CAPÍTULO 2 HOY SALIMOS
Paula
Sandra tiene una teoría sobre las noches universitarias: si sales convencida de que no va a pasar nada, pasa algo; si sales esperando que pase algo, acabas comiendo patatas congeladas a las cuatro de la mañana con una persona que no conoces y una crisis existencial moderada.
Yo salgo sin esperar nada. En teoría. En la práctica salgo con Ale delante, Sandra a mi lado, las botas negras puestas y el corazón comportándose como un animal sin domesticar cada vez que Ale se gira para comprobar que la seguimos.
Lo hace mucho. Camina dos pasos por delante, con esa energía suya de capitana improvisada, pero cada poco mira atrás y sonríe como si la calle también fuera parte del plan.
—¿Tenemos llaves? —pregunta.
Sandra levanta su bolso.
—Sí.
—¿Móviles?
—Sí.
—¿Dignidad?
Sandra y yo nos miramos.
—Esa la vamos viendo —digo.
Ale se ríe y enlaza su brazo con el mío sin avisar. El gesto es normal. Completamente normal. Lo ha hecho mil veces: al cruzar una calle, al entrar en un bar lleno, al volver tarde de la facultad cuando hace frío. Para ella es automático. Para mí es una experiencia cardiovascular.
—Hoy tienes que bailar —me dice.
—Yo bailo.
—Tú te mueves con prudencia.
—Porque una debe respetar sus articulaciones.
—Tienes veintiún años.
—Precisamente. Quiero llegar a los veintidós.
Sandra nos adelanta caminando de espaldas.
—Paula baila bien cuando se olvida de que tiene cuerpo.
—Gracias, Sandra, qué frase tan bonita y nada inquietante.
—Es un cumplido psicológico.
La calle está húmeda porque ha llovido por la tarde y las luces de los bares se reflejan en el suelo como si alguien hubiera estirado la ciudad con los dedos. Se respira finde: grupos de estudiantes en las aceras, risas demasiado altas, olor a pizza, tabaco y colonia barata.
Me gusta esta parte de la universidad. Incluso si estudias en San Griselmo puedes disfrutar de esta parte.
Me gusta salir. Me gusta la música, la sensación de que todo puede volverse anécdota, la libertad absurda de caminar con mis amigas por una ciudad que todavía no sabe qué vamos a hacer con nuestra vida.
Me gusta incluso aunque duela. Porque estar cerca de Ale también es esto: ir por la calle con su brazo rozando el mío y fingir que no estoy memorizando la temperatura exacta de ese contacto.
El Faro está a quince minutos del piso, en una esquina estrecha cerca de la facultad.
No es exactamente un bar bonito, pero en tercero de Periodismo casi nadie tiene estándares arquitectónicos.
Tiene paredes de ladrillo, mesas pegajosas, un baño que debería salir en un reportaje de investigación y una pista pequeña donde la gente baila como si el local fuera mucho más grande de lo que es.
La primera vez que vinimos, Sandra dijo que olía a “juventud con mala ventilación”.
Desde entonces lo llamamos así cuando queremos sonar poéticas.
Al entrar, el ruido nos recibe como una ola. La música está alta, las conversaciones se mezclan y alguien grita el nombre de Ale desde la barra. Siempre pasa.
Ale levanta la mano y sonríe, y yo veo cómo varias personas se giran hacia ella. No porque lo intente. Eso es lo injusto. Ale no entra en los sitios buscando atención; la atención la encuentra a ella, como si tuviera su dirección.
—Voy a por bebidas —dice—. ¿Lo de siempre?
—Cerveza —dice Sandra.
—Agua con gas —digo yo.
Ale me mira.
—Paula.
—¿Qué?
—Hemos salido.
—El agua con gas también sale. Tiene burbujas.
—Una cerveza, Pauli…
Odio que me llame así en público. Mentira. Me encanta. Ese es el problema.
—Vale, una —cedo—. Pero no hagas esa cara de triunfo.
Se va hacia la barra saludando a gente por el camino. Sandra se queda conmigo cerca de una columna y me da un codazo suave.
—Está guapísima.
La miro con alarma.
—¿Quién?
—La reina de Inglaterra, Paula.
—Sandra.
—Solo digo que entiendo tu sufrimiento. Es una chica objetivamente difícil de superar.
—Gracias por tu apoyo.
—Estoy de tu lado. Pero soy honesta.
Suelto una risa breve, aunque el pecho me pesa un poco.
Desde donde estamos veo a Ale hablando con dos chicos de clase.
Uno de ellos le dice algo y ella se ríe echando la cabeza hacia atrás.
Es una imagen muy Ale: luminosa, abierta, fácil.
Hay personas que se protegen cerrándose. Ale se protege brillando.
—No quiero ser esa persona —digo.
Sandra me mira.
—¿Qué persona?
—La que se amarga porque su amiga es feliz.
—No eres esa persona.
—A veces por dentro sí.
—Por dentro todos somos bastante menos elegantes.
Eso me hace sonreír. Sandra tiene ese talento: decir una verdad incómoda con cara de estar pidiendo otra ronda.
Ale vuelve con tres cervezas. Me entrega la mía y choca su botella contra la mía.
—Por nosotras.
Brindamos. La cerveza está fría y amarga, y yo doy un trago pequeño porque quiero seguir siendo una persona funcional. Sandra, en cambio, bebe como si tuviera que hidratar una personalidad entera.
Durante la primera media hora todo va bien. Mejor que bien. Bailamos. Sandra localiza al chico de Sociología y decide que va a ignorarlo de forma muy visible. Ale habla con media facultad, pero vuelve siempre, como si nosotras fuéramos el punto al que regresa.
Me agarra de la mano para meterme en la pista cuando ponen una canción que cantábamos en primero en Santa Clara, una de esas canciones que ninguna admitiría escuchar sobria pero que todas nos sabemos entera.
—¡Esta es nuestra! —grita.
Y entonces bailo. De verdad. Me olvido un poco de mi cuerpo, como decía Sandra.
Me olvido de las botas, del trabajo, de Nico, de segundo de carrera, de los meses en que Ale entraba en la residencia con el pelo mojado por la lluvia y Nico la esperaba abajo con una sudadera demasiado grande para prestársela.
Me olvido de casi todo menos de Ale riéndose conmigo, cantando mal a propósito, agarrándome por la cintura para hacerme girar.
Todo sería más sencillo si Ale no fuera tan fácil de querer.
Al cabo de un rato aparece Laura, de Comunicación Audiovisual, con un grupo de cuarto.
Es amiga de Sandra y nos saluda con dos besos.
Con ella viene Claudia, a quien conozco de vista porque presentó un corto en la muestra universitaria del año pasado y todo el mundo habló de ella durante una semana.
Es alta, rubia, elegante sin esfuerzo, con una camisa negra y unos pendientes dorados muy pequeños.
Tiene ese tipo de calma que parece cara.
—Tú eres Paula, ¿no? —me dice.
Me sorprende que sepa mi nombre.
—Sí.
—Leí tu crónica sobre la radio universitaria. La compartió Mendoza en clase. Era muy buena.
El comentario me pilla sin defensa. Si me hubiera dicho que me quedaba bien la falda, habría sabido responder. Más o menos. Pero que alguien mencione algo que he escrito me toca más.
—Ah. Gracias. Me alegra que no pareciera escrita a las dos de la mañana.
—Las mejores cosas parecen escritas a las dos de la mañana.
Claudia sonríe, y tiene una sonrisa tranquila, como si no necesitara demostrar nada.
Hablamos unos minutos de la facultad, de profesores, de prácticas.
Me pregunta si quiero dedicarme a prensa escrita y yo le digo que todavía no lo sé, que me gusta contar historias pero me asusta vivir de intentarlo.
Ella no se ríe. No me da un consejo vacío.
Solo asiente, como si entendiera exactamente ese miedo.
Cuando miro hacia la pista, Ale me está mirando. No sé desde cuándo. Está con Sandra y otro grupo, pero su atención está en nosotras. En Claudia. En mí. Me hace un gesto con las cejas, como preguntando si todo va bien. Yo asiento. Ella también. Luego alguien le dice algo, y se gira.
—Alejandra Rivas controla mucho el perímetro —dice Claudia.
Casi me atraganto con la cerveza.
—¿Qué?
—Nada. Que se preocupa por ti.
—Se preocupa por todo el mundo.
—No he dicho que no.
Lo dice sin malicia, pero noto que se me calienta la cara. Por suerte, la música sube justo entonces y Sandra aparece arrastrando a Claudia a la pista con el argumento sólido de que “pensar tanto da arrugas”. Yo las sigo, porque quedarme quieta sería peor.
Y durante un rato consigo no pensar. Dos canciones y media. Sandra estaría orgullosa. Entonces llega Nico.
Aparece junto a la barra con dos amigos, alto, sonriente, el pelo castaño un poco largo y una cazadora azul.
Es guapo de una forma amable, sin amenaza.
Lo odio un poco por eso. Si fuera insoportable sería más fácil.
Si hubiera tratado mal a Ale, yo podría convertir mi dolor en indignación y listo.
Pero Nico siempre fue correcto. Me prestó apuntes una vez.
Me preguntaba por mis exámenes. Me llamaba “la escritora” con una broma cariñosa que nunca sonaba condescendiente.
Fue horrible.
—¡Rivas! —grita él.
Ale se acerca y le da dos besos. Dos besos normales, rápidos, sociales. Luego él le dice algo al oído porque la música está alta y ella se ríe. Yo miro mi cerveza como si acabara de descubrir en ella una vocación.
En la pista, Ale vuelve hacia nosotras con Nico. Él nos saluda con naturalidad.
—¡Paula! ¿Qué tal la periodista seria?
—Todavía esperando convertirme en seria.
—Imposible —dice Ale—. Vive con nosotras.
Nico se ríe y me da dos besos. Huele a colonia limpia y cerveza. No siento nada. Es casi cómico: el chico que tuvo durante meses lo que yo quería no me provoca deseo, ni curiosidad, ni rabia real. Solo una especie de tristeza educada.
—¿Bailáis? —pregunta Nico.
Sandra acepta antes de que nadie responda. Ale me mira.
—¿Vienes?
Podría decir que no. Debería decir que no. Pero la alternativa es quedarme sola junto a una columna interpretando gestos como una detective emocional sin sueldo.
—Vengo.
Bailamos en grupo. Sandra exagera cada movimiento. Nico se deja llevar sin tomarse demasiado en serio. Ale baila como hace todo: con seguridad, con risa, con una energía que contagia. En algún momento, Nico le coge la mano para hacerla girar y ella lo sigue.