Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 12 LA FRASE QUE NO SE ENTREGA
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CAPÍTULO 12 LA FRASE QUE NO SE ENTREGA

Paula

Cierro la puerta de mi habitación y me quedo un segundo apoyada contra ella. Solo necesito comprobar que sigo dentro de mi cuerpo.

La mano de Ale ya no está en la mía, pero mi mano no parece haberse enterado del todo. La tengo cerrada alrededor de nada, con esa memoria absurda de los dedos que acaban de soltar algo importante. La abro. La cierro. La miro como si fuera una prueba.

No hay prueba. Solo la sensación de que una canción puede terminar y seguir sonando en el sitio exacto donde alguien te ha tocado con permiso.

Dejo el bolso en la silla, me quito la chaqueta y enciendo la luz pequeña del escritorio.

La habitación aparece de golpe: apuntes, vasos, libros, la sudadera doblada mal encima de la cama, la libreta cerrada como si no hubiera pasado nada.

Me siento frente al portátil con una determinación casi académica.

Tengo que escribir la crónica.

Eso es bueno.

Eso es seguro.

Eso tiene estructura, extensión, entrega, criterios de evaluación.

Una crónica cultural de mil doscientas palabras sobre el concierto de El Faro.

Nada más. No una autopsia sentimental de una mano.

No una declaración encubierta. No una prueba pericial sobre cómo una persona puede preguntar “¿puedo?” y cambiarle a otra el sistema nervioso entero.

Abro un documento.

Título provisional:

La Teoría de los Domingos en El Faro: música emergente y crónica de una sala compartida

Lo leo.

Mendoza lo odiaría.

Demasiado largo. Demasiado correcto. Demasiado “quiero que me tomen en serio porque estoy evitando escribir sobre el amor”.

Lo borro.

Escribo:

Si llegas tarde, llega despacio

Me quedo mirando la frase.

No es mía. Era de la canción. O de la noche. O de Ale. O de todas las cosas a la vez.

La borro también.

Al final dejo el título en blanco y empiezo por el texto.

El Faro empezó la noche como empiezan casi todos los bares universitarios: con demasiadas conversaciones, vasos de plástico, abrigos mal vigilados y una fe colectiva en que la música puede convertir una semana difícil en una historia mejor.

Vale.

No está mal.

Sigo.

Las Chicas del Ruido abrieron el ciclo con más energía que precisión, Atlas en Llamas confundió en algunos momentos la intensidad con la duración, y La Teoría de los Domingos hizo algo más difícil que sonar bien: consiguió que una sala llena de gente dejara de fingir que solo había ido a beber.

Me detengo.

Esto sí me gusta.

Mendoza quizá no me tiraría el bolígrafo a la cabeza.

Continúo.

Cuando la vocalista apareció con una guitarra colgada demasiado baja y una tranquilidad que no pedía permiso…

Me quedo quieta.

Permiso.

No.

No empieces.

Borro “que no pedía permiso”.

Escribo:

…y una tranquilidad poco frecuente en una sala acostumbrada al exceso…

Mejor.

Más objetivo.

Más mentira.

Me froto los ojos.

La crónica cultural, según Mendoza, cuenta qué le pasa a una sala cuando empieza la música.

Muy bien. A El Faro le pasaron varias cosas.

La gente dejó de gritar. Sandra dejó de hacer comentarios durante casi una canción completa, lo cual debería contar como acontecimiento antropológico.

Adrián miró el escenario como si la batería estuviera explicándole una teoría sobre el desencanto generacional.

Claudia grabó desde el lateral con una concentración preciosa y limpia.

Y Ale.

Ale no interrumpió.

Ale me trajo agua.

Ale me dijo que le había pinchado verme con Claudia y no me pidió que hiciera nada con eso.

Ale preguntó.

¿Puedo?

Dos sílabas.

La crónica entera podría ser sobre esas dos sílabas y no estaría mintiendo.

Tampoco estaría entregando el trabajo correcto.

Me obligo a seguir.

Escribo otro párrafo sobre la iluminación deficiente, otro sobre el público, otro sobre la diferencia entre carisma y pose.

Hago una nota para añadir una frase del cantante de Atlas en Llamas, aunque probablemente debería recortarla porque “nuestro sonido nace de la imposibilidad de quedarse” es una frase que pide ayuda profesional.

El móvil vibra.

Lo miro.

Ale.

ALE: ¿Estás escribiendo?

Mi corazón hace una cosa tan ridícula que me enfado con él.

PAULA: Intentándolo.

ALE: Yo también.

PAULA: ¿Cómo va?

Tarda unos segundos.

ALE: Mendoza va a descubrir que sé mucho menos de música que de mirar a gente que toma notas.

Me quedo mirando el mensaje.

Lo leo otra vez.

Y otra.

No es una declaración. No es nada que pueda señalar con el dedo y decir “aquí”. Pero se acerca demasiado a un sitio que llevo años esperando, y por eso mismo me da miedo.

PAULA: Eso quizá no deberías entregarlo.

ALE: Ya. Problemas del primer borrador.

PAULA: ¿Tienes título?

ALE: “Una sala llena de gente intentando parecer menos sola”.

Sonrío.

No quiero sonreír tanto.

PAULA: Ese título es demasiado bueno para ti.

ALE: Lo sé. Me ha poseído Mendoza.

PAULA: Exorcismo urgente.

ALE: Con cerveza mala y corrector rojo.

Me río sola, en mi habitación, como una persona que definitivamente no está gestionando esto con la distancia emocional recomendada.

Vuelvo al documento.

No escribo.

Miro el chat.

No debería preguntarle nada más.

Pregunto.

PAULA: ¿Puedo leer una frase?

ALE: ¿Mía?

PAULA: No, de la planta moribunda.

ALE: La planta escribe mejor que yo bajo presión.

PAULA: Ale.

ALE: Vale.

Aparece “escribiendo…”.

Desaparece.

Vuelve.

Desaparece otra vez.

Me imagino a Ale en su habitación, tumbada boca abajo en la cama o sentada en el suelo, borrando frases antes de enviarlas. Ale, que antes mandaba cualquier cosa sin filtro. Ale, que ahora mide. Ale, que está intentando llegar despacio incluso por WhatsApp.

El mensaje llega.

ALE: “La Teoría de los Domingos no llenó El Faro de ruido, sino de una atención extraña: durante cuarenta minutos, todos parecimos estar esperando que una canción dijera en voz alta algo que nadie sabía cómo pedir.”

Dejo de respirar un momento.

La frase es buena.

Muy buena.

Pero eso no es lo que me deja sin aire.

Lo que me deja sin aire es que habla de pedir.

De esperar.

De algo que nadie sabía cómo decir.

La leo otra vez y casi puedo verla escribiéndola. Ale, que dice que no sabe nombrar esto. Ale, que quizá está empezando a hacerlo sin darse cuenta, como quien toca una puerta con los nudillos por primera vez.

PAULA: Es muy buena.

ALE: ¿Sí?

PAULA: Sí.

ALE: ¿Muy cursi?

PAULA: Un poco.

ALE: Mierda.

PAULA: Pero en el buen sentido.

ALE: Eso no existe.

PAULA: Sí existe. Lo acabas de inventar.

ALE: Mendoza me suspenderá por cursilería estructural.

PAULA: Mendoza tiene corazón, aunque lo esconda en una carpeta roja.

ALE: No hay pruebas.

Me quedo mirando su frase todavía en la pantalla.

Podría dejarlo ahí.

Debería dejarlo ahí.

No lo dejo.

PAULA: Yo también tengo una.

ALE: Mándala.

Mis dedos se quedan sobre el teclado.

No sé cuál mandarle.

Tengo varias. Una segura. Una buena. Una que habla de la sala. Una que no me expone demasiado. Y otra, justo al final del documento, que he escrito casi sin darme cuenta y que todavía no he borrado.

La leo.

En mitad de la tercera canción, cuando el público se apretó hacia delante, una mano pidió permiso para hacer lo que antes habría hecho sin pensar.

La sala no lo vio. La crónica tampoco debería contarlo.

Pero quizá algunas formas de cuidado empiezan exactamente ahí: en el gesto mínimo de no tocar hasta saber si el otro quiere ser tocado.

No.

No puedo mandarle eso.

Eso no es crónica.

Eso es dejar la puerta abierta y poner un cartel luminoso.

Borro el mensaje antes de escribirlo en WhatsApp.

Le mando otra.

PAULA: “Cuando La Teoría de los Domingos empezó a tocar, El Faro dejó de intentar ser una fiesta y se convirtió en una habitación compartida.”

Ale responde casi al instante.

ALE: Paula.

Solo eso.

Mi nombre.

Otra vez mi nombre en su pantalla y la misma injusticia: que incluso escrito me haga algo.

PAULA: ¿Qué?

ALE: Esa frase es preciosa.

Me quedo quieta.

No sé por qué me emociona tanto. Ale me ha dicho cosas bonitas antes.

Ale no es parca en elogios. Ale ha dicho que soy lista, que escribo bien, que salvo trabajos de grupo, que tengo cara de periodista seria cuando en realidad estoy pensando en patatas.

Pero esto suena distinto porque no viene envuelto en broma. No intenta no pasar por serio.

PAULA: Gracias.

ALE: La odio un poco porque es mejor que la mía.

PAULA: Ahí está la Ale competitiva que conozco.

ALE: No estoy muerta, solo evolucionando.

Me río.

La puerta de la entrada se abre en ese momento con un ruido poco discreto.

Sandra.

Se oye su voz en el pasillo, contenida a medias.

—No, no, he llegado perfectamente. Sí, con dignidad. Bueno, con una dignidad razonable para una persona que ha comido patatas en un banco hablando del miedo a la adultez.

Silencio.

Luego:

—No, Adrián, no te estoy citando para burlarme. Te estoy citando porque dices cosas citables. Es distinto.

Me tapo la boca para no reírme demasiado alto.

El móvil vibra.

ALE: Sandra acaba de entrar hablando con Adrián o con un podcast existencial?

PAULA: Las dos opciones son compatibles.

ALE: Voy a fingir que no escucho.

Desde el pasillo, Sandra dice:

—Vale. Sí. Buenas noches. No, tú también. No, cuelga tú. Qué asco, acabo de ser una persona cursi.

Puerta de su habitación.

Silencio.

Otro mensaje de Ale.

ALE: Informe: Sandra ha sido poseída por la decencia afectiva.

PAULA: Me alegro por ella.

ALE: Yo también. Me preocupa, pero me alegro.

Me quedo con el móvil en la mano, sonriendo.

Luego miro el documento.

La crónica sigue abierta. El párrafo prohibido sigue ahí, al final, mirándome como una cosa que sabe demasiado.

Lo selecciono.

Voy a borrarlo.

No lo borro.

No puedo entregarlo, pero tampoco quiero perderlo.

Abro otro documento. Uno nuevo. Sin título. Copio el párrafo allí.

Luego escribo encima:

Cosas que no son para entregar

Me quedo mirando el título.

No es un diario. No exactamente. No quiero volver a crear una habitación secreta donde meter todo lo que Ale no sabe.

Eso ya lo he hecho. Dos años, de hecho. No quiero quererla a escondidas en documentos paralelos hasta convertirme otra vez en alguien que dice “estoy bien” con la boca llena de cristales.

Pero tampoco todo tiene que decirse en el mismo instante en que aparece.

Quizá hay frases que no se esconden.

Solo esperan.

Vuelvo al chat.

Ale está escribiendo.

ALE: ¿Te puedo decir una cosa sin que cuente como hablar demasiado de lo que no estamos hablando?

Sonrío.

PAULA: Esa frase ya habla bastante.

ALE: Lo sé. Soy pésima en esto.

PAULA: Adelante.

Tarda.

ALE: Cuando cantaron lo de llegar tarde despacio pensé en ti.

Mi mano se queda quieta sobre el móvil.

Leo la frase.

No dice “pensé en nosotras”.

No dice “pensé en el beso”.

No dice “pensé en tus dos años”.

Dice pensé en ti.

Y quizá por eso duele más bonito.

PAULA: Yo también pensé en ti.

Lo envío antes de arrepentirme.

Esta vez no aparecen los tres puntitos enseguida.

Pasan diez segundos.

Quince.

Treinta.

Me arrepiento.

Por supuesto que me arrepiento. La valentía me dura siempre menos que el envío de un mensaje.

Ale responde al fin.

ALE: Me alegra.

Dos palabras.

Sencillas.

Sin broma.

El corazón se me queda blando de una forma peligrosa.

PAULA: A mí también.

Dejo el móvil sobre la mesa y vuelvo al documento de la crónica, pero ya no soy la misma que se sentó hace media hora. Tampoco soy otra muy distinta. No hay transformación completa. No hay música de fondo, salvo la que todavía me vibra en los oídos. No hay certeza.

Pero hay una frase de Ale en mi pantalla.

Hay una canción que dijo llegar tarde despacio.

Hay una mano que pidió permiso.

Y hay una parte de mí que, por primera vez en mucho tiempo, no siente que esperar sea exactamente lo mismo que perder.

Sigo escribiendo.

Ahora sí.

La mejor banda de la noche no fue la que tocó más alto ni la que buscó la emoción más evidente.

La Teoría de los Domingos funcionó porque dejó espacio.

En sus canciones había pausas suficientes para que cada persona pusiera algo propio: una ausencia, un deseo, una conversación pendiente, una forma de volver a casa.

Me detengo.

Eso sí lo puedo entregar.

Creo.

El móvil vibra una vez más.

ALE: Buenas noches, Paula.

Miro la frase.

No hay más.

No intenta alargar. No tira del hilo. No convierte mi “yo también pensé en ti” en una escalera por la que subir corriendo.

Me está dejando espacio.

Otra vez.

Y ese espacio, cada vez, se parece menos a una distancia y más a una forma de cuidado.

PAULA: Buenas noches, Ale.

Apago el móvil.

Me quedo escribiendo hasta tarde. Recorto, muevo frases, cambio “energía” por “atención”, borro dos adjetivos que Mendoza habría asesinado en rojo. La crónica empieza a parecer una crónica de verdad. El otro documento, el que no voy a entregar, permanece abierto en segundo plano.

Antes de dormir, lo miro una última vez.

Cosas que no son para entregar

Debajo, una sola frase copiada:

Quizá algunas formas de cuidado empiezan exactamente ahí: en el gesto mínimo de no tocar hasta saber si el otro quiere ser tocado.

Guardo el documento. Y no lo guardo porque tenga miedo de que lo lea. Lo guardo porque todavía está creciendo. Y algunas cosas, pienso mientras apago la luz, no se esconden. Maduran.