CAPÍTULO 2 HOY SALIMOS #2
Es un gesto inocente. Divertido. Casi automático. A mí me atraviesa igual.
Me aparto un poco con la excusa de ir al baño. Nadie me oye salvo Claudia, que está cerca.
—Voy contigo —dice.
Siempre me ha dado un poco de pereza eso de ir las chicas juntas al baño.
Pero bueno. No le digo que no, porque el baño de El Faro da miedo y porque quizá tener a alguien al lado me impida hacer algo dramático, como mirarme al espejo y preguntarme por qué no nací con mejores instintos de supervivencia.
Hay cola. Siempre hay cola. Dos chicas se retocan el maquillaje usando la cámara frontal del móvil y otra habla por audio con alguien a quien llama “tía” con una urgencia propia de catástrofe nacional. Claudia se apoya en la pared junto a mí.
—No hace falta que hablemos —dice.
La miro.
—¿Perdón?
—Que si has venido a respirar, puedo fingir que estamos hablando de cine francés.
Me sale una risa pequeña, agradecida.
—¿Tan obvia soy?
—Solo para quienes miran.
—Estoy bien —digo, y luego hago una mueca—. Vale, no. Pero se me pasará.
Claudia sonríe y no dice más.
Cuando por fin entramos al baño, me miro en el espejo. Estoy algo despeinada, los labios un poco borrados, los ojos demasiado brillantes. Parezco una chica pasándoselo bien. Casi me convenzo.
Al volver, la canción ha cambiado. Sandra está hablando con el chico de Sociología. Plan fallido, está claro.
Nico está en la barra con sus amigos. Y Ale está sola cerca de la pista, mirando hacia la entrada del pasillo de los baños. Mirándome. Cuando me ve aparecer con Claudia, su expresión cambia apenas un segundo.
—¿Todo bien? —pregunta cuando llego.
—Sí.
—Has tardado.
—Había cola.
—Ah.
Claudia se despide para ir con Laura y yo me quedo con Ale. La música baja un poco entre canción y canción, lo suficiente para que el bar parezca de repente demasiado real.
—Claudia parece maja —dice Ale.
—Lo es.
—Y lista.
—También.
—Le ha gustado tu crónica.
—Eso parece.
Ale asiente, pero hay algo raro en su forma de hacerlo.
—Está bien que la gente lea lo que escribes —dice al fin—. Deberías enseñarlo más.
No esperaba eso. Me preparo para una broma y recibo una verdad.
—Me da vergüenza.
—Ya lo sé.
—¿Entonces?
—Entonces lo haces con vergüenza.
La miro. Ale está despeinada de bailar, con las mejillas algo rojas y los ojos más verdes bajo las luces del bar. Es tan fácil decirlo… Hacerlo con vergüenza.
—Qué mandona eres —digo, porque si digo otra cosa se me rompe la voz.
—Líder natural.
—Pesadilla natural.
Se ríe. Luego me abraza, y sigue riendo. Yo me quedo quieta, totalmente quieta.
Nico aparece antes de que me dé algo.
—¿Otra cerveza? —pregunta, mirando a Ale.
Ella se separa de un brinco, como si nada.
—Sí, venga.
El momento se cierra. Y yo hago lo que mejor se me da: sonrío.
Ale
No sé por qué me molesta ver a Paula hablar con Claudia.
Claudia me cae bien. Es brillante, educada y tiene esa forma de mirar a la gente que hace que parezca que está preparando un plano perfecto de sus defectos.
Además, si le ha dicho a Paula que leyó su crónica, punto para Claudia.
Paula necesita que alguien le diga que escribe bien hasta que se le meta en la cabeza.
Yo se lo digo, pero a veces creo que mis palabras le rebotan porque piensa que la quiero demasiado para ser objetiva.
Y la quiero. Claro que la quiero. Ese no es el tema.
El tema es que cuando la veo volver del baño con Claudia, riéndose de algo que no he escuchado, siento una punzada extraña. Breve. Ridícula. Como cuando alguien se sienta en tu sitio aunque no tengas ningún derecho legal sobre la silla.
—¿Me estás escuchando? —pregunta Nico.
Parpadeo. Estamos en la barra. Tengo una cerveza en la mano. Nico me mira con una sonrisa paciente.
—Sí.
—Mentira.
—Un poco mentira.
—Te estaba contando que quizá me den las prácticas en la agencia de contenidos deportivos.
—Eso es genial.
—Lo sé. Por eso esperaba algo más de entusiasmo.
—Perdón. De verdad. ¡Es genial!
Nico se apoya en la barra, divertido. Siempre ha tenido esa calma que a mí me falta.
Cuando estábamos juntos, eso me gustaba mucho.
Yo llegaba con tres ideas, dos planes y una catástrofe imaginaria; él me escuchaba, me daba un beso en la frente y decía que todo se ordenaría.
A veces se ordenaba. A veces no, pero su seguridad hacía que el desorden pareciera menos urgente.
—Estás dispersa —dice.
—Estoy en un bar con música a volumen ilegal.
—No es eso.
No contesto. Bebo un trago y miro hacia la pista. Paula está con Sandra, cantando una canción horrible con una entrega preciosa.
Nico sigue mi mirada.
—Paula está distinta.
Vuelvo hacia él demasiado rápido.
—¿Distinta cómo?
—No sé. Más suelta. Está guapa.
—Sí, ¿verdad? Fui yo quien le dijo que se arreglara un poco. Es que es más guapa de lo que parece, en serio.
Me incomoda que Nico se fije en Paula. Decido hacer lo que suelo hacer cuando no quiero pensar: moverme.
—Vamos a bailar —digo.
Nico acepta, y durante un rato todo vuelve a ser fácil. Su mano en mi cintura, mi mano en su hombro, una broma al oído, una vuelta torpe. Podría besarme esta noche. Lo sé. Él también lo sabe. Hay cosas que existen entre dos personas aunque nadie las ponga sobre la mesa.
Hace unos meses eso me habría parecido una opción. Ahora no sé qué me parece. Ya no estamos juntos, y tampoco sé si me apetece igual.
Busco a Paula sin querer. Está cerca de la columna, hablando con Claudia otra vez.
Claudia le dice algo y Paula se ríe tapándose la boca con la mano.
Paula hace eso cuando algo le divierte de verdad pero no quiere llamar la atención.
Lo sé porque la he visto hacerlo en clase, en el piso, en la biblioteca de Santa Clara, en el autobús nocturno cuando Sandra casi se cae encima de un señor dormido.
Lo sé porque Paula tiene cien gestos pequeños, y como su mejor amiga los conozco todos.
Nico me hace girar y pierdo la imagen. Cuando vuelvo a mirar, Claudia le está apartando a Paula un mechón de pelo de la cara.
—¿Todo bien? —pregunta Nico.
—Sí.
—Estás mirando mucho hacia allí.
—Sandra está desatendida. Eso siempre es peligroso.
—Claro.
Nico no me cree. No insiste, y eso me irrita casi más. Con él las cosas siempre pueden quedarse a medio decir. Con Paula no. Con Paula necesito entender. Incluso cuando ella no me deja.
Al cabo de un rato, Sandra desaparece con el chico de Sociología hacia la zona de la entrada, probablemente para mantener una conversación “antropológica”. Claudia se va con Laura a pedir otra ronda. Paula se queda sola revisando el móvil cerca de la mesa alta donde hemos dejado los abrigos.
Aprovecho para acercarme.
—¿Te estás aburriendo?
Levanta la vista.
—No.
—Has puesto cara de querer huir.
—Mi cara tiene mala prensa.
—Tu cara tiene subtítulos.
—¿Y qué dicen?
Dicen que estás lejos aunque estés al lado. Dicen que hay algo que no me cuentas. Dicen que odio no saber qué es.
—Dicen que quizá necesitas aire —respondo.
Paula se queda un segundo callada. Luego guarda el móvil en el bolso.
—Un poco.
—Vamos.
—No hace falta que vengas conmigo.
—Ya lo sé.
Aun así, voy.
Salimos a la calle. El golpe de frío nos despeja de inmediato.
Hay varios grupos fumando en la puerta, una pareja discutiendo en voz baja junto a un contenedor y un chico sentado en el bordillo comiendo una porción de pizza con la concentración de quien ha encontrado un propósito vital. Paula se abraza a sí misma.
—Te vas a congelar —digo.
—Estoy bien.
—Frase favorita de las personas que no están bien.
Me quito la chaqueta y se la pongo sobre los hombros antes de que proteste. Paula me mira con esa mezcla suya de gratitud y pánico, como si cada gesto amable fuera una deuda que no sabe cómo pagar.
—Ale, no.
—Paula, sí.
—Tú tendrás frío.
—Soy fuerte.
—Te haces la dura.
—También.
Sonríe y se coloca mejor la chaqueta. Le queda grande. Todo esto debería ser normal. Y lo es. Pero por alguna razón la imagen de Paula con mi chaqueta en los hombros me deja una sensación rara, una especie de golpe suave en mitad del pecho.
—¿Qué tal con Nico? —pregunta.
La pregunta sale tranquila. Demasiado tranquila.
—No lo sé.
Me apoyo en la pared del bar y la estudio. Ella mira hacia la calle, no hacia mí. El viento le mueve un poco el pelo y las luces del local le pintan la cara de azul y naranja por turnos.
—¿Te cae mal? —pregunto.
—No. Nico me cae bien.
—Pero.
—No hay pero.
No entiendo bien qué es lo que le pasa. A veces no sé si le cae mal él o si está enfadada conmigo.
La puerta del bar se abre y sale un grupo gritando. Entre ellos está Claudia. Nos ve y levanta la mano.
—¿Todo bien?
—Sí —responde Paula—. Tomando aire.
Claudia se acerca un poco.
—Luego hay after en casa de Laura, por si os apetece.
—Puede —digo antes de que Paula conteste.
Claudia mira a Paula.
—Tú ven si quieres. Me debes una conversación sobre escribir de madrugada.
Paula sonríe. Otra vez esa sonrisa tímida, sorprendida, como si no estuviera acostumbrada a que alguien la elija para seguir hablando.
—Vale. Puede.
Claudia vuelve con su grupo. Yo miro a Paula. Paula mira hacia la calle.
—¿Quieres ir al after? —pregunto.
—No sé. Quizá un rato.
—Mañana tienes clase a las ocho.
—Tú también.
—Yo sobrevivo mejor.
—Qué humilde.
—Es un hecho científico.
Paula me mira de lado, divertida.
—¿No querías que saliera?
—Sí.
—¿Entonces?
Buena pregunta. No tengo respuesta. La puerta se abre otra vez y aparece Nico.
—Aquí estáis —dice—. Pensé que os habíais escapado.
Paula se quita mi chaqueta de los hombros enseguida.
—Toma.
—No, quédatela.
—Ya estamos entrando.
Nico me pasa un brazo por los hombros con naturalidad.
—¿Otra dentro?
Paula me mira y sonríe.
—Voy al baño y ahora os busco.
—¿Quieres que vaya contigo? —pregunto.
—No. Tranquila.
Se mete en el bar sin esperar respuesta. Nico me mira con curiosidad.
—Está rara.
—No está rara. Está cansada.
—Vale.
Nico dice “vale” con esa cara de no creerse nada pero tampoco querer meterse donde no le llaman. Es una de las cosas buenas de Nico: sabe retirarse antes de que una conversación se convierta en interrogatorio.
Entramos dentro, y veo a Sandra gritar como si el DJ acabara de resolverle la vida. Agarra a Paula de una mano, a mí de la otra y nos obliga a formar una especie de círculo ridículo. Claudia se suma. Nico también.
Durante un rato todo vuelve a ser fácil: ruido, risas, cuerpos moviéndose sin demasiada coordinación, Sandra cantando una letra que claramente no se sabe y Paula intentando no reírse de ella.
Paula baila mejor de lo que cree. Siempre lo hace al principio como si estuviera pidiendo permiso, pero después se olvida y se le suelta el cuerpo. Me gusta verla así. Más ligera. Más ella. O quizá más la Paula que aparece cuando deja de vigilarse.
—¡Ves! —le grito por encima de la música—. ¡Sabía que las botas eran buena idea!
—¡Me están matando!
—¡Pero con estilo!
Claudia dice algo a Sandra, Nico pide otra ronda y la canción vuelve a subir. Todo el mundo sigue moviéndose, hablando, riendo.
Durante un rato no pienso en tutorías, ni en exámenes, ni en si mañana nos vamos a arrepentir de seguir despiertas a estas horas. Solo bailo. Eso se me da bien. Pasármelo bien también. Y con Paula al lado, más.