Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 11 LA TEORÍA DE LOS DOMINGOS #2
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CAPÍTULO 11 LA TEORÍA DE LOS DOMINGOS #2

Está junto al lateral del escenario, hablando con Claudia.

Tiene el cuaderno abierto y escribe rápido, apoyándolo contra la pared.

La luz azulada del escenario le cae en la cara.

Claudia graba planos del público, de la guitarra, de los vasos sobre una mesa.

Paula levanta la vista justo cuando empieza Atlas en Llamas.

La primera canción entra con una guitarra grave y una voz masculina demasiado rota para alguien de veintidós años. El público se junta más. Hay un movimiento general hacia delante. Sandra y Adrián aparecen a mi lado; Sandra me quita una cerveza de la mano sin preguntar.

—Gracias, camarera emocional.

—Era para Paula.

Sandra mira la cerveza y luego a mí.

—Entonces estoy sosteniendo un símbolo.

—Estás sosteniendo mi dinero.

—También.

Adrián saluda con un gesto.

—Hola.

—Hola, vacío —digo.

Sandra me da un codazo.

Adrián sonríe apenas.

—Me lo merezco.

—No —dice Sandra—, no la animes.

Nos colocamos hacia un lado, con buena vista del escenario y del lateral donde están Paula y Claudia. Yo intento mirar a la banda. De verdad. Estoy allí para escribir una crónica. Mendoza espera una crónica. Una sala. Música. Mirada. Experiencia colectiva.

Mi experiencia colectiva consiste en mirar demasiado a Paula.

Paula tomando notas.

Paula inclinándose hacia Claudia para escuchar algo por encima de la música.

Paula riéndose cuando Claudia casi tropieza con un cable.

Paula brillando sin saberlo.

Y entonces entiendo algo que me asusta.

No me gusta Paula porque Paula me quiera.

Eso sería más fácil, más egoísta y más pequeño.

Me gusta Paula cuando está concentrada, cuando escribe una frase y frunce el ceño porque no le basta, cuando escucha una canción como si quisiera encontrar la palabra exacta para un temblor.

Me gusta cuando se ríe sin pedir permiso.

Me gusta cuando no me mira. Me gusta cuando existe en una habitación sin estar pendiente de mí.

Eso me golpea con mucha más fuerza que los dos años.

Porque los dos años explicaban su historia.

Esto empieza a explicar la mía.

—Te está saliendo humo de las orejas —dice Sandra cerca de mi oído.

No aparto la vista del escenario.

—Estoy procesando cultura.

—Estás procesando a Paula procesando cultura.

—Es muy meta.

Adrián, a nuestro lado, dice:

—La mirada también forma parte del acontecimiento.

Sandra se gira hacia él.

—No digas cosas así si no quieres consecuencias.

—¿Qué consecuencias?

—Ya veremos.

Por primera vez en la noche, me río sin estar pendiente de si Paula me ve.

Atlas en Llamas termina su parte con una canción larga que a la mitad mejora mucho y al final se estropea un poco por exceso de intensidad.

Tomo notas mentales porque quizá “exceso de intensidad” no será aceptable para Mendoza, pero es cierto.

Durante el descanso, Paula vuelve con Claudia hacia nosotras.

—He conseguido tres frases buenas del cantante —dice Paula, enseñando el cuaderno.

—¿Buenas de verdad o buenas porque va vestido de negro y has decidido perdonarle cosas? —pregunto.

—Buenas de verdad. Una era un poco pretenciosa, pero útil.

—Eso es casi el lema de San Griselmo —dice Sandra.

Le paso la botella de agua a Paula.

—Te he cogido esto.

Paula la mira.

Luego me mira.

—Gracias.

No dice nada más. No hace falta. La coge. Bebe. Yo miro hacia otra parte porque verla beber agua no debería tener carga romántica y, sin embargo, aquí estamos.

Claudia se acerca a la barra para revisar la cámara. Sandra y Adrián discuten sobre si una banda puede ser “demasiado sincera”. Paula y yo quedamos un momento una al lado de la otra, no solas exactamente, pero sí con un pequeño hueco alrededor.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí.

Ella levanta una ceja.

—Vale. Estoy rara, pero bien.

—Eso suena más real.

—Nico me ha dicho lo mismo.

Paula baja la mirada un segundo.

Mierda.

—No ha sido nada —digo—. Solo me ha saludado.

—Ale.

—Ya. Alerta sanitaria, perdón.

Su expresión se suaviza.

—Me ha pinchado un poco verlo.

—Lo siento.

—No te lo digo para que lo sientas.

—Vale.

—Te lo digo porque estamos intentando decir cosas sin convertirlas en bombas.

Eso me llega de una forma extraña.

—Gracias por decírmelo.

—De nada.

Miro a Nico al fondo, riéndose con sus amigos. Luego miro a Paula.

—A mí me ha pinchado verte con Claudia.

Paula se queda quieta.

—Ya me lo imaginaba.

—Pero tampoco te lo digo para que hagas nada.

—Vale.

—Es más, por favor, no hagas nada. Estoy muy orgullosa de haberlo dicho sin actuar como una propietaria victoriana.

Paula se ríe, sorprendida.

—Propietaria victoriana.

—Con finca y represión emocional.

—Muy tú.

—Espero que no.

Nos reímos las dos.

Y qué alivio.

Qué alivio poder decir algo feo sin que se convierta inmediatamente en una ruina.

Las luces bajan otra vez. La gente empieza a moverse hacia el escenario.

Alguien anuncia a La Teoría de los Domingos y se escucha un aplauso más fuerte que con las otras bandas.

Se ve que tienen público. Cinco chicos y una chica suben al escenario.

La vocalista lleva un vestido rojo sobre una camiseta negra, botas militares y una guitarra colgada demasiado baja.

Tiene una presencia tranquila, nada de pose, y eso hace que la mires más.

—Tienen buena pinta —dice Paula.

—El nombre ya les da ventaja injusta.

—Totalmente.

La primera canción empieza suave, con guitarra limpia y una batería casi mínima.

La sala se calma. O eso parece. El Faro, que hace un rato era ruido, vasos, empujones y conversaciones cruzadas, se vuelve de pronto una cosa más atenta.

La voz de la chica no es perfecta, pero tiene verdad.

Mendoza estaría orgullosa de mi ausencia de adjetivos vagos, aunque acabo de pensar “verdad” y eso seguro que también lo penaliza.

Paula abre el cuaderno.

Yo la miro escribir:

“Cuando La Teoría de los Domingos empezó a tocar, El Faro dejó de intentar ser una fiesta y se convirtió en una habitación compartida.”

Me dan ganas de besarla.

Así, sin transición.

No por la frase. O sí. Por la frase, por su mano escribiéndola, por la concentración, por todo. Me quedo tan quieta que Sandra me mira de reojo.

—¿Respiras?

—A veces.

—Bien.

La segunda canción tiene más ritmo. El público se aprieta hacia delante. Claudia se mueve al lateral para grabar. Paula intenta seguir escribiendo, pero alguien la empuja al pasar y pierde un poco el equilibrio.

Mi mano se mueve.

Me detengo.

No del todo, porque esta vez no hay tiempo para hacer una asamblea. Pero no la agarro sin más. Me acerco a su oído, lo suficiente para que me oiga por encima de la música.

—¿Puedo?

Paula gira la cabeza.

Estamos muy cerca.

Demasiado cerca para que mi sistema nervioso mantenga una postura institucional.

Sus ojos bajan un segundo a mi mano, que está entre su cintura y el aire. Luego vuelven a los míos.

—Sí.

La toco.

Solo la cintura al principio, para estabilizarla. La tela de su camiseta bajo mis dedos. Su cuerpo tensándose una décima de segundo y luego cediendo. Cuando la gente vuelve a moverse, Paula no se aparta. Yo tampoco la acerco más. Me limito a estar ahí, sosteniéndola lo justo.

Lo justo se siente enorme.

Después de unos segundos, Paula baja la mano y busca la mía.

No lo esperaba.

La encuentra.

Me coge los dedos.

No fuerte.

No como una declaración pública.

Como una pregunta respondida.

El concierto sigue. La banda toca. La gente canta una parte que yo no conozco. Sandra está a mi izquierda, mirando de reojo con una cara de “voy a fingir que no estoy viendo esto para no arruinarlo”. Adrián observa el escenario con solemnidad. Claudia graba desde el lateral.

Y Paula me está cogiendo la mano.

No en una cocina oscura.

No en un accidente.

No porque se haya resbalado.

No porque no sepamos qué hacemos.

Me está cogiendo la mano en mitad de una sala llena, mientras una chica canta sobre domingos que nadie sabe terminar, y yo siento que todo mi cuerpo presta atención a ese punto exacto donde sus dedos están entre los míos.

Podría escribir la crónica entera sobre esto.

No debería.

Mendoza lo notaría.

La canción termina. El público aplaude. Paula no suelta mi mano inmediatamente.

Yo tampoco.

Cuando empieza la siguiente, más lenta, ella se inclina hacia mí.

—¿Estás bien?

La pregunta me da risa, ganas de llorar y ganas de decirle algo que todavía no sé ordenar.

—Estoy intentando no hacer de esto un acontecimiento histórico.

Paula mira nuestras manos.

—Vas regular.

—Fatal.

Sonríe.

Y no me suelta.

La tercera canción es la mejor. O quizá eso pienso porque la escucho con la mano de Paula en la mía.

La letra habla de volver tarde a casa, de portales mojados, de llamadas no hechas y de gente que aprende a quererse cuando ya ha perdido el manual.

Es bastante obvia y aun así funciona, que es algo que también pasa con algunas emociones.

En un momento, el público canta:

“Si llegas tarde, llega despacio.”

Paula aprieta un poco mis dedos.

No sé si se da cuenta.

Yo sí.

Claro que sí.

Cuando termina el concierto, El Faro estalla en aplausos. La banda se abraza en el escenario. La gente empieza a moverse hacia la barra, los baños, la calle, el siguiente plan. La sala vuelve poco a poco a ser bar. Ruido. Cuerpos. Vasos.

Paula suelta mi mano.

Despacio.

No como si se arrepintiera.

Como si la devolviera a su sitio.

Me miro los dedos un segundo, lo cual es ridículo porque siguen siendo mis dedos, aunque no exactamente.

—Tengo material de sobra —dice Claudia, apareciendo a nuestro lado—. La luz era horrible, así que igual parece un documental sobre fantasmas universitarios, pero sirve.

—Muy San Griselmo —dice Paula.

Sandra llega con Adrián, radiante y aparentemente satisfecha de su propia noche.

—Adrián ha dicho que La Teoría de los Domingos suena como “la melancolía antes de hacerse adulta”.

—No he dicho exactamente eso —dice Adrián.

—Lo has dicho y yo he decidido guardarlo para nuestra biografía.

—¿Tenemos biografía?