CAPÍTULO 4 POR FIN JUEVES #3
Comemos en silencio durante un rato. Un silencio cómodo.
O casi. La cocina huele a pan, aceite y noche.
Ale está apoyada en la encimera, comiendo de pie porque, aunque haya sillas, ella siempre parece estar a punto de ir a alguna parte.
Tiene el pelo un poco despeinado, la chaqueta abierta y los labios brillantes de haberse mordido la risa toda la noche.
No la mires. La miro.
—¿Qué? —pregunta.
Aparto la vista demasiado tarde.
—Nada.
—Has puesto cara.
—No he puesto cara.
—Sí. Tu cara tiene subtítulos, ¿recuerdas?
—Estaba pensando en que Sandra no ha escrito.
Ale mira el móvil sobre la mesa.
—Es verdad.
Como si la hubiéramos invocado, llega un mensaje al grupo.
SANDRA: Sigo viva. Investigación en curso. No esperéis despiertas, madres.
ALE: Protocolos, Sandra.
SANDRA: Estoy con Adrián. Es más responsable que tú.
ALE: Imposible.
PAULA: Avísanos al llegar.
SANDRA: Sí, mamá literaria.
Dejo el móvil sobre la mesa. Ale se ríe.
—Mamá literaria.
—No tiene gracia.
—Tiene bastante.
—Soy responsable.
—Eres adorable cuando quieres controlar el caos.
La palabra adorable me cae encima sin permiso.
—No soy adorable.
—Sí lo eres.
—No.
—Pauli.
—No me llames así para ganar.
—Pero gano.
Me levanto para llevar los platos al fregadero porque necesito moverme, respirar, hacer algo que no sea quedarme sentada mientras Ale dice cosas que para ella no significan lo que significan para mí. El piso está demasiado callado. Ella demasiado contenta. Yo demasiado cansada.
Al pasar junto a ella, mi calcetín resbala un poco en un charco de agua del suelo. No llego a caerme, pero pierdo el equilibrio lo suficiente para que Ale me agarre de la cintura con las dos manos.
—Cuidado.
Me quedo quieta.
Sus manos están firmes en mi cintura. Mi espalda casi toca su pecho. Los platos siguen en mis manos, absurdos, peligrosamente normales. Durante un segundo no se oye nada más que la nevera y mi corazón haciendo un trabajo lamentable de discreción.
—Estoy bien —digo.
—Lo dices mucho para alguien que casi se mata con una gota.
—No exageres.
Dejo los platos en la encimera con cuidado. Me giro despacio para mirarla. Ahora estamos frente a frente, demasiado cerca para que la cocina siga siendo solo una cocina.
Ale me aparta un mechón de la cara y se me queda mirando.
—Tienes el pelo loco —dice.
—Tú también.
—El mío tiene personalidad.
Nos reímos. Su mano baja, pero no del todo.
Se queda un segundo cerca de mi mejilla, como si hubiera olvidado el camino de vuelta.
Sus ojos van de mi pelo a mi boca y vuelven a mis ojos con una rapidez que quizá podría fingir no haber visto si no llevara dos años aprendiendo cada gesto suyo como quien estudia para un examen imposible.
—Paula —dice.
Mi nombre en su boca suena distinto. O quizá soy yo, que estoy demasiado cansada para defenderme.
—¿Qué?
—¿Qué te pasa últimamente?
La pregunta me golpea en el centro exacto del pecho.
—No me pasa nada.
—Sí.
—Ale…
—Conmigo no tienes que hacer eso.
Casi me río. Casi lloro. No sé qué emoción llega primero.
—¿Hacer qué?
—Fingir.
Aparto la mirada porque eso es injusto. Es injusto que me pida precisamente lo único que llevo años haciendo para no perderla.
—A veces fingir es práctico.
Ale se levanta despacio. Se queda de pie frente a mí, apoyada en la mesa, demasiado cerca. Yo sigo sentada. Eso me obliga a mirarla desde abajo, y hay algo en esa postura que me hace sentir más vulnerable todavía.
—No quiero que seas práctica conmigo.
—Pues igual deberías.
—¿Por qué?
Porque te quiero.
Porque llevo dos años queriéndote.
Porque te he visto enamorarte de Nico, desenamorarte de Nico, volver a besarlo alguna noche y decirme después que no significaba nada mientras yo fingía que mi pecho no se estaba partiendo con una educación admirable.
Porque si no soy práctica contigo, me rompo.
No digo nada de eso.
—Porque sí —respondo.
Ale niega con la cabeza. Está seria, pero no enfadada. Nunca sé qué hacer con la Ale seria. La divertida me resulta más fácil. La líder natural, la de las bromas, la que entra con pan y salva cenas. Esta Ale que me mira como si quisiera encontrar una puerta dentro de mí es mucho más peligrosa.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que tengo.
—No me lo cuentas todo.
La frase cae suave, pero pesa.
—Nadie lo cuenta todo.
—Tú antes me contabas más.
Me levanto porque necesito moverme. Error. Al ponerme de pie sin botas, piso mal una de ellas y pierdo el equilibrio. Ale me agarra de la cintura antes de que choque contra la mesa. Una mano firme. La otra en mi brazo. Mi cuerpo contra el suyo durante un segundo demasiado largo.
—Cuidado —dice.
—Estoy bien.
No me suelta.
Tampoco me aparto.
La distancia entre las dos se reduce a algo ridículo.
A un error de cálculo. A una respiración.
Ale mira mi boca. No imagino que mira mi boca.
La mira. Y todo lo que he construido durante dos años —la prudencia, la amistad, los límites, las bromas para sobrevivir— empieza a temblar como una casa vieja bajo la lluvia.
—Ale —susurro.
No sé si es una advertencia o una súplica.
Ella traga saliva.
—Dime que pare.
El mundo se queda quieto.
Podría decirlo.
Debería decirlo.
Si lo digo, quizá mañana seguimos siendo lo que éramos. Paula y Ale. Mejores amigas. Compañeras de piso. Nada roto, nada dicho, nada imposible de guardar otra vez en el cajón.
Pero mi secreto está cansado.
Yo también.
—No —digo.
Ale me besa.
Al principio mi cuerpo no entiende nada. Lo había imaginado de tantas formas distintas que la realidad tarda un segundo en parecer real.
Sus labios rozan los míos, cálidos, torpes apenas, con sabor a cerveza y tomate y noche. Me separo apenas un centímetro, porque necesito comprobar que el mundo sigue en su sitio.
Ale abre los ojos.
—Perdón —dice, demasiado rápido—. No sé por qué he…
No la dejo terminar. La beso yo. Y entonces todo cambia.
Porque el primer beso podría haber sido un impulso.
Una chispa. Una mala coordinación entre la noche, el cansancio y esa forma suya de tocar el mundo antes de pensarlo.
Pero este no. Este es mío. Mi decisión. Mi desastre.
Mi manera de decirle, sin decirle nada, que si ha abierto una puerta yo llevo dos años al otro lado.
Ale deja de disculparse contra mi boca. La noto respirar, sorprenderse, rendirse a la inercia de lo que está pasando.
Sus manos vuelven a mi cintura, pero ahora ya no están salvándome de una caída.
Me acercan. Yo suelto un sonido pequeño que no reconozco como mío y me agarro a su camiseta porque, si no, tal vez el suelo vuelva a moverse.
El beso se vuelve más seguro. Más lento. Más peligroso.
Ale besa como vive: con todo el cuerpo antes que con la cabeza. Sin pedirle permiso al miedo. Sin hacer inventario de consecuencias. Me besa y ya está, como si eso fuera lo único que existe durante unos segundos.
Para mí, en cambio, existe todo.
Existe primero de carrera, la maleta azul, ella sentada sobre una caja comiendo patatas.
Existe Nico esperándola en Santa Clara. Existen las noches en que me dijo “Pauli, ven” y yo fui.
Existe el domingo en el sofá. Existe su mano sobre la mía bajo la manta.
Existe cada vez que he pensado que no podía quererla más y luego la he querido un poco más al día siguiente.
Existe una vida entera comprimida en una cocina.
Ale se separa un poco, pero no me suelta. Tiene los ojos muy abiertos, brillantes, confundidos de una forma casi dulce.
—Paula…
No sé qué va a decir. No sé si quiero saberlo. Todavía no. Aún no. La realidad puede esperar tres segundos más.
—No digas nada —susurro.
Ale traga saliva.
—Vale.
Y por primera vez en mucho tiempo, Ale obedece. Me besa otra vez.
Esta vez ya no hay tropiezo, ni gota de agua, ni excusa. Solo su boca buscando la mía y mi corazón haciendo algo que no sé si es romperse o abrirse.
Quizá las dos cosas se parecen demasiado.
El móvil vibra sobre la mesa. Nos separamos de golpe.
Durante un segundo nos quedamos mirándonos como si el sonido hubiera entrado en la cocina con una linterna. Ale parpadea. Yo también. El móvil vuelve a vibrar.
—Sandra —digo, sin voz.
Ale coge el teléfono con movimientos torpes y lee el grupo.
SANDRA: Ya estoy en casa de Adrián. Todo controlado. No me juzguéis hasta mañana.
ALE: Ok.
Escribe solo eso. Ok. La gran Alejandra Rivas, líder natural, defensora del caos, reina de las frases rápidas, reducida a dos letras por un beso en la cocina.
Casi me río. Casi lloro.
Ale deja el móvil sobre la mesa. El silencio vuelve, pero ya no es el mismo. Nada es el mismo. Ni la cocina, ni la luz pequeña, ni el pan sobre la tabla, ni la distancia entre nosotras.
—Yo… —empieza ella.
No quiero escuchar una explicación nacida del pánico. No quiero que arregle nada todavía. No quiero que convierta esto en algo pequeño porque no sabe qué hacer con algo grande.
Así que hago lo único que puedo hacer sin derrumbarme. Me aparto despacio.
—Me voy a dormir.
Ale se queda quieta.
—Paula.
Su voz no suena arrepentida. Eso casi lo empeora.
—Estoy cansada —digo.
Es una mentira pobre. Las dos lo sabemos. Pero también es una verdad parcial, y a veces las verdades parciales sirven para sobrevivir una noche más.
Ale asiente muy despacio.
—Vale.
Recojo mi vaso, lo dejo en el fregadero aunque ya no sé para qué, y camino hacia el pasillo. Noto su mirada en la espalda. Cada paso hasta mi habitación parece demasiado largo y demasiado corto al mismo tiempo.
Cuando llego a la puerta, me giro.
Ale sigue en la cocina, con una mano apoyada en la encimera y la otra en la nuca, como si acabara de darse cuenta de que ha entrado en una habitación sin saber qué buscaba allí.
Me mira. No sonríe. No bromea. No dice nada. Y yo entiendo, con una claridad que me asusta, que para Ale quizá esto acaba de empezar.
Para mí no. Para mí acaba de volverse imposible de esconder.