CAPÍTULO 9 LO HE NOTADO #2
Miro la pantalla más tiempo del necesario.
Ale está guardando el portátil. No mira mi móvil. Antes quizá habría preguntado “¿quién es?” sin malicia, con esa confianza suya de entrar en mi vida como si las puertas estuvieran siempre abiertas. Ahora cierra la mochila y espera.
—Claudia me ha preguntado si tomamos café —digo.
No sé por qué se lo digo. Quizá porque ocultar cosas pequeñas ahora me parece peligroso.
Ale levanta la vista. Algo le cruza la cara. Rápido. Casi nada. Si no la conociera tanto, no lo vería.
Pero la conozco.
—Claro —dice.
—¿Claro?
—Sí. Tienes práctica luego, ¿no?
—Sí.
—Pues ve.
La frase es correcta.
Demasiado correcta.
—Vale.
—Yo tengo que buscar a Sandra. Creo que le debo una disculpa por haberme comido su yogur.
—¿Te has comido su yogur?
—Era un yogur comunitario.
—¿Ponía Sandra en la tapa?
—La comunidad es un concepto amplio.
Sonrío.
—Te va a matar.
—Lo sé. Necesito despedirme de algunas personas.
Nos quedamos un segundo frente a la puerta del aula. Hay gente pasando alrededor, conversaciones, mochilas, ruido. Ale mete las manos en los bolsillos.
—Luego nos vemos en casa —dice.
No es una pregunta.
Tampoco una exigencia.
—Luego nos vemos.
Camino hacia la cafetería con una sensación extraña en el pecho. Claudia está en una mesa junto a la ventana, con dos cafés y su carpeta negra. Al verme, levanta una mano.
—He pedido por ti —dice—. Espero no haber invadido tu libertad de elección.
Me siento frente a ella.
—Hoy agradezco que alguien decida algo sencillo.
Claudia me mira con esa atención tranquila que tiene.
—¿Día complicado?
—Semana.
—Curso.
—Vida.
—Buen titular.
Sonrío y cojo el café.
Hablar con Claudia es fácil de una forma distinta.
No porque me importe más. No porque me mueva más.
Precisamente porque no me mueve todo el suelo.
Claudia no viene con dos años de habitaciones, fiestas, domingos y heridas.
Claudia es una mesa junto a la ventana. Un café.
Una pregunta que no exige respuesta inmediata.
Y eso también es peligroso, pero de otro modo.
—¿Cómo estás? —pregunta.
—Mejor que ayer. Peor que una persona funcional.
—Un rango amplio.
—Soy periodista. Me gusta el matiz.
Claudia sonríe.
—¿Ale ya lo sabe?
La pregunta no me sorprende. Quizá porque Claudia mira demasiado bien.
—Sí.
—¿Por ti?
—Por accidente tecnológico de Sandra.
Claudia abre los ojos.
—Ay.
—Sí.
—Eso es muy Sandra por lo poco que la conozco.
—Es muy Sandra y muy catástrofe.
—¿Y tú?
Miro el café.
—No sé. Me dio vergüenza. Me dio rabia. Me dio miedo. Pero anoche hablamos un poco.
—¿Bien?
Pienso en la cocina. En la manzanilla. En la pregunta: ¿puedo abrazarte? En la forma en que Ale me soltó cuando me aparté.
—Mejor que antes.
Claudia asiente.
—Eso ya es algo.
—Sí.
—¿Y estás contenta?
La pregunta me pilla.
—No lo sé.
—Vale.
—Me da miedo estarlo.
Claudia no responde enseguida.
—Porque si estás contenta, esperas.
La miro.
—Sí.
—Y esperar cansa.
—Mucho.
—Pero no esperar también.
Me quedo callada.
En la entrada de la cafetería veo a Ale. Está con Sandra, o más bien Sandra está delante de ella gesticulando con una intensidad que probablemente tiene que ver con el yogur. Ale la escucha, pero su mirada se desvía un segundo hacia mí. Hacia Claudia. Hacia mí otra vez.
Mi cuerpo se tensa por costumbre. Espero que venga. Que aparezca en la mesa con una frase de las suyas. Que reclame espacio sin querer reclamarlo. Que haga una broma, que me pregunte algo, que convierta esta conversación en una escena de tres.
No lo hace.
Se queda donde está.
Sandra sigue hablando. Ale asiente. Luego me mira una vez más, muy breve, y vuelve la atención a Sandra.
No interrumpe.
Qué gesto tan pequeño.
Qué enorme.
Claudia sigue mi mirada.
—Está intentando no venir —dice.
Me vuelvo hacia ella.
—¿Se nota mucho?
—A mí sí.
—A mí también.
Claudia bebe café.
—Eso debe de contar.
Miro otra vez hacia la entrada. Ale ya no está mirando. Sandra le ha dado un golpe en el brazo, quizá por el yogur, quizá por existir. Ale se defiende con las manos en alto. La escena es tan nuestra que me duele de una forma casi tierna.
El móvil vibra sobre la mesa.
Ale.
ALE: Estoy intentando no interrumpir.ALE: Se me da regular.ALE: Pero lo estoy intentando.
Tengo que morderme el interior de la mejilla para no sonreír demasiado.
Claudia lo ve, por supuesto.
—¿Buen mensaje?
—Sí.
—Me alegro.
Lo dice de verdad. Eso me incomoda y me enternece al mismo tiempo.
Respondo.
PAULA: Lo he notado.
Los tres puntitos aparecen casi al instante. Desaparecen. Vuelven. Desaparecen.
Al final llega un mensaje.
ALE: Bien.ALE: Voy a dejar el móvil antes de convertirme en persona intensa.
Sonrío.
PAULA: Tarde.
ALE: Justo.
Guardo el móvil boca abajo. Claudia me mira con una ceja levantada.
—Eso ha sido una sonrisa peligrosa.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
Me río bajito.
La tarde sigue. Claudia me habla de su práctica, de un profesor que cree que “la imagen debe respirar” y luego pone diecisiete elementos en cada plano.
Yo respondo, participo, me río. Estoy allí.
De verdad. Pero una parte de mí sigue notando a Ale al fondo de la cafetería, no por invasión, no por presión, sino por ausencia elegida.
Por primera vez, Ale no ocupa el espacio.
Lo respeta.
Y en ese hueco que deja, en vez de sentirme abandonada, siento algo mucho más peligroso.
Siento que quizá podría acercarme yo.
No hoy.
No todavía.
Pero quizá.
Al salir de la cafetería, Claudia me toca el brazo con suavidad.
—Paula.
—¿Sí?
—Solo una cosa. Si algún día tomas café conmigo para no tomarlo con ella, me lo dices.
Me quedo quieta.
—No quiero hacerte eso.
—Lo sé.
—Me caes bien.
—Tú también.
—No quiero usarte.
—Por eso te lo digo antes de que pase.
Su tranquilidad me desarma.
—Gracias.
—De nada. Además, yo también tengo dignidad narrativa.
Me río.
—¿Dignidad narrativa?
—Soy de Audiovisual. Déjame mis conceptos.
Nos despedimos junto a las escaleras. Cuando ella se va, me quedo un momento en el pasillo con el café ya frío en la mano y demasiadas cosas en la cabeza.
Ale no ha interrumpido. Claudia no ha empujado. Sandra ha sobrevivido al yogur, supongo. Y yo sigo aquí, en medio de todo, intentando aprender una forma de esperanza que no me destruya.
El móvil vibra otra vez.
ALE: Sandra dice que si pregunto si vuelves a comer a casa estoy interrumpiendo de forma diferida.
Sonrío.
PAULA: Sandra tiene razón.
ALE: Lo sé.ALE: Pero hay pasta.
PAULA: Eso es manipulación.
ALE: Pasta con queso.
PAULA: Manipulación agravada.
ALE: Sin obligación emocional. Solo carbohidratos.
Me quedo mirando la pantalla.
Sin obligación emocional.
Otra frase pequeña.
Otra forma nueva.
PAULA: Voy en media hora.
ALE: Vale.
Y luego, unos segundos después:
ALE: Gracias por decirlo.
No sé exactamente a qué se refiere. A volver. A avisar. A aceptar la pasta. A no desaparecer.
Quizá a todo.
Camino hacia la práctica con el móvil en la mano y una sensación suave, incómoda, casi luminosa.
La esperanza sigue pareciéndome peligrosa. Pero quizá, pienso mientras subo las escaleras de San Griselmo, también puede aprender a ir despacio.