CAPÍTULO 4 POR FIN JUEVES #2
—Ale parece de esas personas que arrastran a todo el mundo —comenta al final.
—Sí. Es su superpoder y su defecto.
—¿Y tú?
—Yo soy más de ir detrás diciendo que quizá no es buena idea.
—Pero vas.
—Siempre voy.
Claudia me mira con una suavidad que me incomoda un poco porque parece entender más de lo que le estoy dando.
—Eso también dice mucho.
La puerta del balcón se abre antes de que pueda responder. Ale asoma la cabeza.
—Perdón por interrumpir esta escena de cine francés, pero Sandra está a punto de explicarle a Adrián su teoría sobre los hombres con estanterías falsas y necesito refuerzos.
—¿Refuerzos o público? —pregunto.
—Las dos cosas.
Claudia se ríe y entra primero. Yo me quedo un segundo más en el balcón, apurando el aire frío. Ale no entra. Se queda conmigo.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí, Ale.
—Vale.
Pero no se mueve. Me observa con esa forma suya de comprobar si digo la verdad sin hacerme sentir interrogada del todo.
—Claudia es maja —dice.
—Sí.
—Habla como si supiera cosas.
—Sabe cosas.
—Me cae bien.
—A mí también.
Ale asiente, tranquila. Después me señala el vaso.
—Estás bebiendo poco.
—Estoy siendo responsable.
—Qué agresivo por tu parte.
—Alguien tiene que honrar el expediente académico.
—El expediente académico no te va a abrazar cuando suspendas emocionalmente.
La miro.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé. Me ha salido y me ha parecido profundo.
Me echo a reír. Ale también. Y ahí está otra vez: la cuerda invisible tirando de mí hacia ella sin que ella parezca darse cuenta de que la sostiene.
—Ven —dice—. Sandra está en peligro de sí misma.
Volvemos al salón. Sandra, efectivamente, está explicando algo a Adrián con las manos.
Adrián la mira como si acabara de descubrir un continente.
Laura ha puesto música más alta. Alguien ha apagado algunas luces y el piso ha entrado en esa fase de la noche en la que todo parece más cercano de lo que es.
Bailamos.
No hay otra forma de decirlo.
Bailamos mucho.
Con Sandra, con Laura, con Claudia, con Nico, con gente de clase.
Bailamos mal, luego mejor, luego otra vez mal.
Ale me coge de las manos para hacerme girar y me suelta demasiado tarde o yo tardo demasiado en soltarme.
Nico intenta enseñar a Sandra un paso que claramente no domina.
Claudia se ríe con la cabeza inclinada hacia mí.
Laura grita que esta noche sí parece una película universitaria y Sandra responde que espera que no sea una tragedia porque no lleva máscara de pestañas waterproof.
Yo no dejo de mirar a Ale.
No todo el rato. No de una forma obvia. He entrenado años para esto.
Pero la miro cuando se ríe, cuando bebe, cuando se quita la chaqueta porque tiene calor, cuando se recoge el pelo con una goma que llevaba en la muñeca, cuando canta una canción sin saberse la letra y se la inventa con una seguridad insultante.
Y entonces, en algún momento cerca de las dos de la mañana, Ale se sube a una silla.
—No —digo inmediatamente.
—Sí —dice Sandra, que ha perdido cualquier instinto de conservación.
—Ale, bájate.
—Estoy perfectamente.
—Eso lo dice todo el mundo antes de caerse.
Ale me señala desde arriba con una sonrisa enorme.
—Paula Martín, estás invitada a dejar de sufrir por anticipado.
—Estoy invitada a llamar a emergencias.
—Qué exagerada.
Empieza a bailar en la silla. No de forma peligrosa, al menos no demasiado. Solo lo justo para que mi corazón se prepare para una tragedia ortopédica. Todo el mundo la anima. Nico se ríe. Sandra graba. Claudia me mira como si mi cara fuera más interesante que la escena.
—Está loca —digo.
—Está feliz —responde Claudia.
Y eso me deja callada.
Porque es verdad.
Ale está feliz. De una forma física, limpia, brillante. Como si la vida le cupiera entera en el cuerpo. No está pensando. No está calculando. No está midiendo las consecuencias. Está ahí, con los brazos en alto, riéndose de sí misma, dejando que la música haga lo que quiera con ella.
Esa es la Ale de la que me enamoré.
La que se subió a una mesa en Santa Clara durante la fiesta de Navidad de primero para protestar porque habían puesto villancicos “con cero respeto al baile contemporáneo”.
La que organizó una manifestación improvisada en la residencia cuando nos quitaron el microondas común.
La que entró en mi habitación una noche de segundo con helado, una manta y la frase: “No sé qué te pasa, pero vamos a arreglarlo sin hablar durante veinte minutos”.
La que no sabe quedarse a medias.
Ale baja de la silla al final, ayudada por Nico y por mí. Al apoyar los pies en el suelo, se tambalea un poco y se agarra a mi hombro.
—Estoy bien —dice.
—Estás eufórica.
—Eso es estar bien con más volumen.
—Has bebido.
—Tú también.
—Yo no me he subido a una silla.
—Porque te falta visión escénica.
Me río. Ella se queda agarrada a mí un segundo más, como si no hubiera prisa por recuperar el equilibrio. Su mano está caliente en mi hombro. Su cara, muy cerca. Tiene los ojos brillantes, las mejillas encendidas y una gota de sudor en la sien.
—Te lo estás pasando bien —dice.
—Sí.
—¿Ves?
—No te acostumbres a tener razón.
—Tarde.
Sandra aparece con el móvil en la mano.
—Tengo vídeo.
—Bórralo —dice Ale.
—Jamás.
—Sandra.
—Ese vídeo pagará mi jubilación emocional.
Adrián se acerca con dos vasos de agua, lo cual le hace ganar varios puntos ante el comité.
Sandra lo mira como si acabara de realizar un acto de servicio público.
Nico propone ir a por pizza. Laura dice que tiene patatas.
Claudia sugiere abrir una ventana antes de que muramos todos por combustión universitaria.
La noche empieza a deshacerse poco a poco.
No de golpe. Las noches buenas nunca terminan de golpe.
Primero alguien se sienta. Luego alguien bosteza.
Luego una canción ya no levanta a todo el mundo.
Luego el suelo está lleno de vasos y nadie sabe de quién es cada chaqueta.
De pronto son las tres y media y el futuro vuelve a existir con forma de clase, sueño y resaca.
—Nos vamos —decido.
Ale me mira.
—¿Nos vamos?
—Sí.
—Qué autoridad.
—Estoy aprendiendo de la mejor.
Sandra está en el pasillo, hablando con Adrián en voz baja. Cuando le digo que nos vamos, me agarra las manos con dramatismo.
—No puedo abandonar una investigación en curso.
—Sandra.
—Estoy bien.
—Eso no responde a nada.
—Adrián me acompaña luego. Vive cerca.
Adrián levanta una mano desde detrás de ella, como si estuviera declarando buenas intenciones ante una comisión.
—La acompaño y os aviso cuando llegue —dice.
Ale lo señala con aprobación.
—Muy bien, Sociología. Protocolos básicos.
—Gracias.
Sandra me abraza.
—No pongas esa cara de madre joven.
—No estoy poniendo cara de madre joven.
—Sí, pero en versión literaria.
—Avísame.
—Sí.
—Y no romantices solo porque te haya traído agua.
Sandra suspira.
—No prometo imposibles.
Salimos Ale y yo. Nico se despide con dos besos. Claudia también. Al darme los suyos, me dice al oído:
—Me alegro de que hayas venido.
—Yo también.
Lo digo en serio. Y quizá por eso no me duele tanto como esperaba. Claudia me cae bien. Me gusta que me mire como si tuviera algo que decir. Pero cuando bajo las escaleras con Ale delante, canturreando la última canción de la noche, sé perfectamente a quién seguiría incluso con los ojos cerrados.
En la calle hace más frío que antes. Ale se pone la chaqueta vaquera y se cruza de brazos.
—Tengo hambre.
—Has comido patatas.
—Eso no cuenta.
—No tenemos nada en casa.
—Tenemos pan. Y queso.
Caminamos despacio. La ciudad está casi vacía, con ese aire azul de las madrugadas que ya empiezan a cansarse de sí mismas. Ale va dando pequeños saltos de acera en acera, como si el suelo tuviera reglas secretas. Yo camino a su lado, con los brazos cruzados para no notar el frío.
—Te has subido a una silla —digo.
—Lo dices como si hubiera ocupado un país.
—Lo digo como alguien que casi ha visto su vida pasar ante sus ojos.
—Tu vida necesita más sillas.
—Mi vida necesita menos sustos.
Ale se ríe y se me acerca para empujarme con el hombro.
—Tu vida me necesita a mí.
La frase llega envuelta en broma, como llegan casi todas las cosas peligrosas de Ale. Me desarma igual.
—Qué modesta.
—No soy modesta. Soy precisa.
—Periodismo de precisión.
—Exacto.
No estoy tan borracha como para no saber lo que hago. Ese es el problema. Estoy lo bastante borracha para tener menos miedo, pero no lo bastante para poder fingir mañana que no recuerdo nada.
En el portal, Ale tarda tres intentos en meter la llave.
—Estás borracha —digo.
—Estoy ofendida.
—Eso no abre puertas.
—Tu falta de fe me hiere.
Le quito las llaves con suavidad. Ella no protesta. Abro a la primera y le devuelvo el llavero con una reverencia mínima.
—Periodismo de investigación aplicado.
—Presumida.
—Líder natural.
Entramos al piso. Todo está oscuro. Sin Sandra, el piso parece raro, como si faltara el ruido de fondo habitual. Ale enciende la luz pequeña de la cocina y deja las llaves sobre la mesa.
—Agua —digo.
—Jefa.
—Aprendo rápido.
Saco dos vasos. Ale abre la nevera y examina el interior con una seriedad enorme.
—Tenemos queso, medio tomate, un yogur sospechoso y algo que podría ser pimiento.
—Pan con queso.
—Gran menú.
—Alta cocina de supervivencia.
Ale pone pan en la tabla y busca un cuchillo. Yo me siento en una silla y me quito las botas. Esta vez no están matándome, pero mis pies agradecen la libertad con entusiasmo. Ale me mira de reojo.
Corta el pan con más energía de la necesaria. Luego pone queso encima, añade tomate con un chorro de aceite y sal, y deja un plato delante de mí.
—Cena.
—Gracias.
—No te acostumbres. No soy un servicio de habitaciones.