CAPÍTULO 9 LO HE NOTADO
Paula
La esperanza debería venir con prospecto.
Algo sencillo, en papel fino, como los medicamentos.
Posibles efectos secundarios: interpretar un abrazo como una promesa, confundir un gesto de cuidado con una certeza, construir futuros completos a partir de tres mensajes bien escritos y una manzanilla horrible.
Contraindicaciones: enamoramiento prolongado de tu mejor amiga, convivencia en piso compartido, antecedentes de autoengaño emocional.
Me despierto antes de que suene la alarma, con la luz gris de la mañana entrando por la persiana y el recuerdo del abrazo sentado al borde de la cama.
No fue un beso. Eso debería tranquilizarme.
No fue una declaración. Eso debería protegerme.
Fue un abrazo pedido con permiso, un abrazo que no intentó convertirse en otra cosa, un abrazo en el que Ale me sostuvo con tanto cuidado que casi dolió más que cuando no sabía hacerlo.
Ese casi es el problema. Porque una parte de mí, la que lleva dos años sobreviviendo con migajas y llamándolas desayuno, quiere agarrarse a eso y convertirlo en señal.
No lo hago. O intento no hacerlo.
Me quedo mirando el techo y repaso mentalmente las normas nuevas, que nadie ha escrito pero existen.
No tocar sin preguntar. No fingir normalidad como si no hubiera pasado nada. No convertir cualquier mejora en una promesa. No usar a Claudia como refugio sin mirar por qué. No usar a Ale como casa si todavía no sabe si quiere abrir la puerta.
Muy bien, Paula. Excelente. Ahora solo queda vivir.
Me levanto, me ducho y me visto con unos vaqueros y un jersey verde que Sandra dice que me hace parecer “una redactora cultural que juzga cafeterías con pan de masa madre”.
Me recojo el pelo, lo suelto, lo vuelvo a recoger.
Luego me miro en el espejo y me doy cuenta de que estoy intentando elegir una versión de mí capaz de encontrarse con Ale en la cocina sin parecer demasiado rota ni demasiado ilusionada.
Complicado.
Cuando salgo al pasillo, la casa huele a tostadas. Eso ya es mala señal.
Ale hace tostadas cuando tiene hambre, cuando está nerviosa, cuando quiere cuidar y cuando no sabe qué hacer. Es decir, siempre. Pero esta mañana el olor tiene una dimensión casi diplomática.
Entro en la cocina.
Ale está frente a la tostadora, con una camiseta blanca y el pelo recogido de cualquier manera. Sandra está sentada a la mesa con una taza enorme, cara de sueño y una expresión demasiado vigilante para alguien que aún no ha tomado suficiente café.
Las dos me miran a la vez.
Fatal.
—Buenos días —digo.
—Buenos días —dice Ale.
—Buenos días, estructura emocional de esta casa —dice Sandra.
Ale cierra los ojos.
—Sandra.
—Perdón. Es el café hablando.
—Aún no has bebido.
—Por eso habla desde el trauma.
Me siento en la mesa. No en mi silla de siempre, porque mi silla de siempre está al lado de Ale cuando Ale cocina. Tampoco en la más lejana, porque eso sería declararme en retirada. Elijo la del medio, lo cual probablemente resume mi estado vital.
Ale se gira con un plato en la mano.
—He hecho tostadas.
—Lo veo.
—Hay tomate. Y aceite. Y mermelada. Y una cosa que Sandra ha comprado que pone “crema de almendra con cacao”, pero parece barro caro.
—Es barro premium —defiende Sandra—. Lo recomienda una chica de TikTok con abdominales y ansiedad controlada.
Ale coloca el plato en el centro de la mesa, pero no me sirve directamente.
Antes lo habría hecho. Me habría puesto una tostada delante, quizá con demasiado aceite, quizá diciendo “come, Pauli, que hoy tienes cara de personaje secundario en drama francés”.
Hoy deja el plato entre las dos y se sienta.
Lo noto.
Qué cansado es notar tanto.
—¿Quieres café? —pregunta.
—Sí, gracias.
Ale se levanta y va hacia la cafetera. Luego se detiene.
—¿Te lo pongo o prefieres…?
La frase se queda incompleta, pero la entiendo. Prefieres hacerlo tú. Prefieres que no decida por ti. Prefieres que no convierta un café en otra forma de entrar sin llamar.
Sandra abre mucho los ojos y se lleva la taza a la boca como si acabara de presenciar un acontecimiento histórico.
—Puedes ponerlo —digo.
—Vale.
Ale asiente con una seriedad absurda y prepara el café. Me lo deja delante con cuidado, evitando rozarme la mano. Lo hace tan deliberadamente que casi me dan ganas de tocarla yo para acabar con la tensión. No lo hago. Tampoco estoy tan mal de autocontrol. Creo.
—Gracias.
—De nada.
Silencio.
Sandra mira a una, luego a la otra, luego a su taza.
—Esto es fascinante.
—Sandra —decimos Ale y yo a la vez.
Nos miramos. Un segundo. Y ahí está. Una grieta mínima en la tensión. La misma coordinación de siempre, pero nueva. Ale sonríe primero. Yo después. Sandra se lleva una mano al pecho.
—Ay. Qué bonito. La sincronía verbal de las exnormalidades.
—¿Exnormalidades? —pregunta Ale.
—Estoy creando conceptos. No me interrumpáis.
—Tú sí que deberías ser interrumpida —digo.
Sandra me señala con una tostada.
—Este humor tuyo me tranquiliza.
—No te confíes.
—No lo haré. Vivo en alerta desde que convertí tu vida sentimental en un mensaje mal enviado.
Ale baja la mirada al café. Sandra se da cuenta tarde.
—Perdón. No quería…
—Está bien —digo, aunque no sé si está bien exactamente.
La cocina se queda quieta otra vez.
Ale mira a Sandra.
—No tienes que castigarte cada tres minutos.
Sandra parpadea.
—Mira quién habla.
—Yo no me castigo cada tres minutos.
—Ale, llevas veinte minutos untando tomate como si estuvieras expiando pecados medievales.
Miro la tostada de Ale. Efectivamente, el tomate está distribuido con una precisión casi religiosa.
No puedo evitar reírme. Ale también mira la tostada, derrotada.
—Quería que quedara uniforme.
—Claro —dice Sandra—. La tostada emocionalmente responsable.
La risa sale más fácil esta vez. Pequeña, pero real. Ale se relaja un poco y yo me doy cuenta de que llevaba toda la mañana esperando que algo explotara.
No explota.
Solo desayunamos.
Con cuidado, sí. Con huecos raros, también. Pero desayunamos.
Sandra habla de Adrián, que le ha mandado un mensaje diciendo “ayer pensé en lo que dijiste sobre el vacío” y ella no sabe si eso es profundo o una amenaza.
Ale dice que nadie debería iniciar una conversación con la palabra vacío antes de las diez de la mañana.
Yo digo que, viniendo de Adrián, probablemente es coqueteo.
Sandra se indigna, se ilusiona, se indigna otra vez.
Durante un rato, la vida parece una versión reparada con cinta adhesiva.
No perfecta.
Pero en pie.
En San Griselmo, la normalidad dura menos.
El campus está húmedo por la lluvia de la noche anterior.
Hay charcos junto a la entrada de la facultad y grupos de alumnos concentrados alrededor de las escaleras, fumando, hablando, quejándose de entregas y fingiendo que no les preocupa el futuro.
Sandra se separa de nosotras en el vestíbulo porque tiene clase de creatividad y, según ella, “nada cura el drama como un profesor con gafas hablando de insights”.
Ale y yo subimos juntas hacia Redacción Periodística.
Juntas.
Esa palabra también debería venir con prospecto.
Caminamos una al lado de la otra sin rozarnos.
Antes eso habría sido imposible o, más bien, impensado.
Ale caminaba ocupando espacio. Me daba con el hombro, me agarraba del brazo para esquivar gente, me empujaba hacia un lado si alguien venía de frente, me quitaba pelusas de la manga sin pedir permiso.
Ahora va con las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta y una concentración casi visible.
—Estás andando raro —digo.
—Estoy andando normal.
—Parece que transportas una copa llena de agua sobre la cabeza.
—Estoy siendo respetuosa con el espacio interpersonal.
—Pareces un robot en prácticas.
Ale suelta una risa.
—Dame tiempo. Estoy actualizando el sistema.
Me río. Y entonces se nos acerca Nico.
Claro.
Porque el universo tiene sentido del humor, pero no compasión.
—Rivas —dice él, con una sonrisa fácil—. Paula.
—Hola, Nico —digo.
Ale se tensa apenas. Antes no habría pasado. Antes Nico era Nico: amable, guapo, conocido, parte del decorado sentimental de Ale. Ahora su presencia trae una pequeña corriente de aire frío.
Él no parece notar nada, o finge no notarlo muy bien.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí —dice Ale demasiado rápido.
—Eso ha sonado convincente.
—Gracias, he ensayado.
Nico sonríe. Luego me mira a mí.
—¿Y tú?
—Bien.
Otra mentira pequeña. O media verdad. A estas alturas habría que crear una categoría administrativa para los “bien” que no son falsos, pero tampoco se sostienen bajo inspección.
Nico asiente, como si entendiera más de lo que dice.
—Sandra me dijo que había clima raro en vuestra casa.
Ale pone cara de querer evaporarse.
—Sandra debería tener prohibido hablar de clima.
—Estoy de acuerdo. Bueno, os dejo. Tengo clase con Mendoza y me gustaría llegar antes de que el proyector la derrote.
—Ambicioso —digo.
Nico se despide con un gesto y se aleja. Ale se queda mirando hacia delante.
—No he dicho nada raro, ¿no?
—Has dicho “sí” como si estuvieras en comisaría.
—Perfecto.
—Pero Nico no es tonto.
—Ya.
Seguimos caminando.
No menciono que Nico fue una parte de mi dolor. No hace falta. Está ahí, entre nosotras, pero no lo arrastro hasta el centro. Ale tampoco lo usa para pedirme perdón otra vez. Me alegra. Me asusta que me alegre.
En clase, nos sentamos juntas, aunque dejando una mochila entre las dos. La mochila es mía. La he puesto yo. Ale la ha visto y no ha dicho nada.
Otra cosa que noto.
La clase pasa con una lentitud aceptable.
Mendoza habla de perfiles periodísticos y de la importancia de observar sin invadir.
Me parece tan oportuno que casi me río. Ale, a mi lado, escribe en su cuaderno con una concentración intensa.
De vez en cuando sé que me mira de reojo.
No lo suficiente para incomodarme. Lo suficiente para que mi cuerpo se entere.
Al salir, tengo un mensaje de Claudia.
CLAUDIA: Café antes de la práctica?