Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 3 DOMINGO DE SOFÁ #2
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CAPÍTULO 3 DOMINGO DE SOFÁ #2

—Entonces era una persona vapeando con pretensiones.

Me río. Ale también, pero no levanta la cabeza. Se queda ahí, con la mejilla apoyada en mi hombro, el pelo rozándome el cuello y una mano metida bajo la manta. Yo miro fijamente la pantalla como si el destino de esa librería de pueblo exigiera toda mi concentración.

La protagonista encuentra una carta antigua dentro de un libro.

Qué bien.

Ojalá yo también pudiera meter mis sentimientos dentro de una novela y dejarlos allí hasta que otra persona los heredara con una casa.

Ale se mueve un poco.

—¿Te molesto?

Sí. Muchísimo. De la forma más maravillosa posible.

—No.

—Estás tiesa.

—Estoy atenta.

Ale se ríe bajito y se acomoda más. Su peso contra mí aumenta apenas un poco.

No sé qué hacer con mi brazo. Lo tengo pegado al cuerpo, inútil, convertido en una extremidad decorativa.

Si lo muevo, podría rozarla demasiado. Si no lo muevo, se me va a dormir.

Es una metáfora bastante precisa de mi vida.

Sandra, que hasta ahora parecía absorbida por la trama, nos mira de reojo. Yo finjo no darme cuenta. Ella arquea una ceja, pero no dice nada. Gracias a Dios. Gracias a las santas de Santa Clara. Gracias a cualquier divinidad especializada en salones pequeños y amores no correspondidos.

—Pauli —murmura Ale.

Trago saliva.

—¿Qué?

—Pásame el cojín ese.

El universo se ríe de mí.

Le paso el cojín naranja que está a mi lado.

Ale lo coloca contra mi pierna, se recuesta un poco más y termina en una postura todavía más peligrosa: cabeza en mi hombro, manta sobre las dos, rodilla rozándome la rodilla.

Para cualquier persona normal, esto es una escena de domingo entre amigas.

Para mí es una prueba de resistencia emocional de alto rendimiento.

La película sigue. El chico de los antebrazos arregla una estantería.

La protagonista dice que no necesita que nadie la rescate.

Sandra comenta que, aun así, aceptar ayuda para una estantería no compromete la independencia femenina.

Ale dice que depende de la estantería. Yo intento responder, pero Ale bosteza y se tapa la boca con la manga de la sudadera, y se me olvida qué opinaba sobre el feminismo aplicado al mobiliario.

En algún momento, Sandra recibe un mensaje. Lo mira, se incorpora un poco y sonríe con una mezcla de horror y satisfacción.

—Adrián —dice. —Me ha mandado una canción.

Ale levanta la cabeza de golpe.

—Eso es grave.

—Muy grave —digo.

Sandra mira el móvil con solemnidad.

—Es buena.

—Peor todavía —dice Ale.

—¿Qué hago?

—No contestes rápido —digo.

Sandra me señala.

—Eso lo dices tú porque tu sistema de respuesta emocional está basado en el sufrimiento.

Me quedo helada medio segundo. Ale se ríe, ajena a la precisión quirúrgica del comentario, y vuelve a apoyar la cabeza en mi hombro.

—Contesta algo normal —dice—. Tipo: “me gusta”.

—Eso no es normal. Eso es vulnerable.

—Sandra, te ha mandado una canción, no una propuesta de matrimonio.

—A veces es lo mismo.

Se levanta del sofá, arrastrando la manta como una reina derrotada.

—Voy a mi habitación. Necesito consejo de mí misma frente al espejo.

—Eso nunca sale bien —dice Ale.

—Nada interesante sale bien.

Sandra desaparece por el pasillo con el móvil en la mano y la manta sobre los hombros. La película continúa. De pronto el salón parece más pequeño. Más silencioso. Más nuestro.

Ale no se mueve. Yo tampoco.

En la pantalla, la protagonista y el chico de los antebrazos discuten bajo la lluvia porque ella quiere vender la librería y él cree que eso destruiría el alma del pueblo.

Es una escena ridícula, pero los dos se miran con esa intensidad fácil de las personas que todavía no saben que están enamoradas en una película de bajo presupuesto.

Ale bosteza otra vez.

—Esta peli es malísima.

—Sí.

—Me encanta.

—A mí también.

—Sandra tiene un don.

Ale se estira un poco y su pelo me roza la barbilla. Huele a champú, a sofá y a domingo. A casa. Cierro los ojos un instante porque mirarla tan cerca sería imprudente. También porque hay momentos que, si una los mira demasiado, se rompen.

—Ayer te lo pasaste bien, ¿no? —pregunta.

Abro los ojos.

—Sí.

—Con Claudia también.

La frase no suena rara. No suena celosa. No suena a nada más que a Ale preguntando algo mientras ve una película mala medio dormida. Y aun así mi corazón, que tiene vocación de dramaturgo, se pone de pie.

—Sí. Es maja.

—Te admira.

Me río.

—No me admira.

—Te leyó.

—Eso no es admirar.

—Para ti sí. Si alguien lee algo tuyo y encima te lo dice, ya puede entrar en tu testamento emocional.

—Qué exagerada.

—Pero tengo razón.

La tengo tan cerca que podría contarle las pestañas. No lo hago porque todavía conservo algo de amor propio, aunque sea testimonial.

—Me dio vergüenza —admito.

—Ya.

Ale sonríe, satisfecha. Luego busca mi mano bajo la manta y me la aprieta un segundo, como quien felicita a alguien por haber confesado una verdad pequeña.

Su mano se queda cerca de la mía bajo la manta. No exactamente cogida. No exactamente separada. Un territorio intermedio que nadie podría denunciar y que a mí me deja sin respiración.

—Además, deberías enseñar más lo que escribes —añade.

—Ya lo dijiste ayer.

—Pues te lo repito hoy. Para que cale.

—Eres muy pesada.

—Soy constante.

—Eres pesada con branding.

—Gracias.

Me río bajito. Ale cierra los ojos un momento, todavía apoyada en mi hombro. En la pantalla, por supuesto, los protagonistas casi se besan en la librería, pero una vecina anciana entra justo a tiempo para interrumpirlos con una bandeja de galletas.

—Típico —murmura Ale.

—¿Qué?

—Que interrumpan cuando se van a besar.

—Es una norma del género —consigo decir.

—Pues me parece fatal.

—Si se besaran ya, se acabaría la tensión.

—A veces la tensión está sobrevalorada.

Casi me río. Casi me muero. Las dos cosas a la vez.

—Eso lo dices porque no tienes paciencia.

—La paciencia también está sobrevalorada.

Ale abre los ojos, se incorpora un poco para coger palomitas y luego vuelve a caer sobre mí, como si el sofá la hubiera colocado ahí por gravedad. Su mano roza la mía otra vez. Esta vez sí se queda encima. Solo un poco. Dedos sobre dedos. Calor sobre calor.

No es nada para ella. Eso es lo que me repito mientras miro la película y finjo que sigo la trama.

Ale toca a todo el mundo. Abraza a Sandra. Se cuelga del cuello de Nico cuando baila. Le coloca bien la chaqueta a cualquiera. Le da golpes suaves en el brazo a los profesores cuando se emociona demasiado explicando un proyecto, cosa que probablemente un día nos costará una expulsión o una leyenda.

Sandra vuelve al salón quince minutos después, sin manta y con cara de haber tomado una decisión pésima.

—Le he puesto “me gusta”.

Ale abre un ojo.

—Muy bien.

—Y un emoji.

—Arriesgado —digo.

—Un emoji sobrio.

—¿Cuál?

Sandra mira al suelo.

—El del fuego.

Ale se incorpora de golpe y se ríe tan fuerte que casi me da un cabezazo.

—¡Sandra!

—¡Me he puesto nerviosa!

—Eso no es sobrio —digo—. Eso es prender una hoguera.

Sandra se deja caer en el sofá, al otro lado de Ale, y nos obliga a reorganizarnos. Durante unos segundos todo son rodillas, mantas, palomitas y quejas.

Comemos patatas. Terminamos la película.

Ponemos otra peor. Sandra se duerme a los veinte minutos con el móvil en la mano.

Ale comenta cada escena hasta que también empieza a hablar más bajo.

Afuera llueve otra vez, una lluvia tranquila de domingo, y el salón se queda en esa penumbra amable de las tardes en las que nadie en el mundo parece tener prisa.

Ale vuelve a apoyar la cabeza en mi hombro. Esta vez no dice nada. Solo se acomoda, tira un poco de la manta y suspira.

—Qué buen plan —murmura.

—Sí.

—Tendríamos que hacer esto más.

—¿Ver películas malas?

—No. Esto.

No sé qué significa “esto”. Probablemente significa sofá, manta, domingo, las tres medio dormidas y cero productividad. Algo sencillo. Algo pequeño. Algo que no tiene por qué romperme.

—Sí —digo—. Tendríamos.

Ale sonríe con los ojos cerrados.

—Pauli.

—¿Qué?

—No estudies todavía.

La frase me atraviesa con una ternura ridícula.

—Tengo que estudiar.

—Cinco minutos.

—Tus cinco minutos son peligrosos.

Podría levantarme. Debería levantarme. Podría decirle que la universidad no se aprueba sola, que mañana tengo examen, que luego me arrepentiré. Podría ser responsable, adulta, sensata. Podría salvarme un poco.

Pero Ale está medio dormida en mi hombro, Sandra ronca suavemente en el otro extremo del sofá y la lluvia golpea la ventana con una delicadeza que parece inventada para que una tome malas decisiones.

Así que me quedo. Cinco minutos. Luego otros cinco. Después dejo de contar.

Ale se duerme de verdad. Lo sé por el peso distinto de su cuerpo, por la respiración lenta, por la forma en que su mano queda abierta sobre la manta, cerca de la mía. Sandra abre un ojo en algún momento, nos mira desde su esquina del sofá y vuelve a cerrarlo sin decir nada.

Agradezco ese silencio más de lo que puedo explicar.

Porque hay felicidades que no se pueden defender en voz alta.

Si alguien las nombra, se vuelven ridículas.

Si alguien pregunta qué significan, se rompen.

Esta, por ejemplo, cabe en un sofá incómodo, en una manta azul, en una película que ya nadie está viendo y en el peso tibio de Ale dormida contra mí.

No es suficiente. Claro que no es suficiente. Pero durante un rato se parece tanto a lo que quiero que casi puedo fingir que sí.