Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 5 LA MAÑANA DESPUÉS #3
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CAPÍTULO 5 LA MAÑANA DESPUÉS #3

Esta vez sí. Se para a mitad del pasillo, justo antes de las escaleras, y se gira con la mochila en un hombro y el jersey crema cayéndole un poco sobre una mano.

Tiene mi bolígrafo entre los dedos. No sé por qué me fijo en eso.

Supongo que porque hay cosas pequeñas que se vuelven importantes cuando una no sabe dónde mirar.

—Tengo clase —dice.

—Tienes una hora libre.

Su cara cambia apenas.

Mal.

—No me gusta que sepas mi horario cuando te conviene.

—Siempre sé tu horario.

—Ya.

Ese “ya” no es un “ya” normal. Es un portazo con buena educación.

La gente sale del aula detrás de nosotras.

Marcos pasa a mi lado diciendo algo sobre que el titular del ejercicio era “muy subjetivo, pero con vibes”.

La profesora Mendoza habla con dos alumnas junto a la puerta.

Alguien se ríe al fondo. Todo el mundo sigue con su vida como si Paula y yo no estuviéramos a punto de hacer algo peligrosísimo: hablar.

—¿Podemos ir a un sitio menos horrible? —pregunto.

Paula mira hacia las escaleras.

—Ale…

—Cinco minutos.

—No sé si quiero hablar ahora.

—Ya, pero yo sí.

En cuanto lo digo, me arrepiento. No porque sea mentira, sino porque suena a orden. Y ahora mismo Paula tiene una cara de estar cansada de mis órdenes.

—Perdón —añado rápido—. No quería decirlo así.

Paula suspira. Mira hacia el pasillo lateral donde están las máquinas de café, los bancos y un tablón lleno de carteles medio arrancados. Luego vuelve a mirarme.

—Cinco minutos.

—Vale.

Vamos hasta allí sin hablar. El pasillo lateral está casi vacío.

Hay una chica sentada en el suelo cargando el móvil y un cartel torcido de un taller de podcast narrativo que alguien ha pegado con demasiada poca fe.

Paula se queda de pie junto a la máquina de café.

Yo también. Después me doy cuenta de que parecemos dos personas esperando una mala noticia y señalo el banco.

—¿Nos sentamos?

—Prefiero estar de pie.

—Vale.

Me paso una mano por el pelo. Genial. Todo comodísimo.

—No quiero que estés rara conmigo —digo.

Paula cierra los ojos un segundo.

Y sé, al instante, que he empezado fatal.

—Qué fácil lo haces sonar.

—No quería decir…

—Como si yo hubiera decidido estar rara.

—No he dicho eso.

—Pero lo parece.

—Pues no lo parece bien.

Paula me mira, y durante un segundo casi parece que va a reírse. Casi. Pero no lo hace.

—Ale.

—¿Qué?

—No puedes corregir cómo me suena algo.

—Ya lo sé.

—No lo parece.

Vale. Eso me lo merezco.

Respiro hondo e intento ordenar las palabras.

Es extraño. Normalmente hablar se me da bien.

Puedo improvisar una exposición, negociar con un camarero borde, discutir con un profesor y convencer a Sandra de que no mande un audio de tres minutos a un chico que acaba de conocer.

Pero ahora tengo a Paula delante y todas las frases me parecen demasiado grandes o demasiado pequeñas.

—Ayer no fue una tontería —digo al fin.

Paula se queda quieta.

Muy quieta.

—¿No?

—No.

Su expresión cambia. Solo un poco. Pero la conozco demasiado para no verlo. Algo en ella se abre lo justo para hacerme sentir que quizá todavía no lo he estropeado todo.

—Entonces, ¿qué fue?

Ahí está.

La pregunta.

La miro. Veo sus ojos, el pelo todavía algo húmedo, la mano apretada sobre el bolígrafo. Veo la cocina de anoche. La gota de agua en el suelo. Su cuerpo cerca del mío. Su boca. La forma en que me besó después.

—No lo sé —digo.

Y la puerta se cierra.

Lo veo. Lo veo pasar por su cara.

—Claro.

—No, no “claro”. Paula, espera.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

—Ale, está bien.

—No está bien si lo dices como si estuvieras a punto de pedirme el libro de reclamaciones.

—No estoy enfadada.

—Peor.

Eso sí la descoloca.

—¿Peor?

—Sí. Si estuvieras enfadada, al menos sabría dónde estoy.

Paula se ríe un poco, pero le tiembla la boca antes de hacerlo. Lo veo y algo se me encoge por dentro.

—Yo tampoco sé dónde estoy —dice.

La frase cae entre las dos con demasiado peso para un pasillo universitario.

—No me he arrepentido —suelto.

Paula levanta la mirada.

—No digas eso así.

—¿Cómo?

—Como si fuera suficiente.

Me quedo callada.

Porque para mí era importante. Muchísimo. Desde esta mañana, desde la cocina, desde Sandra mirándome como si llevara un cartel enorme en la frente, esas cuatro palabras me parecían lo más claro que tenía. No me he arrepentido. No sé muchas cosas, pero sé esa.

Y ahora resulta que tampoco basta.

—Es verdad —digo, más bajo.

—No he dicho que no lo sea.

—Entonces no entiendo.

Paula se aparta un mechón de la cara. Está nerviosa. Está intentando parecer serena y no le sale del todo.

—Para ti puede ser verdad y no ser suficiente para mí.

No sé qué responder.

La chica del cargador recoge sus cosas y se va, dejándonos solas en el pasillo lateral. En algún aula cercana alguien arrastra una mesa. La máquina de café hace un ruido absurdo, como si quisiera participar.

—Paula, nunca me había pasado algo así.

Ella traga saliva.

—¿Besar a una chica?

La pregunta me pilla desprevenida.

—Besarte a ti.

No lo tenía pensado. Sale solo. Y por un segundo veo que la frase la toca. De verdad. Paula baja la mirada al bolígrafo, y sus dedos se aflojan un poco.

—Eso no lo arregla —dice.

—No estaba intentando arreglarlo.

—Siempre intentas arreglarlo todo.

—Porque no me gusta que las cosas estén mal.

—Yo no soy una cosa que esté mal.

—No he dicho eso.

—Ya lo sé. Pero a veces hablas como si esto fuera un problema de convivencia.

—No sé cómo hablar de esto.

—Yo tampoco.

—Pues estamos igual.

Paula niega con la cabeza.

—No.

—¿No?

—No estamos igual.

La frase me molesta antes de entenderla.

—¿Por qué?

—Porque tú estás intentando entender qué pasó ayer.

—¿Y tú no?

Paula me mira. Tiene los ojos brillantes, pero no llora. Paula tiene esa manera de romperse hacia dentro que me desespera porque no sé cómo entrar a ayudar.

—Yo estoy intentando sobrevivir a lo que pasó ayer.

El pasillo se queda sin aire.

—Paula…

—No lo digo para que suene dramático.

—Pues te ha salido bastante.

—Lo sé.

Esta vez sí sonríe un poco. Triste, pero sonrisa. Yo me agarro a eso como una idiota.

—Ayer te besé porque quise —digo.

Su sonrisa desaparece.

—Ale.

—¿Qué?

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Decir una frase bonita y dejarla sin suelo.

—No es una frase bonita. Es verdad.

—Pero luego dices que no sabes qué fue.

—Porque no lo sé.

—Exacto.

—¿Y qué quieres que te diga? ¿Que lo tengo todo claro? No lo tengo. No voy a mentirte.

Paula asiente despacio, como si eso confirmara algo que temía.

—Ya.

—Pero eso no significa que no importara.

—Para mí sí.

La miro sin entender.

Ella se abraza a sí misma, aunque no hace frío.

—Para mí, que no sepas qué fue sí importa.

—¿Por qué?

La pregunta sale demasiado rápida, demasiado limpia. Y en cuanto la digo, noto que he vuelto a pisar algo que no veía.

Paula aparta la mirada hacia el tablón de anuncios. Hay un cartel de una fiesta de bienvenida de hace meses, medio despegado. Lo mira como si pudiera salvarla.

—Porque no quiero ser una cosa rara que te pasó una noche.

—No eres eso.

—¿No?

—No.

—¿Entonces qué soy?

La respuesta fácil aparece sola.

Mi mejor amiga.

La tengo en la punta de la lengua.

Y no la digo.

No porque no sea verdad. Es verdad. Paula es mi mejor amiga. Mi persona. Mi casa en la universidad. La chica a la que busco en cada cafetería, en cada fiesta, en cada clase. Pero por primera vez esa frase parece quedarse corta y, al mismo tiempo, ser la única que sé usar.

El silencio dura demasiado.

Paula sonríe sin alegría.

—Eso pensaba.

—No. Espera.

—Está bien.

—Deja de decir que está bien cuando claramente no está bien.

—¿Qué quieres que haga, Ale?

—Quiero que me dejes llegar.

—¿Adónde?

No sé.

No sé y odio no saber.

—A entenderlo —digo.

Paula cierra los ojos un instante.

—Yo no puedo ser el sitio donde tú entiendes algo.

La frase me da de lleno.

—¿Qué significa eso?

—Significa que si tú no sabes qué quieres, yo no puedo poner mi cuerpo, mi cabeza y mi amistad en medio para que lo averigües.

—No estoy haciendo eso.

—No a propósito.

Esa parte me calla.

Porque es peor.

Porque Paula no me está acusando de ser cruel. Me está diciendo que puedo hacerle daño incluso queriéndola bien.

—Eres mi mejor amiga —digo, casi sin pensarlo—. No quiero perderte por una noche rara.

En cuanto lo digo, sé que la he fastidiado.

No por la primera parte.

Por la segunda.

Paula se queda inmóvil.

—Una noche rara.

—No quería decirlo así.

—Pero lo has dicho.

—Paula, joder, sabes cómo hablo. Digo cosas rápido.

—Sí. Y a veces por eso dices la verdad antes de maquillarla.

—No. La verdad es que no me he arrepentido. La verdad es que no quiero que esto se convierta en una cosa que nos rompa. La verdad es que no sé qué fue, pero sé que no fue nada.

—¿Y qué hago yo con eso?

La pregunta sale rota. Poco, pero rota.

Me quedo sin recursos.

Paula respira hondo, como si tuviera que obligarse a terminar.

—Precisamente porque soy tu mejor amiga, esto no puede volver a pasar.

El pecho se me aprieta.

—¿Por qué?

—Porque tú no sabes qué es.

—No.

La sinceridad me sale antes que la estrategia. Otra vez.

Paula asiente. Muy despacio.

—Y yo no puedo permitirme no saberlo.

La miro.

Hay algo ahí. Algo más grande que el beso. Algo que no estoy viendo entero. Algo que Paula sostiene desde un lugar anterior a ayer por la noche.

—¿Por qué? —pregunto, más bajo.

Ella aprieta el bolígrafo.

—No me preguntes eso.

—Paula.

—No.

No lo dice fuerte. Lo dice claro. Mucho peor.

Luego me tiende el bolígrafo.

—Toma.

Lo miro.

—Quédatelo.

—Es tuyo.

—Da igual.

—No da igual.

Lo deja sobre el banco, entre las dos. Como si fuera una frontera pequeña, ridícula, perfectamente colocada.

—Tengo que irme.

Esta vez no la detengo.

La veo bajar las escaleras sin mirar atrás. Con la mochila al hombro, el pelo sobre el jersey crema y esa forma de caminar demasiado recta que tiene cuando está intentando no venirse abajo.

He intentado acercarme.

De verdad.

He dicho cosas ciertas.

No me he arrepentido. No fue una tontería. No quiero perderla.

Y, de algún modo, he conseguido dejarla más lejos.

Me quedo en el pasillo lateral, frente a la máquina de café, con el bolígrafo abandonado sobre el banco y la sensación absurda de haber llegado tarde a una historia que Paula llevaba tiempo viviendo sola.

No sé qué fue lo de ayer.

Eso es verdad.

Pero mientras miro las escaleras por las que acaba de desaparecer, entiendo algo que me incomoda mucho más.

Que Paula sí lo sabe.

O al menos sabe lo suficiente para tener miedo.