Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 11 LA TEORÍA DE LOS DOMINGOS
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CAPÍTULO 11 LA TEORÍA DE LOS DOMINGOS

Ale

El sábado por la tarde, Sandra entra en mi habitación sin llamar, se queda en el umbral y me mira como si acabara de encontrar un cadáver emocional con tres cambios de ropa alrededor.

—Interesante —dice.

Estoy frente al espejo, con unos vaqueros negros, una camiseta que ya me he quitado dos veces y una chaqueta en la mano. Sobre la cama hay otra camiseta, dos camisas, una sudadera, un top que no sé por qué tengo y una falda que no me he puesto desde primero.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Has dicho interesante.

—Eso no cuenta como decir. Cuenta como diagnóstico.

—Fuera.

Sandra entra, por supuesto, y se sienta en la cama, apartando ropa con la delicadeza de una excavadora.

—¿Estás intentando estar guapa, casual, emocionalmente disponible o todo a la vez?

La miro por el espejo.

—Estoy intentando vestirme.

—Claro. Y yo estoy intentando que Adrián no me parezca atractivo cuando usa la palabra “poscapitalista”.

—¿Lo consigue?

—Depende de la iluminación.

Me quito la chaqueta y cojo otra.

Sandra se inclina hacia delante, con los codos en las rodillas.

—Ale.

—¿Qué?

—Vas a un concierto, no a una comparecencia ante la Comisión de la Verdad.

—Gracias. Eso relaja mucho.

—Paula ya te ha visto con resaca, comiendo pan de molde directamente de la bolsa y llorando con un anuncio de perros adoptados.

—No lloré.

—Se te humedeció la ideología.

—Era un anuncio muy bien hecho.

Sandra sonríe, pero no insiste. Últimamente está aprendiendo también. Todas estamos aprendiendo demasiadas cosas para un piso con una cafetera que pierde agua.

Me miro otra vez. La camiseta blanca es demasiado normal.

La negra parece demasiado pensada. La camisa azul es bonita, pero quizá demasiado “me he esforzado para ti, observa mi evolución textil”.

Qué horror. Antes vestirme para salir consistía en comprobar si la ropa estaba limpia y si permitía bailar sin morir de calor.

Ahora cada prenda parece tener implicaciones narrativas.

—Ponte la camiseta negra —dice Sandra.

—¿Por qué?

—Porque te favorece y porque llevas diez minutos fingiendo que no quieres ponértela.

—Qué insoportable eres cuando aciertas.

—Es una carga.

Me pongo la camiseta negra. Me recojo el pelo, lo suelto, me lo vuelvo a recoger. Sandra me observa en silencio durante un rato, lo que en ella equivale a una forma avanzada de intervención.

—¿Estás nerviosa? —pregunta al fin.

—No.

—Ale.

—Sí.

—Mejor.

—¿Mejor?

—Sí. Los nervios al menos indican que eres consciente de que hay otras personas con emociones en la sala.

—Qué bonito. Voy a bordarlo en una servilleta.

Sandra se levanta y se acerca al espejo. Se ha delineado los ojos con una precisión admirable y lleva una camisa verde que, según ella, dice “soy creativa, pero también puedo arruinarte una campaña”. Se mira un segundo y luego me mira a mí.

—No tienes que hacerlo perfecto esta noche.

—¿El qué?

—Nada. Todo. Estar con Paula. Ver a Claudia. No interrumpir. No tocar. No convertirte en un volcán con terapia.

—Me estás vendiendo el plan fatal.

—Solo tienes que no hacerlo desde el miedo.

La frase se queda un momento entre nosotras.

—¿Y desde dónde lo hago?

Sandra se encoge de hombros.

—Desde las ganas, supongo. Pero con educación.

La odio un poco.

Más tarde, cuando Paula sale de su habitación, entiendo que la camiseta negra no ha servido de nada porque mi capacidad de parecer normal desaparece en cuanto la veo.

Lleva unos vaqueros claros, una camiseta de manga corta con una chaqueta marrón encima y el pelo suelto.

Nada espectacular. Nada que otra persona fuera a señalar.

Ese es el problema. Paula no necesita aparecer transformada para que se me mueva algo.

Aparece como Paula, con su bolso cruzado, las llaves en la mano y cara de estar intentando no pensar demasiado en la noche que nos espera.

Y a mí me parece guapísima.

No de una manera nueva.

O quizá sí.

No sé.

Lo que sé es que antes yo veía a Paula y pensaba: casa. Ahora pienso casa y también pienso piel. Boca. Cuidado. Peligro. La mezcla es tan intensa que tengo que mirar hacia la mesa del recibidor como si allí hubiera algo importante.

No lo hay.

Solo un recibo de luz y un paquete de chicles.

—¿Lista? —pregunta Sandra.

—No —dice Paula—, pero vamos.

—Esa es la actitud universitaria.

Bajamos juntas. En la calle hace frío de abril, ese frío que ya empieza a parecer una despedida del invierno, y el cielo tiene un color azul oscuro muy limpio.

Caminamos hacia El Faro con las manos en los bolsillos, Sandra hablando de Adrián, Paula a mi lado y una distancia entre las dos que ya no parece una herida abierta, sino una línea dibujada con lápiz.

La respeto.

Me cuesta.

La respeto.

El Faro está lleno cuando llegamos. Desde fuera ya se oye la primera banda, Las Chicas del Ruido, con una batería demasiado entusiasmada y una voz femenina rasgada que se cuela por la puerta cada vez que alguien entra.

La cola para pedir en la barra llega casi hasta los baños.

Hay estudiantes de Periodismo, Audiovisual, Sociología, gente de cursos que no reconozco, profes que intentan parecer casuales y demasiadas chaquetas colgadas de sillas que nadie vigila.

Huele a cerveza, humedad, colonia barata y cables calientes.

Me gusta.

Me ha gustado siempre.

Pero esta vez todo tiene un borde distinto porque Paula está entrando delante de mí y yo estoy intentando no poner una mano en su espalda para guiarla entre la gente.

Antes lo habría hecho.

Una mano en la espalda. Un gesto automático. Casi nada.

Ahora la mano se queda junto a mi cuerpo.

Paula mira hacia atrás, como si hubiera notado la ausencia.

—¿Todo bien? —pregunta.

—Sí.

—¿Seguro?

—Estoy no poniendo una mano en tu espalda con muchísimo éxito.

Paula se queda un segundo callada. Luego sonríe.

—Lo he notado.

Esa frase empieza a gustarme demasiado.

Sandra aparece entre las dos con cara de misión.

—Adrián está allí. Junto a una columna, por supuesto. Nadie que esté emocionalmente disponible se coloca junto a una columna en un concierto.

—Ve —dice Paula—. Investiga.

—No digas investiga, que me activa.

Sandra se va hacia Adrián con una naturalidad completamente falsa.

Él está apoyado junto a una columna, sí, con una camiseta gris y una expresión de estar pensando en el derrumbe de la modernidad o en pedir otra cerveza.

Cuando ve a Sandra, se le ilumina la cara de una forma que desmiente bastante su tristeza interesante.

—Creo que le gusta —dice Paula.

—¿Adrián a Sandra?

—Sí.

—A todo el mundo le gusta Sandra cinco minutos antes de entender el peligro.

Paula se ríe.

Otra vez ese golpe pequeño en el pecho.

Claudia llega poco después, con la cámara al hombro y una chaqueta negra. Saluda a Paula con dos besos y a mí con una sonrisa amable.

—He conseguido permiso para grabar desde el lateral del escenario —dice—. Bueno, permiso relativo. El chico de sonido ha dicho “haz lo que quieras, pero no me pises cables”.

—En El Faro eso cuenta como acreditación oficial —digo.

Claudia sonríe.

Me cae bien.

Maldita sea.

—Paula, si quieres, en la segunda banda nos acercamos y tomas notas desde allí. Hay mejor ángulo.

Paula me mira.

No sé si busca permiso, confirmación o solo me incluye porque estamos aprendiendo a no desaparecer de las decisiones pequeñas.

—Ve —digo antes de que el miedo pueda ponerse creativo—. Yo pido algo y os busco luego.

—¿Seguro?

—Sí. Te guardo sitio.

La frase sale sencilla.

Pero no lo es.

Paula lo sabe. Sus ojos se quedan un segundo en los míos.

—Gracias.

Claudia no interrumpe ese segundo. Punto para Claudia. Otro más. Va a acabar cayéndome demasiado bien y eso va a ser una desgracia.

La primera banda termina con un acorde largo y muchos aplausos.

Paula se va con Claudia hacia el lateral.

Yo me acerco a la barra. Pido tres cervezas y una botella de agua porque estoy madurando o porque Paula siempre agradece tener agua aunque no la pida.

Mientras espero, alguien me toca el hombro.

Nico.

Claro.

El universo, además de mal decorador, es insistente.

—Rivas —dice—. Pensé que no venías.

—Y perderme a Las Chicas del Ruido en su etapa preestadio? Nunca.

—La batería casi me provoca una arritmia.

—Eso es cultura.

Nico se apoya en la barra a mi lado. Va con un grupo de amigos, pero se ha separado para saludarme.

Está cómodo, como siempre. Nico tiene esa virtud: incluso en un sitio lleno, parece ocupar solo el espacio que le corresponde.

Durante un tiempo eso me gustó mucho. Me calmaba. Me hacía la vida fácil.

Ahora lo miro y siento cariño. También un poco de culpa prestada, que no le pertenece del todo.

—¿Todo bien? —pregunta.

—Sí.

Él levanta las cejas.

—Vale. Todo no bien, entonces.

—Estoy bien dentro de los parámetros del desastre.

—Eso suena más real.

Me dan las bebidas. Nico coge dos para ayudarme sin hacerlo evidente.

—¿Dónde están las chicas?

—Sandra con Adrián. Paula con Claudia, grabando.

—Claudia la de Audiovisual?

—Sí.

—Parece maja.

—Lo es.

Me sale un poco seco.

Nico me mira.

No quiero que Nico me lea. Antes me leía demasiado. O quizá me dejaba leer porque no importaba tanto.

—Ah —dice.

—No hagas ah.

—No he hecho ah de forma ofensiva.

—Has hecho ah con contexto.

—Es mi peor defecto.

Le quito una de las cervezas de la mano.

—Gracias por ayudar.

Nico sonríe.

—Rivas.

—¿Qué?

—Cuídate.

La frase es sencilla, pero viene con algo más. No pregunta. No empuja. No intenta volver a ningún sitio. Solo me la deja ahí, como una cerveza encima de una mesa.

—Tú también —digo.

Él vuelve con sus amigos y yo busco a Paula con la mirada.