Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 7 WHATSAPP INOPORTUNO #2
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CAPÍTULO 7 WHATSAPP INOPORTUNO #2

ALE: No estoy en modo incendio.

SANDRA: Estás en modo “he descubierto algo enorme y necesito hacer algo con las manos”.

Miro mis manos. Tiene razón. Maldita sea.

ALE: ¿Dónde está Paula?

SANDRA: No lo sé.

ALE: Sandra.

SANDRA: En la biblioteca, creo. O con Claudia. No me ha contestado el último mensaje.

Con Claudia. Claro. Claudia, que la escucha sin presión, que le habla de escritura y páginas en blanco. Claudia, que no llega dos años tarde a una frase.

Siento una punzada en el pecho. No sé si son celos, miedo o una especie de rabia infantil. Me levanto otra vez.

SANDRA: Ale.

SANDRA: Te conozco.

SANDRA: No aparezcas delante de ella con todo esto en la cara.

ALE: ¿Y qué hago?

SANDRA: Respirar.

ALE: Odio cuando la gente dice eso.

SANDRA: Lo sé. Por eso lo digo con convicción.

ALE: No puedo quedarme aquí.

SANDRA: Puedes.

ALE: No quiero.

SANDRA: Eso es otra cosa.

Me paso una mano por el pelo. Tengo calor. La habitación se ha quedado sin aire. Abro la ventana y entra un frío que me despeja apenas un poco.

En la calle, dos chicas pasan riéndose bajo un paraguas. Una apoya la cabeza en el hombro de la otra. Un gesto sencillo. Normal. De amigas. O no. Qué agotador resulta de pronto no saber leer nada.

Pienso en el domingo. Paula y yo bajo la manta. Mi cabeza en su hombro. Mi mano cerca de la suya. Yo diciéndole “no estudies todavía”. Ella quedándose.

¿Lo vivió así entonces? ¿Como algo que le dolía y le daba felicidad al mismo tiempo? ¿Cuántas veces le pedí cinco minutos sin saber que ella me estaba dando mucho más?

Me siento en el alféizar interior de la ventana, con el móvil apoyado en la rodilla. Paula me quiere. Y me duele que haya aprendido a quererme sin mí. Eso es. Eso exactamente.

Me duele que hubiera una Paula entera que yo no conocía.

Una Paula que miraba, callaba, sonreía, se tragaba cosas, decía que estaba bien y seguía a mi lado.

Me duele que Sandra haya vivido en esa habitación secreta y yo no.

Me duele haber sido importante sin enterarme.

Me duele haberla tocado con tanta ligereza cuando para ella quizá cada gesto tenía peso.

Y, al mismo tiempo, una parte de mí quiere verla. Ahora. Ya. Quiero verla y preguntarle si es verdad, aunque sé que lo es. Quiero decirle que no lo sabía. Que si lo hubiera sabido… no sé. No sé qué habría hecho.

Ese también es el problema. No puedo prometer una versión mejor de mí en el pasado cuando ni siquiera sé qué hacer en el presente.

El móvil vibra.

SANDRA: No tienes que resolverlo hoy.

Me río sin ganas.

ALE: Díselo a mi cabeza.

SANDRA: Tu cabeza no manda tanto como cree.

ALE: Mi cabeza no se ha enterado de nada hasta hace diez minutos.

SANDRA: Entonces quizá hoy puede escuchar antes de conducir.

Eso sí suena a Sandra. Una frase con metáfora dudosa y buena intención.

Voy a contestar cuando oigo la puerta del piso. Me quedo inmóvil. Llaves. El golpe suave de la puerta al cerrarse. Pasos en el pasillo.

No son los de Sandra. Sandra entra en casa como si el suelo mereciera ser informado de su llegada. Estos son más suaves. Más contenidos.

Es Paula.

Mi cuerpo reacciona antes que yo. Me pongo de pie. Miro la pantalla una última vez.

SANDRA: Ale, por favor.

No respondo. Salgo de mi habitación. Paula está en el recibidor, quitándose la chaqueta. Lleva el pelo un poco suelto, la mochila colgada de un hombro y esa cara triste que tiene últimamente. Cuando me ve, se queda quieta.

—Hola —dice.

Una palabra normal. Demasiado pequeña para lo que hay en mi mano quemando.

—Hola.

Me mira. Luego mira el móvil que llevo agarrado. Algo en mi cara debe de estar fatal, porque su expresión cambia.

—¿Qué pasa?

Abro la boca. No sé por dónde empezar. Por Santa Clara. Por Nico. Por el domingo. Por Sandra. Por el beso en la cocina.

Paula da un paso hacia mí.

—Ale.

Mi nombre sale con miedo. Y eso me termina de arrancar la poca calma que tenía.

—¿Dos años?

Paula se queda sin color. No pregunta de qué hablo. Solo se queda ahí, en el recibidor de nuestro piso, con la chaqueta a medio quitar y los ojos abiertos como platos.

—Sandra —susurra.

No es una pregunta. Yo aprieto el móvil.

—Se ha equivocado de chat.

Paula cierra los ojos, como si le hubieran golpeado tan fuerte que le doliera muy dentro.

Cuando los abre, ya no es la misma. O quizá sí. Quizá esta es la Paula que llevaba dos años existiendo debajo de la mía.

—Ale…

No sé si quiero abrazarla, pedirle explicaciones o salir corriendo.

—Dos años, Paula.

La frase se queda en el recibidor como si no cupiera en el piso.

Paula no se mueve. Sigue con la chaqueta a medio quitar, una manga fuera y la otra todavía en el brazo, la mochila colgándole del hombro y el pelo un poco pegado a la mejilla.

Tiene esa cara que pone cuando algo la pilla sin defensas, pero esta vez no hay broma posible, ni Sandra entrando con una frase absurda, ni cafetera, ni clase, ni excusa de cinco minutos.

Solo ella. Yo. Y dos años.

—No era para que lo supieras así —dice al fin.

Su voz sale baja. Muy baja. No intenta negarlo. Eso debería ayudarme a respirar, supongo. Pero no lo hace. Que no lo niegue lo vuelve más real. Más enorme.

—¿Era para que lo supiera de alguna forma?

Paula cierra los ojos un segundo.

—Ale…

—No. Contesta.

La frase me sale más dura de lo que quería. Paula lo nota. Yo también. Pero hay algo en mí que va demasiado rápido para alcanzarlo.

Ella termina de quitarse la chaqueta muy despacio, como si necesitara hacer algo normal con las manos. La cuelga en el perchero del recibidor. Se le cae al suelo. La recoge. La vuelve a colgar. Todo con una dignidad tan frágil que me enfada y enternece a la vez.

—No lo sé —dice.

Me río. Una risa seca, fea.

—Claro.

Paula me mira.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Usar mis respuestas contra mí.

—¿Tus respuestas? Paula, acabo de enterarme por un mensaje equivocado de Sandra de que llevas dos años enamorada de mí.

La palabra enamorada sale de mi boca y las dos nos quedamos quietas. No la había dicho hasta ahora.

Sandra la escribió. Yo la leí. Pero decirla en voz alta delante de Paula cambia la temperatura del piso. La vuelve casi insoportable.

Paula baja la mirada.

—Sí.

Una sola sílaba. Una puerta que se abre al vacío.

Me paso una mano por la nuca. La entrada del piso es demasiado pequeña para esto.

Todo parece ridículo de pronto: el felpudo barato, las llaves colgadas junto a la puerta, el paraguas roto de Sandra en un rincón, una bolsa de tela con el logo de San Griselmo.

Dos años y todo eso alrededor, como si el mundo no supiera elegir decorado.

—¿Desde cuándo exactamente?

Paula levanta la vista.

—¿Eso importa?

—A mí sí.

—No tengo una fecha, Ale.

—Pues una aproximación.

—No lo sé.

—¿Primero?

Su silencio contesta antes que ella.

Paula con cara de perdida. Luego las cenas. Las fiestas. Los trabajos. Las veces que dormimos en habitaciones del mismo ala y yo pasaba por la suya para contarle cualquier tontería. Las veces que la llamé “Pauli” delante de todo el mundo sin saber que quizá estaba diciendo algo que a ella le dolía.

—Primero —repito.

Paula se abraza a sí misma.

—No fue de golpe.

—Ah, bueno. Menos mal.

—No seas cruel.

La frase me frena. Sí, estoy siendo cruel de una forma torpe, defensiva, casi infantil. Pero también estoy intentando no caerme con todo esto encima.

—No intento ser cruel.

—Pues lo pareces.

—Estoy intentando entender por qué mi mejor amiga ha estado enamorada de mí durante dos años y yo era la única idiota que no lo sabía.

—No eras idiota.

—No, claro. Solo era la protagonista involuntaria de una historia que todo el mundo conocía menos yo.

Paula se estremece apenas.

—No todo el mundo lo sabía.

—Sandra sí.

—Sandra es mi amiga.

—Yo también.

Ahí sí la veo romperse un poco. No llora. Paula casi nunca llora cuando debería. Pero algo en su cara cede. Como si le hubiera puesto la mano encima justo donde le dolía.

—Tú eras más que mi amiga en esto —dice.

—¿Y eso qué significa?

—Que no podía contártelo como se cuenta cualquier cosa.

—¿Por qué no?

Paula me mira como si la pregunta le pareciera imposible.

—Porque estabas con Nico.

El nombre cae en mitad del recibidor. Nico. Otra vez.

—No estuve con Nico dos años.

—Pero estuviste con él.

—¿Y antes? ¿Y después?

—Antes no lo entendía. Después tenía miedo.

—¿De mí?

—De perderte.

La respuesta sale limpia. Y por un segundo me deja sin nada que decir. De perderte.

El enfado sigue ahí, pero se le mezcla otra cosa.

Una imagen de Paula en Santa Clara, escuchándome hablar de Nico con la cabeza inclinada, haciéndome preguntas, riéndose cuando yo exageraba, diciéndome que si estaba bien con él quizá no tenía que pensarlo tanto.

Paula siendo mi amiga mientras le dolía. Paula eligiendo quedarse.

—Yo creía que me lo contabas todo —digo.

Su cara cambia lo suficiente para saber que he vuelto a tocar algo importante.

—Te contaba todo lo que podía contarte sin perderte.

—Eso también es mentir.

Paula se queda inmóvil. Y en cuanto lo digo sé que he ido demasiado lejos.

—No —dice, muy despacio—. Eso es intentar seguir sentada a tu lado sin romperme.

La frase me cruza entera. Hay un silencio largo. El piso parece haberse quedado sin sonido. No se oye la nevera, ni la calle, ni la vecina de arriba arrastrando muebles. Nada. Solo Paula respirando con cuidado y yo intentando encontrar una forma de volver atrás una frase que ya he dicho.

—No quería decir que…

—Sí querías.

—No.

—Ale.

Me callo. Porque quizá sí quería decirlo. No de la forma más justa. No de la forma más madura. Pero una parte de mí se siente engañada, y esa parte está buscando culpables aunque la otra sepa que Paula no hizo nada malo. O que hizo lo que pudo. O que las dos cosas pueden ser verdad y aun así doler.

—¿Cuántas veces? —pregunto.

Paula frunce el ceño.

—¿Cuántas veces qué?

—Cuántas veces me dijiste que estabas bien sin estarlo.

Paula aparta la mirada.