Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 10 LA CRÓNICA
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CAPÍTULO 10 LA CRÓNICA

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La profesora Mendoza llega diez minutos tarde, con un café en una mano, una carpeta roja en la otra y la expresión de quien considera que el mundo sería mejor si la gente dejara de confundir opinión con mirada.

Eso lo dice mucho. Mirada. No opinión.

Mendoza tiene obsesiones: los adjetivos vagos, las entradillas blandas, los titulares con juegos de palabras y la gente que empieza una crónica diciendo “el ambiente era inmejorable”.

Según ella, si una persona escribe “ambiente inmejorable”, debería repetir Redacción Periodística y quizá también replantearse su relación con el lenguaje.

—Hoy vamos a hablar de crónica cultural —anuncia, dejando la carpeta sobre la mesa—. Y antes de que alguien pregunte si puede hacerla sobre una serie, no. No podéis hacerla sobre una serie desde vuestra cama. Saldréis al mundo. Lo siento muchísimo.

Sandra, dos filas delante, levanta la mano.

—¿El mundo incluye bares?

Mendoza la mira por encima de las gafas.

—En su caso, Ortega, sospecho que el mundo empieza y termina en bares.

—Me siento vista.

—No era un halago.

—Lo he recibido como material de autoconocimiento.

Paula se ríe a mi lado. Bajito. Lo justo para que yo lo note.

Y claro que lo noto, porque últimamente noto todo lo que hace Paula con una precisión absurda: cuándo se ríe de verdad, cuándo se ríe para cubrir un silencio, cuándo se aparta el pelo porque le molesta y cuándo porque está nerviosa, cuándo apoya el bolígrafo contra los labios mientras piensa.

Esto último me está arruinando la vida académica.

Hoy se ha sentado conmigo, pero no igual que antes.

Ha dejado la mochila entre las dos, como ayer.

Una frontera blanda, con apuntes, una botella de agua y un paquete de pañuelos.

Antes me habría molestado. Hoy la miro y pienso: vale.

Una mochila es mejor que una pared. Una mochila puede moverse algún día. Una pared requiere permisos de obra.

Estoy evolucionando. Muy despacio. Con recaídas.

—Una crónica cultural —continúa Mendoza— no consiste en decir si algo os ha gustado. Vuestra opinión personal interesa menos de lo que vuestra madre os ha hecho creer.

Alguien al fondo suelta un “ouch”.

—La crónica cuenta una experiencia colectiva desde una mirada concreta. No se trata de decir si el concierto fue bueno o malo. Se trata de contar qué le pasó a una sala cuando empezó la música.

La frase se queda flotando en el aula.

Qué le pasó a una sala cuando empezó la música.

Yo miro el cuaderno, como si esa frase no acabara de meterse en un lugar donde no la he invitado.

Qué le pasó a una cocina cuando Paula se resbaló.

Qué le pasó a un piso cuando Sandra se equivocó de chat.

Qué me pasó a mí cuando entendí que Paula llevaba dos años allí, en una historia que yo acababa de empezar a leer.

—El sábado hay concierto en El Faro —dice Mendoza—. Ciclo de bandas universitarias. Tocan tres grupos: Las Chicas del Ruido, Atlas en Llamas y La Teoría de los Domingos.

Paula levanta la cabeza.

Lo veo.

No sé qué parte le ha llamado la atención. Quizá el nombre. La Teoría de los Domingos. También me golpea a mí, aunque finjo que estoy muy ocupada escribiendo la fecha.

Domingo.

Manta azul.

Su hombro.

Cinco minutos más.

Mendoza reparte unas hojas.

—Quiero una crónica de mil doscientas palabras.

Podéis trabajar en parejas o en grupos de tres si incorporáis material audiovisual, pero cada texto será individual.

No quiero clones. No quiero “la energía del público fue brutal”.

No quiero “la banda conectó con los asistentes”.

Si escribís “conectó”, quiero saber cómo.

¿Con una mirada? ¿Con una canción? ¿Con una chica en primera fila llorando como si la letra hubiera venido a pedirle cuentas?

Sandra vuelve a levantar la mano.

—¿Podemos ser nosotras la chica llorando?

—Solo si después lo convertís en buena literatura.

—Exigente.

—Estoy infrafinanciada y cansada, Ortega. La exigencia es lo único que me queda.

Paula escribe algo en su cuaderno.

Yo intento no mirar.

Miro.

Ha escrito: “qué le pasa a una sala cuando alguien canta algo que no sabías que te dolía”.

Trago saliva.

No debería leer lo que escribe. No es privado, está sobre la mesa, pero aun así.

Antes habría inclinado la cabeza sin pensarlo y le habría dicho que esa frase era buenísima.

Ahora me quedo quieta, con las manos sobre mi propio cuaderno, practicando una disciplina que nadie me había advertido que sería tan física.

Paula nota que he mirado. No dice nada. Tampoco tapa la frase.

Eso también lo noto.

Mendoza nos deja veinte minutos para formar grupos y plantear enfoque.

El aula se convierte en un mercado: sillas arrastrándose, gente girándose, alguien preguntando si El Faro cobra entrada, otra persona diciendo que conoce al bajista de Atlas en Llamas y que puede conseguir declaraciones “si no está muy intenso”.

Sandra aparece junto a nuestra mesa con la velocidad de una catástrofe controlada.

—Grupo —dice—. Nosotras.

—¿Nosotras quiénes? —pregunta Paula.

—Nosotras, vosotras, mi sufrimiento académico y posiblemente Adrián si consigo que su tristeza sea útil.

—Adrián estudia Sociología —digo.

—Precisamente. Puede aportar contexto sobre la juventud precaria bailando en espacios con mala ventilación.

—Eso suena a excusa para invitarlo.

Sandra se lleva una mano al pecho.

—Qué feo que mi estrategia romántica coincida con mi rigor metodológico y se me juzgue por ello.

Paula sonríe. Yo sonrío porque Paula sonríe.

Qué lamentable. Qué real.

—Yo había pensado ir con Claudia —dice Paula.

La frase cae tranquila. Normal. Perfectamente razonable.

Y aun así algo en mi cuerpo se pone en modo alarma. No alarma de incendio. Más bien alarma de “hay un ruido en la cocina de madrugada y quizá es solo la nevera, pero ya estás despierta”.

Sandra me mira.

Yo miro mi cuaderno.

Soy adulta. O estoy ensayando.

—Claudia graba muy bien —añade Paula—. Y quería usar algo audiovisual para acompañar la crónica.

—Claro —digo.

Demasiado rápido.

Paula me mira.

—¿Claro?

—Sí. Tiene sentido. Comunicación Audiovisual. Material audiovisual. Todo muy semántico.

Sandra carraspea.

—Muy semántico, sí.

Le lanzo una mirada. Ella levanta las manos.

—Yo solo existo.

—Mal —digo.

Paula respira como si estuviera intentando no reírse.

En ese momento aparece Claudia en la puerta del aula.

No entra del todo. Se queda en el marco, con una cámara colgada al hombro y una carpeta negra contra el pecho, como si hubiera nacido sabiendo colocarse en los sitios sin molestar.

Me cae bien. Eso es parte del problema. Sería mucho más fácil si fuera insoportable, si tuviera una risa falsa, si mirara a Paula con superioridad o si dijera “audiovisual” pronunciando demasiadas vocales.

Pero no.

Claudia mira hacia nosotras y sonríe. Paula levanta la mano.

Y yo descubro que puedo sentir celos de una persona educada con una cámara.

Estupendo.

—Voy un momento —dice Paula.

—Vale —respondo.

No pregunto si quiere que vaya. No hago una broma. No me levanto. No reclamo la mitad del aire que respira.

Paula se levanta, coge su cuaderno y pasa junto a mí. Su manga roza la mesa, no mi brazo. Aun así, mi cuerpo se entera.

Sandra se sienta en la silla de Paula en cuanto ella se aleja.

—Informe de progreso —dice en voz baja.

—No.

—Has dicho “claro” con la cara de una persona que acaba de morder un limón emocional.

—Estoy siendo evolucionada.

—Desde aquí pareces una estatua con taquicardia.

—¿No tienes que acosar intelectualmente a Adrián?

—Luego. Ahora estoy priorizando el ecosistema del piso.

Miro hacia la puerta. Paula habla con Claudia. Claudia le enseña algo en la cámara. Paula se inclina para verlo. Sus hombros casi se rozan. Claudia dice algo y Paula ríe.

Normal.

Es normal.

La gente ríe con gente que no soy yo.

Concepto básico. Molesto, pero básico.

—No voy a interrumpir —digo.

Sandra me mira con una mezcla de orgullo y miedo.

—Bien.

—Aunque podría.

—Eso no hacía falta decirlo.

—Es para que conste el mérito.

—El mérito se invalida si lo narras mientras lo haces.

—Qué estricta.

—Estoy creciendo como personaje secundario.

No quiero reírme. Me río.

Sandra baja la voz.

—¿Estás bien?

La pregunta ya no suena a chisme. Suena a cuidado.

—No lo sé.

—Aceptamos pulpo.

—Me cae bien Claudia.

—Eso es muy incómodo para tu arco.

—Mucho.

—Y Paula no está haciendo nada malo.

—Ya lo sé.

—Y tú tampoco por sentirte rara.

La miro.

Sandra tiene un talento desagradable para decir exactamente lo que no quiero escuchar y convertirlo en algo que necesito.

—Me molesta que Paula esté tranquila con ella —admito.

—¿Porque contigo no lo está?

La frase no acusa. Pero da.

Miro otra vez hacia la puerta. Paula sigue hablando con Claudia. Parece menos tensa que conmigo. No feliz en grande. No coqueteando. Nada que me permita justificar un ataque de dignidad herida. Solo tranquila.

Y sí. Eso me molesta.

No porque Claudia sea una amenaza. O no solo. Me molesta porque Claudia no llegó tarde. Claudia no dijo “noche rara”. Claudia no convirtió el amor de Paula en una pregunta sobre sí misma. Claudia no necesita aprender a pedir permiso para no tocar una herida que no provocó.

—Sí —digo.

Sandra apoya un codo en la mesa.

—Eso es bastante honesto.

—Me gustaría ser honesta con algo más cómodo.

—Elige otra novela.

—No puedo, vivo aquí.

Paula vuelve unos minutos después. Sandra se levanta de su silla con excesiva naturalidad.

—Bueno, yo voy a preguntarle a Adrián si su vacío existencial está disponible el sábado.

—Suerte —dice Paula.

—La suerte es para amateurs. Yo llevo eyeliner.

Cuando Sandra se va, Paula se sienta otra vez a mi lado. Deja el cuaderno sobre la mesa. La mochila sigue entre nosotras.

—Claudia va a ir al concierto —dice.

—Bien.

—Quiere grabar planos de recurso para una práctica.

—Tiene sentido.

—Y me ha dicho que puedo usar algunas imágenes para acompañar la crónica.

—Eso está bien.