Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 7 LA AMIGA ‘SOLO’ AMIGA
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CAPÍTULO 7 LA AMIGA ‘SOLO’ AMIGA

Paula

Hay silencios que descansan. El de mi habitación no.

El de mi habitación se sienta en la cama conmigo, se apoya en la pared, abre mis cajones, mira mis apuntes y me pregunta cosas que no pienso contestar.

Estoy sentada en el suelo, con la espalda contra la puerta y las rodillas contra el pecho.

No sé por qué he elegido este sitio. Podría estar en la cama, que sería más cómodo.

Podría estar en la silla, que sería más digno.

Podría estar incluso debajo de las mantas, que sería más coherente con el nivel de catástrofe emocional del día.

Pero estoy aquí. Contra la puerta. Como si tuviera que sujetarla desde dentro.

Al otro lado no se oye nada. Eso es lo raro.

Después de una escena como la que acabamos de tener, una parte de mí esperaba a Ale.

No porque quisiera que entrara. No porque quisiera otra conversación.

No porque tuviera fuerzas para volver a mirarla mientras me preguntaba por qué no le conté cómo me dolía.

Pero la esperaba. Ale siempre aparece.

Ale llama. Ale insiste. Ale dice mi nombre con esa mezcla de impaciencia y cariño que normalmente derrite cualquier resistencia razonable.

Ale se apoya en el marco de la puerta y suelta una frase absurda.

Ale convierte las puertas en sugerencias, los silencios en malentendidos y las huidas en negociaciones de cinco minutos.

Hoy no. No ha llamado, no ha intentado entrar, no ha dicho nada. Y eso, contra todo pronóstico, me está haciendo más daño y más bien a la vez.

Me limpio la cara con la manga del jersey, aunque no estoy llorando exactamente. Estoy en esa fase ridícula en la que los ojos se llenan, una respira, se recompone, vuelve a llenarse y se enfada consigo misma porque ni siquiera tiene la cortesía de llorar con eficacia.

Dos años. Ahora Ale lo sabe.

No como yo quería. No como quizá algún día habría podido decirlo, si existiera una versión de mí más valiente, más ordenada, más capaz de poner sobre la mesa su corazón sin pedir perdón por manchar el mantel.

Lo sabe por un mensaje equivocado de Sandra. Qué forma tan poco poética de quedarse desnuda.

Miro el móvil, que está boca abajo sobre la alfombra. No vibra. No se ilumina. No hace nada. Aun así, sé que está ahí con una exactitud ofensiva. Como si la pantalla pudiera respirar.

Me levanto al fin, más por cansancio que por decisión, y me siento en la cama.

Mi habitación está igual que esta mañana: la mesa con apuntes, el vaso de agua junto al portátil, la sudadera colgada en la silla, el cuaderno abierto por una página donde he escrito tres veces la misma frase sin querer mirarla demasiado.

No puedo ser el sitio donde entiendas algo.

Debajo:

Pero ojalá quisieras llegar igualmente.

La cierro de golpe. Muy madura, Paula. Muy bien. Excelente gestión documental de la propia humillación.

El móvil vibra. Vibra otra vez. Y otra.

No son mensajes del grupo del piso. Lo sé por el ritmo. A estas alturas conozco los silencios de WhatsApp como si fueran estaciones meteorológicas.

Lo cojo. Ale.

ALE: No voy a pedirte que me expliques nada hoy.

El pecho se me aprieta de una forma nueva, menos violenta que antes. Casi peor.

Otro mensaje.

ALE: Siento haberme enfadado antes de entender.

Trago saliva. Otro.

ALE: Y siento haber llegado tarde.

Dejo el móvil sobre la cama como si pesara demasiado.

No es una gran declaración. No es una solución. No es “yo también”. No es “lo tengo claro”. No es ninguna de esas frases imposibles que una parte de mí, la más idiota, la más romántica, la que debería estar en libertad vigilada, todavía imagina cuando baja la guardia.

Pero es algo. Es Ale no entrando. Es Ale no pidiéndome que la calme. Es Ale quedándose al otro lado.

Y yo no sé qué hacer con una Ale que aprende tan rápido justo cuando yo ya he reunido fuerzas para alejarme.

Me tapo la cara con las manos. Ahora sí lloro. Poco. En silencio. De esa forma vergonzosa y contenida que no libera nada, pero al menos demuestra que una sigue teniendo un cuerpo y que el cuerpo, al contrario que el orgullo, no sabe fingir indefinidamente.

Vuelvo a mirar el móvil. El chat está abierto. El cursor espera. No sé qué escribir.

Podría decirle que la perdono, pero no sé si eso es verdad ni si tengo derecho a colocarme tan arriba.

Podría decirle que no pasa nada, pero pasa.

Muchísimo. Podría decirle que yo también siento haberlo escondido, pero una parte de mí todavía se defiende: no lo escondí para hacerte daño, lo escondí para poder quererte cerca.

Escribo:

PAULA: No sé qué decirte.

Me quedo mirando la frase. Es pobre. Es exacta. La envío. La respuesta llega casi enseguida.

ALE: No hace falta que digas nada hoy.

Cierro los ojos. No hace falta. Qué frase tan pequeña. Qué nueva en ella.

Porque Ale siempre hace falta. Ale siempre convierte todo en algo urgente, en algo que resolver, en algo que nombrar, en algo que mover de sitio. Ale siempre llega con hambre, con planes, con una chaqueta, con una cerveza, con una solución imperfecta y muchísimo cuerpo. Ale siempre trae mundo.

Esta vez me está dando espacio. Y resulta que el espacio, cuando viene de Ale, también tiene forma de cariño.

PAULA: Gracias.

Tardo un poco en enviarlo. Lo envío.

No responde enseguida. Agradezco eso. Agradezco que no convierta el “gracias” en otra conversación, que no se cuele por esa rendija, que no intente recuperar en tres mensajes lo que acabamos de perder en el recibidor.

Dejo el móvil sobre la cama y me tumbo de lado. Entonces llaman a la puerta. Dos golpes suaves. No es Ale. Lo sé.

Ale llama distinto, si es que puede llamarse llamar a entrar mientras dice “¿se puede?” cuando ya tiene medio cuerpo dentro. Estos golpes son cuidadosos, culpables, con rizos y remordimiento.

—Paula —dice Sandra al otro lado—. Soy yo.

No contesto al principio.

—No vengo a justificarme —añade—. Tampoco vengo con metáforas, aunque me ha costado mucho renunciar. Solo quiero pedirte perdón a través de una puerta, que me parece triste pero merecido.

—Pasa.

La puerta se abre despacio. Sandra asoma primero la cabeza, como si estuviera entrando en una habitación donde puede haber un animal herido o una Paula con ganas de lanzar objetos. Lleva una bolsa de supermercado en una mano.

—He traído chocolate —dice.

—¿Eso era la disculpa?

—No. La disculpa soy yo. El chocolate son mis refuerzos.

Se queda de pie junto a la puerta, sin acercarse demasiado. Tiene los ojos rojos. Eso me desarma más de lo que esperaba.

—Paula, lo siento muchísimo.

Asiento, porque si hablo demasiado pronto quizá digo algo que no quiero. Sandra aprieta la bolsa contra el pecho.

—No hay excusa. Me equivoqué de chat. Quería escribirte a ti, vi su nombre, estaba pensando en ella, envié, seguí escribiendo como una imbécil funcional y cuando me di cuenta ya había convertido tu vida privada en una notificación push.

La frase es tan Sandra que me duele y me hace gracia.

—Ha sido bastante impresionante —digo.

—Mi incompetencia tiene escala cinematográfica.

Me siento en la cama. Sandra sigue en la puerta.

—Puedes sentarte.

Su cara se rompe un poco de alivio, pero intenta disimularlo.

—Gracias.

Se sienta en la silla, no en la cama.

—¿Estás muy enfadada conmigo? —pregunta.

La miro. No lo sé.

—Estoy… expuesta.

Sandra traga saliva.

—Ya.

—Y me da rabia que haya pasado así. Y me da vergüenza.

—No tendrías que sentir vergüenza.

Respiro hondo y miro mis manos.

—No estoy enfadada porque Ale lo sepa. Bueno, sí. Un poco. Pero no por eso exactamente. Estoy enfadada porque ahora no puedo controlar qué versión de esto ha recibido.

Sandra asiente despacio.

—Ha recibido la versión atropellada.

No puedo evitarlo. Me río. Una risa pequeña, cansada, con lágrimas todavía cerca. Sandra también sonríe, pero enseguida se le borra.

—Paula, no quería traicionarte.

La palabra cae pesada. Traicionarte.

Me duele que la use porque yo también la he pensado, aunque no con esa forma exacta. Me dolió que Sandra le diera a Ale algo que era mío. Me dolió imaginar a Ale leyendo “dos años” sin mi voz, sin mi contexto, sin mi posibilidad de decir espera, no así, no solo eso.

Pero también sé que Sandra ha sido mi refugio todo este tiempo. El sitio donde podía dejar caer una frase antes de que me aplastara. El lugar donde mi amor por Ale existía sin tener que fingir que era otra cosa.

—Lo sé —digo.

Sandra se tapa la boca un segundo.

—No me lo merezco tan rápido.

—No he dicho que no me duela. Pero sé que no querías.

Sandra asiente, y esta vez sí llora un poco. Eso casi me mata, porque Sandra llorando parece un fallo del sistema solar. Ella se limpia rápido, indignada consigo misma.

—Qué horror. He venido a consolar y estoy haciendo performance de culpa.

—Muy de Publicidad.

—Totalmente. Campaña 360 de arrepentimiento.

Me río otra vez. Más de verdad.

Durante unos segundos nos quedamos en silencio. Sandra saca la tableta de chocolate de la bolsa y la deja sobre mi escritorio como si fuera una ofrenda.

—¿Cómo está Ale? —pregunto antes de poder evitarlo.

Sandra me mira con cuidado.

—Mal.

Me arrepiento de haber preguntado. También necesito saber más.

—¿Mal cómo?

—Mal Ale. Caminando, tocándose el pelo, intentando hacer algo con las manos, odiando no poder resolverlo en una tarde.

Me la imagino demasiado bien.

—¿Está enfadada?

Sandra tarda medio segundo.

—Sí.

Bajo la mirada.

—Claro.

—Pero no solo contigo.

—¿Con quién más?

—Conmigo. Con ella. Con Nico, un poco, aunque Nico pasaba por allí existencialmente. Con el concepto de tiempo. Con haber llegado tarde. Con no haberse enterado. Con haberte hecho daño sin verlo.

Mi pecho se cierra.

—No quería que se sintiera culpable. Ese era justo el motivo de no decírselo.

—Lo sé.

—Y ahora va a revisar cada cosa.

—Probablemente.

Cierro los ojos.

Santa Clara. Nico. Las fiestas. La manta. Los “Pauli”. La cantidad de gestos nuestros convertidos ahora en pruebas para alguien que no debería tener que juzgarse por haberme querido como sabía.

—No quiero que piense que todo me hacía daño.

Abro los ojos. Sandra me mira con esa honestidad suya que a veces parece una mano en la espalda y a veces una patada en una puerta cerrada.

—Tendrá que aprender a sostener eso sin convertirlo todo en culpa.

—Qué fácil suena.

—No. Suena horrible. Pero necesario.

Miro el móvil sobre la cama.

—Me ha escrito.

Sandra no intenta asomarse. Punto para ella.

—¿Y?

—Me ha dicho que no va a pedirme explicaciones hoy. Que siente haberse enfadado antes de entender. Y que siente haber llegado tarde.

Sandra se queda callada.

—Eso es… bastante bien para Ale.

—Sí.

—¿Has respondido?

—Le he dicho que no sé qué decir. Y ella ha dicho que no hace falta que diga nada hoy.

Sandra abre mucho los ojos.

—Vaya. Eso es nuevo.

—Lo sé.

El silencio que sigue ya no pesa tanto. Sandra abre el chocolate sin preguntar y me ofrece una onza.

La cojo. Comemos en mi habitación como si tuviéramos dieciséis años y hubiéramos suspendido un examen de matemáticas, no como si el amor de mi vida accidentalmente acabara de descubrir que lleva siendo el amor de mi vida desde antes de saberlo ella.

—¿Quieres que me vaya? —pregunta Sandra después de un rato.

Niego con la cabeza.

—Quédate un poco.

Su cara se ablanda.

—Vale.

Se sienta en el suelo, apoyada contra mi cama. Yo bajo también, porque la silla, la cama y las jerarquías emocionales se han vuelto absurdas. Nos quedamos allí, compartiendo chocolate, sin hablar mucho.

Al cabo de un rato, Sandra me enseña un mensaje de Adrián en el que él le pregunta si está bien y ella me confiesa que eso le parece “peligrosamente decente”. Yo le digo que no romantice la decencia básica. Ella dice que en esta economía afectiva tampoco vamos a ponernos exquisitas.

La vida, otra vez, insiste en volver.

Cuando Sandra se levanta para irse, se queda primero parada en la puerta.

—Paula.

—¿Sí?

—No tienes que decidir nada hoy.

Asiento.

—Ya me lo han dicho.

Sandra sonríe, triste y orgullosa a la vez.

—Entonces igual hoy alguien está aprendiendo algo en esta casa.

Cuando cierra la puerta, la habitación vuelve a quedarse en silencio. Pero ya no es exactamente el mismo. Miro el móvil. Nada nuevo de Ale.

Me levanto y abro la puerta de mi habitación apenas un centímetro. No sé por qué. Quizá para comprobar que el piso sigue ahí. Que el pasillo existe. Que no he quedado encerrada en mi propia versión de las cosas.

Al otro lado, la luz del pasillo está apagada, pero sale una línea amarilla desde la cocina. Oigo a Ale moverse muy poco. Un vaso. Un cajón. Agua del grifo. Después nada.

Cierro la puerta despacio y vuelvo a la cama. Dejo el móvil sobre la mesilla y apago la luz.

En la oscuridad, con el chocolate todavía dulce en la boca y el corazón cansado de defenderse, me permito pensar algo que no debería.

Que una parte de mí, aunque esté dolida, aunque esté asustada, aunque no sepa cómo seguir viviendo en este piso sin romperme contra cada mueble, sigue esperando que Ale no se quede al otro lado para siempre.