Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 10 LA CRÓNICA #2
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CAPÍTULO 10 LA CRÓNICA #2

Paula me mira con atención.

—¿Estás siendo correcta o estás bien?

La pregunta me pilla sin defensa. Podría decir “las dos”. Podría hacer un chiste. Podría esconderme detrás de cualquier frase que suene madura sin comprometerme demasiado.

Pero Paula está intentando no leerme como antes. Quizá tengo que ayudar.

—Estoy siendo correcta —digo—. Y estoy… regular.

Sus dedos se quedan quietos sobre el bolígrafo.

—Gracias por decirlo.

—No estás haciendo nada malo.

—Lo sé.

—Y Claudia me cae bien.

—Lo sé.

—Eso no ayuda tanto como debería.

Paula baja la mirada. Creo que sonríe un poco, pero no estoy segura.

—No quiero que sea raro.

—Ya es raro.

—Más raro.

—No creo que podamos controlar todos los niveles de rareza.

—No.

Nos quedamos calladas mientras el aula se vacía. Mendoza recoge sus papeles al fondo y le dice a un alumno que “música emergente” no significa que el texto pueda estar poco desarrollado. La vida académica sigue, cruelmente ajena a mi desarrollo emocional.

—Quiero ir contigo también —dice Paula.

La miro.

—¿Al concierto?

—Sí.

—Pero vas con Claudia.

—Voy a hacer parte del trabajo con Claudia. Eso no significa que no quiera ir contigo.

La frase entra despacio.

Quiero ir contigo también.

También.

Es una palabra peligrosa, pero bonita. No me da todo. No me elige de forma absoluta. No borra a Claudia. No me coloca en el centro como antes. Pero me hace sitio.

Un sitio nuevo.

Quizá más real.

—Vale —digo.

—¿Vale bien o vale policía?

—Vale bien.

—No ha sonado muy distinto.

—Estoy ajustando parámetros.

Paula sonríe.

—¿Quieres que quedemos todos allí?

—Sí.

—Sandra vendrá con Adrián.

—Sandra vendrá con una narrativa sobre Adrián.

—Eso seguro.

—Nico dijo que quizá iba.

Lo digo antes de pensarlo demasiado.

Paula parpadea.

Mierda.

—No sé si irá —añado rápido—. Lo mencionó el otro día. Pero no… no vamos juntos ni nada.

—Ale.

—¿Qué?

—No tienes que explicarme a Nico como si fuera una alerta sanitaria.

Me quedo quieta.

—Perdón.

—Está bien.

—No, es que… no quiero que te duela.

Paula mira la mesa.

—Me dolerán cosas.

No sé qué decir.

Ella levanta la vista.

—No lo digo para castigarte. Es que me dolerán. A ti también. Supongo que la idea es no fingir que no, pero tampoco convertir cada pinchazo en una catástrofe.

Eso es tan Paula que me dan ganas de abrazarla.

No lo hago.

—Vale —digo—. Pero si algo te duele y quieres decírmelo, puedes.

—¿Y si no quiero?

—También.

—¿Y si no sé?

—Entonces puedo intentar no presionarte hasta que sepas.

Paula me mira como si acabara de dejar una taza sobre una mesa sin romperla.

—Estás practicando mucho.

—Se me nota demasiado.

—Un poco.

—Fatal para mi imagen de naturalidad.

—Tu imagen de naturalidad lleva días en revisión.

—Justo.

Mendoza pasa junto a nosotras y mira la mesa.

—Rivas, Martín. Espero que esa intensidad que están invirtiendo en mirarse se traduzca en una crónica excelente.

Me atraganto con mi propia saliva. Paula se pone roja. Mendoza sigue caminando como si no acabara de incendiar un edificio.

—Nos odia —susurro.

—Nos ve —dice Paula.

—Eso es peor.

Recogemos las cosas. Al salir del aula, Paula camina a mi lado. La mochila ya no está entre nosotras, porque está en su hombro, pero la distancia sigue calculada. No fría. Solo consciente.

En las escaleras, alguien baja corriendo y casi choca con ella. Mi mano se mueve sola.

La paro a medio camino.

Paula también se detiene.

Mi mano queda suspendida, ridícula, entre su brazo y el aire.

—Iba a… —digo.

—Lo sé.

—Perdón.

—No hace falta.

El alumno pasa de largo sin enterarse de que acaba de participar en un microdrama de contacto físico.

Paula mira mi mano. Luego me mira a mí.

—Podías haberme agarrado.

—No estaba segura.

—Era para que no me atropellaran.

—Sí, bueno. Estoy intentando no usar emergencias falsas como acceso directo.

Paula suelta una risa. Pequeña, brillante.

—Esta no era falsa.

—Lo tendré en cuenta para futuros atropellos.

Seguimos bajando. No la toco, pero algo en el aire entre nosotras cambia un poco. Como si ahora hubiera permiso para preguntar incluso en los gestos más tontos. Como si ya no estuviéramos intentando volver a antes, sino aprendiendo un idioma con pocas palabras y muchos silencios.

En el vestíbulo, Claudia se acerca con la cámara.

—¿Sábado entonces? —pregunta.

—Sí —dice Paula—. Nos vemos allí.

Claudia mira hacia mí.

—¿Tú también vienes?

Antes habría dicho algo como “donde hay música mala y cerveza barata, ahí está mi patria”. Lo pienso. Casi lo digo.

Pero miro a Paula.

—Sí —respondo—. Yo también.

Paula no sonríe mucho.

Pero sonríe.

Y yo, que estoy intentando no construir una casa entera con un gesto pequeño, fracaso apenas un poco.

El sábado habrá música, gente, Claudia con su cámara, Sandra con su teoría sociológica sobre Adrián, quizá Nico, quizá demasiadas cosas que no sabremos manejar.

Pero Paula quiere que vaya.

Con ella también.

No es una promesa. No es una respuesta. No es suficiente para llamarlo destino, ni claridad, ni ninguna de esas palabras grandes que todavía no me atrevo a tocar.

Pero es un plan.

Y ahora mismo, un plan con Paula para el sábado me parece una forma bastante decente de seguir llegando.