CAPÍTULO 5 LA MAÑANA DESPUÉS #2
Me sirvo más café aunque no debería. Tengo la mano un poco temblorosa, lo cual me parece una falta de respeto hacia mi propia reputación.
Yo soy la que decide planes, la que llama al casero, la que protesta cuando nos cobran de más en un bar, la que organiza grupos de trabajo y finge que no tiene miedo aunque tenga muchísimo.
No soy la chica que se queda en una cocina mirando la puerta del baño porque su mejor amiga está al otro lado y no sabe qué decirle.
Pero aquí estamos.
Sandra entra otra vez, ya vestida con una camisa naranja y unos pendientes gigantes, y me encuentra de pie junto a la cafetera como si estuviera esperando instrucciones divinas.
—Ale. ¿Está todo bien?
La pregunta es tan sencilla que casi me desarma.
—No lo sé.
Sandra no hace ningún chiste. Eso me preocupa.
—¿Con Paula?
Miro hacia el pasillo.
—No lo sé.
—Eso es un sí.
—Sandra…
—Vale. No pregunto. Solo… no hagas lo típico.
—¿Qué es lo típico?
—Asustarte y fingir que no ha pasado nada.
Me quedo quieta.
—No sabes de qué hablas.
Sandra ladea la cabeza.
—Ale, cariño, no necesito saber el expediente completo para reconocer una cara de pánico. La llevas puesta con pendientes.
Me siento en una silla, porque de pronto estar de pie parece demasiada ambición.
—No sé qué soy —digo, más bajo.
Ella no responde enseguida.
—No tienes que resolver toda tu identidad antes de desayunar.
Casi me río, pero se me queda en una mueca.
—Ayer pasó algo con Paula. Muy raro, Sandra, en serio. Si te lo digo no te lo creerías… Besé a Paula.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí. Vale. Querías besarla.
—Es Paula.
—Sí.
—Mi mejor amiga.
—Sí.
—Una chica.
—También.
—Yo he estado con chicos.
—Eso no invalida que ayer quisieras besar a Paula.
Odio que Sandra sea tan razonable cuando no está hablando de sus propios ligues.
—¿Y si solo fue la noche? —pregunto—. ¿Y si la confundí? ¿Y si ella estaba borracha y ahora se arrepiente? ¿Y si piensa que yo… no sé… que jugué con ella?
Sandra me mira con una seriedad rara.
—Paula no es una persona que bese porque sí.
Siento algo en el pecho. No sé si alivio o más miedo.
—¿Eso qué significa?
—Significa que deberías hablar con ella. No conmigo.
Nos quedamos en silencio.
—¿Te gustó?
Podría decir muchas cosas. Que nunca había sentido un beso tan dulce ni una piel tan suave. Que nunca había besado a una chica y que besar a Paula fue como la cosa más natural del mundo. Podría decir que su olor se me ha quedado muy dentro. Pero me da demasiada vergüenza.
—Sí —digo.
Sandra no sonríe. Eso casi me asusta.
—¿Mucho?
Me quedo callada. Y ese silencio, por desgracia, contesta mejor que yo.
Sandra baja la voz.
—Ale…
—Es que no sé qué hacer con eso.
—No tienes que saberlo todo ya.
—Pero Paula está rara.
—Normal.
—No me gusta que esté así. No quiero que esté rara conmigo.
—Pues habla con ella.
—Qué manía con hablar.
—Es que besar y luego hacer tostadas como si nada tiene algunas limitaciones comunicativas.
La miro mal.
—He hecho las tostadas con cariño.
—No lo pongo en duda. Pero quizá Paula necesita algo más que pan.
Me quedo mirando la mesa. Recordando todo. Las dos callamos, yo doy vueltas a una cuchara que he cogido como si fuera un gran misterio por descifrar.
—Sandra.
—¿Sí?
—No me he arrepentido.
Lo digo rápido, casi bajito, como si Paula pudiera oírlo desde el baño.
Sandra se suaviza.
—Pues eso sí deberías decírselo.
La puerta del baño se abre en el pasillo. Las dos nos callamos de golpe.
Paula aparece con el pelo mojado, vaqueros y un jersey crema. Está bonita de una forma que me molesta porque no es el momento. Tiene la cara más tranquila, pero yo ya la conozco: esa tranquilidad es solo una fachada.
—¿Qué? —pregunta, mirando a las dos.
—Nada —dice Sandra, demasiado rápido—. Me voy a clase. A aprender cosas. A honrar el dinero de mis padres.
Coge su bolso, nos da un beso a cada una y se marcha con una energía sospechosamente prudente. La puerta del piso se cierra. Paula y yo nos quedamos solas otra vez.
Ahora sí. Ahora hay que decirlo. Paula recoge su taza del fregadero, la enjuaga, evita mirarme.
—Paula.
—¿Sí?
—Lo de anoche…
Su móvil empieza a sonar sobre la mesa. Las dos lo miramos. Profesor Mendoza. Paula cierra los ojos un segundo.
—Es la tutoría del trabajo. Me había olvidado.
—Contesta.
—No, puedo llamarle luego.
—Cógelo, Paula.
Lo hace. Su voz cambia de inmediato, se vuelve educada, clara, aplicada. “Sí, disculpe.” “Sí, lo envío antes de las doce.” “No, no, claro.” Mientras habla, recoge el portátil, mete la libreta en la mochila y busca un bolígrafo que tiene delante y no ve porque está nerviosa.
Se lo paso. Nuestros dedos se rozan otra vez. Esta vez ninguna aparta la mano de golpe. Pero tampoco hacemos nada. Paula termina la llamada con un “gracias, hasta ahora” y se queda mirando la pantalla.
—Tengo que pasar por la facultad antes de clase —dice.
—Voy contigo.
—No hace falta.
—También tengo que ir.
—Tu clase empieza más tarde.
—Puedo ir antes.
Me mira por fin. Hay cansancio en sus ojos, pero también una defensa nueva. Una que me he ganado yo por no saber hablar a tiempo.
—Ale, en serio. Necesito… ir tranquila.
Tranquila. La palabra me deja fuera con una educación impecable. Asiento.
—Claro.
Paula coge la mochila. En la puerta de la cocina se detiene, como si fuera a decir algo. Yo contengo la respiración.
—Luego nos vemos en clase —dice.
—Sí.
Se va. Y yo me quedo en la cocina, con el café frío, las tostadas intactas y la certeza de que hay silencios que hacen más ruido que una confesión.
A las once y veinte, estoy sentada en la última fila del aula de Redacción Periodística y Paula está dos filas más abajo, a la izquierda.
Normalmente se sienta conmigo. Normalmente yo le guardo sitio aunque llegue tarde, y ella me mira mal por llegar tarde, y después me pasa los apuntes igual.
Hoy ha entrado antes, se ha sentado con Álex y ha abierto el portátil sin mirar hacia atrás.
Álex le dice algo en voz baja. Paula sonríe. Una sonrisa pequeña, educada. No la de anoche. No la de cuando se olvida de defenderse.
Saco el móvil. Lo bloqueo. Lo vuelvo a desbloquear. Abro el chat de Paula.
Escribo:
¿Podemos hablar?
Lo borro. Escribo:
Siento si…
Lo borro.
Escribo:
Lo de anoche no fue…
Lo borro tan rápido que casi me enfado conmigo misma.
La profesora empieza la clase hablando de la importancia de la precisión en el lenguaje. Me parece una burla personal del universo.
Miro a Paula. Ella toma apuntes con la espalda recta, el pelo húmedo cayéndole sobre el jersey.
No puedo pasar toda la mañana fingiendo que no ha pasado nada.
Sandra tiene razón. Eso sería lo típico.
Y Paula no se merece lo típico. Paula se merece la verdad.
Aunque yo todavía no sepa muy bien cuál es.
Cojo aire y escribo:
Tenemos que hablar.
Lo envío antes de arrepentirme.
Veo cómo el móvil de Paula se ilumina sobre su mesa. Ella mira la pantalla. Se queda quieta. Muy quieta. Durante un segundo no responde. Luego escribe:
PAULA: ¿De qué?
Me duele que me lo pregunte. Miro la nuca de Paula, su jersey crema, el bolígrafo entre sus dedos.
Escribo.
ALE: Lo sabes.
Paula no se gira. Pero veo cómo deja de mover el bolígrafo. Durante un segundo pienso que va a contestar, pero nada.
ALE: No puedes dejarme en visto a dos filas. Es antideportivo.
Veo cómo Paula mueve la cabeza hacia abajo. En línea. Se marca el doble check azul. Lo ha leído. Nada.
PAULA: Estoy en clase Ale, ahora no puedo.
Es una frase normal. Correcta. Razonable. Estamos en clase. Hay gente alrededor. Lo de anoche no es exactamente un tema para comentar entre diapositivas sobre titulares informativos y una profesora con problemas tecnológicos.
Aun así, me sienta fatal.
ALE: ¿Luego?
Veo cómo lee.
Esta vez tarda mucho.
Demasiado.
PAULA: No lo sé.
Ah. Eso no me gusta.
Paula no me dice “no lo sé”. Paula me dice “vale”.
Paula me dice “luego”. Paula me dice “eres insoportable” y viene igual.
Paula protesta, negocia tres minutos y acaba sentándose en el sofá, saliendo de fiesta, acompañándome al supermercado o revisando un trabajo mío a las dos de la mañana.
Paula puede tener dudas sobre la vida, el futuro, la profesión y el amor romántico como construcción cultural, pero conmigo casi siempre termina viniendo.
Ese “no lo sé” me deja fuera. Y no sé qué hacer con estar fuera.
Vibra mi móvil:
NICO: ¿Estás viva después de ayer?
Lo miro sin abrir del todo. La profesora pregunta algo sobre el titular de un reportaje. Nadie responde. Paula levanta la mano.
Por supuesto.
—Creo que el titular no es incorrecto —dice—, pero dirige demasiado la lectura. No informa solo de un hecho; ya está interpretando la intención del protagonista.
—Exacto, Paula. Muy bien.
La clase se alarga cuarenta minutos más. Cuarenta minutos de titulares, subtítulos, ejemplos, correcciones y una actividad por parejas que la profe asigna por proximidad.
Paula trabaja con Álex. Yo acabo con Marcos, que no ha leído el texto y me pregunta si “lead” se escribe como el verbo inglés o como un tipo de batería.
—Como ninguna de esas cosas, Marcos.
—Vale. Tú sabes mucho.
—No tanto como quisiera.
—Profundo.
—No era profundo.
Cuando por fin termina la clase, Paula recoge sus cosas deprisa. Demasiado deprisa. Yo también. Cierro el portátil, meto el cuaderno en la mochila y casi me dejo el móvil sobre la mesa. Cuando salgo al pasillo, Paula ya está marchándose hacia las escaleras.
No corre. Paula nunca corre por los pasillos porque dice que correr en espacios académicos resta credibilidad. Pero camina con esa prisa suya de persona que intenta parecer tranquila mientras huye.
—Paula.
No se detiene.
—Paula, espera.