Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 1 SEPTIEMBRE
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Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8)

Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8)

Por Ellie K. Hills

© inepub.com

CAPÍTULO 1 SEPTIEMBRE

Paula

Creo que una puede esconder un secreto durante mucho tiempo si aprende a hacerlo pequeño.

El mío cabe en gestos ridículos. En no mirar demasiado cuando Ale se recoge el pelo con una pinza.

En fingir que no me importa cuando sale con alguien.

En tardar exactamente tres segundos en contestar sus mensajes para que no parezca que llevo el móvil en la mano esperando que me escriba.

En saberme sus horarios mejor de lo que me sé algunas asignaturas de tercero de Periodismo y, aun así, actuar con una dignidad bastante aceptable cada vez que Sandra me pilla haciéndolo.

Bastante aceptable para mí. Sandra tendría otra opinión.

—Paula, por favor, dime que has avanzado algo —dice, apoyando los codos sobre la mesa de la cocina con esa seriedad dramática que utiliza cuando está a punto de juzgarme.

Miro mi portátil. Solo llevo dos páginas estudiadas en cuarenta y cinco minutos.

—He avanzado. Casi nada.

Sandra me mira por encima de sus gafas, aunque no necesita gafas y solo las lleva cuando quiere sentirse una directora de revista con poder para despedir becarios.

—Te lo digo como amiga: vas fatal.

—Te lo digo como compañera de piso: si sigues juzgándome, no te dejaré de mi tortilla.

—No sabes hacer tortilla.

—Puedo aprender por venganza.

Sandra se ríe y se levanta para abrir la nevera.

La cocina de nuestro piso compartido tiene ese encanto dudoso de los pisos de estudiantes que los caseros describen como “con personalidad”: azulejos antiguos, una ventana que no cierra del todo y una mesa coja que hemos estabilizado con dos revistas viejas de cine.

Hay tres tazas sucias en el fregadero, una bolsa de pan colgada de la silla y una planta con más fe que hojas en el alféizar.

La compramos en septiembre, cuando nos mudamos las tres, con la convicción ingenua de que cuidaríamos de un ser vivo.

A estas alturas, la planta nos mira como si quisiera emanciparse.

Sandra tiene el pelo corto, rizado y caótico, la risa más escandalosa de la facultad y una capacidad preocupante para entrar en cualquier sitio y hacerse amiga de alguien en menos de cinco minutos.

Estudia Publicidad en San Griselmo, lo cual le viene natural porque puede venderle entusiasmo a una pared.

En primero, cuando Ale y yo todavía vivíamos en Santa Clara en habitaciones del mismo ala del colegio mayor, Sandra aparecía por nuestro pasillo como si fuera suyo, y así nos hicimos tan amigas, que ahora en tercero ya estamos compartiendo piso y facturas de luz, que es una forma bastante seria de intimidad.

Miro al ordenador a ver si consigo estudiar algo. La verdad es que llevo toda la tarde con la cabeza en otra parte, que es una forma elegante de decir que llevo toda la tarde pensando en Ale.

Lo peor de estar enamorada de tu mejor amiga no es que duela siempre.

Eso, al final, una lo administra. Lo peor es que también da felicidad.

Mucha. Una cantidad injusta y luminosa de felicidad por tonterías que no deberían significar nada: que se siente a tu lado en clase, que te guarde sitio en la biblioteca, que te mande una foto de un cartel mal escrito porque sabe que te hará gracia, que apoye la barbilla en tu hombro cuando tiene sueño y diga “Pauli, léeme esto, que mi cerebro ha dimitido”.

Para Ale son gestos normales. Para mí son pequeños incendios. Y yo llevo dos años fingiendo que no huelo a humo.

La puerta de entrada se abre con un golpe torpe. Después suenan unas llaves, una bolsa rozando la pared del pasillo y la voz de Ale, clara y alegre, atravesando el piso como si acabara de encender una luz.

—¡He vuelto y traigo carbohidratos!

Sandra levanta los brazos.

—¡La jefaza ha regresado!

Ale entra en la cocina con la mochila colgada de un hombro, una bolsa de pan en una mano y el pelo oscuro algo despeinado por el viento.

Lleva vaqueros, botas, una camiseta blanca y esa chaqueta de cuero que le queda como si el mundo le hubiera pedido permiso antes de diseñarla.

Tiene veintiún años, estudia tercero de Periodismo con nosotras y camina como si supiera exactamente adónde va, incluso cuando no tiene ni idea.

Es una de sus habilidades más peligrosas.

—La profesora Mendoza dice que mi propuesta de reportaje tiene “energía”, que en lenguaje universitario significa “no sé qué hacer contigo” —anuncia, dejando la bolsa sobre la mesa—. También he comprado pan.

—Yo iba a hacer tortilla —digo.

Ale se queda inmóvil. Sandra se lleva una mano al pecho.

—Paula —dice Ale con una suavidad solemne—, te queremos demasiado para permitirlo.

—Qué poca confianza.

—La última vez confundiste el aceite caliente con “un poco de carácter”.

—Fue una experiencia culinaria.

—Fue un simulacro de incendio.

Me río antes de poder evitarlo, y Ale sonríe como si justo eso fuera lo que estaba buscando. Esa es otra de sus cosas: consigue que una habitación entera se sienta más ligera, pero cuando te mira parece que el chiste era solo para ti.

—¿Qué tal vas con el examen? —me pregunta, acercándose para mirar mi portátil.

—Va.

Ale se sienta a mi lado sin pedir permiso, porque en nuestra amistad ya casi nadie pide permiso para ocupar el espacio de la otra.

Abre mi cuaderno, garabatea un esquema rápido y me lo empuja con la punta del bolígrafo.

Tiene una letra inclinada, segura, bastante fea.

Me encanta. Me da rabia que me encante una letra fea.

—Este esquema es lo importante —dice—. Apréndete eso y luego salimos.

Levanto la cabeza.

—¿Salimos?

Sandra deja el yogur en la mesa como si acabaran de convocarla a una misión.

—Yo apoyo salir.

—Tú apoyas salir aunque haya un terremoto.

—Especialmente si hay un terremoto. La gente estaría muy intensa, habría ambiente.

Ale se ríe y me mira.

—Fiesta de Comunicación en El Faro. Han dicho que va medio tercero, algunos de cuarto y gente de Audiovisual. Además, Nico me ha escrito que quizá se pasa con sus amigos.

Ahí está. El nombre. Nico.

Lo pronuncia con naturalidad, sin peso. Como quien menciona que va a llover. Y debería darme igual, porque Nico es su exnovio, porque cortaron hace meses, porque es buen tío y porque no tengo ningún derecho a sentir nada raro cada vez que aparece en una frase. Pero me revuelve el estómago.

—Ah —digo.

Ale arruga la nariz.

—No pongas esa cara. No es plan raro.

—No he puesto ninguna cara.

—Has puesto cara de “voy a analizar esta información en silencio y sacar una conclusión dramática”.

Sandra se inclina hacia mí.

—Es una cara muy tuya.

—Vivo vigilada.

—Vives querida —corrige Ale, dándome un golpecito suave con el bolígrafo en la mano.

Y ya está. Con eso me desarma.

Porque Ale no dice esas cosas para hacer daño.

Las dice porque le salen. Porque es generosa con el cariño como otras personas son generosas con las propinas o con los apuntes antes de un examen.

Toca, abraza, empuja, despeina, apoya la cabeza en tu hombro, te llama “Pauli” cuando quiere algo y “Paula Martín” cuando está fingiendo autoridad.

Para ella el afecto es un idioma fácil. Para mí, cuando viene de ella, es una lengua entera que llevo dos años traduciendo mal.

—No sé si me apetece —miento.

Ale abre mucho los ojos.

—Perdona.

—Tengo trabajo.

—Paula, llevamos dos semanas sin salir bien. La última vez te fuiste a casa a la una porque decías que la música era mala.

—Era verdad.

Ale se inclina hacia mí, apoyando un codo en la mesa.

—Ven. Bailamos un rato, te aireas, Sandra finge que no está buscando al chico de Sociología que le sonrió en la máquina de café y yo prometo no obligarte a hacer nada indigno.

—Tú no sabes prometer eso.

—Lo prometo con un margen de error razonable.

—No sé.

Ale baja un poco la voz.

—Te vendrá bien.

Ese es el problema con ella. Que a veces, entre todo el ruido, me ve.

No de la forma en que yo querría, claro.

No con ese tipo de descubrimiento que cambia una historia.

Pero me ve lo suficiente para saber cuándo estoy encerrándome demasiado en mi cabeza, cuándo necesito salir aunque diga que no, cuándo una noche de música y risas puede salvarme de una tarde entera dándole vueltas a todo.

—Además —añade—, si no vienes, Sandra y yo volveremos con una anécdota legendaria y luego te dará rabia.

—Eso sí es verdad —dice Sandra—. Nos pasan cosas cuando salimos sin ti.

—Os pasan cosas porque tomáis malas decisiones.

—Exacto. Y tú eres nuestra cronista oficial.

Ale me señala con el bolígrafo.

—Periodismo de investigación.

Las miro a las dos: Sandra con su yogur y su cara de conspiradora; Ale sentada a mi lado, sonriendo como si la noche ya estuviera decidida. Y siento esa mezcla tan familiar de ternura, agotamiento y rendición.

—Vale —digo al fin—. Pero vuelvo antes de las tres.

Sandra y Ale se miran.

—Antes de las cuatro —corrige Ale.

—Tres y media —negocio.

—Hecho.

—No has negociado nada —dice Sandra.

—Ha negociado conmigo —responde Ale—. Eso ya es deporte de riesgo.

Me río otra vez, y durante un instante la cocina parece exactamente lo que debería ser: nuestro piso, nuestra vida, nuestra pequeña familia improvisada en tercero de carrera.

Tres chicas con mucho que estudiar y trabajos pendientes, una planta medio muerta y la sensación absurda de que el futuro todavía queda lejos.

Entonces el móvil de Ale vibra sobre la mesa. La pantalla se ilumina y veo el nombre de Nico antes de poder apartar la mirada.

NICO: Esta noche nos vemos, ¿no? Tengo ganas de verte.

Ale coge el móvil enseguida, lee el mensaje y sonríe de una forma distraída. Nada exagerado. Nada que pueda reprocharle. Solo una sonrisa pequeña, normal, de esas que se tienen cuando alguien que te cae bien te escribe.

A mí me basta para recordar cuál es mi sitio. Amiga. Compañera de piso. Cronista oficial. La chica que baila cerca, pero no demasiado.

—Voy a ducharme —dice Ale, levantándose—. Paula, anda, estudia que salimos en nada.