CAPÍTULO 8 PEDIR PERMISO
Ale
No puedo dormir.
Apago la luz, me meto en la cama, me tapo hasta la barbilla y cierro los ojos con esa fe absurda de quien cree que el sueño es una decisión administrativa. Pero mi cabeza no se apaga. Mi cabeza, de hecho, parece haber montado una mesa redonda sin moderadora.
Las frases van y vienen, se pisan, se repiten, se contradicen. A ratos me enfado. A ratos me siento culpable. A ratos recuerdo la boca de Paula en la cocina y el cuerpo entero se me queda quieto de una forma que no tiene nada que ver con dormir.
A las dos menos cuarto me rindo.
Me levanto procurando no hacer ruido, aunque en este piso eso es casi imposible porque el suelo parece tener opiniones. Me pongo una sudadera, salgo al pasillo y paso muy despacio por delante de la puerta de Paula.
Está cerrada, claro. No me detengo. O no del todo. Solo lo suficiente para mirar la línea oscura bajo la puerta y preguntarme si estará despierta. Si habrá leído otra vez mis mensajes. Si estará enfadada, triste, dormida, agotada o todo a la vez.
Sigo hasta la cocina.
La luz pequeña de la campana extractora convierte la habitación en una versión nocturna de sí misma.
Todo parece más suave y más triste: la mesa coja, los vasos del fregadero, la bolsa de pan doblada, la planta moribunda resistiendo en el alféizar como si hubiera decidido sobrevivir solo para juzgarnos hasta final de curso.
Abro la nevera. La cierro. Abro un armario. Lo cierro. No tengo hambre. Solo tengo manos. Manos que no saben qué hacer.
Al final pongo agua a calentar en un cazo porque nuestra tetera murió en enero en circunstancias que Sandra sigue calificando de “accidente estructural” y Paula de “negligencia”.
Hago una infusión de manzanilla, aunque no me gusta demasiado.
La manzanilla sabe a gente que toma buenas decisiones.
Es decir, a una especie a la que no pertenezco.
Me siento en la mesa con la taza entre las manos. No sé cuánto tiempo pasa. Quizá cinco minutos. Quizá veinte.
Entonces oigo una puerta. Me quedo inmóvil. Pasos suaves en el pasillo.
Paula aparece en la entrada de la cocina con un pantalón de pijama gris, una camiseta vieja de San Griselmo y el pelo suelto. Tiene la cara lavada, los ojos cansados y esa expresión de quien ha salido de su habitación por necesidad básica, no por valentía emocional.
Cuando me ve, se detiene.
—Perdón —dice—. No sabía que estabas aquí.
La frase me duele un poco, aunque no debería. Antes Paula no se habría disculpado por entrar en la cocina. Antes ninguna de las dos habría pensado que compartir un vaso de agua de madrugada necesitaba protocolo.
—No tienes que pedir perdón por entrar en tu cocina.
—También es tuya.
—Ya, pero yo estaba aquí haciendo… —miro la taza— algo bastante triste con manzanilla.
Su boca se mueve apenas. Casi una sonrisa.
—No sabía que bebías manzanilla.
—No la bebo. Solo me calienta.
Paula sonríe un poco. Entra despacio, como si aún estuviera evaluando la habitación.
Coge un vaso del armario y lo llena de agua del grifo.
Yo la miro y luego aparto la vista porque no quiero que sienta que estoy vigilándola.
Porque eso también lo estoy aprendiendo: mirar demasiado puede parecer una forma de pedir.
Ella bebe de pie, junto al fregadero. Yo sigo sentada. Hay una silla libre frente a mí.
No le digo que se siente. Me cuesta muchísimo no decirlo.
Paula deja el vaso en la encimera. Durante un segundo parece que va a irse. Algo en mí se levanta con pánico, como un animal.
No te vayas. No lo digo. No así.
—¿Puedo estar aquí? —pregunto.
Paula me mira.
—Ya estás aquí.
—No. Quiero decir… contigo. En la cocina. Sin hablar si no quieres. Sin pedirte nada.
La frase sale torpe, pero sale entera. Paula baja la mirada al vaso. Sus dedos rodean el borde.
—No sé.
Asiento.
—Vale.
Y me levanto. Cojo mi taza y doy un paso hacia la puerta.
—¿Qué haces? —pregunta.
—Irme.
—¿Por qué?
—Porque has dicho que no sabes.
Paula parpadea.
—Ale.
—No lo digo enfadada. De verdad. Es que… estoy intentando entender que si no sabes, igual no significa que tenga que convencerte.
Paula se queda mirándome. No sé qué ve en mi cara. O quizá sí, y por eso me da vergüenza.
—Puedes quedarte —dice al fin.
—¿Seguro?
—No me hagas firmar un consentimiento notarial.
Casi me río. Ella también. Muy poco. La risa no arregla nada, pero pone una silla entre nosotras y el abismo.
Vuelvo a sentarme.
Paula tarda unos segundos más en hacerlo. Al final se sienta frente a mí, con el vaso de agua entre las manos. La mesa parece enorme de pronto, aunque siempre nos quejamos de que es demasiado pequeña para tres platos y el caos vital de Sandra.
Paula mira mi taza.
—¿Está mala?
—Mucho. Sabe a rendición.
—La manzanilla sabe a abuela sensata.
—Exacto. Rendición.
Paula sonríe otra vez, y esta vez la sonrisa dura un poco más. Luego el silencio vuelve.
—He leído tus mensajes —dice.
—Ya.
—Gracias.
La palabra es pequeña y me da ganas de hacer algo desproporcionado, como prometerle una reforma integral de mi personalidad.
No lo hago.
—No sabía si escribirte —digo.
—Yo no sabía si responder.
—Me imaginaba.
—No quería que pareciera que con eso ya estaba todo bien.
—No lo está.
Paula me mira.
—No.
—Lo sé.
El reconocimiento nos deja a las dos un poco descolocadas. Quizá porque antes yo habría intentado añadir algo. Un “pero”. Una broma. Un plan. Una solución. Esta vez dejo que la frase se quede así, incompleta y cierta.
Paula pasa el dedo por el borde del vaso.
—Me ha dolido que te enfadaras.
Cierro los ojos un segundo.
—Lo sé.
—No. Déjame decirlo.
Los abro.
—Vale.
—Me ha dolido porque… no era algo que yo te estuviera haciendo a ti. No sé si tiene sentido. Era algo que yo intentaba sostener para no perder lo que teníamos.
Asiento despacio.
—Sandra me lo ha dicho.
—Sandra sabe demasiadas cosas.
—Sí.
—Y ahora se siente fatal.
—También.
Paula respira hondo.
—No quiero que todo el mundo se sienta culpable por algo que sentí yo.
—No creo que podamos evitarlo del todo.
—Pues me parece injusto. Y también me parece injusto haber estado sola con eso.
La miro. Ahí está. La frase más verdadera de todas. No suena a reproche. Suena a cansancio.
—Sí —digo—. Eso también lo es.
Paula se queda callada.
Me doy cuenta de que está esperando que añada algo más. Que justifique, que pida perdón otra vez, que intente reparar la frase con otra frase. Pero no sé si otra frase ayudaría. Así que hago lo más difícil del mundo.
Me quedo quieta. Paula baja la mirada.
—Yo tampoco lo hice perfecto.
—Paula…
—No. Déjame. No lo digo para que me digas que no. Sé que tenía miedo. Sé que no quería perderte. Pero también sé que a veces me enfadaba contigo por no saber algo que yo estaba escondiendo.
—No tenías por qué contármelo.
—Ya. Pero tampoco tenía derecho a esperar que lo adivinaras.
La cocina se queda en silencio. Afuera pasa un coche. La luz de la campana parpadea una vez, como si quisiera dramatizar la escena y nosotras no estuviéramos ya suficientemente servidas.
—Yo creo que igual sí fui un poco idiota —digo.
Paula me mira mal.
—No.
—Un poco.
—Ale.
—No por no saberlo. Pero quizá por no mirar mejor.
—No quiero que revises dos años como si hubieras cometido un crimen.
—No puedo evitar revisar. Pero estoy intentando no convertirlo en una película donde yo soy el monstruo y tú la víctima silenciosa.
—Gracias. Odio ese género.
Me sale una risa breve. Paula sonríe, cansada.
—No eras un monstruo —dice.
—Tú tampoco eras una mentirosa.
Sus dedos se quedan quietos sobre el vaso.
—Me llamaste eso.
—Lo sé.
—Dolió.
Esta vez no intento matizar. No digo que estaba enfadada, ni que no quería decirlo, ni que me sentí fuera. Todo eso puede ser verdad y no servir de nada en este momento.
—Perdón —digo.
Paula me mira.
—Vale.
—No me da pena que me quieras —digo.
Paula se queda completamente inmóvil. Creo que esa frase sí tenía que decirla. Quizá desde el principio.
—Ale…
—No me parece una carga. No me parece raro en ese sentido. No me parece algo que tenga que esconderse porque me incomode. Me asusta, sí. Mucho. Pero no porque seas tú queriéndome. Me asusta porque no sé estar a la altura de algo que lleva dos años existiendo cuando yo acabo de enterarme.
Paula traga saliva.
—No tienes que estar a la altura de mis dos años.
—No sé si eso es posible.
—No lo es.
—Vale.
—Mis dos años son míos. Tú no tienes que compensarlos.
—No quiero compensarlos.
—¿Entonces?
Me quedo mirándola. Aquí podría equivocarme. Otra vez. Fácilmente.
—Quiero no pisarlos —digo al fin.
Paula baja la mirada. Su mano tiembla apenas sobre el vaso.
—Eso ha sido bonito.
—No era mi intención.
—Por eso.
Sonrío un poco. Ella también. El aire se suaviza apenas. No se arregla. Pero se suaviza.
—No sé todavía cómo nombrar todo esto —digo.
Paula cierra los ojos, como si la frase le doliera antes de llegar.
—Ya.
—Pero espera. Déjame terminar.
Los abre.
—Vale.
—No sé cómo nombrarlo, pero sé que no quiero tratarlo como una noche rara. Ni como una confusión sin importancia. Ni como una cosa que te pasó a ti sola y ahora me incomoda a mí. No sé cómo nombrarlo, Paula, pero sé que me importa.
Paula no responde enseguida. Bebe un sorbo de agua. Deja el vaso. Se seca una gota del labio con el pulgar y yo miro hacia la mesa porque todavía hay límites que no sé manejar.
—A mí también me importa —dice.
—Ya lo sé.
—No. No lo sabes. Sabes lo de los dos años. Pero no sabes cómo me importa ahora.
La miro.
—¿Cómo?
Paula suelta una risa mínima.
—No sé. Cansado. Asustado. Con ganas de abrazarte y de mudarme a otro continente en la misma hora.
—Me suena.
—¿Sí?
—Sí.
Durante un segundo nos miramos de verdad. Sin recibidor, sin Sandra, sin WhatsApp, sin Claudia, sin Nico, sin la cocina de la otra noche. Solo nosotras dos en una madrugada demasiado larga, intentando no romper más de lo que ya está roto.
—No quiero perderte —digo.
Paula aparta la vista.
—Lo sé.
—Pero sé que eso tampoco puede ser una cadena.
Vuelve a mirarme.
—¿Qué?
—Que no puedo pedirte que te quedes solo porque yo tengo miedo de que te vayas.
La frase me cuesta. Muchísimo. Pero cuando la digo, algo en la cara de Paula cambia.
—Gracias —dice.
—No me gusta.
—¿El qué?
—No poder pedirlo.
—Puedes pedirlo. Lo que no puedes es usarlo.
—Qué estricta.
—Estoy intentando aprender.
—Yo también.
Paula sonríe con tristeza.
—Vaya casa.
—Deberíamos cobrar créditos.
—Sandra haría el folleto.
—Y pondría emojis.
—Muchos.
Nos reímos bajito. El silencio que viene después ya no se siente igual.
Paula se frota los brazos con las manos.
No sé si tiene frío o si es un gesto nervioso.
Antes habría alargado la mano y le habría tocado el brazo sin pensar.
Antes habría dicho “ven aquí” o le habría puesto mi sudadera encima.
Antes habría hecho cualquier cosa física porque para mí el cariño siempre ha sido un movimiento.
Ahora mis manos se quedan quietas alrededor de la taza. Paula lo nota.
—Estás haciendo mucho esfuerzo por no tocarme.
—Un poco.
—Se te da fatal disimular.
—Estoy aprendiendo muchas cosas a la vez. No me pidas excelencia.
Paula mira la mesa y luego a mí.
—Puedes preguntarme.
—¿Qué?
—Si quieres tocarme. Puedes preguntarme.
La frase me toca de una forma que no esperaba. Porque no es una invitación simple. Es una puerta pequeña, con condiciones nuevas. Es Paula diciendo que quizá no todo contacto tiene que desaparecer, pero ya no puede ser inconsciente. Ya no puede ser solo mío.
—¿Puedo abrazarte? —pregunto.
La pregunta sale casi en un susurro. Paula cierra los ojos. Durante un segundo pienso que va a decir que no. Y si dice que no, tendré que aceptarlo.
—Sí —dice.
Me levanto despacio. Ella también. La mesa queda entre nosotras y por un momento no sabemos por dónde rodearla, lo cual es absurdo y nos hace sonreír a las dos con una incomodidad tierna.
Al final nos encontramos junto a la encimera. No me lanzo. No la agarro. Espero. Paula da el último paso. Y entonces la abrazo. Pero se siente distinto.
Antes abrazar a Paula era fácil. Una cosa natural, rápida, sin pensamiento. La abrazaba por detrás cuando Sandra decía una barbaridad, le pasaba un brazo por los hombros al salir de un bar, la apretaba contra mí cuando tenía frío. Antes los abrazos eran idioma común.
Este no. Este abrazo sabe a permiso.
Paula apoya la frente en mi hombro. Yo rodeo su espalda con cuidado, como si estuviera aprendiendo el contorno de algo que siempre había tenido delante y nunca había mirado bien. Su cuerpo está tenso al principio. Luego, poco a poco, cede.
Y cuando cede, casi se me rompe algo. No la aprieto demasiado. Quiero. No lo hago.
—¿Así está bien? —pregunto.
Paula asiente contra mi sudadera.
—Sí.
La palabra me vibra en el pecho. Nos quedamos así. No sé cuánto. Más de lo necesario para un abrazo de amigas. Menos de lo que quisiera una parte de mí que todavía no sabe pedir con cuidado.
Paula huele a champú, a agua, a habitación cerrada y a ella. Me acuerdo de la cocina. Del beso. De su boca. El recuerdo llega, pero no manda. No esta vez. Esta vez lo importante no es besarla. Es no convertir el abrazo en otra cosa solo porque mi cuerpo recuerde el camino.
Paula se aparta primero. Yo la dejo ir. Se limpia la cara con la manga de la camiseta, como si le diera rabia haber llorado un poco. No digo nada.
—No sé si puedo volver a ser como antes —dice.
—Igual no tenemos que volver exactamente a antes.
Paula me mira.
—¿Y a dónde volvemos entonces?
—No lo sé.
Su boca tiembla apenas, entre la risa y el cansancio.
—Sigues sin saber muchas cosas.
—Sí.
—Pero al menos ahora avisas.
—Progreso.
—Algo es algo.
Nos quedamos de pie junto a la encimera, con la manzanilla enfriándose en la mesa y el vaso de agua medio vacío. Por primera vez en días, la cocina no parece solo el lugar donde todo se rompió. Parece también el lugar donde algo, muy pequeño, ha dejado de sangrar.
Paula coge su vaso.
—Me voy a dormir.
—Vale.
Camina hacia la puerta. Antes de salir, se detiene.
—Ale.
—¿Sí?
—Gracias por preguntar.
No hace falta que aclare por qué. Por estar. Por quedarme. Por el abrazo. Por no tocarla sin permiso. Por intentar llegar de otra manera.
Asiento.
—Gracias por dejarme.
Paula baja la mirada, sonríe apenas y se va por el pasillo. Esta vez no siento que la puerta de su habitación se cierre igual. Sigue cerrándose. Pero ya no suena como un final.