estímulo.

—Recórtelo.

—Con dolor.

—Sin dolor, a ser posible. El texto ya tiene bastante.

Sandra se sienta satisfecha. Adrián, que está al otro lado del aula porque ha venido como oyente con excusa sociológica, la mira como si acabara de descubrir una nueva corriente de pensamiento. Sandra finge no verlo. Fatal. Se le da fatal fingir.

Mendoza señala a Paula.

—Martín.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.

Paula se endereza un poco. No parece nerviosa, pero yo sé que lo está. Se toca el lóbulo de la oreja, muy rápido. Antes quizá habría puesto una mano sobre su rodilla debajo de la mesa para decirle que lo haría bien. Ahora mis manos se quedan sobre mi portátil.

No todo apoyo tiene que tocar.

Estoy aprendiendo a base de frustración.

Paula mira su pantalla y lee:

—“Cuando La Teoría de los Domingos empezó a tocar, El Faro dejó de intentar ser una fiesta y se convirtió en una habitación compartida.”

El aula se queda callada un segundo.

Un segundo real.

No uno de esos silencios incómodos en los que nadie sabe si aplaudir o mirar el móvil. Un silencio de reconocimiento. De algo que entra.

Mendoza inclina la cabeza.

—Bien.

Eso, viniendo de Mendoza, equivale a una ovación con fuegos artificiales y beca completa.

Paula baja la mirada, y yo noto que intenta no sonreír demasiado.

Yo tampoco sonrío demasiado.

Fracaso.

—Rivas —dice Mendoza.

Mierda.

Busco mi frase. Podría leer una más segura. Una sobre el público. Una sobre la vocalista. Una sobre el sonido deficiente de la segunda banda. Pero mis ojos van a la misma de siempre, la que escribí después de llegar a casa, con la mano todavía recordando la suya.

Respiro.

—“La Teoría de los Domingos no llenó El Faro de ruido, sino de una atención extraña: durante cuarenta minutos, todos parecimos estar esperando que una canción dijera en voz alta algo que nadie sabía cómo pedir.”

No miro a Paula.

No puedo.

Miro a Mendoza, que me observa con una expresión ilegible. Eso es peor que una mala expresión. Las expresiones ilegibles de Mendoza deberían tener regulación específica.

—Bien también —dice al fin.

Sandra hace un gesto silencioso de victoria desde delante. Paula no se mueve.

Yo sigo sin mirarla.

Mendoza se cruza de brazos.

—Martín y Rivas.

Ahora sí miro.

Paula también.

—Sus frases hablan entre sí —dice Mendoza—.

Eso puede ser casualidad, contagio estilístico o buena escucha.

En cualquiera de los tres casos, aprovéchenlo.

Quiero que preparen una versión conjunta para la revista digital de la facultad.

Mil quinientas palabras, con apoyo audiovisual si la compañera de Audiovisual les cede material. Una pieza firmada por ambas.

La clase hace ese murmullo pequeño que aparece cuando algo se sale un poco del guion.

Paula parpadea.

Yo también.

—¿Conjunta? —pregunto, porque aparentemente he perdido vocabulario.

—Eso significa entre dos, Rivas.

—Lo sé.

—Me alegra. Me preocupaba el nivel.

Sandra se tapa la boca para no reírse.

Mendoza mira a Paula.

—¿Algún problema, Martín?

Paula tarda apenas un segundo.

—No.

Luego me mira.

No dice “si tú quieres”. No allí, no delante de toda la clase. Pero está en su cara.

Mendoza sigue repartiendo pequeñas condenas literarias hasta que termina la ronda. Yo apenas escucho. Tengo el portátil abierto, la frase de Paula en la cabeza y una pieza conjunta que no esperaba.

Una pieza firmada por ambas.

Qué frase tan peligrosa para una tarea académica.

Cuando acaba la clase, la gente empieza a recoger. Sandra aparece junto a nuestra mesa con la emoción de quien acaba de presenciar un emparejamiento editorial con subtexto romántico y está haciendo esfuerzos titánicos por no verbalizarlo.

No le sale.

—Una pieza firmada por ambas —dice, poniendo voz de tráiler dramático.

—Sandra —dice Paula.

—No he añadido música de violín porque respeto la institución universitaria.

—Dudoso —digo.

Sandra se inclina sobre la mesa.

—Solo diré que vuestras frases han tenido más química que algunas parejas reales de esta facultad.

—¿Incluida tú con Adrián? —pregunto.

Se endereza.

—Mi vínculo con Adrián está en fase de investigación cualitativa.

—Claro.

—Además, Adrián ha dicho que mi frase tenía “violencia lírica”.

Paula sonríe.

—Eso te va a alimentar un mes.

—Mínimo.

Sandra se va con una dignidad casi inexistente para alcanzar a Adrián en el pasillo. Paula guarda el portátil despacio. Yo también. Ninguna de las dos habla durante unos segundos.

Antes esos silencios me desesperaban. Ahora empiezo a entender que algunos no están vacíos. Solo están colocando muebles.

—No tienes que hacerlo si es raro —digo.

Paula levanta la vista.

—¿La pieza?

—Sí.

—¿Tú quieres hacerla?

La respuesta sale antes de que pueda protegerme.

—Sí.

Paula me mira.

—Yo también.

Dos palabras otra vez.

Yo también.

El idioma entero parece últimamente organizado para matarme con cosas pequeñas.

—Pero —añade ella.

Ahí está.

Siempre hay un pero cuando una intenta no correr hacia algo que brilla.

—Pero —repito.

—No quiero que usemos esto para fingir que ya sabemos estar bien.

Asiento despacio.

—Vale.

—Ni para escondernos detrás de la crónica.

—Vale.

—Ni para convertirlo todo en una cosa intensa cada vez que abramos un documento.

—Eso último puede estar fuera de nuestro control.

Paula casi sonríe.

—Ale.

—Perdón. Sí. Entiendo.

—Podemos trabajar juntas. Pero si en algún momento se vuelve demasiado, lo decimos.

—Lo decimos.

—Sin esperar a rompernos.

—Sin esperar a rompernos.

La repetición suena solemne, pero necesaria. Como firmar un contrato escrito en un idioma que estamos aprendiendo.

Salimos del aula. En el pasillo, Claudia está esperándola con la cámara colgada del hombro. Lleva auriculares alrededor del cuello y una libreta en la mano.

—Tengo los vídeos del sábado —dice—. Hay un plano buenísimo de la vocalista en la tercera canción. Y un plano accidental del suelo porque alguien me empujó, pero incluso eso tiene textura.

—Mendoza quiere que hagamos una pieza conjunta para la revista —explica Paula—. Ale y yo.

Claudia mira a Paula, luego a mí.

—Tiene sentido. Vuestras frases iban hacia el mismo sitio.

No sé por qué me sorprende que lo haya notado. Claudia nota todo. Es su superpoder incómodo.

—¿Puedes pasarnos material? —pregunta Paula.

—Claro. Os hago una carpeta.

—Gracias.

Claudia sonríe.

—Eso sí, si usáis mi plano del suelo, quiero crédito artístico.

—Plano del suelo: Claudia Vidal, 2026 —digo.

—Exacto. Una exploración visual de la precariedad vertical.

Paula se ríe.

Yo también.

Me cae bien.

Cada vez más.

Sigue siendo una desgracia.

Claudia se despide porque tiene edición. Cuando se va, Paula y yo caminamos hacia la biblioteca. No lo hemos decidido exactamente. Solo hemos empezado a andar en la misma dirección y ninguna ha corregido el rumbo.

—Podemos abrir un documento compartido —digo.

—Sí.

—Y poner las dos crónicas en bruto.

—Sí.

—Y luego llorar sobre ellas con criterio.

—Eso ya es opcional.

—Para Mendoza, quizá obligatorio.