CAPÍTULO 6 LA DISTANCIA
Paula
Llego al baño de la segunda planta con la dignidad justa para cerrar la puerta antes de deshacerme un poco.
Me encierro en el último cubículo, bajo la tapa del váter y me siento encima con la mochila contra el pecho, como si alguien pudiera quitármela.
Como si la mochila fuera lo único que todavía sabe exactamente cuál es su función.
Llevar libros, apuntes, un cargador, dos bolígrafos y una botella de agua medio vacía.
Qué envidia. Ojalá mi vida emocional tuviera también un compartimento para cada cosa.
Apoyo la frente contra la mochila y cierro los ojos.
No lloro. Me gustaría poder decir que no lloro porque soy fuerte, pero la verdad es menos cinematográfica: no lloro porque estoy en el baño de San Griselmo, alguien se está lavando las manos fuera y otra chica acaba de entrar hablando por teléfono con su madre sobre una práctica de radio.
Hay contextos que no favorecen la tragedia.
Repaso la conversación como una imbécil, porque aparentemente mi cerebro considera que volver a pisar el mismo cristal puede ofrecernos matices nuevos.
No fue una tontería. No me he arrepentido. Besarte a ti.
Esas frases suyas deberían haberme salvado.
De hecho, durante unos segundos lo hicieron.
Cuando Ale dijo que no se había arrepentido, algo dentro de mí se levantó como una casa que acaba de ver la luz encendida al fondo del camino.
Qué vergüenza. Qué facilidad tengo para reconstruirme con cuatro palabras suyas.
Ale podría darme un vaso de agua y yo encontraría ahí una promesa de futuro.
Pero luego dijo que no sabía qué fue. Y también dijo noche rara. Y también dijo mejor amiga.
Y sin crueldad. Ese es el problema. Si Ale hubiera sido cruel, yo podría enfadarme. Podría salir de este baño con una épica limpia, llamar a Sandra, decir “se acabó”, comer patatas con rabia y escuchar canciones de mujeres despechadas que tienen mucha más autoestima que yo.
Pero Ale no fue cruel. Fue Ale. Torpe, sincera, asustada a su manera. Diciendo la verdad como le salía, sin entender que algunas verdades, cuando llegan sin las otras, cortan.
Yo no puedo ser el sitio donde tú entiendes algo.
La frase vuelve a mí y me dan ganas de abrazarme a mí misma. No porque haya sido brillante. No porque quiera convertirme en una persona que dice frases dignas de subrayado en pasillos universitarios. Sino porque, por una vez, he conseguido protegerme antes de pedir perdón por necesitar protección.
Eso es nuevo.
Fuera, la chica del teléfono dice:
—Mamá, te juro que el profesor no ha explicado nada.
Me río sin querer. Una risa pequeña, absurda, que se me queda atravesada en la garganta.
Salgo del cubículo cuando el baño se queda vacío.
Me miro en el espejo. Tengo los ojos brillantes, la nariz un poco roja y el pelo demasiado ordenado para la tormenta que llevo dentro.
Me lavo las manos aunque no hace falta. Luego me mojo las muñecas, porque una vez leí que eso ayuda a regular el sistema nervioso.
No sé si es verdad, pero me permite estar ocupada con algo que no sea recordar la boca de Ale.
Mi móvil vibra en la mochila.
ALE: Paula.
Solo eso. Mi nombre. Qué injusto que incluso escrito me haga algo.
Espero otro mensaje. No llega. Quizá está escribiendo y borrando, como hice yo anoche mentalmente con todas las versiones de mi vida. Quizá no sabe qué decir. Quizá está de pie junto a la máquina de café, pensando que esto se ha complicado demasiado.
Guardo el móvil sin responder.
Porque si respondo, quizá ya no sea capaz de parar. Me da miedo volver a cocina, al pasillo, a su manera de mirarme cuando no entiende algo, a la posibilidad absurda de que me diga otra frase bonita y yo la confunda otra vez con un lugar seguro.
Salgo del baño y bajo a la cafetería de la facultad.
La cafetería de la facultad tiene siempre el mismo olor: café quemado, bocadillos calientes y ansiedad académica.
A esta hora está llena de alumnos hablando demasiado alto, portátiles abiertos y bandejas con croquetas que probablemente no deberían existir antes de la una.
Encuentro una mesa pequeña junto a la ventana y me siento con el portátil, aunque sé que no voy a escribir nada útil.
Abro un documento. Lo cierro. Abro el campus virtual. Lo cierro. Abro una pestaña en blanco y me quedo mirando el cursor. El cursor parpadea. Yo también.
—¿Está libre?
Levanto la vista.
Claudia está delante de mí con una taza de café y una carpeta negra contra el pecho. Lleva el pelo recogido en una coleta baja y una camisa blanca.
—Sí —digo—. Claro.
Se sienta frente a mí. Deja la taza a un lado, la carpeta al otro, y me mira con una calma que me da un poco de envidia.
—¿No te inspira la cafetería?
—Ahora mismo me conformo con… respirar.
—San Griselmo debería dar créditos por respirar.
Se produce un silencio. Claudia bebe un sorbo de café.
—No tienes que contarme nada.
La miro.
—Gracias.
—Pero puedo hablar de otra cosa si necesitas ruido.
Eso me gusta.
—Háblame de tu corto —digo.
—Fue un corto de siete minutos sobre una chica que no sabe despedirse.
Me quedo quieta.
—Ah.
—Perdón. Tema mal elegido.
—No, no. Está bien. Me interesa.
—Era bastante sencillo. Una chica va a vaciar el piso que compartía con su mejor amiga después de años sin verla. Todo el corto ocurre en habitaciones vacías, pero ella recuerda escenas que no se ven. Solo sonidos. Risas. Una puerta. Una canción.
Me quedo mirándola.
Qué manía tiene el universo con organizarme metáforas cuando no se las he pedido.
—Suena bonito —digo.
—Era un poco triste.
—A veces lo bonito es eso.
Claudia me observa un segundo. No con cotilleo. Con atención.
—¿Puedo preguntarte algo sin que sea una invasión?
—Depende.
—¿Ale y tú…?
Mi cuerpo se pone rígido.
Claudia levanta una mano.
—Vale. Retiro la pregunta.
—No, perdón. Es que…
No sé cómo acabar la frase. Es que Ale y yo qué. Es que Ale y yo nos besamos. Es que Ale y yo somos mejores amigas. Es que Ale no sabe qué fue. Es que yo sí. Es que si lo digo en voz alta quizá tenga que admitir desde cuándo.
—Es complicado —digo.
La frase más pobre del idioma.
Claudia asiente como si fuera suficiente.
—Las cosas importantes suelen serlo.
—Ojalá no.
—Sí. Sería mucho más práctico enamorarse de gente disponible, clara y emocionalmente sincronizada.
La miro.
Ella bebe café con total tranquilidad.
—No he dicho que esté enamorada —digo.
—No.
—Porque no lo he dicho.
—Ya.
—Claudia.
—Solo estoy bebiendo café.
Me tapo la cara un segundo con las manos. Luego me río, pero esta vez de verdad. No mucho, no feliz, pero de verdad.
—Qué horror.
—Un poco.
—Soy muy obvia.
—Solo para quienes miran.
La misma frase que me dijo en El Faro. Esta vez me duele menos. O de otra manera.
—No sé qué hacer —admito.
—¿Con Ale?
No respondo. Claudia entiende que eso es una respuesta.
—Quizá hoy no tienes que hacer nada.
—No hacer nada se me da fatal.
—A casi todo el mundo. Por eso hacemos cosas absurdas.
—Como enamorarnos de nuestras mejores amigas.
La frase sale.
Se queda entre nosotras.
No puedo recogerla.
Claudia no abre mucho los ojos. No sonríe con triunfo. No dice “lo sabía”. Solo baja un poco la voz.
—Eso sí es complicado.
Me río, pero esta vez hay lágrimas cerca. Las contengo.
—Dos años —digo.
No sé por qué lo digo. Quizá porque con Claudia no hay historia compartida que pueda romperse.
Quizá porque no me mira como Sandra, que me quiere demasiado, ni como Ale, que es el centro del incendio.
Claudia es casi una desconocida amable en una cafetería horrible, y a veces una desconocida amable parece un lugar seguro precisamente porque no tiene puertas hacia tu casa.
—Dos años es mucho tiempo —dice.
—Sí.
—¿Ella lo sabe?
Niego con la cabeza.
—No. Y no quiero que lo sepa así.
—¿Así cómo?
—Como si fuera una carga. Como si de pronto tuviera que decidir algo porque yo llevo dos años sintiendo demasiado.
—Entiendo.
—No quiero darle pena.
—No pareces alguien a quien se quiera por pena.
La frase me sorprende.
—Gracias.
—Lo digo en serio.
Aparto la mirada hacia la ventana. En el patio, un grupo de alumnos fuma cerca de la entrada. Dos chicas comparten auriculares. Un chico corre con una carpeta bajo el brazo. La vida sigue con una falta de delicadeza admirable.
El móvil vibra otra vez, pero lo ignoro. Claudia mira el móvil, luego a mí.
—Puedes contestar.
—No quiero.
Después de un rato, Claudia se va a clase. Antes de levantarse, toca la mesa con los dedos.
—Paula.
—¿Sí?
—Suerte con tu inspiración. Sé que de esa cabeza saldrán cosas increíbles algún día.
—Gracias, Claudia.
A las dos, Sandra escribe al grupo.
SANDRA: ¿Comida en casa o supervivencia por campus?
ALE: Casa. Tengo hambre real.
SANDRA: Tú siempre tienes hambre real.
Miro el grupo un rato.
PAULA: Tengo que estudiar en biblioteca. Luego voy.
Mentira. No tengo que estudiar en biblioteca. Pero necesito que haya una puerta entre Ale y yo durante unas horas, aunque sea una puerta imaginaria con mesas, fluorescentes y gente susurrando demasiado alto.
Sandra me escribe por privado.
SANDRA: ¿Estás bien?
Me quedo mirando la pregunta.
PAULA: No mucho.
SANDRA: ¿Quieres que vaya?
PAULA: No. Luego hablamos.
SANDRA: Vale. Te quiero, boba. No te comas mucho la cabeza, eh.
PAULA: Yo también te quiero, gracias petarda…
Guardo el móvil.
La tarde se vuelve lenta. La biblioteca está llena, pero consigo una mesa junto a la pared.
Abro los apuntes y subrayo cosas que ya estaban subrayadas, lo cual probablemente es una señal de decadencia académica.
Cada vez que alguien entra por la puerta, levanto la vista.
No quiero que sea Ale. Quiero que sea Ale.
No quiero. Quiero. Mi cerebro parece una encuesta mal diseñada.
A las cinco y media, me rindo.
Vuelvo a casa andando despacio, sin música. En el portal me quedo unos segundos antes de subir.
Cuando entro en el piso, oigo voces en la cocina.