Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 1 SEPTIEMBRE #2
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CAPÍTULO 1 SEPTIEMBRE #2

Sale de la cocina con la mochila y el móvil en la mano. Sandra espera exactamente tres segundos antes de mirarme.

—Paula.

—No.

—Solo he dicho tu nombre.

—Lo has dicho con intención.

—Todo lo que digo tiene intención.

Cierro el portátil un momento y apoyo la frente sobre las manos. Sandra no se burla. Esa es una de las razones por las que la quiero tanto. Puede hacer chistes sobre cualquier cosa, pero sabe cuándo parar. Me toca el brazo con los dedos, suave.

—¿Estás bien?

Asiento, aunque las dos sabemos que es una respuesta incompleta.

—Sí. Es solo que a veces se me olvida y luego se me vuelve a acordar.

Sandra suspira bajito.

—No tienes que venir esta noche si te va a hacer daño.

La miro. Su expresión ya no tiene nada de cotilla ni de directora de revista. Ahora solo es mi amiga.

—Si no voy, también me hace daño —digo—. Al menos si voy bailo.

Sandra sonríe con una tristeza pequeña.

—Eso es muy de Paula Martín.

—¿El qué?

—Convertir una tragedia emocional en un plan con música.

Le lanzo una servilleta y ella la atrapa al vuelo. Después abre mi cuaderno por la página donde Ale ha hecho el esquema y la empuja hacia mí.

—Venga. Acaba de estudiar. Esta noche vamos a conseguir que no pienses durante al menos cuatro canciones seguidas.

Vuelvo al cuaderno. Sandra pone música baja en el altavoz del móvil y la cocina recupera su ruido normal: teclas, cucharas, el zumbido de la nevera, la ducha encendida al otro lado del pasillo.

Intento no imaginar a Ale bajo el agua. Fracaso. Cierro mi portátil de un golpe aunque él no tenía la culpa de nada.

Ale

La ducha del piso cambia de temperatura cada vez que alguien abre un grifo, así que lavarse el pelo es una actividad que exige fe, reflejos y una cierta aceptación de la muerte.

Aun así, me gusta este baño. Me gusta el espejo empañado, las tres cremas distintas alrededor del lavabo, las horquillas de Sandra apareciendo en lugares imposibles y el neceser de Paula siempre cerrado con una pulcritud que me da ganas de desordenarlo solo para ver qué cara pone.

Nuestro piso es viejo, incómodo y caro para lo que es. También es el primer sitio que he sentido mío de verdad desde que llegué a la universidad.

En Santa Clara todo era provisional. Las habitaciones estrechas, las comidas con horario, las chicas de primero fingiendo que no echábamos de menos nuestra casa.

Allí conocí a Paula. Lo recuerdo con una nitidez absurda: ella en mitad del pasillo, con una maleta azul enorme y cara de haber sido abandonada por Google Maps.

Yo estaba sentada sobre una caja comiendo patatas porque mi madre había llorado al despedirse y yo no sabía qué hacer con tanta emoción, así que abrí una bolsa.

—¿Tú también estás perdida? —le pregunté.

Ella dijo que sí, con una voz pequeñita pero una sonrisa preciosa.

No pensé “esta chica va a ser importante”.

Ojalá pudiera decir que sí, porque queda bien.

Pensé que parecía buena. Pensé que tenía cara de escuchar de verdad.

Pensé que, si íbamos a perdernos por aquella residencia con nombres de santas en todas las puertas, mejor hacerlo con alguien que no gritara.

Ahora, dos años después, Paula es la persona que más veces aparece en mi día sin que yo tenga que buscarla.

Está en mis apuntes, en mis audios, en mis planes, en mis resacas, en mis mejores historias.

Si algo me hace gracia, se lo mando. Si algo me agobia, se lo cuento.

Si entro en la cafetería de la facultad, la busco antes de decidir dónde sentarme.

Eso es normal cuando alguien es tu mejor amiga. Completamente normal.

Salgo de la ducha, me envuelvo en la toalla y veo que Nico ha contestado.

NICO: Prometo no ponerme intenso. Solo una cerveza. Me apetece verte bien.

Sonrío, aunque no sé exactamente qué me provoca el mensaje.

Nico es fácil. Siempre lo fue. Guapo, amable, tranquilo, de esos chicos que conocen a tus padres y caen bien antes de terminar el primer plato.

Estuvimos juntos casi todo segundo, y durante un tiempo pensé que aquello tenía sentido porque nada dolía demasiado.

Cortamos sin desastre, que debería ser la prueba definitiva de que hicimos las cosas bien.

A veces me escribe. A veces quedamos. A veces nos besamos después de dos cervezas y luego pasamos una semana actuando como si no hubiera ocurrido nada.

Dejo el móvil junto al lavabo y me visto rápido: vaqueros negros, camiseta ajustada, pendientes pequeños. Cuando salgo al pasillo, escucho a Paula y Sandra en la cocina.

Luego Sandra grita:

—¡Ale! Dile a Paula que las botas negras son mejores que las zapatillas blancas.

—¡Las botas negras! —respondo automáticamente.

—¡Traición! —protesta Paula.

Entro en la cocina y la encuentro de pie junto a la mesa, con dos opciones de calzado delante como si estuviera tomando una decisión de Estado.

Lleva una falda vaquera, medias, una camiseta verde y el pelo suelto sobre los hombros.

Paula siempre dice que no sabe arreglarse, pero es mentira.

Tiene una forma de ponerse bonita sin admitir que lo está intentando. Eso también es muy suyo.

—Las botas —repito.

—¿Por qué?

—Porque con las zapatillas pareces una monitora de campamento alternativo.

Sandra levanta un dedo.

—Duro, pero justo.

Paula se mira los pies.

—Me caéis mal.

—Nos adoras —digo, abriendo la bolsa de pan que he traído—. Además, si te duelen los pies, te llevo a caballito.

Sandra emite un sonido que parece una alarma de incendios.

—Por favor, que alguien grabe eso si ocurre.

Paula se pone roja. Muy poco, pero se pone. Me hace gracia lo fácil que se le sube todo a la cara: el calor, la vergüenza, la risa, el vino barato. Paula cree que no se le nota nada y se le nota casi todo. O quizá es que yo la conozco demasiado.

—No voy a subirme a caballito a tu espalda —dice.

—Eso dices ahora.

—Eso digo siempre.

—Porque todavía no has llegado a las cuatro de la mañana con las botas equivocadas.

Me acerco a la encimera para preparar algo de cena antes de salir.

Sandra puede sobrevivir a base de yogur y aceitunas, pero Paula no.

Paula se olvida de comer cuando está nerviosa, concentrada o triste, que son demasiadas posibilidades para dejarlo al azar.

Corto pan, saco queso de la nevera y pongo una sartén al fuego.

—¿Qué haces? —pregunta ella.

—Cena.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

—Ale, en serio, puedo hacerme algo.

Sandra y yo nos miramos.

—Paula —dice Sandra—, te queremos viva.

—Y lejos del aceite caliente —añado.

Ella intenta parecer ofendida, pero se le escapa una sonrisa.

Me gusta cuando consigo eso. A veces Paula se va hacia dentro, como si hubiera una habitación en su cabeza donde se encerrara con todos sus pensamientos, y yo no siempre sé abrir la puerta.

Hacerla reír es mi manera de llamar sin molestar demasiado.

Mientras cenamos de pie, como hacemos casi siempre, Sandra nos cuenta que el chico de Sociología no le gusta, que solo le interesa “desde una perspectiva antropológica”, lo cual significa que le gusta muchísimo.

Paula la interroga con una precisión de periodista seria hasta que Sandra acaba confesando que sabe su nombre, su horario aproximado y que bebe café solo.

—Eso ya es una relación —digo.

—Es documentación previa —defiende Sandra.

—Qué bonito es el amor en tiempos de investigación de mercado —dice Paula.

Me río con la boca llena y casi me atraganto. Paula me da un vaso de agua antes de que lo pida. Lo hace sin pensarlo, como si cuidar de mí fuera un reflejo. No sé por qué ese gesto me deja unos segundos más callada de lo normal.

—¿Qué? —pregunta ella.

—Nada.

Sandra nos observa con una expresión demasiado entretenida. Últimamente lo hace mucho. Nos mira como si estuviéramos a punto de darle la razón en algo que no ha dicho en voz alta, y me dan ganas de preguntarle qué se cree que está viendo.

Mi móvil vibra otra vez. Nico.

NICO: Al final llegamos sobre las doce. Te guardo una cerveza.

—Nico viene luego —digo.

—Guay —responde Paula.

—Solo viene con sus amigos —añado.

—Ale, no tienes que justificar que venga Nico.

—No justifico.

—Has justificado.

—Informo. Soy periodista.

Paula sonríe, pero hay algo en su cara que no termina de quedarse. A veces me pasa con ella: noto que hay una frase detrás de sus ojos y no sé leerla. Eso me frustra más de lo que admito, porque con Paula estoy acostumbrada a entender casi todo.

—¿Te incomoda? —pregunto.

Ella parpadea.

—¿El qué?

—Que venga Nico.

Paula niega con la cabeza.

—No. Claro que no. Nico me cae bien.

—Vale.

—De verdad.

La creo porque Paula no suele mentir. Pero a veces tengo la sensación de que Nico en el fondo le cae mal.

—Además —añade, cogiendo una miga de pan del plato—, no sois novios.

—No.

—Y aunque lo fuerais, tampoco tendría nada que decir.

—Ya.

La conversación se queda un segundo suspendida en un lugar extraño. No incómodo exactamente, pero sí más silencioso de lo habitual. Sandra, por una vez en su vida, decide salvarnos.

—A ver, tema importante. ¿Previa aquí o en casa de Laura?

—Aquí —respondo—. En casa de Laura siempre hay demasiada gente opinando sobre altavoces.

—Y tú necesitas controlar la música porque eres una dictadora.

—Líder natural.

—Eso dice ella —murmura Paula.

Le lanzo un trocito de pan y le da en el hombro. Paula abre la boca, indignada. Sandra aplaude. En segundos volvemos a estar donde sabemos estar: en el ruido, en el chiste, en esa confianza nuestra que parece indestructible porque todavía nadie ha tenido el valor de probar cuánto aguanta.

Más tarde, mientras Sandra se maquilla sentada en el suelo del pasillo y Paula termina de estudiar a una velocidad heroica, yo entro en mi habitación y busco una chaqueta.

Mi cuarto es el más desordenado de los tres, aunque yo prefiero llamarlo dinámico: ropa en la silla, libros abiertos, una cámara antigua que compré en un mercadillo y todavía no he usado, post-its pegados en la pared con ideas para reportajes que probablemente nunca escribiré.

En uno pone: “Historias de gente que vive de noche”.

En otro: “Mujeres que sostienen pisos compartidos”.

Ese se me ocurrió mirando a Paula limpiar la cocina un domingo por la mañana, con el pelo recogido y cara de sueño.

No sé por qué no lo he tirado.

Cuando vuelvo al pasillo, Paula sale de su habitación con las botas negras puestas. Se ha pintado un poco los labios.

—¿Bien? —pregunta, girando sobre sí misma con una inseguridad que no le pega nada.

Sandra asoma la cabeza desde el baño.

—Estás monísima.

—Confirmo —digo.

Paula me mira.

—¿Seguro?

Me acerco y le coloco bien el cuello de la chaqueta, que se le ha doblado por detrás.

—Segurísima —digo.

Paula me mira con esos ojos suyos de color miel, abiertos y atentos, y tengo una sensación rara, no mala, pero rara.

Entonces Sandra grita desde el baño:

—¡Como no salgamos en diez minutos, me bebo el vino sola!

Luego mi móvil vibra otra vez. Nico. Lo miro, pero aún no lo abro.

Desde la cocina, Paula se ríe por algo que ha dicho Sandra. Esa risa me tira más que cualquier mensaje. Y no sé qué hacer con eso.