Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 4 POR FIN JUEVES
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CAPÍTULO 4 POR FIN JUEVES

Paula

Hay una regla no escrita en la universidad: si dices “esta noche salgo solo un rato”, estás perdida.

No importa cuánto lo repitas. No importa si lo dices con cara seria, con el pelo recogido y subrayadores en la mochila.

No importa si tienes clase al día siguiente, si has dormido cinco horas o si prometes por todos los santos académicos de San Griselmo que solo vas a tomar una cerveza y volver pronto.

Una cerveza nunca es una cerveza.

Un rato nunca es un rato.

Y Ale diciendo “tranquila, hoy suave” jamás ha significado nada bueno.

—Hoy suave —dice, precisamente, entrando en mi habitación sin llamar.

Yo estoy sentada en la cama con el portátil sobre las piernas, intentando corregir un texto para Redacción Periodística.

Digo “intentando” porque llevo veinte minutos leyendo la misma frase y pensando en el domingo.

En el sofá. En la manta. En Ale dormida sobre mi hombro.

En su mano cerca de la mía. En ese “no estudies todavía” que seguramente para ella fue una frase de resaca y para mí ha entrado ya en la categoría de recuerdos que una tendría que guardar bajo llave.

Levanto la vista.

Ale está apoyada en el marco de la puerta con una camiseta negra, vaqueros y el pelo suelto todavía un poco húmedo de la ducha. Tiene esa cara de “vengo a proponerte una irresponsabilidad y voy a presentarla como una decisión razonable”.

—No —digo.

—No he dicho nada.

—Has dicho “hoy suave”. Eso ya es suficiente.

—Vale. Entonces retiro lo de suave.

—Peor.

Entra como si mi habitación fuera una extensión natural del pasillo y se sienta en el borde de mi cama. Eso también es muy Ale: ocupar los sitios con confianza, sin pedir permiso, como si el mundo estuviera lleno de sillas reservadas para ella. O para nosotras. A veces no sé distinguirlo.

—Sandra dice que hay fiesta en casa de Laura otra vez —añade—. Bueno, no exactamente fiesta. Algo más pequeño.

—Eso tampoco significa nada.

—Significa que no habrá gente de cuarto hablando de cine político en la cocina.

—Promesa ambiciosa.

—Y que Adrián va.

—Ah, entonces entiendo que Sandra necesite apoyo logístico.

—Exacto. Somos equipo.

—Somos daños colaterales.

Ale se ríe y me roba un cojín para abrazarlo contra el pecho. No sé por qué ese gesto me parece tan doméstico que casi me duele.

—Además —dice—, Claudia ha preguntado si ibas.

Me quedo quieta.

—¿Claudia?

—Sí. Se ve que Laura ha hecho grupo para esta noche y ha preguntado por ti.

—Ah.

Ale me mira con una sonrisa rápida, nada rara, nada profunda.

—Te estás poniendo interesante, Pauli.

—No me estoy poniendo nada.

—La chica elegante de Audiovisual quiere hablar contigo de escribir de madrugada. Eso es muy literario.

—No quiere nada.

—Yo no he dicho que quiera nada.

Lo dice demasiado tranquila. Como si de verdad no hubiera nada que decir.

Como si para ella Claudia fuera solo Claudia, una chica maja que leyó mi crónica y me habla con una atención que no sé dónde poner.

Y quizá es eso. Quizá Ale no tiene por qué leer nada en ninguna parte porque la única que vive interpretando señales como si fueran documentos filtrados soy yo.

—No sé —digo—. Estoy cansada.

—Siempre estás cansada antes de salir y luego te lo pasas bien.

—Eres insoportable.

—Y necesaria.

Se levanta de mi cama, deja el cojín mal puesto y se dirige hacia la puerta.

—Tienes veinte minutos.

—¿Perdona?

—Veinticinco si no te pintas los ojos.

—No he dicho que vaya.

Ale se gira en el umbral, sonriendo.

—Pero tampoco has dicho que no.

Sale de mi habitación y me deja allí con el portátil cerrado, el corazón abierto y una sensación bastante clara de que mi vida está dirigida por una persona que no ha leído el manual de instrucciones de mis emociones.

Veintitrés minutos después estoy en el pasillo con una falda negra, botas planas —esta vez he aprendido algo— y una camiseta roja que me ha dejado Sandra.

Ale sale de su habitación abrochándose una chaqueta vaquera. Me mira de arriba abajo con naturalidad, sin pausa dramática, sin música, sin nada que justifique que yo deje de respirar medio segundo.

—Muy bien —dice.

—¿Muy bien qué?

—El conjunto.

—Gracias.

—Hoy no tendré que rescatarte de tus botas.

—Qué pena para ti.

—Tampoco descartemos nada. Siempre puedes tropezar por personalidad.

Sandra suelta una carcajada y abre la puerta.

—Vámonos antes de que Paula se arrepienta y Ale convierta esto en una charla motivacional.

—Mis charlas motivacionales han salvado carreras universitarias —protesta Ale.

—Tus charlas motivacionales han provocado tres resacas y una compra impulsiva de entradas para un festival.

Bajamos las escaleras haciendo ruido, como siempre.

En la calle hace frío, pero no llueve. Hay un viento suave que me despeja un poco la cabeza, aunque no lo suficiente.

Ale camina entre Sandra y yo, hablando de no sé qué discusión que ha tenido en clase con un profesor sobre los titulares clickbait.

Sandra le responde con una teoría sobre cómo todos los profesores de Comunicación deberían tener una cuenta de TikTok obligatoria para no hablar de internet como si fuera una enfermedad reciente.

Yo las escucho y sonrío.

Hay momentos en los que casi puedo fingir que soy una persona normal.

Una amiga que sale con sus amigas. Una chica de veintiún años con una falda negra, un examen aprobado y una noche por delante.

No una idiota enamorada midiendo la distancia exacta entre su mano y la de Ale cada vez que caminamos cerca.

Casa de Laura está más llena de lo que prometieron.

No mucho más, pero lo suficiente para confirmar que “algo pequeño” en lenguaje universitario significa “no hemos avisado a tanta gente como para que se caiga el suelo”.

Hay música en el salón, botellas en la cocina y un grupo sentado en el pasillo.

Sandra localiza a Adrián en menos de quince segundos.

—No voy a ir directa —dice.

—Claro —responde Ale—. Vas a hacer una ruta estratégica que casualmente termine a su lado.

—Exacto. Gracias por respetar mi proceso.

Sandra desaparece con una dignidad cuestionable y nosotras entramos al salón. Laura nos saluda desde el sofá con un vaso en alto. Claudia está sentada en el brazo de una butaca, hablando con dos chicas de Audiovisual. Al verme, sonríe.

—Paula.

Dice mi nombre como si le apeteciera verme. No de forma exagerada. No como en las películas. Pero sí lo bastante claro para que yo no pueda fingir que no lo noto.

—Hola —digo.

Ale me da un empujoncito suave en la espalda.

—Ve, escritora de madrugada.

—No digas eso.

—Lo digo con orgullo.

—Lo dices para molestar.

—También.

Claudia se baja de la butaca para hacerme sitio en el brazo.

—Me gustó mucho lo que dijiste el otro día de escribir con vergüenza —dice.

—Ah. Eso en realidad me lo dijo Ale.

Señalo hacia ella casi sin pensarlo. Ale, que está cogiendo una cerveza de la mesa, levanta la vista.

—¿Qué he hecho ahora?

—Dar consejos.

—Qué raro. Suelo dar órdenes.

Claudia se ríe.

—Pues era buen consejo.

Ale sonríe, satisfecha, y se va hacia la cocina con Laura para buscar vasos. No parece incómoda. No parece celosa. No parece nada más que Ale en una fiesta: cómoda, rápida, con la risa preparada y el cuerpo siempre en movimiento.

Yo debería sentir alivio.

Siento una cosa parecida, pero más triste.

Durante un rato hablo con Claudia. Es fácil.

Mucho más fácil de lo que esperaba. Me pregunta por la crónica, por si escribo algo fuera de clase, por qué tipo de periodismo me gusta.

Yo contesto con frases cortas al principio y luego un poco más largas, porque Claudia escucha de una manera tranquila que no exige rendimiento inmediato.

No invade. No empuja. No hace bromas para tapar el silencio.

Es agradable.

Y aun así, cada pocos minutos, mis ojos buscan a Ale.

Ale en la cocina discutiendo con Nico sobre fútbol aunque no le importa el fútbol.

Ale bailando con Laura dos canciones horribles.

Ale quitándole el vaso a Sandra cuando Sandra intenta explicar a Adrián que el emoji de fuego “tenía un matiz irónico”.

Ale riéndose con la cabeza hacia atrás. Ale viviendo la noche sin convertirla en una novela.

Ojalá yo supiera hacer eso.

Nico ha venido también. No me sorprende. Aparece con dos amigos, saluda a todo el mundo, me da dos besos y le dice a Ale que hoy no va a intentar besarla porque se está recuperando de su “rechazo facial” del otro día.

Ale se ríe y le da un golpe en el brazo.

—No fue rechazo facial.

—Ale, me esquivaste con técnica de portera.

—Tienes que anunciar mejor tus movimientos.

—Tomaré nota.

La conversación suena ligera. Cómoda. Inofensiva. Me repito eso varias veces mientras bebo un poco de cerveza y Claudia me pregunta si quiero salir al balcón a tomar aire. Digo que sí porque la casa está llena y porque a veces respirar es una buena alternativa a inventarme una catástrofe.

El balcón de Laura es diminuto, apenas caben dos personas y una planta seca que parece prima de la nuestra. Desde allí se ve la calle iluminada, los grupos entrando y saliendo de los bares, un taxi parado en doble fila y una pareja discutiendo con demasiada pasión para las once y media.

—Siempre me han gustado los balcones de fiesta —dice Claudia.

—¿Por qué?

—Porque la gente sale a fingir que quiere aire y acaba diciendo la verdad.

Me río.

—Eso es muy peligroso.

—Un poco.

—Yo he salido por el aire.

—Ya.

Lo dice sin burlarse. Eso me hace sonreír.

—¿Tan obvia soy?

—Solo un poco.

Miro hacia dentro, a través del cristal. Ale está en el salón, bailando con Sandra y Nico. Sandra mueve los brazos con una intensidad casi religiosa. Nico sigue el ritmo como puede. Ale se gira justo entonces, me ve en el balcón y levanta la cerveza a modo de saludo.

Yo levanto mi vaso.

Ale sonríe.

Y vuelve a bailar.

Claudia sigue mi mirada. No dice nada. Se lo agradezco y a la vez me da miedo que no lo necesite.