Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 7 WHATSAPP INOPORTUNO
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CAPÍTULO 7 WHATSAPP INOPORTUNO

Ale

Sandra siempre dice que los grupos de WhatsApp son la prueba de que la humanidad no estaba preparada para la comunicación instantánea.

Lo dice, sobre todo, cuando manda un audio de cuatro minutos para explicar una cosa que podría haber resumido en una frase.

O cuando se equivoca de chat. O cuando responde “jajaja” a un mensaje serio y luego tiene que mandar cinco más para justificar que no se estaba riendo de la desgracia ajena, sino de nervios.

Sandra vive al borde del accidente digital. Aun así, nunca pensé que una de sus catástrofes fuera a pasarme por encima a mí.

Estoy en mi habitación, sentada en la cama con el portátil abierto y el mismo párrafo de un reportaje mirándome desde hace media hora con decepción.

El título provisional es una porquería: “La vida cultural universitaria después de medianoche”.

Lo puse porque sonaba a trabajo serio y porque “gente de San Griselmo tomando malas decisiones en pisos mal ventilados” quizá no le parecería académico a Mendoza.

He escrito tres líneas. Las tres son malas. La culpa, por supuesto, no es mía. Es de Paula. O de mí. O de las dos. O de esa cocina que ahora parece tener memoria propia.

Desde el beso han pasado seis días. Seis días no son nada y, al mismo tiempo, son una unidad de tortura bastante eficaz si compartes piso con la persona a la que besaste y que ahora evita tocarte incluso cuando te pasa la sal.

Paula no está enfadada. Eso sería más sencillo.

Paula está educada. Educada con una precisión insoportable.

Dice “buenos días”. Dice “gracias”. Dice “ahora lo recojo”.

Dice “no te preocupes”. Se sienta con nosotras en la cocina, se ríe de Sandra, comenta las clases, estudia, lava sus tazas y contesta en el grupo del piso con emojis normales.

Pero hay una distancia nueva en todo lo que hace.

Justo la suficiente para que yo la note todo el rato.

Antes se sentaba a mi lado sin mirar el espacio. Ahora escoge la otra silla. Antes me pasaba el móvil para enseñarme cualquier tontería. Ahora gira la pantalla desde lejos.

Antes, si entraba en mi habitación para preguntarme algo, se quedaba apoyada en la puerta, hablando de cualquier cosa durante diez minutos. Ahora llama, pregunta y se va.

Antes yo podía tocarle el hombro, la muñeca, el pelo, la manga, sin que el aire se volviera extraño. Ahora no sé qué hacer con las manos cuando está cerca.

El móvil vibra sobre la cama. Lo miro esperando cualquier cosa: Sandra contándome la última con Adrián, Nico mandando un meme, el grupo de clase preguntando por apuntes…

Es Sandra. Abro el mensaje.

SANDRA: Paula, te lo digo con amor y con la autoridad moral de quien lleva una semana viendo este piso convertirse en una obra de teatro sueca: no puedes seguir fingiendo que estás bien.

Frunzo el ceño. Paula. Ha escrito Paula.

Tardo dos segundos en entender que ese mensaje no era para mí. Tardo otros dos en no cerrarlo. Y en esos cuatro segundos llega el siguiente.

SANDRA: Una cosa es que quieras protegerte y otra que te castigues por sentir. Llevas dos años enamorada de Ale. Dos años, Paula. No dos días. No desde la cocina. Dos años.

El mundo se queda quieto. La leo otra vez.

Llevas dos años enamorada de Ale. Dos años. No desde la cocina, desde el beso del otro día. Dos años.

El móvil vibra de nuevo.

SANDRA: MIERDA.

SANDRA: ALE NO LEAS.

SANDRA: O sea.

SANDRA: Ya lo has leído.

SANDRA: No hagas nada.

SANDRA: En serio.

SANDRA: ALEJANDRA RIVAS, SUELTA EL MÓVIL.

No suelto el móvil. No puedo.

La habitación se vuelve demasiado pequeña. Mi cama, la silla llena de ropa, los post-its de la pared, la cámara antigua que nunca uso, el portátil abierto con su título mediocre. Todo sigue ahí, pero yo no estoy del todo en el mismo sitio.

Dos años. Paula lleva dos años enamorada de mí. No desde mi boca. Desde antes. Desde Santa Clara, desde las habitaciones del mismo ala, las cenas de la residencia, saliendo de fiesta, yendo juntas a clase, quedándonos dormidas en su cuarto viendo una peli en su portátil.

El cuerpo me hace una cosa rarísima. Primero calor. Luego frío. Después una especie de alegría que me asusta por lo rápida que aparece.

Paula me quiere. No me quiso una noche. No me quiso porque bebimos cerveza, porque volvíamos tarde, porque casi se resbaló en la cocina y yo la agarré por la cintura. No fue solo una chispa compartida en un piso medio a oscuras.

Paula me quiere. Y esa idea, antes de que me dé tiempo a defenderme, me emociona. Como cuando alguien abre una ventana de golpe y entra demasiado aire.

Como si de pronto todas las cosas pequeñas tuvieran otro color: las veces que me pasó agua antes de que la pidiera, las veces que se sentó conmigo en la biblioteca aunque ya había terminado, las veces que me escuchó hablar de Nico con esa sonrisa tranquila que yo creía normal.

Nico. El nombre aparece y la emoción se tuerce. Nico esperándome abajo en Santa Clara con una sudadera. Paula arriba, quizá mirando por una ventana. Yo contándole que había vuelto con él una noche.

Paula diciendo “me alegro”. Paula mintiendo. No. No mintiendo. O sí. No sé.

El móvil me pesa en la mano. Vuelvo a leer el mensaje.

Llevas dos años enamorada de Ale.

Siento algo más, algo menos limpio. Una punzada de enfado. Un poco contra Sandra, porque acaba de lanzarme una granada emocional entre los apuntes.

Paula lo sabía. Sandra lo sabía. ¿Quién más? ¿Claudia lo sabe? ¿Nico lo sospechó? ¿Laura?

Me levanto de la cama demasiado rápido. El portátil se tambalea sobre el edredón y consigo sujetarlo antes de que caiga. Lo dejo sobre la mesa con torpeza y empiezo a caminar por la habitación porque estar quieta se vuelve imposible.

Dos años. Dos años y yo sin saber nada. Yo, que se supone que la conozco mejor que nadie.

Yo, que sé cómo se toma el café cuando está nerviosa aunque diga que no quiere café.

Y que subraya demasiado cuando intenta no pensar.

Y que si se toca el lóbulo de la oreja está a punto de mentir con educación.

Y que dice “estoy bien” con tres tonos distintos y que ninguno significa exactamente estar bien.

¿Cómo no lo vi? Y peor. ¿Cómo no me lo dijo?

La pregunta sale injusta, lo sé. Sale como salen las cosas cuando duelen antes de ser razonables.

Paula no tenía obligación de decirme nada.

¿Qué iba a hacer? ¿Sentarme en la cocina mientras yo llevaba la chaqueta de Nico y decirme “por cierto, llevo meses enamorada de ti”?

¿Confesármelo cuando yo volvía de una cita?

¿Cuando le pedía consejo sobre si Nico y yo habíamos cortado de verdad o solo estábamos en una fase absurda?

No. Claro que no. Pero una parte de mí, la parte más primaria, la que todavía no ha tenido tiempo de redactar una versión madura de esto, se siente fuera.

Fuera de Paula. Fuera de Sandra. Fuera de mi propia historia. Mi móvil vibra otra vez.

SANDRA: Ale, contesta algo aunque sea un insulto. Me lo merezco.

No contesto. Abro el chat de Paula. La última conversación es de ayer.

PAULA: He comprado leche.

ALE: Sin lactosa?

PAULA: Sí.

ALE: Gracias. Eres la única adulta funcional de esta casa.

PAULA: Lo sé.

Eso fue todo. Leche. Una conversación sobre leche mientras Paula llevaba dos años queriéndome.

Cierro el chat como si quemara. Vuelvo al de Sandra.

ALE: ¿Dos años?

Aparece “escribiendo…” inmediatamente. Desaparece. Vuelve. Desaparece.

SANDRA: Da igual, Ale, déjalo. Espera a que vuelva y lo hablamos.

ALE: ¿Desde cuándo lo sabes?

SANDRA: Ale.

ALE: ¿Desde cuándo, Sandra?

Tarda.

SANDRA: Desde segundo.

El estómago se me cae.

ALE: Segundo.

SANDRA: No como fecha exacta. No es que hiciera una rueda de prensa. Pero sí. Desde hace mucho.

ALE: Y no me dijiste nada.

SANDRA: No era mío para contarlo.

ALE: Pero sí era mío para no enterarme.

SANDRA: No, Ale. No lo conviertas en eso.

ALE: ¿En qué?

SANDRA: En una traición hacia ti.

Suelto una risa seca en mitad de la habitación vacía. Qué fácil lo dice.

ALE: ¿Y qué es?

SANDRA: Una cosa que Paula sintió y guardó porque no sabía qué hacer con ella.

ALE: Yo era su mejor amiga.

SANDRA: Precisamente.

ALE: Me contaba todo.

SANDRA: No. Te contaba todo lo que podía contarte sin romperse.

La frase me frena. La leo. Luego otra vez. No quiero que sea buena. No quiero que Sandra tenga razón. Me siento en la silla. Me levanto. Me vuelvo a sentar. El móvil sigue en mi mano.

ALE: ¿Nico?

SANDRA: ¿Qué pasa con Nico?

ALE: Cuando yo estaba con Nico.

SANDRA tarda más.

SANDRA: Le dolía.

Cierro los ojos. Le dolía.

Paula, sentada en mi cama en segundo, escuchándome decir que Nico era fácil.

Paula en la cafetería, removiendo un café que no iba a beber mientras yo le contaba que habíamos discutido.

Paula sonriendo cuando Nico me abrazaba por detrás en una fiesta.

Paula diciendo “qué mono” cuando él me mandó flores por mi cumpleaños.

Le dolía. Y yo no lo vi. O lo vi y le puse otro nombre.

Paula está cansada. Paula está rara. Quizá Nico le cae mal. Paula se preocupa por mí. Paula es Paula.

El enfado vuelve, pero ahora viene mezclado con culpa. Una mezcla asquerosa. De esas que no sabes a quién lanzar sin mancharte.

ALE: ¿Por qué no me lo dijo?

SANDRA: Porque salías con chicos. Porque eras su amiga. Porque tenía miedo. Porque a veces querer a alguien en silencio parece menos peligroso que perderlo en voz alta.

Me quedo mirando la pantalla. Odio a Sandra cuando escribe bien.

ALE: ¿Y tú qué hacías? ¿Mirar?

SANDRA: Sí.

SANDRA: Y abrazarla cuando podía.

Eso se me clava como un puñal en el estómago. Sandra abrazándola. Sandra sabiendo. Sandra estando donde yo no estaba.

La parte fea de mí piensa que me han dejado fuera. La parte menos fea sabe que quizá yo estaba demasiado ocupada siendo el centro involuntario del dolor como para poder consolar a nadie.

No sé cuál de las dos partes me cae peor.

SANDRA: Ale, por favor. No vayas ahora a por ella en modo incendio.