CAPÍTULO 8 AL OTRO LADO
Ale
Sandra y yo entramos en la cocina. Ella empieza a guardar cosas en la nevera. Leche, yogures, hummus, una bolsa de zanahorias baby.
Yo la miro, quieta. No hago nada. No sé qué hacer con las manos, ni con todo esto.
—¿Lo sabías desde segundo? —pregunto.
Sandra asiente despacio.
—Más o menos.
—¿Más o menos?
—No hubo un día concreto en el que Paula viniera con una presentación de PowerPoint y dijera: “Hola, estoy enamorada de Ale, objetivos del trimestre”. Fue… pasando.
—Pasando.
—Sí.
Qué palabra más cómoda para algo que ha debido de doler tanto.
—¿Y tú qué hacías?
Sandra respira hondo.
—Lo que podía.
—¿Y qué era eso?
—Escucharla. Cambiar de tema cuando se iba a romper. Hacer bromas cuando necesitaba no llorar. Decirle que no era idiota por quererte. Decirle que tampoco era idiota por no decírtelo.
La última frase me golpea más de lo esperado.
—Yo no he dicho que fuera idiota.
—No. Pero quizá ella se lo ha dicho muchas veces.
Me paso las manos por la cara. Tengo la sensación de que todo lo que digo puede caer mal, romper algo o demostrar que sigo sin entender nada.
—Me siento fatal.
—Ya.
—Y enfadada.
—También.
—Y eso me hace sentir peor.
—Normal.
La miro.
—¿Podrías dejar de tener respuestas tan cortas?
—Estoy intentando no arreglarlo con frases bonitas porque hoy hemos aprendido que eso no siempre ayuda.
La odio un poco por ser tan oportuna.
—No puedes pedirle a Paula que te calme por algo que le ha dolido a ella —dice de pronto.
Me quedo quieta junto a la mesa.
—Yo no le he pedido que me calme.
Sandra me mira por encima de la puerta de la nevera. No hace falta que diga nada.
—Vale —admito—. Quizá un poco.
—La has visto expuesta y has ido a preguntarle por qué no te dejó entrar antes.
—Porque me dolió.
Sandra cierra la nevera con suavidad.
—Ale, ya lo sé. Claro que duele descubrir que tu mejor amiga tenía una habitación entera cerrada dentro y tú no tenías llave. Pero tú acabas de enterarte. Ella lleva dos años viviendo ahí.
Me apoyo en la mesa. Dos años viviendo ahí.
La imagen es horrible porque es exacta. Paula en una habitación interior, con su amor colocado en estanterías invisibles, abriendo la puerta solo para Sandra de vez en cuando, y yo al otro lado, entrando y saliendo de su vida con la confianza de quien cree que todas las luces están encendidas.
—¿Y si he sido una egoísta? —pregunto.
Sandra suspira.
—Has sido inconsciente.
—Eso no es mejor.
—A veces sí. La inconsciencia no cura el daño, pero cambia la intención.
—Paula ha dicho que le dolía.
—Sí.
—Que yo le dolía.
La frase me cuesta repetirla. La siento rara en la boca. Demasiado grande para mí.
Sandra se sienta frente a mí.
—No tú entera. No como persona. Le dolía quererte sin poder decirlo. Le dolía estar cerca. Le dolía verte con Nico. Le dolía que fueras cariñosa sin saber que para ella eso pesaba más.
—Entonces yo le hacía daño cada vez que era yo.
—A veces amar a alguien que no te corresponde funciona así.
No me gusta esa frase. No me gusta nada.
—No digas que no la correspondo.
Sandra me mira muy despacio.
—¿La correspondes?
Abro la boca. La cierro. Me enfado, pero no con ella.
—No lo sé.
—Pues por eso no puedo decir otra cosa.
—Sandra, la besé. Y me gustó. Y no quiero perderla. Algo hay.
Sandra suaviza la expresión.
—Claro que hay algo.
Esa frase debería aliviarme. Me alivia. Un poco. Pero no de la forma completa que necesito.
—Pero no sé si es lo mismo que siente ella —digo.
—Exacto.
La cocina se queda en silencio. Ahí está el problema. Reducido a algo pequeño, limpio e insoportable.
Paula sabe. Yo no. O sé cosas sueltas. Sé que su boca me gustó.
Sé que me cuesta no buscarla en cada habitación.
Sé que verla con Claudia me deja una especie de pinchazo ridículo que no quiero llamar celos porque entonces tendría que ordenar demasiadas cajas.
Sé que desde que la besé el piso entero parece tener bordes nuevos.
Pero no sé suficiente. No para Paula. Y Paula no puede vivir de mis “algo hay”.
—No sé cómo llegar —digo.
Sandra apoya los codos en la mesa.
—Pues empieza por dejar de correr.
Me río sin humor.
—Eso suena a frase de taza. ¿Cómo se hace eso?
Sandra se queda pensando. Esa pausa suya es rara. Normalmente sus respuestas llegan con exceso de producción. Ahora parece elegir cada palabra como si pudiera estropear algo si se equivoca.
—No tienes que hacer nada —dice—. Pero creo que no puedes esperar que Paula tenga que sostener también tu prisa.
Miro hacia el pasillo. La puerta de Paula no se ve desde la cocina, pero sé dónde está.
Podría recorrer esos pasos con los ojos cerrados.
Podría llamar. Podría decir su nombre. Podría pedirle que abriera.
Podría hacer una de mis bromas malas, apoyarme en el marco y decir algo tipo “vengo sin PowerPoint, prometido”.
Quizá se reiría. Quizá no. Quizá me dejaría entrar porque Paula tiene un problema grave con dejarme entrar.
Eso es justo lo que no puedo usar. Me levanto. Sandra se tensa.
—Ale.
—No voy a entrar.
—Vale.
—Voy a mi habitación.
—Vale.
—Deja de decir vale como si estuvieras desactivando una bomba.
—Estoy desactivando una bomba.
—Justo.
Salgo de la cocina y camino por el pasillo. Paso por delante de la puerta de Paula sin detenerme. O casi sin detenerme. Me paro medio segundo. Lo suficiente para oír algo al otro lado.
Nada.
No sé si está llorando, si está sentada en la cama mirando el móvil, quizá escribiendo. No sé si está odiándome un poco, queriéndome demasiado o intentando no hacer ninguna de las dos cosas.
Sigo hasta mi habitación y cierro la puerta.
Mi cuarto está como lo dejé: portátil abierto, ropa en la silla, post-its en la pared, la cama deshecha.
En uno de los post-its sigue escrito “Mujeres que sostienen pisos compartidos”.
Lo arranqué de una idea tonta de reportaje después de ver a Paula limpiar la cocina un domingo.
En su momento me pareció una frase ingeniosa. Ahora parece una acusación.
Me siento en la cama y miro el papel. Paula sosteniendo. Paula sosteniéndome. Paula sosteniendo esto.
Me levanto otra vez y empiezo a caminar por el cuarto. Tres pasos hasta la ventana, tres pasos hasta la puerta, tres pasos hasta la silla. Mi habitación no está hecha para grandes crisis. Ninguna habitación de estudiante lo está. Son espacios demasiado pequeños para dramas tan largos.
Intento escribir el reportaje. Imposible. Intento mirar el móvil. Peor. Tengo mensajes de Nico.
NICO: ¿Todo bien? Sandra me ha dicho algo de que hoy había “clima emocional raro” en vuestra casa.
NICO: Cita literal, por cierto.
NICO: No pregunto más, pero estoy si necesitas cerveza y cero conversación profunda.
Nico. Pobre Nico. Bueno, tampoco pobre. Nico está bien.
Nico sabe retirarse, sabe no preguntar, sabe ofrecer cerveza como lenguaje afectivo.
Pero ahora su nombre arrastra cosas que antes no veía.
No culpa. No es culpa de Nico haber existido, ni haber sido alguien fácil en una época en la que yo quería que las cosas fueran fáciles.
Le contesto rápido.
ALE: Gracias. Hoy no.
NICO: Entendido. Cuídate, Rivas.
Bloqueo la pantalla. Me siento en el suelo, con la espalda apoyada en la cama. Y entonces empiezan a venir como flashes, cosas pequeñas.
Paula en primero, sentada en el suelo de mi habitación de Santa Clara, doblando camisetas conmigo porque mi armario parecía una zona de impacto. Yo hablándole de un chico de clase que me había pedido Instagram. Ella riéndose y diciéndome que yo no sabía decir que no. ¿Ya entonces?
Paula en segundo, en la cafetería, escuchándome contarle que Nico y yo habíamos discutido porque él quería planes tranquilos y yo quería ir a una fiesta. Ella removiendo un café que no bebió. ¿Le dolía?
Paula una noche de invierno, tapándome con una manta en el sofá del piso porque me había quedado dormida viendo una serie. Yo despertando a medias y diciendo “gracias, Pauli”. Ella quedándose quieta un segundo. Yo pensando que tenía frío.
Paula el domingo pasado, bajo la manta azul. Mi cabeza en su hombro. Yo diciéndole que no estudiara todavía. Ella quedándose.
Cinco minutos. Luego otros cinco. Yo creía que era un domingo vago. Para ella quizá era otra forma de esperanza. La culpa intenta crecer. La paro como puedo.
No sirve. Sandra tendría razón en eso también. Convertir esto en culpa solo me pondría a mí en el centro otra vez. Y el centro no soy yo. O no solo yo. Paula no necesita que yo me castigue por no haber sabido. Necesita que ahora sepa hacer algo distinto con lo que ya sé.
Me levanto y cojo un cuaderno. Arranco una hoja.
Escribo:
Paula, perdón.
Lo tacho. Demasiado pequeño.
Escribo:
Paula, no quería hacerte daño.
Lo tacho también. Demasiado evidente, y eso no arregla nada.
Escribo:
Paula, si hubiera sabido…
Me quedo mirando la frase. La tacho con más fuerza.
No. Esa no. No puedo ir a Paula con un pasado hipotético. No puedo prometerle lo que habría hecho si hubiera sabido cuando ni siquiera sé lo que estoy haciendo ahora.
Dejo el bolígrafo. Cojo el móvil. Abro su chat.
ALE: No voy a pedirte que me expliques nada hoy.
Me quedo mirando la frase.
Escribo otra.
ALE: Siento haberme enfadado antes de entender.
Me duele escribirlo. Buena señal, quizá. Otra.
ALE: Y siento haber llegado tarde.
Leo los tres mensajes juntos. Me parecen demasiado serios. Pulso enviar antes de poder convertirlos en una broma.
Los mensajes quedan ahí, en azul sobre la pantalla. No responde. Claro que no responde. Han pasado dos segundos. Qué ridícula soy.
Dejo el móvil en la cama. Me levanto. Lo vuelvo a coger. Nada. Lo dejo otra vez. Camino hasta la ventana. Vuelvo.
Nada.
Me siento en el suelo, apoyada contra la cama, con el móvil en la mano como una adolescente en una película barata. No sé cuánto tiempo pasa. Cinco minutos. Diez. Quince.
Al otro lado del pasillo no se oye nada. Por primera vez desde que conozco a Paula, no intento abrir su puerta. Nada. Solo espero.