CAPÍTULO 6 LA DISTANCIA #2
Sandra y Ale.
Me quito la chaqueta, dejo la mochila en mi habitación y camino hacia ellas.
Sandra está sentada en la mesa con un cuaderno abierto y cara de estar trabajando en algo que probablemente no es académico. Ale está frente a la encimera, cortando tomate. La escena es tan normal que me da ganas de salir y volver a entrar cuando esté preparada.
—Hola —digo.
Ale se gira enseguida.
Demasiado enseguida.
—Hola.
Tiene una camiseta blanca, el pelo recogido y una expresión que intenta ser normal con todas sus fuerzas. Ese esfuerzo me toca. También me agota.
—Estamos haciendo cena —dice Sandra—. Bueno, Ale está cortando tomate con una intensidad preocupante y yo estoy supervisando.
—Estoy cortando normal —protesta Ale.
Me quedo quieta en la puerta.
Ale baja la mirada al cuchillo. Sandra me mira a mí. Luego mira a Ale. Luego al tomate. La pobre debe de estar viviendo su mejor y peor semana como espectadora.
—¿Quieres? —pregunta Ale—. Ensalada y tortilla.
—No tengo mucha hambre.
—Tienes que comer algo.
—No tienes que cuidarme.
El silencio que sigue es pequeño, pero afilado. Ale se queda con el cuchillo en la mano.
—No lo he dicho por eso.
—Ya.
Sandra cierra el cuaderno con un golpe suave.
—Voy a comprar… algo.
La miro.
—¿Algo?
—Servilletas.
—Tenemos servilletas.
—Más servilletas. Nunca se sabe cuándo una casa va a necesitar absorber cosas.
Sale de la cocina con su bolso y una velocidad impropia de alguien que supuestamente solo va a por servilletas. La puerta del piso se cierra.
Ale deja el cuchillo sobre la tabla. Yo debería irme a mi habitación.
—Paula.
—Estoy cansada, Ale.
—Ya.
—No quiero otra conversación como la de antes.
—Yo tampoco.
Nos miramos desde extremos opuestos de la cocina. Entre nosotras están la mesa, el pan, la ensalada, dos vasos y todas las cosas que ayer parecían decorado y hoy parecen testigos.
—No quería hacerte daño —dice.
Cierro los ojos un segundo.
—Lo sé.
—Pero te lo he hecho.
—Un poco.
—O bastante.
No respondo.
Ale asiente, como si eso también fuera una respuesta.
—Soy muy mala en esto.
—¿En qué?
—En no intentar arreglarlo todo fatal.
La frase me pilla desprevenida. Me sale una risa mínima.
—Sí.
—Gracias por confirmarlo tan rápido.
—Perdón.
—No. Está bien. Tienes razón.
Se apoya contra la encimera y se cruza de brazos. Por primera vez en todo el día, no parece estar a punto de hacer algo. Solo está ahí.
—He pensado en lo que dijiste —dice.
Mi cuerpo se tensa.
—¿En qué parte?
—En que no puedes ser el sitio donde yo entiendo algo.
Trago saliva.
—Ah.
—No sé si lo entiendo del todo.
—Vale.
—Pero creo que quiero entenderlo.
Eso sí me mueve algo. Lo odio.
—Ale…
—No te estoy pidiendo nada.
—Parece que sí.
—No. De verdad. No te estoy pidiendo que estés normal, ni que no estés rara, ni que me expliques cosas que no quieras explicarme.
—¿Entonces?
Ale mira el pan sobre la mesa. Luego a mí.
—Solo quería decirte que no me he arrepentido. Y que no quiero volver a decirlo como si con eso bastara. Sé que no basta.
El pecho me duele de una forma nueva.
—No basta —digo.
—Ya.
—Pero… gracias.
Ale asiente. Durante un segundo no pasa nada. Y ese nada es casi bueno. Luego ella baja la mirada a mi boca.
La cocina entera parece inclinarse un milímetro hacia ella. Es absurdo. Estoy dolida. Estoy cansada. He pasado el día entero diciéndome que no puedo ser su experimento emocional, su noche rara, su lugar de descubrimiento. Y aun así, si Ale diera dos pasos, no sé si tendría fuerza para apartarme.
Doy un paso atrás. Ale lo nota. También da un paso atrás, aunque ya estaba lejos.
—Voy a estudiar —digo.
—Vale.
Cojo un vaso de agua de la mesa sin saber por qué. Lo dejo otra vez. Me siento ridícula.
—Cena algo luego —dice Ale.
La miro.
Ella levanta las manos enseguida.
—Perdón. No era orden. Era… frase.
—Frase recibida.
Me voy al pasillo antes de que sea tarde.
En mi habitación cierro la puerta y apoyo la espalda contra ella.
El piso está en silencio. Oigo a Ale moverse en la cocina, guardar platos, abrir un armario, cerrar otro.
Todo lo que hace suena conocido. Eso es lo peor.
No estamos rotas en un lugar extraño. Estamos rotas en casa.
Me siento en la cama y saco el móvil. Hay un mensaje de Claudia.
CLAUDIA: ¿Llegaste bien?
PAULA: Sí. Gracias por lo de antes.
CLAUDIA: No hice nada.
PAULA: A veces eso ayuda.
CLAUDIA: Cuando quieras café y página en blanco, ya sabes.
Sonrío un poco. Después abro el chat de Ale. No hay mensajes nuevos.
Me quedo mirando la conversación. El último mensaje sigue siendo el de esta mañana.
ALE: Paula.
Toco la pantalla con el pulgar, como si el teléfono pudiera devolverme la versión de nosotras que existía antes de anoche. La versión fácil. La versión en la que Ale podía dormir en mi hombro y yo podía fingir que no se me estaba rompiendo algo de felicidad.
Pero no quiero volver del todo a esa versión. Ese es el descubrimiento más terrible del día.
Quisiera que hubiera pasado de otra manera, que Ale supiera, que yo no tuviera tanto miedo.
Dejo el móvil boca abajo y abro los apuntes. Leo la primera frase tres veces. No entiendo nada.
En la cocina, oigo la puerta del piso abrirse. Sandra vuelve con las servilletas más innecesarias de la Historia. Dice algo. Ale responde. Sandra se ríe. La vida insiste.
Yo cojo un bolígrafo cualquiera y empiezo a escribir en el margen del cuaderno, sin pensarlo demasiado.
No puedo ser el sitio donde entiendas algo.
Me quedo mirando la frase. Luego, debajo, escribo otra.
Pero ojalá quisieras llegar igualmente.
Cierro el cuaderno de golpe. Demasiado tarde. Ya lo he escrito. Y hay cosas que, una vez escritas, dejan de poder fingirse.