Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 7 WHATSAPP INOPORTUNO #3
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CAPÍTULO 7 WHATSAPP INOPORTUNO #3

—¿Cuando estaba con Nico? —insisto, más bajo—. ¿Estabas así cuando yo estaba con Nico?

Ella se queda mirando el suelo. Me gustaría no necesitar la respuesta, pero la necesito.

—Paula.

—Sí.

La palabra casi no se oye.

Me apoyo contra la pared del recibidor. De pronto necesito algo sólido.

—Joder.

—No fue culpa tuya.

—No he dicho que lo fuera.

—Pero lo estás pensando.

—No sé qué estoy pensando.

Paula suelta una risa mínima. Triste.

—Eso sí me lo creo.

Me duele, pero me lo merezco.

Ella se quita la mochila del hombro y la deja junto a la entrada. Por un instante parece agotada. Como si llevara mucho tiempo sosteniendo una bolsa demasiado pesada y ahora que se ha roto no sintiera alivio, sino vergüenza por todo lo que se ha caído al suelo.

—No quería que lo supieras así —repite.

—Pero Sandra sí lo sabía. Desde segundo. Y yo no.

—No.

—Qué bien.

—No era suyo para contarlo.

—Pero lo ha contado.

Paula cierra los ojos.

—No la culpes.

—No estoy culpándola.

—Sí lo estás haciendo.

—Estoy culpando a todo el mundo un poco ahora mismo, Paula, dame cinco minutos.

Eso casi la hace sonreír. Casi. Pero no.

—Sandra estuvo ahí porque yo no podía estar sola con eso.

La frase me da donde no esperaba.

—¿Y yo dónde estaba?

—Con Nico. Con tus trabajos. Con tus fiestas. Conmigo también, Ale. Tú estabas conmigo. Todo el tiempo. Ese era el problema.

No sé qué hacer con eso. Todo el tiempo. Ese era el problema.

Me siento de pronto torpe dentro de mi propio cuerpo.

Como si mis manos hubieran hecho cosas durante dos años sin permiso: tocarla, abrazarla, apoyarme en ella, dormir en su hombro, robarle comida, meterme en su habitación, pedirle que viniera, que se quedara, que no estudiara todavía.

Gestos normales. Gestos nuestros. Gestos que quizá para ella no fueron nunca solo gestos.

—¿Por qué no me paraste? —pregunto.

Paula frunce el ceño.

—¿Qué?

—Cuando te tocaba. Cuando me apoyaba en ti. Cuando… no sé. Si te hacía daño.

Su expresión cambia. Ahora sí hay algo parecido a enfado.

—Porque también me hacía feliz.

La respuesta me deja callada.

—¿Eso qué significa? —pregunto, aunque lo entiendo.

—Significa que las cosas no son tan sencillas. A veces me dolía que te acercaras y, al mismo tiempo, era lo mejor del día. Cuando estabas conmigo en el sofá, o en mi habitación, o en la biblioteca, yo no pensaba “qué injusticia”. Pensaba “por favor, cinco minutos más”.

El domingo. Su hombro. Mi cabeza. No estudies todavía. Cinco minutos. Se me cierra la garganta.

—Paula…

—No me mires así, como si ahora te diera pena.

—No es pena.

—Pues se parece demasiado.

—No es pena —repito, más firme.

Ella respira hondo, pero no parece creerme del todo.

—No quería que cambiaras conmigo por saberlo.

—Ya ha cambiado.

—Lo sé.

—No por saberlo. Cambió antes.

—Por el beso.

—Por el beso, sí. Y porque desde entonces no puedo tocarte sin que parezca que estoy invadiendo un país.

Paula se frota la frente con dos dedos. Parece al borde de decir algo más, algo que quizá no pueda retirar después. Yo no sé si quiero escucharlo. Sí quiero. No quiero. Todo es contradictorio y desagradable.

—Ale, yo no te pedí nada —dice al fin—. Durante dos años no te pedí nada.

—Ya lo sé.

—No, creo que no lo sabes. No te pedí que me quisieras. No te pedí que dejaras a Nico. No te pedí que me miraras distinto. No te pedí que no me abrazaras. No te pedí nada porque sabía que lo que sentía era mío. No tuyo.

—Pero ahora sí es mío.

—Porque me besaste.

La frase queda entre las dos. Simple. Brutal. Porque es verdad. Fui yo quien la besé. Yo. En la cocina. Sin saber qué hacía del todo, pero queriendo hacerlo.

—Y tú me besaste después —digo.

Paula traga saliva.

—Sí.

—Entonces no me hables como si solo yo hubiera abierto esto.

—No lo hago.

—Un poco sí.

—Ale, yo llevaba dos años con esto abierto. Lo que pasa es que tú acabas de enterarte.

Durante un segundo quiero contestar algo rápido. Algo mío. Algo que me devuelva el control. Pero no hay nada. No hay chiste, no hay orden, no hay frase brillante que pueda con eso.

—Eso no es justo —digo, aunque no sé exactamente por qué.

—¿Estás enfadada conmigo por no haberte contado cómo me dolías?

Paula se lleva una mano a la boca, como si hubiera querido detener la frase y hubiera llegado tarde.

—Perdón.

—No.

—Ale, perdón.

—No lo retires.

—No quería decirlo así.

—Pero lo has dicho así.

Nos miramos, y por primera vez entiendo de verdad lo que he estado haciendo desde que leí el mensaje. Exigirle explicaciones a Paula desde mi herida sin terminar de mirar la suya.

Preguntarle por qué no me lo contó, por qué Sandra sí, por qué yo no, por qué dos años, por qué Nico, por qué todo. Como si su silencio hubiera sido una estrategia contra mí y no una forma de seguir respirando a mi lado.

Me siento fatal. También sigo dolida. Qué complicado es todo cuando nadie tiene la culpa suficiente para ser culpable del todo.

—No sabía que te dolía así —digo.

Paula sonríe un poco. Sin humor.

—Ese era el objetivo.

—¿Que no lo supiera?

—Que no cambiaras.

—Paula…

—Y cambiaste igual.

No sé qué decir. Ella se aparta un poco, como si necesitara poner aire entre nosotras aunque ya haya un pasillo entero.

—No puedo hacer esto ahora.

—¿Hacer qué?

—Hablar contigo mientras estás enfadada porque no te conté cómo me dolías. No tenía que ser así.

—No estoy enfadada por eso.

Paula se gira, camina hacia su cuarto.

—No te vayas.

La frase sale antes de que pueda impedirlo. Paula se queda quieta. Yo también.

No quiero que se vaya de la entrada, ni de la cocina, ni del sofá, ni de mi vida. No quiero que se vaya a Claudia, ni a la biblioteca, ni a un lugar interno donde yo no pueda alcanzarla.

Paula cierra los ojos.

—Eso no es justo.

—Lo sé.

—No puedes pedirme que me quede solo porque tienes miedo de que me vaya.

—No solo por eso.

—¿Entonces por qué?

Ahí está otra vez. La pregunta. El sitio exacto donde siempre llego tarde. Porque te quiero. Podría decirlo. No sería mentira.

Pero tampoco sé si sería la verdad completa de la forma en que Paula la necesita.

Quiero a Paula. Eso lo sé desde hace años.

La quiero como mi amiga, como mi casa, como mi persona.

La quiero en mis domingos, en mis fiestas, en mis trabajos, en mis mensajes.

La quiero tanto que no sé dónde acaba una cosa y empieza otra.

Y ahora, además, la he besado. Y me ha gustado. Y la idea de perderla me asusta más que casi cualquier cosa. Pero Paula no necesita un puñado de verdades mezcladas. Necesita una certeza. Y yo todavía tengo las manos llenas de piezas sueltas.

Mi silencio vuelve a contestar. Paula asiente despacio.

—Tengo que ir a mi habitación.

—Vale.

Me aparto para dejarla pasar. Cuando pasa a mi lado, huele a lluvia y a champú. El mismo olor de tantas tardes, tantas clases, tantas vueltas a casa. Por un instante mi cuerpo recuerda antes que mi cabeza: la cocina, su boca, su mano agarrando mi camiseta.

Camina por el pasillo y entra en su habitación. La puerta se cierra despacio. No de golpe. Paula nunca da portazos. Incluso cuando tiene derecho a hacerlo.

Ese cuidado me duele más. Me quedo sola en el recibidor. No sé cuánto tiempo pasa hasta que el móvil vibra en mi mano.

SANDRA: Estoy subiendo. ¿La has visto?

No contesto. Oigo la llave en la puerta unos minutos después. Sandra entra con una bolsa de supermercado en una mano y la cara de alguien que ya sabe que llega tarde al incendio.

—Ale.

Yo sigo mirando la puerta de Paula. Sandra deja la bolsa en el suelo.

—¿La has visto?

Asiento.

—¿Y?

Me río apenas, pero no hay nada gracioso.

—Creo que acabo de llegar dos años tarde.

Sandra no dice nada. Por una vez, ni siquiera ella encuentra una frase. Se acerca despacio y se queda a mi lado, mirando también la puerta cerrada de Paula, como si las dos pudiéramos ver al otro lado todo lo que no supimos cuidar a tiempo.