CAPÍTULO 3 DOMINGO DE SOFÁ
Paula
Los domingos por la mañana deberían estar prohibidos después de una fiesta universitaria.
No digo regulados. Digo prohibidos. Con multa, inspección y una asignatura optativa en tercero de Periodismo llamada “Gestión de la vergüenza ajena y otros daños colaterales”.
Me despierto a las once y media con una sed dramática, una marca de almohada en la cara y la sensación de que alguien ha intentado mezclarme el cerebro con una cuchara.
Durante unos segundos no sé qué día es. Luego veo las botas negras tiradas en el suelo de mi habitación, una encima de la otra, como dos animales muertos después de una batalla, y lo recuerdo todo.
El Faro. Claudia diciéndome que mi crónica era buena.
Nico apareciendo con esa sonrisa amable que me irrita por no ser odiosa.
Ale bailando. Ale mirándome. Ale riéndose.
Ale diciendo que las botas eran una gran idea y después comprobando con absoluto rigor empírico que eran un instrumento de tortura.
Me incorporo despacio. El móvil está en la mesilla, con un 8% de batería y varios mensajes en el grupo del piso.
SANDRA: Confirmo que Adrián de Sociología tiene tristeza interesante.
ALE: Si nadie se levanta en veinte minutos, declaro emergencia alimentaria.
Y luego otro, diez minutos después.
ALE: Voy a hacer tortitas.
Salgo de la cama con la rapidez de quien acaba de recordar que vive con una persona capaz de confundir “cocinar” con “improvisar una catástrofe comestible”. Me pongo unos pantalones cómodos, una camiseta vieja de San Griselmo y camino hacia la cocina arrastrando los pies.
El pasillo huele a café, a masa caliente y a algo ligeramente quemado.
—No —digo antes de entrar.
Ale está de pie frente a los fogones, con un moño mal hecho, una camiseta enorme y un delantal que no sé de dónde ha salido.
Tiene una espátula en una mano y una expresión de concentración absoluta.
Sandra está sentada en la mesa con gafas de sol, envuelta en una manta como una señora rica que ha perdido un juicio.
—Buenos días, familia —dice Ale sin girarse—. Estoy en pleno momento creativo.
—Estás quemando, me parece a mí —corrijo.
—Crear implica riesgo.
—Crear implica seguro de hogar —murmura Sandra.
La cocina parece un campo de batalla. Hay harina en la encimera, un huevo roto demasiado cerca del borde de la mesa, un bol con una masa de aspecto dudoso y una sartén que humea con discreción criminal.
La planta del alféizar, que normalmente ya parece decepcionada, hoy parece directamente preocupada por su supervivencia.
—¿Por qué haces tortitas? —pregunto.
Ale se gira y me señala con la espátula.
—Porque somos jóvenes, estamos vivas y merecemos tortitas.
Sandra levanta una mano débil.
—Yo apoyo el manifiesto, pero desde la distancia. Mi cuerpo todavía está negociando con el de anoche.
Me siento frente a ella. Tiene el rímel de anoche convertido en un concepto abstracto y el pelo rizado en una arquitectura imposible. Aun así, conserva cierta dignidad. Sandra podría sobrevivir a un naufragio y salir del agua diciendo que el marinero de rescate tiene potencial narrativo.
—¿Qué tal Adrián? —pregunto.
Se quita las gafas de sol un centímetro para mirarme con gravedad.
—No estoy preparada para hablar de Adrián.
—Eso significa que te gusta.
—Eso significa que he sufrido.
—Entonces te gusta.
—Me atrae su melancolía, pero me preocupa su técnica.
Ale suelta una carcajada y, en ese mismo momento, intenta darle la vuelta a una tortita. La tortita sale disparada medio centímetro, se dobla sobre sí misma y cae de lado como si hubiera perdido las ganas de existir.
—Perfecta —dice Ale.
—Tiene forma de pulmón —digo.
—No juzgues cuerpos no normativos.
Sandra aplaude con una sola mano porque la otra la tiene en la frente.
No puedo evitar reírme. Esta es la parte peligrosa.
La parte buena. La parte que nadie ve cuando se piensa en estar enamorada de tu mejor amiga.
No son solo las fiestas, ni que Ale esté guapa con una chaqueta de cuero, ni que entre en los sitios como si la vida fuera a apartarse para dejarla pasar.
También es esto. Domingo. Harina. Sandra medio muerta en la mesa.
Ale inventándose una épica absurda para una tortita deforme.
No se puede superar a alguien que te hace feliz en pijama.
Ale deja un plato delante de mí. Hay tres tortitas pequeñas, irregulares y un poco tostadas de más por un lado. Encima ha puesto miel con una generosidad peligrosa.
—Para la cronista oficial —dice.
—¿Por qué las mías están más quemadas?
—Porque tienen carácter.
—No me vendas el fracaso.
—Soy periodista. Te lo contextualizo.
Cojo el tenedor y pruebo un trozo. Está… aceptable. Más que aceptable, de hecho. Un poco densa, un poco rara, pero dulce y caliente.
—Está buena —digo.
Ale abre mucho los ojos.
—¿De verdad?
—Sí.
Su sonrisa aparece tan deprisa que me duele un poco.
—¿Ves? Fe. Eso era lo que faltaba en esta casa.
—Faltaba levadura —dice Sandra.
—Y aun así hemos triunfado.
Ale se sienta a mi lado con su propio plato.
Demasiado cerca, como siempre. No porque quiera decir nada, no porque lo piense, no porque mi vida sea una novela perfectamente ordenada con señales claras y música de fondo.
Se sienta cerca porque Ale es así. Porque ocupa espacio sin calcularlo y comparte el calor como comparte los apuntes, las cervezas y las ideas imposibles.
Comemos despacio. Sandra nos cuenta, ya con algo más de vida, que Adrián de Sociología tiene un póster de una película francesa en su habitación, pero que no supo explicarle bien de qué iba, lo cual abre un debate intenso sobre si es peor fingir que has visto una película o besar sin ritmo.
Ale defiende que lo segundo es más grave porque implica coordinación básica.
Sandra responde que la impostura cultural destruye civilizaciones.
Después de desayunar, decidimos que el único plan moralmente aceptable para un domingo es no hacer nada con intensidad.
Sandra propone “película mala y manta”. Ale sube la apuesta a “película mala, manta y patatas”.
Yo digo que tengo que estudiar. Las dos me miran como si hubiera sugerido incendiar el sofá.
—Paula —dice Sandra—, tienes cara de persona que necesita horizontalidad.
—Tengo examen.
—Mañana —dice Ale.
—Precisamente.
—Hoy es domingo.
—Los exámenes no respetan el calendario emocional.
Ale se levanta, recoge los platos y los deja en el fregadero con una confianza absolutamente injustificada en que alguien del futuro los lavará.
—Te doy dos horas de sofá y luego estudias.
—¿Me das?
—Sí.
—¿Ahora gestionas mi tiempo?
—Desde siempre.
—Eso es verdad —dice Sandra—. Lo hace con todas. Es su forma de querer y colonizar.
Ale le lanza un trapo. Sandra lo esquiva con una lentitud milagrosa para su estado.
—No colonizo. Optimizo.
—Qué miedo das cuando usas verbos de consultora —digo.
—Dos horas de sofá, Paula Martín.
Dice mi nombre completo con esa autoridad juguetona que siempre me derrota.
Y así acaba pasando. El salón de nuestro piso no está hecho para tres personas adultas y una resaca colectiva, pero nosotras lo forzamos con creatividad. El sofá es marrón, antiguo, hundido en el centro y cubierto por una manta azul que compramos en un bazar.
Ale trae otra manta de su habitación. Yo preparo un bol de palomitas en el microondas. Sandra escoge la película, lo cual es un error porque sus criterios son: que haya mansión, secreto familiar y al menos una persona mirando por una ventana con tristeza.
—No quiero nada profundo —advierte Ale, dejándose caer en el sofá.
—Es una comedia romántica —dice Sandra.
—La última vez que dijiste eso, murió el padre en el minuto quince.
—Pero con una fotografía preciosa.
—Sandra.
—Vale. Pongo una mala de verdad.
Termina eligiendo una película de sobremesa con un título larguísimo, algo sobre una periodista que hereda una librería en un pueblo donde todos llevan jerséis demasiado bonitos para trabajar.
A los diez minutos ya sabemos quién será el interés romántico, quién oculta una deuda familiar y qué vecina anciana va a decir frases sabias mientras riega hortensias. Es exactamente lo que necesitábamos.
Sandra se instala en un extremo del sofá con una manta hasta la nariz.
Ale ocupa el centro, porque Ale siempre acaba en el centro sin proponérselo, y yo me siento en el otro lado con el bol de palomitas sobre las piernas.
Al principio hay una distancia razonable entre nosotras.
Diez centímetros. Doce, quizá. Una distancia adulta, segura, compatible con la salud mental.
Dura poco.
Ale estira las piernas sobre la mesa baja, luego se queja de que la mesa está lejos, luego se gira un poco, luego me roba palomitas, luego apoya el hombro contra el mío como si mi cuerpo fuera parte del mobiliario.
—¿Estás cómoda? —pregunto.
—Mucho, gracias.
—Era sarcasmo.
—Lo he recibido y lo he transformado en afecto.
La película avanza con una falta de sutileza admirable.
La protagonista periodista descubre que la librería tiene pérdidas.
El chico del pueblo, que se dedica a restaurar muebles y tener antebrazos, le dice que no todo se puede arreglar con números.
Ale protesta porque, según ella, los números ayudan bastante cuando tienes deudas.
Sandra le dice que no interrumpa la magia rural.
Yo digo que la protagonista debería escribir un reportaje sobre gentrificación emocional. Nadie me escucha.
A mitad de la película, Ale se inclina para coger más palomitas y acaba apoyando la cabeza en mi hombro.
Mi cuerpo entero se apaga y se enciende a la vez.
—Estoy cansada —murmura.
—Normal. Líder natural trasnochadora.
—No me juzgues. Ayer mantuve unido al grupo.
—Ayer bailaste encima de un charco de cerveza.
Sandra suelta una risita desde su esquina.
—Ayer casi te peleas con una máquina de humo.
—La máquina empezó.
—No había máquina de humo —digo.