CAPÍTULO 5 LA MAÑANA DESPUÉS
Paula
Me despierto antes de que suene la alarma, lo cual ya es una traición del cuerpo, porque hoy lo decente habría sido dormir hasta que alguien viniera a comprobar si seguía viva.
Durante unos segundos no sé dónde estoy. Veo el techo de mi habitación, la grieta fina junto a la lámpara, la sudadera colgada en la silla, los apuntes de Comunicación Política abiertos sobre el escritorio. Todo parece normal. Mi cuarto. Mi cama. Mi vida.
Entonces lo recuerdo. La cocina. Ale. Su mano en mi cintura cuando casi me caigo. Sus ojos bajando a mi boca.
Dime que pare. Cierro los ojos con tanta fuerza que casi duele. No. Dije que no. Y Ale me besó.
No lo soñé. Ojalá lo hubiera soñado, porque los sueños tienen la cortesía de desaparecer cuando te lavas la cara. Esto no. Esto sigue aquí, en mi cuerpo, en mi boca, en el centro exacto del pecho.
Ale me besó, yo la besé después y durante unos segundos —minutos, siglos, no sé— todo lo que llevo dos años escondiendo dejó de ser secreto.
Me incorporo despacio. La cabeza me late un poco, pero no tengo una resaca terrible. Eso es lo peor. Recuerdo demasiado bien. Recuerdo la forma en que Ale me acercó a ella. Recuerdo su respiración. Recuerdo que después nos separamos como adolescentes pilladas haciendo algo prohibido.
Recuerdo también lo que pasó después: nada. Ese nada me está matando. La vida tiene un gusto pésimo para continuar.
Oigo pasos en el pasillo. Una puerta. El grifo del baño. La voz de Sandra murmurando algo que podría ser una oración o un insulto. Después, otro sonido: la cafetera.
Ale.
Porque Sandra jamás pondría la cafetera. Sandra considera que el café aparece por intervención divina o por culpa de otra persona.
Me quedo quieta. Si salgo, existe. Si no salgo, también.
Me levanto, recojo del suelo la ropa de anoche y la meto en el cesto como si estuviera ocultando pruebas.
Me pongo unos pantalones cómodos, una camiseta vieja de la facultad y una chaqueta de punto.
Me miro en el espejo pequeño del armario.
Tengo la cara de una persona que ha dormido poco y pensado demasiado.
Es decir, mi cara habitual, pero con más tragedia interna.
Cuando abro la puerta, el pasillo huele a café y a tostadas. Camino hacia la cocina intentando no hacer ruido, lo cual es ridículo porque vivo aquí, pago un tercio del alquiler y tengo derecho a existir en las zonas comunes. Aun así, avanzo como si la cocina fuera territorio enemigo.
Ale está de espaldas, junto a la encimera, con el pelo recogido en un moño desordenado y una sudadera gris enorme. Está preparando tostadas. Por supuesto. Porque su estrategia ante cualquier catástrofe es alimentar a la población civil.
—Buenos días —dice sin girarse.
Mi corazón se despeña por una escalera.
—Buenos días.
Suena normal. Demasiado normal. Mi voz, no. Mi voz suena como si hubiera sido doblada por alguien con miedo.
Ale se gira con un plato en la mano. Me mira un segundo. Solo uno. Luego mira el plato.
—He hecho café.
—Gracias.
—Y tostadas.
—Ya veo.
—Hay mermelada, pero creo que es de antes de Navidad.
La escena podría ser cualquier mañana de viernes, pero no es cualquier mañana. Porque anoche Ale me besó. Y ahora está hablando de mermelada.
—¿Has dormido? —pregunta.
La miro. Quiero oír otra pregunta dentro de esa pregunta. Quiero que signifique “¿has podido dormir después de lo nuestro?”. Quiero que signifique “yo tampoco”. Quiero que signifique algo.
—Poco —digo.
—Yo también.
Se produce un silencio breve. El tipo de silencio en el que cabría todo si alguna de las dos tuviera valor.
Entonces entra Sandra.
Lleva una camiseta enorme, un calcetín de cada color y el rímel de anoche en una fase estética que podríamos llamar “mapache existencial”. Se queda en la puerta de la cocina, nos mira a las dos y frunce el ceño.
—Qué ambiente.
Me atraganto con aire. Ale deja el plato sobre la mesa con demasiado cuidado.
—Buenos días a ti también.
Sandra avanza hasta la silla y se sienta como si el suelo hubiera intentado asesinarla.
—No, no. Aquí pasa algo.
—Tienes resaca —dice Ale.
—Tengo resaca y percepción extrasensorial. No son incompatibles.
—¿Café? —pregunto, porque necesito hacer algo con las manos.
Sandra me señala.
—Tú estás rara.
—Estoy cansada.
Señala a Ale.
—Tú también estás rara.
—Yo siempre estoy interesante.
—No. Hoy estáis las dos como si hubierais atropellado un secreto y lo hubierais metido en el maletero.
El café sale justo en ese momento con un ruido agresivo. Gracias, cafetera. Te debo una.
—Qué imagen tan específica —dice Ale.
—Soy creativa incluso al borde de la muerte —responde Sandra—. ¿Hay tostadas?
—Sí.
—Bien. No quiero saber nada antes de ingerir hidratos.
Se sirve café, coge una tostada y durante dos minutos parece que el peligro ha pasado.
Yo me siento en la silla más alejada de Ale, lo cual es absurdo y seguramente evidente.
Ale se queda apoyada en la encimera, bebiendo café de pie.
También absurdo. También evidente. Sandra mastica y nos mira alternativamente, como si estuviera viendo un partido lento pero prometedor.
—¿Qué tal tú? —pregunto para llenar el silencio.
Sandra cierra los ojos.
—No quiero hablar de Adrián.
Sandra nos habla de su noche. Por un momento todo es normal. Desayunamos. Apenas me entero de lo que dice Sandra, solo veo la cara de Ale sonreír.
Casi funciona. Hasta que Ale roza mi mano al pasarme el plato de tostadas. No es nada. Un roce mínimo, accidental. Pero lo siento entero. En la piel. En la memoria. En ese lugar donde anoche su mano me sujetó por la cintura.
Retiro la mano demasiado rápido. Ale también lo nota. Sandra también.
—Vale —dice Sandra, dejando la tostada en el plato—. Ahora sí que no quiero saberlo. Pero quiero que conste que no querer saberlo no significa que no lo sepa algún día.
—Sandra —digo, con una advertencia que suena más desesperada que firme.
—Me callo. Me callo. Estoy calladísima.
No lo está, evidentemente. Sandra nunca está calladísima. Pero al menos cambia de tema y empieza a buscar su sujetador negro por el piso, porque, según ella, “no sería la primera prenda sacrificada a una noche universitaria”. Cuando sale de la cocina, Ale y yo nos quedamos solas.
La ausencia de Sandra ocupa más que Sandra. Ale deja su taza en la encimera.
—Paula…
Mi cuerpo se prepara para el impacto.
—Sí.
Ella se pasa una mano por el moño, deshaciéndolo un poco más.
—Lo de anoche…
La puerta del baño se abre de golpe.
—¡Lo sabía! —grita Sandra desde el pasillo.
Yo casi tiro el café. Ale cierra los ojos.
—¿Qué sabías? —pregunta con voz peligrosa.
Sandra aparece con un sujetador negro en alto, triunfante.
—Que estaba detrás del cesto de la ropa. No sé por qué os ponéis así. Madre mía, qué culpables sois las dos en general.
—Sandra, por favor —digo.
—Ya voy, ya voy. Tengo clase, por cierto. Algunas contribuimos al prestigio académico de esta casa.
—Tú estudias Publicidad —dice Ale.
—Precisamente. Somos quienes convertimos vuestros dramas en campañas memorables.
Se va por el pasillo canturreando y yo me quedo mirando mi taza como si dentro hubiera una salida de emergencia. Cuando la puerta de su habitación se cierra, Ale no retoma la frase. No inmediatamente. Eso me hace más daño de lo razonable.
Quizá se ha arrepentido de empezar.
Quizá lo de anoche fue una rareza, un impulso, una mezcla de alcohol, celos por Claudia y confusión por Nico. Quizá ahora está intentando encontrar la manera más amable de decirme que no quiere que cambie nada. La frase aparece en mi cabeza con tanta claridad que casi puedo oírla con su voz.
No quiero que esto cambie nada entre nosotras. Y yo, que he dedicado dos años a no cambiar nada entre nosotras, descubro que esa posibilidad me parece insoportable.
—Tengo que ducharme —digo, levantándome.
Ale me mira.
—Paula.
—Si no, llegaré tarde.
—Aún tenemos cuarenta minutos.
—Yo necesito treinta y nueve para parecer persona.
La broma sale bien. Casi. Ale no sonríe del todo.
—Luego hablamos, ¿vale?
Ahí está. Luego. La palabra que no promete nada pero tampoco deja morir la esperanza. La odio. Me agarro a ella.
—Vale.
Me voy al baño sin mirar atrás. Cierro la puerta, apoyo las manos en el lavabo y me obligo a respirar. En el espejo tengo la misma cara de antes, pero ahora hay algo más. Una especie de brillo peligroso. La esperanza es eso: una cosa preciosa que, mal colocada, corta.
Ale
La he fastidiado.
No sé exactamente cómo, porque no hemos hablado lo suficiente para fastidiarla oficialmente, pero la he fastidiado. Lo sé por la forma en que Paula ha retirado la mano cuando le he pasado las tostadas. Por cómo ha dicho “vale”. Por cómo se ha ido al baño como si el pasillo estuviera ardiendo.
Anoche besé a Paula.
No accidentalmente. No de una forma que pueda explicarse con una versión cómoda de los hechos.
Sí, habíamos bebido. Sí, eran más de las tres de la mañana.
Sí, Paula casi se cae y yo la sujeté y todo ocurrió en una cocina con demasiada poca luz, que es el escenario favorito de las malas decisiones.
Pero recuerdo perfectamente haber mirado su boca.
Recuerdo haberle dicho que me dijera que parara. Recuerdo haber esperado.
Y recuerdo su no. Ese no me ha tenido despierta media noche. No fue un no de rechazo. Fue un no de puerta abierta. De abismo. De “si cruzas, cruzamos las dos”.
Y crucé. Después ella me besó a mí. Eso también lo recuerdo.
Lo he recordado tantas veces en las últimas horas que ya no sé si el recuerdo es exacto o si mi cabeza lo ha embellecido para sobrevivir.
Pero hubo un momento, un segundo quizá, en que Paula me agarró de la camiseta y me pareció que no quería parar.