CAPÍTULO 11 LA TEORÍA DE LOS DOMINGOS #3
—No corras.
Ale mira a Paula y luego a mí con una sonrisa peligrosamente dulce, así que le doy un empujón muy leve con el hombro. Ella exagera como si la hubiera atacado.
Nico se acerca para despedirse. Lo veo antes de que llegue y noto que Paula también. Esta vez no intento actuar como si no pasara nada.
—Me voy con estos —dice Nico, señalando a su grupo—. Buen concierto, ¿no?
—Sí —digo—. Mucho.
—La última banda ha estado genial —dice Paula.
Nico asiente.
—Totalmente. Bueno, nos vemos por clase.
—Nos vemos —digo.
Se va.
Paula bebe un poco de agua.
—Eso ha estado bien —dice.
—¿El concierto?
—También.
La miro.
—Ah.
—Alerta sanitaria superada.
No puedo evitar reírme.
—Gracias por el informe.
—De nada.
Salimos del bar un rato después. El aire de la calle está frío y limpio, y después del calor de El Faro parece casi nuevo.
Sandra y Adrián se quedan en la puerta discutiendo si ir a comer patatas o “caminar sin destino”, que es la propuesta de Adrián y, según Sandra, puede ser romántica o una señal de alarma. Claudia se despide con dos besos.
—Mándame luego tus notas —le dice a Paula—. Te paso los vídeos mañana.
—Perfecto. Gracias.
Claudia me mira.
—Nos vemos, Ale.
—Nos vemos.
No hay nada raro. O hay menos.
Eso también cuenta.
Al final, Paula y yo empezamos a caminar hacia casa solas. No lo hemos planeado. Sandra sigue con Adrián, Claudia va hacia la parada y Nico ha desaparecido con su grupo. El barrio está húmedo, las farolas hacen círculos amarillos en la acera y mis oídos todavía vibran con la última canción.
Durante unos minutos no hablamos.
Es un silencio distinto al de otros días.
Un silencio con música dentro.
—Hoy he querido interrumpir como veinte veces —digo.
Paula sonríe mirando al frente.
—Lo sé.
—Y no lo he hecho.
—Lo he notado.
Otra vez.
La frase se ha convertido en algo nuestro. Algo pequeño, nuevo, menos peligroso que una promesa y más concreto que una intención.
—También he querido cogerte la mano antes de preguntarte —digo.
Paula baja la mirada a nuestras manos, que ahora caminan separadas.
—También lo he notado.
El corazón me da un golpe.
—¿Te ha molestado?
—No.
Seguimos caminando.
No debería necesitar más.
Lo necesito.
—¿Te ha gustado?
Paula se detiene.
Yo también.
Estamos junto a un portal cerrado, bajo una luz que parpadea apenas. Paula se gira hacia mí. Tiene las mejillas un poco rojas por el frío, el pelo movido por la noche y los ojos cansados, brillantes, vivos.
—Sí —dice.
Una palabra.
La calle entera parece escuchar.
No me acerco.
Quiero.
No lo hago.
Paula da un paso pequeño hacia mí.
No suficiente para besarme.
Suficiente para que el aire cambie.
—Ale.
—¿Sí?
—Preguntar no significa que siempre vaya a decir que sí.
—Lo sé.
—Y que diga que sí a una cosa no significa que pueda decir que sí a todo.
—Lo sé.
—Vale.
—Pero hoy has dicho que sí.
Paula traga saliva.
—Hoy he dicho que sí.
Nos miramos.
Hay un casi beso en la distancia exacta entre su boca y la mía. Lo siento. Ella también. Está ahí, respirando con nosotras, posible y no elegido.
Esta vez no cruzo la distancia.
Paula tampoco.
Después de unos segundos, ella vuelve a caminar.
Yo la sigo.
No me siento rechazada.
Me siento… invitada a no correr.
Llegamos al portal sin tocarnos. Subimos las escaleras despacio. En el segundo piso, Paula busca las llaves en el bolso y tarda demasiado. Antes me habría burlado. Ahora solo espero, apoyada en la pared. Cuando por fin las encuentra, suelta una risa nerviosa.
—Estaban en el bolsillo.
—Final inesperado.
—Crónica de una búsqueda inútil.
—Mendoza te suspendería el titular.
—Seguro.
Entramos en casa. El piso está oscuro. Sandra no ha llegado. La planta moribunda nos recibe desde la cocina con su habitual resistencia pasivo-agresiva.
Paula deja las llaves en la mesa del recibidor.
—Voy a escribir un poco antes de dormir —dice.
—La crónica?
—Sí. Si no escribo ahora, mañana pensaré que exageré.
—No exageraste.
Me mira.
—¿Cómo lo sabes?
Porque estuve allí.
Porque la sala cambió.
Porque tú me cogiste la mano.
Porque cuando cantaron “si llegas tarde, llega despacio”, pensé que quizá yo estaba intentando hacer exactamente eso.
No digo todo eso.
Todavía.
—Porque Mendoza diría que tienes mirada —contesto.
Paula sonríe.
—Eso casi ha sido un piropo académico.
—Mi especialidad.
Nos quedamos frente a frente en el pasillo. Su habitación está a dos pasos. La mía, al otro lado. La cocina al fondo, con toda su historia esperando en silencio.
—Buenas noches, Ale.
—Buenas noches, Paula.
No me muevo hasta que entra en su habitación.
La puerta se cierra.
Suave.
Me quedo en el pasillo unos segundos, con la mano todavía recordando la suya.
Luego voy a mi cuarto, abro el portátil y escribo una frase para la crónica antes de que se me escape:
“La Teoría de los Domingos no llenó El Faro de ruido, sino de una atención extraña: durante cuarenta minutos, todos parecimos estar esperando que una canción dijera en voz alta algo que nadie sabía cómo pedir.”
La leo.
Pienso en Paula.
Y por primera vez no siento que haya llegado tarde del todo.
Solo que tengo que llegar despacio.